Cuentos de terror

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 1:00 pm

EL CRIMEN EXTRAÑO

Hasta no hace mucho tiempo, justo antes de construir la Avenida de la Real Fábrica de Sedas o Ronda Sur de Talavera, existían las ruinas de un viejo caserón en la zona de Entretorres. Este caserón fue utilizado durante la posguerra y hasta bien entrados los años cincuenta como prostíbulo. La casa era regida por un hombre llamado Carlos el cual iba siempre vestido de blanco. Llevaba un sombrero de ala ancha y corbatas de lo más extravagantes.

A pesar de que todo el mundo conocía la dedicación de ese lugar, Carlos era un hombre bien acogido por la sociedad, y sus negocios si bien no estaban bien vistos, se toleraban por parte de las autoridades. Al parecer una noche de 1951, una de las prostitutas que ejercían su labor en la casa apareció muerta en su cama con una puñalada en el vientre. La policía y la Guardia Civil, después de realizar sus investigaciones concluyeron en que se trataba de un hecho muy extraño. Nadie oyó los gritos de la mujer mientras era asesinada. En sus manos había heridas producidas por la hoja de un cuchillo y todo aparentaba como si hubiera sido ella misma la que se lo hubiera clavado. Los análisis forenses determinaron un suicidio y algo más: la prostituta estaba embarazada. Dos años después todo parecía haberse olvidado, aunque la habitación donde murió la joven no volvió a ser utilizada.

Carlos, el amo del local, mandó cerrar con llave la habitación y nadie entró allí durante varios meses. En verano de 1953, una mujer de unos 30 años llegó al prostíbulo. Como aquella noche de mercado, todo estaba lleno, Carlos no tuvo más remedio que alojarla en la habitación de la pobre prostituta muerta dos años antes. Cuando abrieron la puerta la sorpresa y el pánico aterrorizaron a ambas personas. En las paredes alguien había dibujado caras con terribles lamentos, también había cruces y animales como lechuzas, gatos y ratones. Carlos alojó a la nueva mujer junto con una compañera y a la mañana siguiente mandó pintar el cuarto. Sin embargo y a pesar de su esfuerzo, las caras de lamento volvían a aparecer una y otra vez en la pared. Carlos empapeló el cuarto, pero una súbita humedad hacía que los lienzos se cayeran y brotaran de nuevo las terribles imágenes.

La voz se empezó a correr por la ciudad y un mal día Carlos tuvo que cerrar su negocio y se marchó de Talavera. Desde entonces la casa permaneció en ruinas hasta aproximadamente 1994 en la que fue derrumbada para hacer una avenida. Existe una película en super 8 en la que se reflejan las horribles caras de pena que se suponen son de aquella mujer que se clavó un puñal desesperada por algo que nunca sabremos realmente...

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 1:01 pm

EL DEMONIO ALQUIMISTA

Que recuerdo tan sublime recostada en el aura de cada amanecer temblando de pasión queriendo acariciar de nuevo ese manto que jamás me permitieron mas que él!, escuchando el murmullo de aquellas aves con la brisa sobre mi cabello y el aire helado queriendo soplar a la muerte para alejar el dominio de aquel ángel que puso sobre mi el néctar mas oscuro de la pasión la lujuria y el dolor.

Que pediría mortal alguno mas que vida cuando aquel ángel se le presentase, pero esa no fue mi opción, yo pedí aliento de morir como suicidio para la vida tan detestable que llevaba, no supe qué contestar cuando se acercó, pero me besó y el sabor de aquel toque fue el paso para mi entrega y la pasión desbordarte de ese amanecer de luna llena, recostada en el suelo me hacia su mujer, temblando de locura y a la vez con ganas de saber quién era aquel ángel que acariciaba mi cintura cual labios eran fríos pero palpitantes de emoción .

Sus manos se enredaban entre las mías acariciando mis pechos, me llevaba al mas allá y me traía, que palpitar dentro de mi sentía cada vez que me empujaba al lado mas oscuro de la pasión que me brindaba ¿quién era él?, no sabía, solo sentía que su alma era fría pero ese día llena de calor pues mas excitación nunca había sentido y no existía. Desnuda entre sus manos me llevó hasta su sueño quien de escombros vestía pero lleno de lujuria se veía, no recuerdo su rostro pero su mirada me enloquecía.

Después de hacerme el amor se dirigió a mi cuello, pensé que la pasión seguiría, me dejé llevar para que siguieran mis fantasías, pero su propósito fue otro y hasta la otra vida me llevo junto a él, ahora navego en un mar de antaño rodeada de criaturas extrañas que ahora son mi familia, pero nada me importa por que aquel es el dueño de mi vida, aquel que me hizo suya por primera vez y me resucitó en un mundo lleno de hipocresía, aquel que acarició mi cuerpo virgen y me hizo sentir la vida y la muerte en un solo amanecer, aquel ángel de túnica negra y labios palpitantes. Se que en mi ya no hay vida, pero él para mi sigue siendo la vida que me arrebató y me entregó otra que yo pedí.

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 1:01 pm

EL DESPERTAR

Antes que nada, permítanme contarles la leyenda que ha inspirado este relato. Una leyenda urbana, real y muy popular en el estado de California del sur, México. Una leyenda que posiblemente se convierta en realidad en muy poco tiempo.

Hace 99 años, un vampiro murió, y fue enterrado como un cristiano cualquiera, pero cuenta la leyenda, que al anochecer del día 12 de enero del año 2006, cuando este ser cumpla 100 años de haber fallecido, resucitará; saldrá de la tumba e iniciara un nuevo reino de terror, y no prevalecerá otra cosa más que la maldad.

Enero-11-2006

Encontramos a Marlene, una joven de 23 años, buscando arduamente en Internet, alguna historia paranormal que pueda investigar y publicar en la revista “Histerias Paranormales”, para la cual trabaja, en la editorial “SudCalifornia” en La Paz B.C.S.

¡Por fin! –Exclamó Marlene, con un gesto de alivio en su cara-. Al parecer había encontrado algo muy interesante; su mirada se colocó completamente al frente de su monitor, y leyó detenidamente el siguiente texto:

El despertar de Loret Blackmen está cerca; Enero-12-2006 es la fecha en que este
diabólico ser volverá a la vida.

Seguido de la leyenda anteriormente mencionada, e imágenes de “La Purísima”, pueblo
donde se encuentra la tumba del supuesto vampiro.

Esto es lo que necesito. –Dijo Marlene- Y además el lugar de los hechos, se encuentra a menos de 3 horas de aquí (La Paz B.C.S) –Decía en su interior mientras una sonrisa se dibuja en su rostro.

Enero-12-2006

Son las 5:15 a.m., vemos claramente un coche blanco, Royal Park para ser más exactos, moviéndose rápidamente sobre una carretera, un tanto descuidada y llena de imperfecciones, claras señales de un mal gobierno desinteresado por la imagen, comodidad y seguridad de su gente. Dentro de este auto, podemos observar a dos personas, el piloto y un acompañante al asiento delantero; un hombre y una mujer respectivamente. La mujer no es nadie más que Marlene, y el piloto es nada más y nada menos que el novio de ésta, Javier; quien no permitió que su amada viajara sola a un lugar desconocido, así que decidió acompañarla.

Mientras el auto sigue avanzando, a escasos tres metros de distancia se observa un letrero que dice ‘Km100’, justamente ahí el auto disminuye su velocidad para finalmente salir de la carretera y adentrarse en un estrecho camino. Este camino tiene una apariencia bastante peculiar, se nota muy descuidado, pareciera que nadie ha pasado por él en 50 años. Rocas, piedras, polvo y arbustos, son algunos de los inconvenientes por lo que atraviesa este automóvil que no fue necesariamente diseñado para este tipo de caminos.

6:32 a.m., el auto se detiene, frente a este podemos observar un enorme arco rodeado de plantas secas, sin vida, y sobre él, un letrero hecho sobre una base de madera en el cual apenas se pueden distinguir las siguientes palabras: -Bienvenido a “La Purísima”- . Marlene y Javier, siguen avanzando, atravesando este inexpresivo arco y prácticamente entrando al pueblo.

¿Qué se supone que es esto? –Preguntó Javier, muy desconcertado-
Un Pueblo –Le contestó Marlene, con una expresión de seriedad-

Lo que observaban Marlene y Javier, no era un pueblo cualquiera, a simple vista era un Pueblo Fantasma. No hay gente en sus calles, la fachada de las casas las hace lucir antiguas y abandonadas. El suelo se encuentra tapizado de hojas muertas que dan un toque melancólico y frío al paisaje.

Paran el auto, bajan de él, e inician un recorrido por el lugar, empiezan por la plaza, la cual aún conserva como símbolo característico, una enorme fuente de la cual brotaba el delicioso líquido de un “Ojo de Agua”, adornada por una gran variedad de pedernales, y piedritas de colores.

El apacible silencio del instante, fue abruptamente cortado por el estruendoso sonido de una Campana. Su sonido era de tal magnitud, que Marlene no aguantó mucho tiempo, y decidió cubrirse los oídos con sus manos. Cuando el silencio volvió, Marlene y Javier se dirigieron a una pequeña iglesia que se veía a lo lejos, y de la cual venía el fuerte sonido de aquella campana.

Entraron lentamente a la pequeña iglesia y lo que observaron a simple vista fue lo siguiente: Primeramente al pie del púlpito se encontraba un sacerdote pidiendo orar por el alma de todos, ante el terrible suceso que posiblemente ocurriera en unas cuantas horas. En la banca de la primera fila, tenemos a una mujer de edad avanzada, rezando y con un rosario en sus manos, apenas podemos ver su rostro ya que lo tiene cubierto por un
velo negro. Tras ella, vemos lo que parece ser una familia, el padre, la madre, y dos pequeños niños. Un poco más atrás, un hombre y una mujer, de edad madura, y muy atentos a las palabras del sacerdote. Y al final, se encuentra un hombre, de avanzada edad, a primera vista puede resultar un tanto desagradable, ya que su aspecto deja mucho que desear, viste ropa muy sucia.

Pasaron aproximadamente 15 minutos. Todos los presentes se dirigieron al cementerio del pueblo, excepto Marlene, Javier y el sacerdote quienes se quedaron en el lugar.

Pasaron las horas. 6:00 p.m., todos se encontraban ya en el cementerio.

El sol se ha ocultado, nubes negras cubrieron rápidamente el cielo, y feroces ráfagas de viento azotaron el lugar, la histeria se ha apoderado de todos, se escuchan gritos, se escuchan llantos, pero entre todo eso, se escucha fuertemente una voz que implora a Dios, no permita esta atrocidad.

El viento ha cesado, la calma inunda el sitio.¡Gracias dios mío! – Todos dicen-, pero de entre los majestuosos árboles que rodean el cementerio, se deja venir una parvada de cuervos que atacan a todos los presentes y no se apiadan ni siquiera de los más pequeños. Marlene se encuentra ahí! Petrificada ante tal atrocidad, parece que nadie ha quedado vivo, ella está inmóvil, a dos metros de la tumba de Loret Blackmen. Pero peor que la masacre de la cual acaba de ser testigo, es lo que está a punto de vivir…

De entre la tierra de la tumba, empieza a salir un mano con enormes garras, pronto podemos ver el brazo entero, inmediatamente vemos el cráneo de este ser, para finalmente salir a flote completamente el putrefacto cuerpo del vampiro. Aún conserva esos enormes ojos, rojos como la sangre, de su mandíbula sobresalen dos enormes colmillos, despide un fétido olor. Y ahí esta Marlene observando a este monstruo, sin poder hacer nada más… Blackmen la observa fijamente, se acerca a ella, la toma entre sus manos y le perfora el cuello con sus enormes colmillos, mientras se alimenta de ella, su cuerpo se regenera de pies a cabeza, Marlene está a punto de desfallecer.

De entre los cadáveres, Javier se levanta, coge una roca y golpea a Blackmen… Loret inmediatamente lo toma por el cuello con su mano izquierda mientras introduce su mano derecha dentro de su abdomen.. para después sacarla bruscamente y esparcir las entrañas por doquier…

Ahí encontramos a Marlene, recostada sobre el suelo, blanca, totalmente pálida, con una expresión de horror en su rostro, muerta…

Javier, entre un enorme charco de sangre, con las vísceras fuera de su cuerpo, y hirviendo de alimento a estos infernales cuervos…


Podemos ver a Loret Blackmen, caminar entre la oscuridad de la noche, entre los árboles que parecen abrirle paso, podemos verle caminar, acompañado de ella, la que ha elegido como compañera para toda la eternidad, con aquella que compartirá su gloria y sangre, Marlene.

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 1:01 pm

EL DIABLO

Os contaré lo que pasó la primera vez que hice la ouija con mi prima. Fue la semana pasada, el día que me dieron las vacaciones. Por la mañana, cuando estaba preparando la maleta, me llamó mi prima, me dijo: -"Tráete un vaso pequeño"- yo le dije que para qué lo quería y me dijo: -Para hacer la ouija?- yo me quedé atónito y por lo menos cinco segundos sin contestar a causa del miedo que me causan los espíritus, y mucho más la ouija, pero como este mundo me fascinaba, acepté.

Sobre las siete de la tarde lo tenía todo listo y estaba preparado para irme, solo me faltaba el vaso. Cuando lo metí en la maleta oí una voz muy grave que me dijo. -TEN CUIDADO, me asusté y me quedé parado, en mi habitación, sin hacer ruido. Unos minutos más tarde, mi padre me llamó.

Durante todo el camino estuve pensando que pudo ser aquella voz, lo primero que se me ocurrió fue que quizás había sido un espíritu que intentaba decirme que algo malo iba a pasar, pero decidí ignorarlo.

Cuando llegué a casa de mi prima la miré muy serio, de la misma manera que ella me miró a mí. Cenamos y a la hora de acostarnos, cogí el vasito, y ella la tabla. Cuando todo estuvo preparado, el corazón me latía fuertemente contra el pecho y me temblaban las piernas.

Mi prima, al cambio, parecía excitada y muy contenta.

Me dijo que si yo quería ser el que preguntaba, yo no respondí. Le tocó a mi prima.

Dijo la primera pregunta: -¿Alguien quiere contactar con nosotros?- no hubo respuesta. Lo intentó otra vez. Nada. De nuevo. Esta vez, el vaso se movió rápidamente hacia SI. Mi prima y yo nos miramos con seriedad.

-¿Quién eres?- preguntó.

El vaso se movió a la misma velocidad que antes a las siguientes letras: ?E? ?L? ?D? ?I? ?A? ?B? ?L? ?O?. Yo grité y mi prima se rió -¿Estás aquí? ? ?SI?-dijo- ?O? ?S? ?V? ?E? ?O?entonces yo no quise seguir, intenté apartar el dedo pero no podía quitarlo, algo me obligaba a mantenerlo allí puesto. Mi prima preguntó- ¿Quieres algo de nosotros?- ?SI?- Mi prima dijo- ¿El qué?- ?V? ?U? ?E? ?S? ?T? ?R? ?A? ?V? ?I? ?D? ?A?. Entonces, el vaso volvió al centro y mi prima, asustada, preguntó cosas. Se había ido.

Por la noche, dormimos en la misma cama y abrazados, teníamos mucho miedo, entonces oímos: - NO TUVISTEIS CUIDADO- y vimos una cara horrible de humo rojo delante nuestra. Los dos gritamos, vinieron mis tíos, les explicamos lo sucedido y no nos creyeron. Entonces, nos dormimos, y al día siguiente vimos en el espejo escrito con sangre 666.

No podíamos creer lo que nos estaba pasando, el día siguiente dormimos en mi casa, y por la noche, vimos en el telediario que dos niños iguales que nosotros habían muerto con el número 666 grabado a fuego en la frente.

La policía dijo:- Encontramos algo escrito en el cristal en el que se encontraron los cadáveres: "Enviados de Dios para engañar a el Diablo".

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 1:02 pm

EL ENTERRADOR

Carlos de 80 años se levantaba un nuevo día con gran agilidad, el hombre apenas tenia unas débiles arrugas y seguía con un pelo frondoso y rizado .

Sus 1,80 acompañados de un cuerpo musculado su rostro muy moreno como de un bronceado de playa con sus expresivos ojos negros, le hacía no parecer mas que la cincuentena manteniendo un tono atlético y ciertamente atractivo, en la ciudad todos se maravillaban y algunos ciertamente le temían pues aseguraban que su aspecto no podía ser real, miles de leyendas urbanas caían sobre este enigmático personaje.

Carlos se lavaba con parsimonia, sabia que otro día pasaría de la forma mas rutinaria, volver a enterrar a los muertos, mantener el cementerio limpio, mientras que las horas entre la penumbra pasaban sin descanso.
Del enterrador apenas se conocía nada tan solo su trabajo y su sobrehumano aspecto físico.
Hombre silencioso apenas se movía del cuarto donde vivía en el propio cementerio, allí pasaba sus horas libres escribiendo poesía sobre los muertos.

Carlos sal un momento.
Ese que grita su nombre es el jefe del lugar, un hombre regordete de mediana edad.
Carlos saliendo al exterior saluda.

Hola Manolo.
Manolo: Hola Carlos te presento a Juan es un joven que estará unos meses contigo, creo que te vendrá bien un ayudante.

El enterrador clava su negra mirada en el joven de poco mas de la veintena que tiene delante, un joven alto pero delgado de pelo rubio y aspecto aniñado, por supuesto se le ve el típico estudiante que no esta preparado para ese trabajo.

Carlos: La verdad es que no necesito ningún ayudante, me las apaño bien solo.

Manolo: Eso ya lo sabemos, pero nos preocupa que siempre estés solo, necesitas compañía y el necesita aprender el oficio, os dejo solos y espero que os vaya todo bien.

Sin nada mas que añadir el jefe da media vuelta y se va entre las lapidas del pequeño cementerio.
El joven se acerca de forma tímida hacia su nuevo jefe y le tiende la mano, su mirada es desconcertante, todos le decían que no aparentaba su edad pero esto no se lo podía imaginar.

Juan: Es un placer señor, ¿cómo lo hace? Me gustaría tener su aspecto cuando llegue a su edad.

Carlos: Primero tienes que llegar, sígueme y empecemos.

El joven paso todo el día en una pesadilla siguiendo a su compañero que apenas le dedicaba la palabra por todo el cementerio, sujetándole el peso de los ataúdes, mientras su compañero literalmente volaba de un sitio a otro y terminaba sus trabajos de forma ágil y eficaz.
La noche se acercaba y se despidieron.
Juan llego reventado a casa, no podía imaginar lo que le esperaba cuando acepto ese trabajo, aunque sabia que lo necesitaba para pagar sus estudios.
Algún día pensaba el joven seré un gran escritor y no necesitare ensuciarme las manos ni aguantar a tipos como ese enterrador que realmente le daba miedo, en el se veía algo que le ponía muy nervioso y no podía evitar.

El teléfono sonó su madre al aparato lo entretuvo un buen rato mientras le decía que lo echaban de menos en el pueblo.
El chico colgó con una sonrisa, adoraba a sus padres, siempre entregados a el, ese verano su padre decidió que si quería irse a estudiar literatura, debía primero aprender el trabajo duro para que se acostumbrara a ganarse con su propio sudor sus objetivos.
Desde luego tenían razón, el se alquilo este pequeño estudio cerca de su trabajo, esa experiencia le vendría bien para madurar.
Pero en la solitaria noche no podía dejar de pensar en su tranquilo pueblo y en Mónica, su gran amor, una pueblerina sin ambiciones ni su cultura pero le daba igual, adoraba su inocencia y cada día le parecía mas bella con sus dorados cabellos acompañados de sus penetrantes ojos verdes.

A la madrugada siguiente el cementerio presentaba un aspecto tenebroso, una densa niebla recorría aquel lugar.
El sonido fantasmal del tiempo movía los árboles estos crujían parecía el sonido de la muerte, Juan movió la cabeza dejando de lado sus pensamientos y se encamino a su destino.

Carlos lo recibió con una sonrisa, extraño se dijo creía que ese hombre nunca sonreía.

Carlos: Hola Juan pasa a mi habitación, apenas tenemos trabajo.

Una vez en el interior, un irreconocible Carlos le hablaba amablemente.

Carlos: Escuche que quieres ser escritor y que estudias para eso, yo también escribo, sabes son poesías que tratan sobre este gran lugar, sobre la muerte, pero también sobre mi vida.

Mi mujer escribía poesía, murió hace mucho tiempo pero la mantengo conmigo en mis poemas, después mi vida se vio avocada a esta triste existencia.

El enterrador miraba como en trance el techo, mientras el chico lo escuchaba atentamente.
Cuando por la noche empezó a leer sus escritos, no pudo dormir en toda la noche, estaba leyendo autentica belleza, esas líneas son enfermas escritas con una ternura terrorífica, en una de ellas se veía rimas donde se retrataba con una belleza extraordinaria como un hombre realizaba el amor con la muerte.
Le aterrorizaba lo que estaba leyendo pero a la vez sentía algo que jamás sintió, una fuerza recorría su cuerpo, sentía su sangre caliente en las sombras, re repente sintió deseos impuros.

Tiro los folios al suelo, sentía todavía una violencia en su interior, ¿Quién es ese hombre? Se preguntaba.
Como podía escribir tanta belleza y a la vez tanta negrura, se sentía aterrorizado, durante unos momentos sintió deseos de matar.
Quería olvidar aquellos diabólicos escritos, cuando se levanto y los recogió del suelo sabia que ese hombre extraño le estaba quitando su alma.
Cuando por la mañana el joven llego al destino de siempre vio al enterrador totalmente desnudo abriendo un ataúd.
Carlos empezó a correr, pero de repente se detuvo y volvió al lugar, necesitaba saber mas, necesitaba descubrir su secreto.
Entro por las buenas en la habitación sin disimular para nada su presencia pero el enterrador ni volvió la vista.
Gimiendo de forma ostensible, estaba copulando con un bello cadáver, joven pero sin vida, una rubia hermosa de apenas la treintena estaba siendo manejada como un muñeco, en el silencio de la madrugada solo se escuchaba al hombre aullar sobre el cuerpo sin vida.
Llegando al orgasmo saca su pené totalmente brillante, erguido de rodillas copula sobre el cuerpo sin vida.
Tranquilamente se pone en pie, sin volver la vista habla.

Chico espérame fuera estaré contigo en un momento.

El joven estaba totalmente hipnotizado en la puerta, totalmente excitado a pesar del acto monstruoso que acababa de observar.
El enterrador salió al exterior.

Carlos: Bien veo que ya sabes mi secreto de juventud.

Juan: Su secreto? Dios mío, “el joven le mira con ojos como platos”.
E visto cosas horribles pero esto es............. usted esta enfermo, lo que escribe, esas malditas poesías me torturan, tiene 80 años y se mueve como un maldito gato no tiene ni una cana.

Carlos: Estas aterrorizado pero sigues aquí, podrías salir corriendo, decírselo a los superiores, pero volviste, estás excitado y te cuesta creerlo, mis lecturas te parecen diabólicas, aunque también hermosas.

Cada día al levantarte piensas quiero ser como el, quiero poseer su genialidad, quiero mantenerme joven con el paso del tiempo.
Ellos están muertos nosotros vivos, lee las escrituras de sus lápidas.
El chico se mueve como en un sueño del que quiere despertarse, lee con incredulidad algunas de las lápidas.
Poetas, escritores, guionistas, todos son artistas de la escritura, como un trueno la verdad le viene a la mente, empieza a visionar a Carlos.
Carlos camina en un día lluvioso cuando una joven y prestigiosa escritora sale de su casa, el la sorprende por detrás con un corte limpió le rebana el cuello.

Juan: Usted mata a todos los escritores y después copula con ellos absorbiendo su vida y su talento, sus poesías hacen sentir lo que usted siente cuando mata, su excitación, su enfermedad, la emoción de la caza y cada vez que mata es usted mas fuerte, mas talentoso.

El cielo nublado cae sobre ambos hombres, el canto de los cuervos levanta un leve viento.
El enterrador se acerca al joven.

Carlos: No es muy agradable cuando tengo que hacerlo con un hombre pero el sacrificio vale la pena, dentro de poco me quitare mas años de encima.

Todas esas muertes se fingían bajo un robo, siempre terminaban echándole la culpa a un mendigo, yo un día fui escritor, nadie jamás me reconoció el mas mínimo talento, solo se fijaban en mi mujer, en sus libros, ella fue siempre una gran escritora, la envidia me devoraba.
Un día sin saber lo que hacía truque los frenos de su coche, cuando el accidente la mato, robe su cadáver y lo diseque, cada vez que le hacía el amor su talento me poseía de una forma brutal, también descubrí que no solo eso, cada vez me sentía mas fuerte, mas joven, por mi no pasaban los años.
Cuando me mude aquí, nadie a querido averiguar nada sobre mi, solo soy el enterrador, tengo mucho tiempo para atrapar a esos artistas, soy un vampiro, en estos momentos nadie puede igualar mi arte, si me sigues conseguirás lo mismo.

Quieres ser escritor? Acompáñame en mi viaje y serás lo mas grande que pueda existir, te daré la vida eterna, el destino nos unió solo te queda aprovecharlo.

El joven sin pensar entra en la habitación, el monstruo sonríe con una sobrecogedora mueca tiene a su marioneta, ya nadie podrá detenerle.
Tan feliz esta en sus pensamientos que no pudo reaccionar cuando Juan le apuñalo por la espalda, cayendo casi sin vida al suelo, lo miro con ojos de odio.
No comprendía que pudo fallar, lo tenia echo y sin embargo el que tenía que ser su ayudante lo miraba con una sonrisa irónica.

Juan: Te denunciare, cuando todos comprendan lo que hacías cosa que sabrán cuando estudien los cadáveres, comprenderán que tuve que hacerlo, nadie pondrá en duda tu locura, saldré fácilmente inocente por defensa propia.

Se lo que tengo que hacer, tu ya mataste a muchos de ellos, tienes sus talentos y su fuerza, simplemente me alimentare de tu cadáver y seré lo mas grande que exista jamás.

Con esas palabras el joven empieza a caminar alegremente a dar parte de lo ocurrido, mientras el enterrador muere en su propia tristeza, el debió saber que la maldad humana cuando florece te transforma en un monstruo y cuando eres un monstruo nunca aceptarás compartir tus secretos.

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 1:02 pm

EL ENTIERRO

No negaré, pues este diario fue iniciado para consignar la realidad de mi misión, y no fábulas que agraden a los oídos necios, que la llegada a Saint Sulpice ha sido dura y decepcionante a partes iguales. La que figura como misión en los anales de nuestra orden no es más que una aldehuela sucia y descuidada por la que vagan impúdicos salvajes desnudos.

El padre Agustino, a quien tomo el relevo de la congregación, es un viejo nervioso y pusilánime que no ha conseguido transmitir la energía que requieren estas infantiles criaturas. En vez de utilizar su autoridad para construir una iglesia decente con la que sustituir la choza infecta que se utiliza ahora, se ha dejado embaucar por los cuentos de sus lugareños. No hay cultivos, no hay canalizaciones de agua, no hay mejora alguna. El único signo de la llegada del Cristo a estas tierras es una basta cruz de madera, en la que suelen encaramarse los monos sin que a nadie le importe tal irreverencia, y los dos novicios que asistían al viejo padre Agustino, dos salvajes que, al menos, hablan con ingenio, si bien no con corrección, un patois bastante similar al francés de las antillas.

Del propio padre Agustino sólo he recibido un único consejo, desconfiar de los monos, y una recomendación que, por supuesto, desoiré: no inhumar a los muertos, sino continuar incinerándolos. Reconozco que he sentido un gran alivio al embarcar al viejo misionero rumbo a Manila. Espero que las hermanas de la Compañía de María puedan dar reposo a su perturbado espíritu.

François cerró, algo abatido, el diario en el que iba consignando su labor misionera. Sí, ciertamente Dios le ponía a prueba con aquel nuevo destino. El religioso frisaba ya los cuarenta años y veía sus fuerzas menguar. A largo término, sabía que terminaría como el propio padre Agustino, reducido por las fiebres y la tensión a un vulgar viejo supersticioso. Al darse cuenta de su dureza, se santiguó por el poco pío pensamiento y se levantó dispuesto a emprender con energía su trabajo.

Lo primero, pensó echando un vistazo al irregular conjunto de chozas embarradas que le circundaban, sería la iglesia. Pero no el edificio en sí, sino mostrar con un gesto que la llegada de Cristo había sido efectiva. Aquellos salvajes necesitaban un punto de referencia a partir del cual construir su futuro. Y ése no sería una cruz que sirviese de palo de gallinero a los monos. Un oficio solemne sería un comienzo mucho más efectivo.

Era por ello que, escasamente había despedido al padre Agustino, François había encomendado a sus novicios construir una cerca alrededor de la cruz. Aquello no impediría a los monos llegar hasta ella, pero demarcaría el recinto sacro, un recinto que se cimentaría sobre lo más sagrado: las tumbas de los primeros conversos. Tomando la idea de las viejas catedrales europeas, enlosadas con las lápidas de los obispos de siglos y siglos, había concebido aquel ingenioso plan. Por un lado le permitiría desterrar aquella bárbara tradición de incinerar los cuerpos para que los “demonios del bosque” pudieran llevarse a los espíritus convertidos en humo; por otro lado, daría unos impactantes cimientos al templo, el cual sería su segundo objetivo.

Desde su improvisado escritorio, que no era otra cosa que una caja con enseres que había traído de su anterior destino, llamó a uno de los novicios, quiénes ya terminaban de levantar la cerca del recinto con cañas de bambú.

-Domingo –le dijo al salvaje- esta tarde enterraremos al hombre que murió ayer en la jungla. Será una gran ceremonia, y tú y Santiago vestiréis túnicas blancas. Ahora tenéis que hacer una zanja bajo la cruz.



El joven indígena asintió durante la perorata del misionero, pero cuando terminó le dijo, para su sorpresa:

-No zanja.

-Domingo –volvió a decirle François en el tono conciliador que se usa con un niño poco despierto- esta tarde oficiaremos el enterramiento bajo la cruz. Por eso necesito que hagas una zanja.

-No zanja –insistió el joven con obstinación. Luego hizo gestos como si arañara algo para completar su explicación:- monos tomar muerto.

“Monos del Diablo”, pensó el misionero, “tal vez el padre Agustino no andaba tan desencaminado.” ¿Qué podría hacer para evitar que los monos desenterraran el cadáver? Sería muy perturbador para todos si algo así ocurría, y sabía que los monos eran muy capaces de llevar a cabo tan macabra empresa. Si algo tenían aquellas bestias, era determinación.

-Usaremos piedras –indicó magnánimo retomando la idea de las catedrales europeas.- Cubriremos los cuerpos con losas y piedras. Dile a Santiago que te ayude a traer piedras de la jungla.

Domingo le dedicó una gran sonrisa y después, entre risitas, comunicó al otro novicio la determinación del misionero. Éste les observó reírse entre dientes, pero, aunque no entendía por qué lo hacían, decidió no darle importancia.


La tarde discurrió pesada, húmeda. La inspección del resto de la aldea no mejoró el humor de François. Los indígenas se habían contentado durante generaciones con vivir de lo que daban los árboles frutales y el propio río, en el que pescaban, desnudos, valiéndose de largas lanzas bifurcadas. No eran gentes industriosas ni trabajadoras, sino más una cuadrilla de haraganes. Un pensamiento le asaltó varias veces durante esa jornada: los omnipresentes simios que compartían el territorio parecían mucho más despiertos y trabajadores que los propios hombres. Sí, se dijo, Dios le ponía a prueba.

Cuando ya iba a caer la noche, tras inspeccionar el montón de piedras negras que habían recolectado Domingo y Santiago, François volvió a la choza que había alojado al viejo padre Agustino y se vistió con la ornamentada sotana para oficios solemnes. Luego fue el turno de sus novicios, que le asistirían durante la ceremonia ataviados con casullas blancas. Éstos parecían inquietos y no dejaban de reírse, lo que le resultaba francamente molesto. Al final, les amonestó seriamente antes de salir a oficiar. Después de todo, era importante dar una buena impresión a los aldeanos.

Como había previsto, su reprimenda caló hondo en los pueriles espíritus de los indígenas y éstos se mantuvieron tranquilos durante toda la ceremonia, la cual, por otro lado, tampoco fue todo lo solemne que él hubiera querido. Entre la desordenada multitud que le observaba curiosa, riendo entre dientes y meneando la cabeza con escepticismo, se veían numerosos monos. Paradójicamente, éstos observaban con gran seriedad, muy quietos, las evoluciones del sacerdote.

Terminado el oficio, que François tampoco quiso prolongar demasiado a causa del calor, los tres religiosos cubrieron el cuerpo del difunto con las rocas traídas de la jungla. Algunas eran pesadas y su manejo resultaba aparatoso, por lo que la solemnidad del momento terminó de diluirse. Por otro lado, se dijo el misionero, los comienzos siempre era difíciles y, además, la base creada con aquel sepulcro sería un sólido pilar para la iglesia que pensaba erigir.

Finalmente, tras una plegaria a la que los indígenas no prestaron mucha atención, la comitiva se dispersó para pasar la noche. François, algo irritado, y en parte intrigado, llamó a Domingo a su lado.

-Dime, Domingo, ¿por qué los hombres de la aldea movían la cabeza? –le preguntó en relación a aquel gesto escéptico que tanto se había repetido durante el sepelio.

-Piensan en monos –dijo el muchacho señalando a los simios que todavía aguardaban, sentados, en torno a la cerca.- Monos no gustan hombres enterrados –añadió repitiendo el gesto de arañar.

-Los monos no moverán las losas; son demasiado pesadas –replicó el misionero, irritado, antes de retirarse, sin más saludo, a su choza.




El calor aquella noche era opresivo. La gran humedad ambiental hacía difícil respirar. Conocedor del clima de los trópicos, François decidió dormir en el camastro de cañas trenzadas del viejo padre Agustino. Sabía que en su hamaca, aunque estaría más protegido de víboras e insectos, se sentiría agobiado por el calor.

François era un hombre con tendencia a sofocarse en sueños, a verse asaltado por pesadillas. Como fascinado mórbidamente por esta afección, había estudiado profundamente las connotaciones de los vocablos con los que se designaban, desde el íncubo italiano, de claro significado, al nightmare inglés. Siempre había creído que significado y significante guardan claves ocultas, y en castellano esto se le aparecía con la mayor claridad: pesadilla era la definición más clara de sus terrores nocturnos. Sin duda los hispanos habían encontrado la palabra clave para designar su afección, que siempre se traducía, por muy colorido que fuera el sueño, por una opresión sobre el pecho, un peso muerto, el peso del íncubo que perturbaba su descanso.

Aquella noche, como cabía esperar a causa del calor y de las fuertes impresiones de la jornada, tuvo malos sueños desde que cerró los ojos. En ellos, los simios de la aldea estaban vestidos con sotanas y casullas, pero aunque aquello le llenaba de indignación, no conseguía reunir valor para protestar. “Debo respetar mi voto de obediencia”, pensaba inmerso en la pesadilla, observado por los ojillos brillantes de los simios, “si la Santa Sede ha decidido ordenarles, ¿quién soy yo para censurar que vistan los hábitos?”.

Sin embargo, a pesar de que se daba buenas razones en la ilógica del sueño, aquella visión le resultaba perturbadora y agobiante. Poco a poco, a medida que más y más monos aparecían vestidos de misioneros, más difícil le resultaba respirar. Al final se dio cuenta de que el motivo era que se seguían subiendo a la basta cruz de madera, a pesar de que ya la habían escalado media docena, y que ésta sangraba.

-¡Bajad de ahí! –gritaba en sueños- Os lo ruego, bajad de la cruz –rogaba sintiendo que, si continuaban así, al final no podría respirar.

Entonces, con la vaga sensación de estar luchando por emerger de la negrura, François abrió los ojos y tomó una gran bocanada de aire. “Una pesadilla”, se dijo al sentir la opresión en el pecho, su pulso acelerado. “Sólo un mal sueño, un íncubo”, se tranquilizó al vislumbrar la techumbre de cañas trenzadas. “Tomaré un poco de aire y todo irá mejor”, decidió finalmente.

Sin embargo, al intentar alzar los brazos, sintió como si una fuerza le empujase hacia el suelo. Se sentía como hundido en el catre, oprimido por las sombras. Intentó alzarse de nuevo y escuchó un sonido áspero, como de una roca deslizándose sobre otra roca. Entonces vio el reflejo de la luna en unos ojillos vivaces y el horror tomó forma.

Una docena de monos le observaba, todos sentados con total seriedad, desde la oscuridad de la choza. Todos en solemne silencio. Entonces, uno de ellos se alzó y colocó otra piedra negra sobre el lecho que ya habían formado sobre el sacerdote. François sintió el peso sobre su pecho y sucumbió al pánico. Le faltaba la respiración, no podía gritar, no conseguía hinchar su diafragma con el aire suficiente para lanzar un grito de ayuda. Con los ojos cuajados en lágrimas, el misionero contempló, sin conseguir recuperar el control de sí mismo, cómo los simios completaban su sepultura, poco a poco, piedra a piedra.

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 1:02 pm

EL FANTASMA DEL PANTEON

Este relato es de una experiencia que tuve cuando trabajaba de taxista en mi ciudad natal que es la Paz allá en México. Era común escuchar experiencias de compañeros taxistas que llevaban a una mujer al panteón y que desaparecía súbitamente al momento de pasar por el mismo, yo no creía en estas cosas y pensaba que sólo eran relatos inventados para divertirse, pero su creencia era tal que cuando alguien les pedía la parada en la calle de la 16 de septiembre lo ignoraban aun cuando se traba de un hombre y menos vestido de negro.

En una noche de principios de invierno, andaba yo por la avenida 16 de septiembre y revolución de 1910 cuando me pide la parada una persona que estaba justo en la esquina de las calles anteriormente mencionadas, ésta persona se me acercó y me preguntó que cuanto le cobraba por llevarla al panteón, aquí hay que resaltar que hay una colonia llamada el panteón ya que en esa zona se haya el panteón municipal de los san Juanes.
Siguiendo con mi relato, cuando ella me hubo preguntado que cuanto le cobraba por llevarla yo le podía haber cobrado ya un poco más de lo que usualmente porque la tarifa sube más cuando pasa después de la media noche pero como la persona se trataba de una mujer muy bonita con el rostro pálido, ojos negros, cabello lacio muy oscuro como la más negra de las noches y un poco nerviosa por que ella estaba sola y a lo mejor pensaba que yo le podía hacer algo malo, así que todo eso lo tomé en cuenta y le cobré más bajo de lo normal, ella subió y nos dirigimos a la colonia el panteón, como yo suelo ser una persona muy platicadora con los pasajeros a los que llevo le preguntaba cosas usuales como le fue en su trabajo si es que lo tiene etc. pero ella con una voz que me causaba conmoción me contestaba muy reservada y evitaba mucho ser vista cubriéndose el rostro con su cabello.
Así fue que ya estábamos llegando a la colonia del panteón cuando al pasar por enfrente del mismo panteón municipal yo me di la vuelta para preguntarle hacia adonde exactamente la tenía que llevar y fue en ese momento me estremecí cuando con mis propios ojos observé que ella se desvaneció como el aire, paré el auto bajé, y no la vi por ningún lado, entonces respiré hondo pensando en que pudo haber sido un sueño, pero no era así, en verdad yo había llevado a un fantasma al panteón, quizás para intentar descansar en paz. Luego de esto me pongo a pensar en que si existen los fantasmas y cada vez que paso por la avenida 16 de septiembre después de la media noche me santiguo pidiendo a Dios por el descanso de aquella mujer.

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 1:02 pm

EL HOMBRE DEL SACO

Eran cerca de las nueve y papá vino a darme las buenas noches. Mamá era la que siempre me acostaba y él venía cuando iba a ponerse el pijama, con lo cual no era de extrañar verlo desabrochándose la camisa o los zapatos.

- Mañana, partido- Me dijo sonriente mientras me acariciaba la cabeza.
- Sí...- Dije felizmente sin ocurrírseme nada que decir.
- Bueno, te dejo que descanses. Acuérdate mañana de desayunar bien.- dijo acariciándose la pequeña calva que le estaba saliendo. Cada vez que mi padre me daba un consejo, se me quedaba grabado en la cabeza.

Se despidió con un beso en la frente y cerró la puerta. Era extraño pero cada vez que la puerta estaba cerrada, sobre todo de noche, no parecía mi habitación. Era como si me encontrase de repente en un sitio aislado de toda la casa, lejos de todo el mundo. La lámpara de cera que me habían regalado por mi cumpleaños contribuía a ello, pues proyectaba extrañas sombras con movimiento dentro de una luz verdosa que empapaba todo el cuarto. En mi despertador de las Tortugas Ninja, el segundero sonaba con violencia aunque normalmente no me percataba de su existencia. A lo lejos oía la voz de mis padres y una suave melodía, aquella noche no parecían querer ver la tele.

Tumbado boca arriba en la cama, pegué un poco la barbilla a mi pecho y miré la ventana. Desde aquel sexto piso (y desde mi cama), lo único que veía era la luna suspendida en el aire, incompleta, sin fuerzas para dar luz. Giré la cabeza hacia la derecha y miré la puerta en la pared del pequeño trastero. Allí estaban mis juguetes y en noches como esa, en las que papá y mamá no veían la tele, se oían terribles gemidos y ruidos.

Deseé con todas mis fuerzas que aquella noche no oyera nada, pues empezaba a sentir pánico y aunque luego de día no recordaba nada, algo me hacía pensar que si esa noche volvía a tener pesadillas lo recordaría para siempre.

Pasó mucho tiempo sin que pasara nada. De vez en cuando oía alguna risa de mamá, como si papá le contara cosas graciosas y la música seguía sonando, aunque canciones distintas. El sudor frío se hizo presente en mi nuca y espalda cuando empezaron los ruidos. Eran ruidos extraños, como muelles oxidados y alguien dando pasos dentro del trastero. Ya no oía a papá ni a mamá. De repente empezaron aquellos gemidos y creí que la puerta del trastero se iba a abrir...

- ¡Papaaaaaaaaaaá!- Grité con todas mis fuerzas.

Los ruidos cesaron repentinamente, como si el sólo hecho de llamar a mi padre los aterrase. En unos instantes estaba en mi cuarto y con la luz ya encendida, me abrazaba y escuchaba mis explicaciones.

- Pero tranquilo, el hombre del saco no existe- dijo disimulando una sonrisa.
- Sí, si que existe. ¡Yo lo oigo!- Le expliqué. No me gustaba que pensase que eran “cosas de niños”.

Entonces mi padre me guiñó el ojo y se me acercó al oído para susurrarme: “Bueno, pues si existe, yo lo cazaré”. Acto seguido se levantó y se dirigió hasta mi puerta. Luego salió y me miró.

- Bueno, hasta mañana. Recuerda que los monstruos no existen- dijo en voz alta. Luego volvió a entrar en mi cuarto sin hacer ruido y cerró la puerta. Se sentó en la esquina de la pared de la puerta y la del trastero y se llevó el índice a los labios, indicándome que guardara silencio. Todo parecía un juego para él.

La lámpara de cera volvió a hacer de las suyas. Esta vez ya no se oía la música y por supuesto tampoco hablaban papá y mamá. Todo era un escandaloso silencio, a excepción de mi despertador que no hacía más que acelerar mi pulso. Tic tac, tic tac, tic tac, tic tac...

La luna aparecía y desaparecía tras mis párpados y éstos parecían más pesados cada vez. Pero cuando estaba a punto de dormirme, los ruidos comenzaron una vez más y miré con los ojos como platos a mi padre.

Papá no me miró pero puso la cara que ponía cuando el mando de la tele no funciona. Se puso de pie y dio dos pasos, hasta quedar delante de la puerta del trastero. Los gemidos empezaron y mi padre, sin pensárselo dos veces, abrió la puerta del trastero. La luz de la lámpara de cera no parecía entrar en el trastero y la oscuridad era más recalcada en él. Al abrir la puerta, los ruidos se agigantaron un poco y yo comencé a estremecerme en la cama.

- ¿Papá...?

Papá se giró y puso de nuevo el índice delante de su sonrisa, como si no quisiera que lo sorprendiesen porque estaba a punto de gastar una broma. Entonces algo brilló dentro del trastero y escuché un pequeño silbido. Un segundo después, la cabeza de mi padre, desprendida del cuerpo, chocaba contra la lámpara de cera, haciéndola añicos y todo se envolvió en oscuridad.

Fui incapaz de reaccionar, me quedé petrificado mirando la forma negra en el suelo que era la cabeza de mi padre. En la penumbra empecé a escuchar un goteo y pensé que era de sangre. Algo salió del armario y al andar hacía aquellos ruidos extraños que se oían en el trastero y resonaban con estrépito en mi cabeza. Avanzó hasta donde yo miraba, cogió la cabeza de mi padre y la metió en un saco que arrastraba y donde parecía llevar otras cabezas. Luego volvió al trastero haciendo los mismos ruidos y cerró la puerta tras de sí.

En breves instantes mi madre entraría en mi cuarto para ver si todo iba bien y encendería la luz. No tenía ni idea de cómo explicarle lo que había sucedido.

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 1:03 pm

EL JUEGO

Hacía un mes Mi Amigo y yo habíamos hecho una apuesta: él aseguró que era incapaz de reprimir mi obsesión por las apuestas, yo afirmé rotundamente que podía dejar tan reprochable vicio cuando quisiera. En caso de que él tuviera razón, debía pagarle un euro; por el contrario, si estaba yo en lo cierto, sería yo quien recibiría el dinero. La apuesta era válida hasta pasada la noche del treinta y uno de octubre; eso es, Halloween, la prueba definitiva de que era capaz de controlarme. Mi Amigo sabía mejor que yo mismo que iba a requerir un gran esfuerzo por mi parte el rehusar participar en la apuesta más fascinante de todo el año, preparada, únicamente para aquella macabra noche por un grupo de adictos a lo que llamábamos El Juego. Éste consistía en elegir a uno de nosotros, por sorteo; el afortunado estaba obligado a asesinar al primer niño que llamara a nuestra puerta. El reto era acertar si se atrevería o no a hacerlo.

No entiendo muy bien qué pretendía mi amigo con aquello. ¿Vencer al vicio por medio del vicio? No sé. A mí se me antojaba muy extraño, pero nunca se me ha dado muy bien pensar. Él era más inteligente que yo, siempre lo había sido, y a menudo lo había usado en mi contra; mas no se lo reproché en ninguna ocasión. Éramos un equipo; él la cabeza, yo el cuerpo. La razón y la fuerza.

Como es lógico, acepté la apuesta. Con tal de ganarla y conseguir el preciado euro de premio recurrí al eficaz método de abandonarme a los vicios para olvidar mi obsesión. Me entregué al tabaco, al alcohol y, para contrarrestar con un poco de ejercicio los efectos nocivos de los citados vicios, también me aficioné a los burdeles. Dejarme dominar por esos vicios, o placeres, según se mire, era fácil, pero no estimulante; gozoso, mas breve; perseguía yo un ritmo de vida alocado, basado en la simplicidad y la fugacidad del momento. No obstante, me acosaba constantemente la necesidad de ponerme a prueba, de excitarme y apasionarme como sólo era capaz apostando.

Emborracharme era, sin duda, el mejor modo de huir de esa exigencia. Cuando bebía podía evadirme y no pensar en mi anhelo profundo. El tabaco, por el contrario, no funcionaba. No me relajaba ni servía como fuga, ni siquiera me causaba placer, sino que su olor me resultaba molesto y me provocaba irritación, induciéndome a un proceder mezquino y violento. Poco faltó para que me enzarzara en una pelea con mi amigo cuando vino a visitarme; quería persuadirme para que faltara a mi palabra, por lo que mi reacción no fue precisamente modélica. Antes no perdía así los nervios. Yo, en verdad, era una persona muy tranquila y pacífica. El asesinato sólo me estimulaba si había apuestas de por medio; si no era así, escapaba a mi comprensión los motivos que impulsaban al crimen, no entendía el por qué de ese acto de locura y desesperación.

El otro vicio que escogí como sedante para mi ansia, los prostíbulos, también cumplieron su función, al menos durante un cierto tiempo. El sexo me agotaba. Además, siempre quedaba en la recámara el recurso de hablar con las prostitutas, actividad que me proporcionó horas de agradable evasión y me ayudó a comprender que las penalidades que estaba sufriendo no respondían al capricho del destino sino a una necesidad lógica, fortalecedora. Compartir mi tiempo con otras personas marginadas por la sociedad me aproximaba a la comprensión: ellos eran los enfermos, los adictos, no nosotros. Nosotros dependíamos de nuestros placenteros vicios, ellos de sus represoras leyes. ¿Quién necesita la felicidad de una vida controlada por otros y de fingido orden pudiendo someterse a la banalidad del placer fugaz y adictivo?

Una de las prostitutas con las que me relacioné me narró una breve historia que ilustra a la perfección esta idea de la liberación e independencia del repudiado. Mientras ella y una compañera buscaban clientes, pasó por su lado una mujer gorda, vestida con elegantes ropajes y suntuosas joyas, y acompañada, o más bien escoltada, por dos hombres jóvenes y apuestos. La oronda mujer le dirigió una mirada de repugnancia y reproche, se aferró con fuerza a sus acompañantes y huyó de allí tan rápido como sus pesadas carnes le permitieron. Esto es algo que nunca podría sucederme a mí, porque yo no dependo de ellos ni me preocupo por causarles una buena impresión; sin embargo, ellos, la gente acomodada e integrada, viven siempre de la apariencia, de cara a la vida pública. Y dependen mucho de nosotros; los hay incluso que sienten compasión por los solitarios lobos de las cloacas. Este pensamiento alentador se convirtió en mi Biblia durante las dos primeras semanas del suplicio.

Una noche vino a verme uno de los adictos a El Juego: Jorge, el llorón, con quien personalmente nunca trabé mucha amistad. Se puede decir que había cierta tensión entre nosotros, acentuada por lo reducido de nuestro grupo; de ser posible, evitábamos pedirnos favores. Su actitud débil y sumisa me irritaba; se refugiaba siempre tras alguien fuerte que pudiera protegerlo, como un perro fiel a su amo, a diferencia de que su fidelidad no resultaba ser tal. Mi mayor temor era que, en un momento de descuido, encontrara a alguien más útil para satisfacer sus necesidades y nos diera la puñalada trapera. Llegué incluso a instar a Mi Amigo para que se deshiciera de él, pero éste, como un padre atento, era quien ejercía de señor y protector de la débil criatura; en ocasiones también Andrés desempeñaba esa función, mas, como en él se podía confiar aún menos, el llorón solía buscar cobijo en Mi Amigo.

Mantenía aventuras sexuales, que él llamaba romances, con prostitutas y millonarias sin sentir aparente predilección por ninguna de ambas clases de mujeres, aunque yo siempre intuí que con las ricas podía interpretar mejor su papel de llorón sumiso y complaciente. De estas relaciones, una vez terminadas, surgía la tragedia en forma de llanto descontrolado y repulsivo, propio de un culebrón televisivo. Un chico insoportable.

El caso es que el llorón debió pensar que aquella era la oportunidad idónea para olvidar nuestras diferencias y decidió llevarme a conocer a unas "amigas suyas", a las que, según sus propias palabras, tenía en alta estima. Vagabundeamos gran parte de la noche hasta encontrarlas y realmente lamenté que finalmente lo lográsemos. Traté de hablarles sobre mi teoría de la marginación y las adicciones, pero no parecían comprender ni una palabra; y cuando al fin conseguí que comprendiesen, tuvieron la osadía de decirme que no compartían mis ideas. Es más, convencidas de que intentaba justificar mis vicios, me preguntaron si era "yonqui". Esta acusación, pues tal ofensa sólo puede considerarse como tal, me irritó profundamente y me marché sin importarme la sorpresa de las dos mujerzuelas. El llorón me suplicó que me quedara, viendo cómo su posibilidad de enredarme fracasaba; pero le ignoré. De camino a casa, me poseyó la necesidad de enterrar en el olvido la humillación que acababa de sufrir, y sentí un ansia terrible de apostar.



Sin embargo, y aunque no desee admitirlo, tal vez aquellas duras palabras provocaron un efecto inesperado en mí, pues a la mañana siguiente desperté con la horrible sensación de que mi vida andaba desencaminada. Se apoderó de mí un vago sentimiento de terror, que, conforme transcurría el día, se fue concretando en una sensación de desamparo y soledad. Me percaté de que apenas podía controlar mis ansias de apostar y, como iluminado por una nueva luz que me guiaba, deseché las reflexiones de las anteriores semanas y me prometí convertirme en un hombre recto, con un trabajo decente, amante de mi hermana, la humanidad, y solidario con los necesitados. Debía predicar el amor al prójimo.

Salí a la calle y sentí que me embargaba la euforia de un hombre contento y feliz porque sabe que va a prestar ayuda de manera incondicional y está en armonía consigo mismo. Me sentía renovado por un insólito optimismo. En el parque, entre el griterío de niños revoloteando, joviales, vislumbré una figura que se paseaba repartiendo amor, conversando con éste o con aquél, inculcando en sus mentes el bien del virtuoso y la palabra de Dios. Al acercarme al buen cura, el hombre me miró con desconfianza, debido, supongo, a mi mezquino aspecto; pero, puesto que hice gala de buenos modales, suavizó la expresión de su rostro y se mostró afable.

-Luego vendrás a confesarte, hijo mío -le dijo a un niño.- Ahora ve a crear lazos de amistad con los buenos cristianos.

Los curas, como los perros, tienen un olfato muy desarrollado para detectar los problemas y distinguir a los hombres perdidos en la senda del pecado. A ello, probablemente, debo atribuir el moralizante y enérgico sermón con que tuvo a bien obsequiarme. No obstante, allí delante del que, en teoría, era un modelo a seguir en esta nueva y virtuosa vida que me proponía llevar, me comenzó a inquietar la dura tiranía del aburrimiento y el hastío; poco a poco, retornaron a mí las reflexiones del día anterior y sentí que estaba siendo engañado por aquel falso santo. Decidí cortar por lo sano:

-Yo peco mucho, padre.

-Pero aún estás a tiempo de arrepentirte y entregarte a Dios. Él predica el perdón. Además, que estés aquí, que te hayas presentado ante mí para que poder acercarte a Él dice mucho en tu favor.

-¿Usted cree que nos observa?

-Él siempre vela por nosotros.

-Entonces le envidio, padre. Violaciones, asesinatos, guerras... Dios se lo debe pasar de puta madre en el cielo.

No le debí caer simpático, pues dio media vuelta y se alejó por donde había venido, murmurando no sé qué perorata religiosa. Una cosa de muy mal gusto. Costumbre de los perros de Dios.

Cuando se marchaba, por poco tropezó con un niño afanado en entretener a su perro. El chiquillo parecía haberse confabulado con el cura para amargarme la mañana: se arrastraba por el suelo; profería gritos dañinos para los tímpanos; gesticulaba de manera exagerada; y reía falsa y tontamente; todo ello, como piezas de un mismo puzzle, componía un cuadro vergonzoso que ponía de manifiesto un carácter de una debilidad alarmante y cómico hasta el ridículo. Resultaba irritante, por lo que me vi obligado a huir de aquel lugar antes de decirle cuatro verdades al mocoso. Yo de niño no era así.

¿Y ahora qué? Sentía crecer el ansia en mi interior; había fracasado el intento de abandonarme a los vicios y había fracasado, también, el de escapar de los ambientes sórdidos por los que solía remolonear. Era como si el destino me empujara hacia lo inevitable. Cuanto más intentaba dominarme, más hondo caía, más negro se hacía el agujero en que me hallaba inmerso. Cada método por el que apostaba, me conducía al hastío y me sumergía de nuevo, y con mayor intensidad, en el pozo del deseo.

Comenzaba a preguntarme si todo aquello tenía algún sentido. Sabía que era presa de mi vicio y sabía que era absurdo, pero ahora más que nunca dudaba de si merecía la pena librarme de él. Requería demasiados sacrificios. Y además, ¿qué ganaba con ello? Todo cuanto tenía y me importaba giraba en torno a ese mundo. Si me alejaba de ello, sólo quedaba partir de cero, empezar una nueva vida entre esa gente sumisa, tan adicta a su sociedad como yo a mi pasión.



Aquella noche, sumido ya en la más absoluta desazón, me visitó un amigo: Andrés. Andrés era un tipo gordo, patoso y bocazas que detestaba el ejercicio físico y mental. Entendía la vida como algo odioso de lo que debía huir; su pesimismo le había conducido a la marginación y a los vicios, que para él no eran placer, sino alivio y evasión, la única manera de escapar del horror que suponía su vida. En su trato con las personas era huraño, mezquino, pues definía la amistad como un estado cercano a la estupidez en el que sólo se dejan atrapar los tontos y los ingenuos. A pesar de ello, seguía participando en El Juego como uno de los miembros más activos, aunque, eso sí, puesto que solía perder, aportaba más penas y quejas que alegrías.

Me propuso acompañarlo a una cita con un grupo de alemanes, nuevos en el barrio, en los que no confiaba. Le pregunté por qué, en ese caso, apostaba con ellos; pero no respondió. Lo hacía a menudo. Pese a su pesimismo absoluto ante lo que la mayoría de la gente llama amistad, a menudo pedía tu confianza ciega en relación a ciertos asuntos. En un principio, debido a mi abatimiento, me negué, por lo que, a modo de venganza, instaló su oronda masa corporal en mi sillón y aseguró que no desalojaría hasta ver cumplidos sus deseos. Temiendo por la integridad de mi mueble predilecto, no me quedó más opción que acceder a su ruego, aún después de protestar y amenazarlo. Así, pues, mi grueso compañero y yo nos sumergimos en un mar de pestilentes aguas, hogar de la basura ciudadana de nuestra modélica urbe, ese lugar que era el único capaz de proporcionarnos seguridad. Más allá de sus fronteras, se hallaba un mundo peligroso y desconocido del que nada deseábamos saber.

Los alemanes resultaron ser una gente muy pacífica, pero el trato con Andrés siempre era complicado, y más al ser ellos nuevos en el barrio. Todavía no estaban al corriente de la mala leche de mi amigo y de sus pequeñas trampas, que los demás aceptábamos ya por costumbre. A menudo le advertíamos que intentará reprimirse con los extraños, pero él no temía ni respetaba a nadie, casi podría decirse que disfrutaba provocando y buscando el peligro. En el fondo, todos estábamos convencidos de que algún día moriría en una reyerta, incluso compartimos nuestras preocupaciones con él en más de una ocasión. De nada sirvió.

Por suerte para mí, no era ese día en el que se cumpliría al fin nuestra predicción. Pude intervenir y poner fin de manera pacífica a la disputa. O así fue en apariencia, al menos, pues Andrés se encolerizó conmigo por haber dado crédito a las, según él, falsas acusaciones de los alemanes. De vuelta a casa, profirió cientos de amenazas y promesas sobre lo que les sucedería a esos mentirosos si se cruzaba con ellos por la calle. No le presté demasiada atención a sus divagaciones, hastiado como estaba, pero la discusión había devuelto a mi sangre las ansias de apostar y la fiebre del juego recorría mi cuerpo. Con mayor fuerza todavía, el vicio me tentaba, como si cada acción que emprendía fuera una etapa cuyo desenlace sería el descenso a los infiernos. Primero el alcohol y las putas, después el cura y el niño, ahora Andrés y las apuestas; prueba tras prueba, cada una de ellas, por mucho que pareciera servirme como medio de evasión, me empujaban hacia El Juego, la prueba definitiva y con toda seguridad la razón de mi fracaso. Lo intuía, pero no podía evitarlo.

Al fin llegó Halloween, la temida fecha. Esa mañana desperté con una extraña sensación de congoja y alivio a la vez. Sentía que toda mi existencia giraba en torno a ese día y no había nada más. El todo o nada. La victoria o la derrota. No estaba seguro de cuál me convenía más, pero tampoco tenía sentido divagar sobre ello; pasase lo que pasase, ya no tenía alternativa, los senderos posibles se habían reducido a uno solo: esa noche.

Fui incapaz de negarme cuando mis amigos llamaron a la puerta, casi suplicándome, argumentando que yo, fundador y máximo promovedor de El Juego, no podía faltar. También fui incapaz de rechazar cuando insistieron en que jugara. Andrés, el obeso, me dijo, o más bien insinuó, que ese año habría novedades, apasionantes nuevos retos, más estimulantes si cabe que los viejos.

Acudieron a recogerme los cuatro amigos de siempre: Andrés, el gordo, a quien ya he presentado; Pedro, el drogadicto; Jorge, el llorón, a quien el lector ya recordará; y, por supuesto, omnipresente, rostro burlón, sonriente, Mi Amigo, el de la apuesta.

Pedro, el drogadicto, era propenso a las pastillas; ignoro cuántas tomaba al día, pero sé que consumía más de las que confesaba, y lo hacía, según sus propias palabras, porque "le ayudaban a funcionar". En verdad, esta afirmación, en apariencia descabellada, cobraba sentido al verlo actuar en el día a día. Para cada acción que emprendía, incluso una tan sencilla como dormir o ducharse, tomaba una pastilla, como una pila que necesita energía para funcionar. Era una persona muy alegre, incapaz de permanecer tranquila, de estar enojada o triste, debido, sospeché siempre, a los antidepresivos que consumía, por lo que muchas veces íbamos a visitarlo cuando la vida se ponía cuesta arriba. Sin embargo, esta jovialidad innata lo hacía poco apropiado para tratar cuestiones delicadas, solucionar problemas o provocar enfrentamientos, actividades frecuentes en un barrio como el nuestro. Algunos incluso lo tachaban de cobarde por esta pequeña debilidad, que, desde mi punto de vista, compensaba sobradamente con su simpatía.

Por último, estaba Mi Amigo. Nadie conocía su nombre real y, en verdad, nadie se preocupó jamás de preguntárselo o averiguarlo por otros medios. Le aceptábamos tal como era por su inteligencia y capacidad de manipulación. Aún siendo nosotros los manipulados no podíamos reprochárselo, pues a menudo era mejor antidepresivo que las pastillas de Pedro, el drogadicto, y sus bromas pesadas siempre resultaban ser, finalmente, inofensivas. Poseía mayor ingenio que el resto del grupo junto y esta cualidad más de una vez nos libró de situaciones peliagudas. Además, de nada sirve negar la fascinación que despertaba en nosotros su personalidad, a excepción, claro, de en el obeso, Andrés, incapaz de fascinarse por nada. Incluso lo obsesivo y retorcido de su comportamiento nos apasionaba. Reflexionando ahora que poseo una visión más objetiva, o al menos no tan subjetiva, creo que, al contrario de lo que nos parecía entonces, ninguno del grupo lo conocía de verdad. Curiosamente, el tiempo lo ha desmitificado. Los días en que lo creíamos el hombre más siniestro que habíamos conocido se han esfumado y lo lejano de aquellos sucesos me permiten considerarlo uno más del grupo, y no el líder o el más peligroso. Sólo era un hombre que jugaba a ser un dios.

No obstante, he de señalar que aquella noche la idea que tenía de él era muy diferente; le profesaba un gran respeto, y no sólo por las leyendas que circulaban sobre él, sino porque se esforzaba en que así fuera. Cada gesto, cada movimiento, cada palabra... todo estaba calculado para provocar un efecto determinado en los demás. Su mente cuadriculada preveía las consecuencias de sus actos antes de ejecutarlos y sólo así podía mantener viva su leyenda.



Pero, puesto que no deseo irme por las ramas, regresemos al momento de la acción. Cuando llegamos a la casa donde nos reuníamos habitualmente, Pedro me apartó un momento de los otros y, no sin antes tomarse un par de pastillas, me dijo:

-Amigo, esto que haces no tiene sentido. Deberías dejar de torturarte de esta manera. Mírame a mí; soy adicto a las pastillas, y lo admito, y lo acepto. ¿Por qué? Porque no hay nada de malo en ello; me "ayudan a funcionar" igual que a ti te ayudan las apuestas. Es un estilo de vida. No puedes cambiar lo que eres.

“Piensa en esa gente integrada y decente. ¿Crees que ellos no son adictos a sus leyes y a su sociedad? Claro que lo son. Cuando uno de ellos depende de algo, si esa adicción es beneficiosa para los demás, la llaman "dedicación" y aseguran que ese adicto es una persona generosa y comprometida con la sociedad. Pura mentira. Cuando uno de nosotros, por el simple hecho de no compartir sus valores, se entrega a algo, entonces lo llaman "vicio". Pura mentira. Entre ambos conceptos se halla la "obsesión". Se denomina "obsesos" a aquellas personas, que, aunque no realizan tareas beneficiosas para los demás, tampoco perjudican. Pura mentira.

“Todo se reduce a lo mismo: simple y pura adicción. El resto es pura mentira, pura hipocresía. Sólo es pura adicción, pero le dan éste u otro nombre según concuerde o no con los valores que predican. No te dejes enredar por esas mentiras.

Sin darme tiempo a responder o reaccionar siquiera, el drogadicto dio media vuelta y se unió al grupo.

En aquel momento, me explicaron que la innovación de El Juego era matar, en lugar de al niño de turno, a Mi Amigo. Es imposible describir la gran sorpresa que me causó esta revelación. Lo miré y en su rostro vi una de sus maliciosas y desquiciantes sonrisas. Otra de sus bromas pesadas, pensé. Obviamente, nadie, ni siquiera yo mismo, pensaba que me atrevería a hacerlo; una mala pasada para reírse de mí. De hecho, incapaces de contenerse, ya oía yo sus carcajadas, las de los tres (el obeso nunca reía), resonando en mi cabeza como cantos diabólicos.

Ellos ignoraban los sucesos acaecidos desde la apuesta con Mi Amigo. No sabían cuántas penurias había tenido que pasar, así que decidí que lo comprendiesen de la manera más brutal que podía concebir: matando a Mi Amigo. Así con fuerza un objeto contundente, de hierro, próximo a mí y, antes de permitirle reaccionar, le golpeé en la cabeza con tanta rabia que no tardó en chorrear la sangre cual fuente de orina. Murió. Y Gané ambas apuestas. Y lo que es más importante, mi amigo se equivocó. Su error fue mi triunfo, el primero sobre él.

Los otros tres permanecieron inmóviles, la sorpresa reflejada en sus rostros, pero no osaron socorrerlo. Poco a poco, comenzaban a asimilar que, por primera vez, yo había vencido.

Antes de morir, el rostro de Mi Amigo se torció en una macabra mueca, lo que parecía ser un intento de sonrisa. Con voz débil, susurró:

-Nunca imaginé que mi vida valiese un euro, una careta de Freddy Kruegger y un mes de alcohol, tabaco y putas.

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 1:03 pm

EL MERODEADOR DE CEMENTERIOS

Fue en una noche oscura y gris, cuando el viejo Raúl decidió dar sepultura a aquel joven, muerto en extrañas circunstancias. El frío era cada vez mas intenso, y la niebla se adueñaba del pequeño cementerio del norte de Portugal.
- una lástima lo de este chico eh Raúl, tan joven y nadie que de cuenta de él, pero bueno así es la vida, entiérralo mañana a primera hora y asunto concluido, ya ha estado en la morgue dos semanas y tengo otros clientes esperando, jajaja... - La voz de Lucas, el dueño de la funeraria, se podía escuchar a cien millas a la redonda, mientras comía ansiosamente un bocadillo de jamón y queso llenando su camisa de migas y poniendo todo el suelo de la pequeña oficina perdido. Y, efectivamente, así era, nadie había dado cuenta del joven cadá ver. Incluso, el gordo se había molestado en poner anuncios en la prensa local sin éxito, mientras degustaba un buen par de bocadillos de jamón y queso.
Al escuchar las palabras de Lucas, el viejo Raúl recordó que los martes a primera hora tenía partida de dominó con sus amigos de la Fundación, y desde luego, por nada del mundo se iba a perder lo que, para él, era su única satisfacción en esta vida, además, su viejo amigo Pedro le debía una alta suma de dinero y, por fin, este jueves iba a saldar su cuenta pendiente.
Así fue como nuestro amigo Raúl se las ingenió para desobedecer la orden de su corpulento jefe, llamaría a su viejo amigo Pedro y entre los dos, enterrarían a ese pobre muchacho muerto en extrañas circunstancias.
Por fin, llegó la noche y los dos viejos se dispusieron a hacer aquel trabajo lo más rápido posible, no sin antes saborear una buena botella de vino tinto. Mientras Raúl tiraba tierra sobre el ataúd, creyó escuchar el sonido leve de algo que se movía debajo de la tierra, un ruido seco, como el de unas uñas arañando madera.
- ¿has oído eso viejo?, dijo Raúl.
- ¿he oído el qué? contestó Pedro.
-¿no lo has oído?
- ¿no he oído nada, y si lo que quieres es asustarme, lo estas consiguiendo, así que coge la pala y acabemos con esto de una vez -
Raúl siguió su trabajo pensando que, quizás se había excedido con el vino, y pensó que, la poca costumbre de trabajar de noche le habría jugado una mala pasada. A los cinco minutos, los ruidos se hicieron mas fuertes, y, esta vez, Pedro también los escuchó.
- vámonos de aquí, no me gusta nada esto viejo.
Los dos accedieron a dejar el cementerio de inmediato, Raúl se adelantó para cerrar la oficina y Pedro se quedó en una esquina del cementerio esperando a su compañero.
Cuando éste llegó a la esquina, vio que Pedro había desaparecido, miró al suelo y observó unas manchas de lo que parecía ser sangre fresca. El corazón de Raúl latía tan fuerte que a punto estuvo de sufrir un infarto.
-respira viejo, respira profundamente, lo vamos a conseguir - se decía a si mismo Raúl, mientras corría hacia el coche, en la salida del cementerio. Miró hacia atrás y vio la sombra de algo que lo perseguía velozmente. Cuando le quedaba muy poco para llegar al coche, su corazón no aguantó mas y se paró. Allí mismo, tumbado boca abajo se quedó el pobre Raúl, mientras la niebla se diluía por el norte, sin poder jugar más su querida partida de dominó de los martes por la mañana.
Meses mas tarde, los compañeros de Pedro y Raúl recordaban los buenos tiempos en los que, los dos amigos reían juntos mientras jugaban una partida. Un día, Mariano, amigo de la Fundación, decidió tomarse unas vacaciones a las islas Madeira, y cual sería su sorpresa al encontrarse en la piscina - casino del hotel a Pedro acompañado de una persona gruesa que comía bocadillos de jamón y queso ansiosamente mientras jugaban una partida de poker acompañados por dos hermosas Isleñas.

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 1:03 pm

EL NIÑO DEL CORAZÓN DE PIEDRA

¿Cuánto hace que callas ese secreto…?

Walter tenía el récord de puntualidad en la primaria N. Llevaba pocos meses trabajando allí, pero ya se había ganado el cariño de todos. Era: "¡Un hombre intachable!" como dijo una vez el director del instituto, quien hasta le dio llave de su salón y de la biblioteca… Ese día, Walter cargaba el mismo entusiasmo, el uniforme recién planchado y su maletín, que a todos les pareció un poco más pesado por la manera en que lo sostenía. Su alegría desbordaba en cada saludo a sus colegas, y su sonrisa crecía con cada paso que daba hacia al aula donde sus alumnos de primer grado lo esperaban con el mismo ánimo. ¡Claro! ¡Era viernes!, días en que Walter reúne a sus pequeños para contarles un cuento antes de comenzar la clase.

- ¡Hola pequeños! - dijo muy alegre Walter cuando abrió la puerta.

- ¡Buenos días maestro Walter! - dijeron todos los niños en coro.

- Hoy les tengo un cuento muy especial.

- ¿Sí, cuál? -preguntaron algunos.

- ¡Uno muy distinto! ¡Ja, ja!... Espero que sean unos hombrecitos y mujercitas valientes, porque voy a contarles uno de terror.

- ¡Yo no tengo miedo! - dijo la niña más malcriada del grupo.

- ¡Ja, ja! Bueno, espero que todos sean igual que tú - dijo Walter camino a su mesa.


Los niños arrimaron los pupitres hacia atrás para poder sentarse en un círculo alrededor del cuentista.

- ¿Están todos? - preguntó Walter después que dejó su maletín sobre la mesa.


Los niños, ahora sentados en círculo en el suelo, miraron a todos lados y luego respondieron:

- ¡Como siempre falta L.!

- ¡Ja, ja! ¡L.! ¿Cuándo no? Ese impuntual… Bueno, lástima…! ¡Comencemos! ¿Les parece? - preguntó Walter parado en el centro del círculo.

- ¡Sííííí! -dijeron los niños.

- ¡Bueno! El cuento se llama: El Niño "Corazón de piedra".

- ¡Uyyy! -dijeron algunos.

- Bueno aquí va: érase una vez, hace muchos años, cuando los animalitos andaban libres en un bosque sin que nadie los molestara…

- ¡Esto no asusta! -interrumpió la niña malcriada.

- ¡Cállate! - le contestó un niño regordete- ¡No interrumpas al profe…!

- ¡Ja, ja! ¡Estos chiquitos! Tienen que tener paciencia, sobre todo tú que eres una niña tan madura y valiente.

- ¡Siga, siga! - gritaron los otros niños mientras aplaudían.

- Está bien, está bien, ¿dónde iba? ¡Ya!: hace mucho, cuando los animalitos andaban libres, un niño igualito a ustedes y muy valiente también, se adentró a lo más profundo del bosque de su pueblo. Se había escapado del colegio para jugar al explorador y hasta pensó que encontraría un tesoro entre los árboles.

- ¿Y encontró el tesoro? - preguntó un niño en el fondo.

- No, no. El niño descubrió algo más fascinante: los animalitos que allí vivían hablaban igual que los hombres.

- ¿Cómo? -preguntaron todos.

- Sí, sí. ¡Imagínese, como nosotros!... Bueno, sucede que cuando el niño regresó a su casa le contó a sus padres sobre el descubrimiento, pero no le creyeron. El niño se enfadó mucho y se fue esa misma noche de su casa y tomó rumbo al bosque, decidido a llevarse un animalito para enseñarle a sus padres que él tenía la razón...

- ¿Y el niño era millonario? - preguntó un pequeño.

- ¡Ja, ja! ¡Qué pregunta! No, de hecho, el niño era muy pobre y sus padres lo obligaban a trabajar después de clases; limpiando algunos graneros en los alrededores, cosa que a él le desagradaba y siempre le hizo aborrecer a sus padres.

- ¡Ahhh! - se escuchó.

- En fin pequeñitos; el niño caminó y caminó por el bosque y finalmente se encontró con una pequeña ave que conversaba con un zorro… ¡Y sin pensarlo dos veces el niño se le tiró encima al zorro y lo agarró por la cola!

- ¡Y el zorro se lo comió! - interrumpió el más alto de los alumnos.

- ¡Ja, ja! ¡No, no! El zorro se volteó y le dijo: "Niño, suéltame... Soy un pobre animalito del bosque que no le hace daño a nadie. Deja mi cola para correr hasta mi casa donde me esperan mis hijitos". ¡Ah! Pero el niño no le hizo caso y comenzó a arrastrar al zorro por la cola hasta su casa...

- ¡Uyyyy!

- Sí, sí. El niño pensó que sería muy fácil, pero a mitad de camino el zorro le dijo: "Niño, no has tenido la delicadeza de soltarme, aún cuando te he dado tiempo para arrepentirte... Piensa en mis hijitos, ¿es que no tienes corazón?" Y el niño le respondió "Sí tengo, ¡pero qué me importan tus hijitos!" El zorro se molestó muchísimo y como pudo se dio la vuelta y le mordió la mano al niño.

- ¡Y lo mató! - interrumpió otro niño.

- ¡Ja, ja! No, no… El niño soltó al zorro y cayó en el suelo. El animal se volteó y le dijo: "Ahora tendrás que pagar por lo que has hecho… Yo soy Barbatos, Conde de estas tierras. ¿No viste ayer al sol en Sagitario? ¡Ja, ja! No tendrás idea de lo que te digo. No importa, lo que importa ahora es tu castigo… a ver, a ver... ¿cuál será...?" El niño, ahora muy asustado, comenzó a arrastrarse de espaldas por el suelo mientras veía al zorro moviéndose en silencio de allá para acá.

- ¿Y qué pasó con el pajarito que hablaba con el zorro?

- ¿Pajarito? ¡Ah, sí! El pajarito se fue volando cuando el niño llegó… Pero eso no tiene importancia amiguitos. Miren, el niño tocó una gran piedra con su mano mientras trataba de huir; la agarró con su manita y con ella amenazó al zorro. Entonces el zorro cuando vio la piedra, le dijo: ¡Eso es! ¡Eso es! Haré que tu corazón sea tan duro y frío como esa piedra, y vivirás condenado a no sentir amor o felicidad por el resto de tu vida. ¡Entonces chiquitos, el zorro dijo un hechizo y la piedra que el niño sostenía se transformó en un gran y pesado corazón!

-¡Qué miedo!

-Sí, sí… El niño dejó caer la piedra, y al tocar su pecho sintió que nada latía. Luego el zorro comenzó a reírse y el niño se paró lentamente… El niño aprovechó que el animal estaba desprevenido, y con la piedra lo golpeó y golpeó hasta que…

- ¡Lo mató! - gritaron todos impresionados.

- ¡Sí, sí! El niño mató al zorro con la piedra. ¡Ah, chiquitos! Pero no fue lo único que hizo… Esa noche, cuando llegó a casa, buscó con cuidado el cincel más grande entre las herramientas de su papi y se dirigió al cuarto de sus padres, donde ellos dormían. ¡Al parecer a ninguno le preocupa dónde estaba su hijo! ¡Hasta el zorro que era un animalito lo hizo, pero ellos no! No mis pequeñitos, eran unos papás malvados que no merecían un hijito tan lindo…

- Sí, sí… ¿pero qué pasó? - preguntó el niño regordete.

- ¡Ja, ja! Cierto, me desvié un poco de la historia… El niño se paró en la cama de sus padres, puso el cincel en el pecho de su madre y con el peso de la piedra lo empujó y le atravesó el corazón. Luego con mucha rapidez hizo lo mismo con su padre… el niño salió corriendo de su casa con el cincel y el corazón de piedra y sigue haciendo de las suyas por allí. Fin… ¿Qué les pareció el cuento?


Los niños estaban paralizados y algunos abrazados unos con otros. Aún así, hubo uno que preguntó:

- ¿Entonces el niño sigue vivo?

- ¡Ja, ja! Sí, pero ya no es niño. Ya creció chiquitos, como ustedes lo harán algún día. ¡Pero quiero ahora mostrarles algo!


Walter, de espaldas a la pizarra, no se dio cuenta de que L. había llegado y estaba curioseando por la mesa del maestro... De repente el maletín y su contenido cayeron al suelo, y todos los alumnos salieron corriendo y gritando al pasillo principal. El director del instituto, que iba pasando por allí, entró al salón de Walter muy molesto y le preguntó:

- ¿Qué significa esto Walter? Esto es un instituto decente, y usted un hombre intachable. ¡Exijo ahora mismo una explicación!


El maestro caminó hasta la puerta, sacó la llave de su bolsillo y la cerró. Luego se dirigió hasta el maletín…

- ¿Walter? ¡Contésteme!... No me dé la espalda cuando le hablo. ¿Qué es eso que tiene en la mano...? ¿Un...? ¿Para qué es esa piedra...? Walter… ¿qué está haciendo Walter...? ¡Suélteme! ¿Qué hace...? No, no... ¡Aléjese de mi!... ¡Auxilio! ¡Socorro!

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 1:03 pm

EL NUEVO JUGUETE

Cuantas veces se culpa a la conciencia de los malos actos. Esas voces
internas que nos consumen y que nos hacen incluso llorar.

Carlitos era un chico retraído, normalmente medicado por sus padres para combatir su
síndrome del niño mal atendido. Su casa aparentaba ser el hogar perfecto y no mucho
menos la presencia de sus padres.

Muy alejados de los problemas de su hijo, el egoísmo (como pensaba Carlitos) les
hizo pensar en otro integrante mas para la familia.
Así, el transcurso de un embarazo lleno de cuidados y mimos se cumplió, dándole a
Carlitos a finales del noveno mes la buena noticia de un nuevo hermanito.

La llegada del nuevo inquilino a la casa fue anunciada con bombos y platillos. La
alegría inundó la casa.

Pero en uno de los rincones de la casa, debajo de la alacena, se encontraba triste y
rabioso Carlitos, el lugar de los ratones, le llamaba.

Una presencia que enturbiaba su joven mente le incitó a "jugar" con su nuevo hermanito.
La cuna se veía tan tentadora de cruzar. Armado con un pica hielos se dispuso a
visitar a su fraterno mientras los adultos celebraban la buena nueva en la sala de estar.

Para este momento la noche ya había cubierto al barrio. Que mejor cómplice y
escondite que las sombras y cortinas de la habitación de su hermanito.

La misma voz que lleno de ira a Carlitos volvió a aparecer, ensuciando sus oídos con
crueles palabras.

Carlitos cruzó la reja de la cuna, moviendo la colchoneta e inquietando al bebe...

El llanto del recién nacido se hizo presente pero muy inteligente Carlitos con un desliz activo el móvil que hizo irradiar sonrisas al pequeño.

-Hola bebé, soy tu hermano mayor, ¿Quieres Jugar?. Dijo Carlitos.

El bebé entretenido por las luces de su juguete sonreía y retozaba hasta que...

Con un movimiento sagaz, Carlitos perforó con todo su coraje las manitas del bebé, tanta fue su rabia que sin dedos dejo al infante...

El niño lloraba, el dolor insoportable le hizo emitir llantos y gritos.. Pero con
los peluches de su cuna, Carlitos le tapaba la boca.

En un cruel frenesí masacró al recién nacido. La cuna se tiñó de rojo y con la sangre Carlitos se divertía.

Las vísceras y miembros eran un entretenimiento para él.

El trágico suceso no fue percibido, hasta que su abuela quiso ir a despedirse de sus encantadores
nietos...al no encontrar a Carlitos en su habitación se dirigió al cuarto del bebe.

Al encender la luz vio el charco de sangre de la cuna que estaba cubierta con un
edredón de pequeños ositos bañados de carmín.

El grito de la abuela alertó a los demás y todos se dirigieron a la habitación.

No podían creer lo que sus ojos les hacían ver...

Mientras, Carlitos con su macabra sonrisa cual si hubiese recibido un juguete más decía:

Mira papá... Mira mamá... Desarmé a mi hermanito!!!

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 1:04 pm

EL PSICOPATA

Una noche Max y Suzanne transitaban en coche una estrecha y pedregosa
carretera –si es que podía llamarse así- a lo largo de un extenso desierto que
parecía situarse en los confines del mundo, ambos llevaban meses de noviazgo y como
jóvenes que eran uno de sus principales fines ulteriores era hacer escapadas para
librarse temporalmente del estrés de sus insignificantes vidas rutinarias, paliaban
sus ansias de aventura mediante esas salidas que solían hacer los fines de semana,
normalmente llevaban consigo algunos colegas, pero aquella vez no sería así,
estarían sólo ellos, sin curiosos, cosa que ambos agradecieron pero que poco después
ambos acabarían lamentándolo muy profundamente, sobretodo él, porque ¿puede acaso un
muerto lamentar su propia muerte?

Las estrellas abarrotaban el cielo como cientos de hogueras en la bóveda celeste,
llevaban horas sin ver ningún rastro de vida humana, de vez en cuando algún coche
abandonado en el arcén y algún que otro tétrico hostal con una o dos luces
encendidas que más bien parecían una abandonada casa del terror habitada por
vampiros. Max puso la radio y tras un rato de música fue interrumpido por una
especie de avance informativo nocturno que comentaba la inexplicable fuga de un
peligroso criminal y depravado sexual que por lo visto era bien conocido en la
región por ser un violador en serie, las pocas mujeres de la región llevaban largo
tiempo sintiéndose con seguridad para transitar aquellas siniestras zonas, poco
adecuadas para una chica por la gran cantidad de borrachos, violadores y camioneros
depravados que transitaban las escasas gasolineras y bares que allí había; cuando
dieron el nombre del asesino una inminente oleada de pánico inundó la columna
vertebral de Max, se puso pálido como el mármol y hasta sintió nauseas que le
llevaron a tener que parar el coche rápidamente y salirse del vehículo para tomar
aire fresco, no sin antes de que su amada, Suzanne, le preguntara la causa de su
alteración, Max se lo explicó: “Oh! Si yo te contara, ese peligroso asesino es la
causa de que noche tras noche terribles pesadillas abarquen mi mente y despierte en
sudores fríos, estoy seguro de que ese hombre ha estado pensando en la forma más
cruel de matarme desde que entró en la cárcel, ya que desgraciadamente fui yo quién
hice que le detuvieran, lo encontré entrando en un puticlub de carretera situado a
unas 30 millas de aquí y yo informé a las autoridades locales de que le detuvieran,
aún recuerdo esa terrible mirada provista de odio y de rojizos ojos maquiavélicos,
no dijo más nada, pero aquella mirada fue suficiente para darme a entender de que
tarde o temprano saldría de la cárcel como fuera y me buscaría para asesinarme hasta
el fin del mundo si hiciera falta.”

Max salió del coche y para tranquilizarse un poco sacó un cigarrillo que se fumó
lentamente, la certeza de que el protagonista de sus peores pesadillas estuviera
libre y muy probablemente en aquél momento buscándole le causó un gran terror,
finalmente intentó olvidarlo un poco y se sintió mejor, tiró el cigarrillo y se
volvió al coche: “Bueno, ya se me ha olvidado un poco, prosigamos” dijo Max, cuando
este intentó poner el vehículo en marcha no pudo, cosa que le extrañó, salió y abrió
el capó para ver si podía determinar el origen del problema: “ Otra aventura más”
pensó él, pero lo que el no sabría es que iba a ser la última, llamó a Suzanne, pero
no contestó, creyó que se había quedado dormida, así que se acercó al asiento del
copiloto y se percató de que Suzanne no estaba, Max comenzó a temblar y a
tambalearse del miedo, olía a whisky, no vio a su novia por ninguna parte, así que
cogió la linterna y se internó entre los arbustos, vio un reguero de sangre que le
llevó por un largo camino, apuntó con la linterna el reguero de sangre y lejos al
final divisó una forma redonda y oscura, se acercó corriendo frenéticamente y casi
se desmayó al ver que se trataba de la cabeza de su mujer arrancada brutalmente con
una expresión de terror en la cara, de pronto su linterna se apagó y quedó sumido en
una impenetrable oscuridad, estaba aterrorizado, casi sin quererlo pisó algo duro en
el suelo, lo cogió con cuidado, se trataba de una grabadora y algo más… un revolver!
Cuando puso la grabadora una voz ruda y espantosa habló: “Te dejo la cabeza de
recuerdo, gracias por el cuerpo…jajajaja…ahora podré satisfacer…hmm… mis
necesidades… jajajaja , ahí tienes un regalito para que hagas los honores por mí,
para que luego digas que soy un hombre malo…jajajaja.” Max lo comprendió, sabía que
iba a morir de una forma horrible antes de llegar al vehículo, así que rápidamente
cogió el revolver, se metió el cañón en la boca y disparó.

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 1:04 pm

EL SAPO

Fue en el sucio escaparate de una oscura y ruinosa tienda donde lo vi por primera
vez. Puedo recordar perfectamente en donde está esa tienda. De hecho, sigue estando
allí, a diferencia de cómo ocurre con los siniestros y extraños emplazamientos que
tienden a desaparecer al final en los cuentos de Lovecraft.
Pero de la misma forma fantástica que ocurre en esas delirantes narraciones, fue
allí donde todo comenzó.
Podría haber dicho que era un día como cualquier otro, nada especial, no pude
percibir nada raro. Ni un solo presagio funesto.
Estaba equivocado.
Era una de esas tiendas de artículos “esotéricos”. Aunque no vendían libros, tenían
una muy amplia gama de “aparatos” como son las barajas de tarot, bolas de cristal,
estatuas de Buda, runas, dados, incienso, velas, etcétera. Claro, también era
posible obtener toda suerte de amuletos.
Yo tan solo había ido a comprar incienso, ni siquiera era para mí pues yo en
realidad no estaba interesado en ese tipo de asuntos. Pero algo llamó poderosamente
mi atención: Era un horrible sapo verde parado sobre una pila de monedas. Creo que
pude sentir como si de verdad me estuviera observando.
“¡Que feo!” Fue lo único que se me ocurrió pensar después de verlo, volteé hacia
otro lado y finalmente, me fui de la tienda.
Recordé el cuento de Borges llamado “El zahir”, donde el protagonista se ve afectado
por la nefasta influencia de un zahir, es decir, algún animal, persona, planta o
cualquier cosa que produce un efecto tal en la persona afectada, que esta no puede
pensar en otra cosa más que en el zahir. Y pude recordar dicho cuento, porque la
imagen del sapo se me quedó grabada.
“¡Chinga tu madre, pinche sapo!” Pensé y olvidé temporalmente le asunto.
Después de entregar el incienso, regresé a mi casa, y al anochecer, volví a recordar
al sapo por un hecho totalmente fuera de lugar. Pude escuchar el canto de un sapo,
cosa nada extraña en la ciudad donde vivo, pero hacía mucho que la temporada de
lluvias había terminado.
Puedo agregar a lo anterior que no pude determinar donde estaba el sapo, aunque sí
lo escuché gran parte de la noche. Pero ese día dormí muy tranquilo y no soñé nada
relacionado con sapos.

Fue al segundo día cuando lo recordé. El título del cuento es: “El extraño caso del
Avools Wuthoqquan” escrito por Clark, Ashton Smith. Es la historia de un avaro
prestamista que en su afán de riqueza, se enredó a sí mismo en una tenebrosa
aventura donde finalmente termina siendo devorado por un horrible descendiente de un
demonio llamado Tsathoggua.
El autor describe a Tsathoggua como una cruza entre un ser humano y un gigantesco
sapo negro, y de manera similar a sus descendientes.
Aquel sapo sobre la pila de monedas, me había recordado a esa abominación que devoró
a Avools Wuthoqquan.
“¡No seas idiota!” Pensé “Eso solo pasa en los cuentos”.
Y, sin embargo, un escalofrío recorrió mi cuerpo. Sin saber por qué, tuve miedo.
Podía sentir el recuerdo del sapo como si de algo ominoso se tratara. Una amenaza
oculta que se cernía sobre mí.
Por alguna razón, se me ocurrió buscar más información sobre Tsathoggua y no me
gustó lo que encontré. Una avanzada raza de Antiguos que vivía bajo tierra, había
hallado un túnel donde supuestamente había vivido Tsathoggua y encontraron allí
seres vivos. Pero no eran sapos como Tsathoggua, sino amorfas masas de limo negro
que se movían y podían tomar forma parcial. Los Antiguos sintieron temor y
decidieron sellar el túnel. Y más tarde, cuando un grupo armado y bien equipado
decidió explorar el túnel, no fue posible hallarlo nuevamente.
Así pues, los Antiguos, los más temidos y poderosos demonios de la Naturaleza,
¡Temían a Tsathoggua!
Nuevamente me reproché a mí mismo por tomar esos cuentos fantásticos como una realidad.

El resto del día estuve muy ocupado con mi trabajo, así que olvidé por completo el
asunto del sapo. Incluso, al anochecer, estaba tan cansado que simplemente cené y me
dormí.
No podría asegurarlo, pero ese día, en mi trabajo, pude ver, o al menos creí ver
algo que se movió sigilosamente por debajo de mi escritorio. Algo negro, me pareció.

Fue hasta el siguiente día cuando lo encontré. Al llegar a mi casa, después del
trabajo, no solamente pude escucharlo cantar, ya que el sapo estaba a tan solo dos
metros de mi puerta.
No puedo asegurarlo con certeza, pero al menos, en cuanto a su proporción anatómica,
era casi idéntico al que vi en el escaparate de aquella tienda. Incluso la forma y
posición de su cuerpo me parecieron iguales. Solo su color era distinto, ya que el
de la tienda era verde oscuro, en tanto que el que estaba allí, era verde claro.

Quizá hubiera podido olvidar el incidente del sapo, a pesar de mis investigaciones
sobre Tsathoggua, pero lo que ocurrió al día siguiente, no solo me pareció
“peculiar” o “curioso” (y uso estos términos por no decir “perturbador”) sino que me
hizo pensar más (sí aún era posible) en el asunto.
Había dejado de darle vueltas al asunto y había incluso, comenzando a olvidarlo, a
pesar de haber visto un sapo verde el día anterior. Pero cuando volví a mi casa por
la noche, allí estaban ellos, junto a la puerta.
Eran al menos una veintena de sapos verdes de aspecto repulsivo. Todos en silencio,
en actitud de espera.
Al principio me quedé mirándolos, en silencio, sin saber qué hacer. Todos me veían
directamente a los ojos. A continuación comencé a gritarles y hacerles señas para
que se fueran.
- ¡Lárguense de aquí, maldita sea! ¡Órale!
Pero solo se dispersaron cuando amenacé con correrlos a punta de patadas.
Cuando cerré la puerta de la casa, me di cuenta que mi respiración estaba agitada y
mi corazón latía con fuerza. Creo que nunca hubiera podido pensar que yo mismo podía
sentir tanto miedo por algo tan absurdo.
Me tomé un vaso con agua helada y el frío me despejó el pensamiento y comencé a ver
las cosas de manera más racional.
Por mucho que me lo recordara, el sapo de las monedas no tenía nada que ver con
Tsathoggua ni con ese otro Avools Wuthoqquan ni con la cosa que se lo comió. Esas
cosas no existen.
Tampoco tenía por qué relacionar esas cosas con la repentina invasión de sapos que
había llegado a la puerta de mi casa.
Lo único que no supe explicarme era por qué los sapos estaban allí en esa época del
año. En definitiva, no era un comportamiento normal para esos animales
"A lo mejor están enfermos" Pensé.
Como una precaución, cerré las ventanas, aseguré las coladeras y me cercioré que no
hubiera ningún lugar en la casa por donde esos animales pudieran entrar. También me
aseguré de observar que ninguno se había metido.
- Ni se les ocurra meterse – dije en voz alta.

Debí haberlo sabido: Cerrar las entradas no era suficiente.
El día siguiente, ya estaban adentro de mi casa para cuando yo regresé por la noche.
Todos cantando en el fondo de la sala, en coro. Viéndome directamente.
-¡Les dije que no entraran! – grité.
Enfurecido, abrí la puerta y comencé a atacarlos con una escoba hasta que logré
correrlos a todos. No volvieron a entrar ese día. Pero pronto, yo descubriría que el
problema estaba muy lejos de resolverse.

El día siguiente fue peor. Mi horror ascendió a niveles inauditos. Los sapos no
habían entrado, ni estaban cerca, pero en la cocina, encontré algo horrible.
Al principio y por puro reflejo, pensé en lo más sencillo:
"Maldición" pensé "Está creciendo un maldito moho negro en la cocina".
Pero no era moho. El moho no se mueve.
-¡Ahorita vas a ver como te saco de aquí! – le dije.
Busqué una espátula entre mis herramientas, pero cuando regresé a la cocina, la cosa
estaba saliendo por debajo de la puerta y se escurrió por la coladera.
¿Pero, qué era esa cosa?
"Amorfas masas de limo negro que pueden desplazarse o tomar forma parcial" pensé.
¡Los descendientes de Tsathoggua!
De verdad lo había visto y el rastro de mugre que había dejado en la cocina me
confirmaba que era cierto. No podía ser nada "normal". Lo único que se me ocurrió
en ese momento era: ¡Tsathoggua!
Debía prepararme, pues no sabía que hacer.

La piedra gris tallada en forma de estrella de cinco puntas. La piedra gris de la
Antigua Mnar. Es lo único que pude descubrir que tenía poder sobre los Antiguos, sus
emisarios y sirvientes.
Pero yo no tenía la piedra de Mnar. Ni podía contactar a nadie que la tuviera o
supiese algo sobre los Antiguos.
Pero tengo un poco de imaginación y se me ocurrió que podía usar la fuerza de los
elementos, podía usar el agua o el fuego. Las dos quizá. Coloqué varias botellas de
agua por toda la casa, así como alcohol, cerillos y unas botellas de aerosol.

Fue el séptimo día cuando se desató el Infierno.
No había nada extraño en mi casa cuando llegué. Ni un solo sapo ni la más leve mota
de moho negro. Pero más tarde, en la noche, poco antes de dormirme, escuché un ruido
extraño. Se escuchaba como una gotera, como una gota de agua cayendo en un cuenco de
metal. Solo que el sonido parecía estar amplificado, metálico, hueco, cavernoso.
Sonaba cada tres segundos.
Me dirigí al baño pues los ruidos parecían venir de ese lugar. Pero en el momento
que estuve casi frente a la puerta, el ruido cesó.
De cualquier forma, decidí entrar, ya que me pareció que algo no marchaba.
Adentro del baño, sobre el lavamanos, me esperaba un repugnante sapo negro. Me miró
directo a los ojos en cuanto entré, en actitud retadora.
No puedo negarlo, me sentí lleno de asco y terror. Un sapo así de negro no podía ser
natural. Porque era algo negro como la pez. Como si hubiera un agujero profundo en
ese lugar. Y sus ojos, dos brillantes esferas rojas, encendidas como brazas de
carbón, tampoco podían ser considerados como naturales.
Además, yo tenía la certeza de que ese día, las cosas iban a ser distintas. Sabía
que en esa ocasión, la cosa no se iba a quedar allí contemplándome, sabía que me iba
a atacar.
Sin ningún preámbulo, ese espantoso sapo negro saltó hacia mí.
Pero en esta ocasión, yo estaba listo para enfrentarlo. Muy bien sabía que tarde o
temprano esas cosas comenzarían a jugar rudo. Y yo no estaba dispuesto a quedarme
atrás.
Di un paso al frente con la pierna izquierda y empujé al sapo con ambas manos a la
altura de mi pecho, lanzándolo al punto de donde partió y estrellando su cabeza
contra la llave.
En ese momento me percaté que sería inútil usar agua. Esa cosa era un sapo (o al
menos lo aparentaba), así que sería inútil mojarlo.
Así pues, el fuego era mi opción.
Corrí hasta donde estaba el aerosol (que era un desodorante, el más concentrado de
alcohol que pude encontrar) y utilicé un encendedor para producir la llama.
Erré mis primeros dos ataques con el improvisado lanza llamas debido a que el sapo
se movía con la destreza característica de su especie, aunado a que yo no soy
precisamente un experto en armas de fuego. Pero con el tercer ataque le acerté de
lleno. Creo que vacié casi todo el frasco, pero el sapo se retorció de dolor y saltó
al escusado apagando su cuerpo. A continuación saltó, se volvió una masa de limo
negro y se escurrió por la coladera antes de que yo pudiera darle alcance.
Me sentí victorioso después de ese encuentro, pero ignoraba que ellos no habían
hecho más que empezar.
Los oí cantar en la sala y me dirigí para allá con el aerosol en la mano, pero me
detuve pues si lo usaba allí, corría el riesgo de quemar toda la casa. Dejé la lata
y tomé una escoba pues eso ya me había funcionado antes y me dirigí a la sala.
Había un total de doce sapos. Tenían los ojos encendidos como el sapo negro del
baño, pero sus colores eran verdes claro y oscuro.
Corrí hacia donde estaban ellos en cuanto los vi y ataque al más cercano lanzándolo
contra la pared.
No pude ver si el golpe le afectó, ya que al menos seis sapos más se lanzaron contra
mí al mismo tiempo. Dos de ellos se estrellaron contra mi pecho, logré evadir a dos
y los restantes me mordieron.
Era extraño pues no sabía que los sapos mordieran, pero estos me produjeron heridas
sangrantes. Lleno de ira, aplasté a uno de ellos de un pisotón y seguí lanzando
golpes con la escoba a diestra y siniestra. No tengo idea de cuanto duró aquello,
pero recibí varias mordidas y en cierto momento, pude ver que las malditas masas de
barro se escurrieron por debajo de la puerta.
Más mi alivio duró muy poco, porque quince minutos después, los sapos se pusieron a
cantar afuera de mi casa. Pero no eran los doce sapos contra los cuales estuve
luchando, ya que podía escuchar al menos a unos cincuenta y así estuvieron toda la
noche, sin darme descanso.

El día siguiente fui a que un médico me revisara las heridas. Durante la noche
anterior, me las había limpiado con alcohol y les puse unos vendoletes, pero no
quería que se infectaran, así que fui a que me revisaran.
El médico insistía en que le dijera como me hice esas heridas y yo le dije que
aunque se lo dijera, no iba a creerme. Sería una locura decirle que me mordieron
unos sapos capaces de transformarse en masas móviles de limo negro y posiblemente
descendientes de Tsathoggua.
Finalmente, y después de mucho insistirme, dejé que me tomara un par de fotos de las
heridas y después de eso, comenzó a curarme.
Más tarde, fui a casa de una amiga y allí dormí un buen rato, después comí y fui a
comprar unas cosas que sabía que iba a necesitar. Una hora antes del anochecer,
volví a mi casa.
Tuve mucho trabajo. Para empezar, saqué todas las cosas de mi recámara y las puse en
la sala. Sellé la puerta del baño con cinta de fibra de vidrio y preparé mi arsenal.
Tenía unas cinco bombas "Molotov", los aerosoles, las botellas de alcohol, unas
antorchas y cinco de esos sopletes desechables que consisten en un cilindro con gas
al que se le enrosca una boquilla.
Los estuve esperando al menos dos horas. No sentía sueño porque ya había dormido, y
dudo que el miedo que sentía me hubiera dejado dormir.
Lo primero que escuché, fue a los sapos cantando. Supe que estaban en la sala, pero
esta vez no fui por ellos. Me quedé allí y no prendí el soplete sino hasta que vi al
primero de ellos cruzar la puerta.
Cuando se juntaron varios en la puerta, les lancé una bomba "Molotov" y con
satisfacción pude verlos arder.
Pronto llegaron más y al cabo de un rato había agotado las bombas y un par de
sopletes. Ellos también habían logrado herirme al menos unas cinco veces, pero en
esta ocasión, mi estrategia se impuso y al cabo de una hora, ya había agotado todos
los sopletes, los aerosoles y el alcohol, así que combatía con una antorcha en cada
mano.
Finalmente, para mi alivio, vi escapar tan solo a un par de ellos.
Me sentía extenuado, así que apagué las antorchas, me acosté en el suelo y me quedé
dormido.

Hoy en la mañana, cuando desperté, pude verlo. Estaba a un par de metros de mí,
viéndome fijamente.
Era de nuevo un sapo negro. Oscuro como un pozo sin fondo. Con dos ojos saltones,
rojos, encendidos y brillantes. Tenía la más horrible expresión que hubiera yo visto
en animal alguno.
Pero no era el que me había atacado en el baño. Éste medía (encogido tal como
estaba) por lo menos setenta cm del suelo a la cabeza y poco más de un metro de
ancho.
Hasta este momento no me ha atacado. Ni siquiera se ha movido de allí.
Pero, ignoro el porqué, me ha obligado a escribir esto. Tampoco sé como me controla,
pues por más que me esfuerzo, solo puedo hacer lo que él ordena. No tengo idea de
lo que pretenda hacer, pero es posible que no tarde en saltar contra mí y devo

Nota del periódico local:

El médico del mencionado desaparecido mostró a la policía unas fotos que tomó del
cuerpo de la víctima poco antes de su extraña desaparición. Las fotos parecen
confirmar el delirante relato que la policía encontró en el domicilio del
desaparecido.

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 1:04 pm

EL SER SIN ALMA

Esta historia es real hasta donde yo la se y espero que les de un importante mensaje de humanidad, es que nunca podemos contenernos de buscar al chico más tímido, retraído y como dicen el mas extraño de la clase.

Debido a cuestiones de seguridad llamaremos al chico de nuestra historia Tommy, pues Bien, Tommy había ingresado ese año a estudiar en un pequeño colegio particular, el corazón le decía que en el nuevo colegio seria todo diferente y por ende esperaba que lo tratasen mejor a como lo habían hecho otros colegios donde había estudiado, una cosa era cierta en ahí lo tratarían muy, muy diferentemente.

Aunque los primeros días como era lógico todos trataban de estar lo mejor presentables y corteses posibles, pues nadie conocía a nadie y Tommy creyó que en aquel lugar seria al fin feliz ya que todos le saludaban educadamente, incluso hasta las chicas mas guapas y bonitas siempre le dirigían la palabra con una sonrisa algo tímida, pero las semanas pasaban y pronto todos empezaron a hacer amistad con alguien de su preferencia.

Poco a poco Tommy empezó a quedarse solo otra vez, pues ya todos se daban perfecta cuenta de que él era, por decirlo así, el perfecto ejemplo de un Nerd auténtico, y por lo tanto una presa perfecta de las bromas de los mas populares y (ya que no habían más Nerds en aquel colegio) de los no tan populares también.

Con el paso del tiempo todas esas bromas ya empezaban a hacer enfadar a Tommy quien en un principio las tomaba a chiste pero ya se estaba cansando, hasta que un día no pudo resistir más y decidió encarar al más popular de toda esa partida de abusivos.

Eduardo, que así se llamaba el chico mas popular de la escuela lo veía con un gesto de desprecio mientras Tommy le hacia un lista de las cosas que le desagradaba que le hicieran y donde les advertía que no le molestasen más, a lo que Eduardo le respondió con un empujón cual ayudado por el pie de otro de esos insoportables chicos hizo perder el equilibrio a Tommy y lo mando de lleno al suelo, todos ellos reían llenos de gracia incluso las chicas que encontraban eso muy gracioso.

Tommy no lo soportó más y en ese momento sucedió algo que empezó a cambiar su vida de una manera irreversible, el carácter siempre tímido y amable de Tommy empezó a expresar manifestaciones de ira, una rabia tan grande y desquiciante que reemplazó a su raciocinio y le hizo actuar por instinto.

-Te voy a matar infeliz... eres hombre muerto y eso te lo juro- fue lo poco que le alcanzaron a oír el resto de sus compañeros pues en ese instante Tommy como un rayo tomó a Eduardo por el cuello de la chaqueta y para sorpresa de todos lo elevo por el aire a un metro de las cabezas de todos, para luego estrellarlo violentamente contra el suelo y comenzar a golpearlo con toda la fuerza que sus brazos le permitían.

-¡Ya basta desgraciado!-Le grito desesperadamente Robert, el mejor amigo de Eduardo y compañero de diabluras, en especial si se trataba de Tommy, quien lanzándose sobre el agresor de su amigo trato de quitárselo de encima pero era tanto como mover una pared de ladrillos.

-Te dije que pares pequeño imbécil- gritó una vez más Robert al tiempo que le propinaba un puntapié en las costillas de Tommy quien al sentir el dolor dejó de golpear repentinamente a Eduardo y lentamente se incorporó con la mirada aterradoramente clavada en los ojos de Robert quien por primera vez dejó de ver a Tommy como a un juguete para golpear y empezó a tenerle mucho miedo.

-Y que haremos ahora contigo Robertito- susurraba Tommy al tiempo que una expresión nueva de furia invadía su rostro.
-No te acerques más te lo advierto, no te acerques mas a mi, por favor- pedía Robert, con un tono que parecía próximo al llanto-por favor, tranquilízate-
Pero cuando Tommy se aprestaba a lanzarse sobre su nueva presa Eduardo se incorporó lleno de sangre en toda la cara y se lanzó contra Tommy por la espalda pero éste lo rechazó con un codazo en la boca del estómago lo cual hizo que Eduardo se doblase como una hoja de papel por la mitad.

-Que rayos pasa aquí- Era el director que había visto todo el cual, avalado por la acusación de todos los compañeros de estudios tuvo motivo suficiente para castigar físicamente a Tommy, el cual llorando más por la ira de aquella última humillación que por el castigo del director se fue a su casa expulsado por tres semanas del colegio, al llegar a casa todavía quedaba la cólera de su padre, el cual ya se había enterado de todo por una llamada telefónica que le hizo el mismo director.

Pasaron tres semanas y al fin Tommy regresó al colegio aunque nadie y solo una compañera suya, llamada Jazmin lo notó, había algo en Tommy que lo hacia diferente, era algo que había perdido, como si ya no formase parte de Tommy, como si aquello que entraba ese día por la puerta del colegio no fuese Tommy.

-No se que le pasa a Tommy, es como si ya no estuviese ahí- Alcanzó a decir Jazmin a una amiga suya durante el receso para el refrigerio-No se que será pero me pone nerviosa.
-Lo que pasa es que ese demente te gusta-Fue todo lo que le alcanzó a decir su amiga lo cual la hizo enfadar mucho.

Pasado ese episodio ya nadie quería acercarse a Tommy pues cada vez que le miraban directamente a los ojos parecían ver un vacío profundo carente de toda emoción, en clase siguió siendo uno de los mejores y a la hora de hacer grupo para algún trabajo de aula nadie quería acercársele a menos que el profesor del curso obligase a unos cuantos.

-Es como si en su mirada ocultase un gran fondo de vacío y tristeza- fue todo lo que Jazmín alcanzó a decir un día que ella y varias amigas estaban reunidas en su casa, pero ellas fingieron no oírla aunque en el fondo sabían que tenía razón.

Al final del año escolar había alguien que quería vengarse, era Eduardo, quien junto con Robert planeaban la forma de cobrársela, hasta que la oportunidad les llegó, en una invitación a la fiesta de Mónica, una compañera más de clase, la fiesta se organizó por el fin del año escolar y por cortesía ofreció un invitación también a Tommy a quien se le acercó bastante temerosa y nerviosa y él se lo agradeció con un apagado agradecimiento, como si alguien estuviese hablando a través de un largo tubo con un pedazo de tela en el otro extremo.

Llegaron todos a la fiesta de Mónica, el lugar era ideal, la casa era muy grande y señorial y justo delante tenía un precioso y pequeño lago que le daba un toque de misterio y romanticismo.
En cuanto a la fiesta, se desenvolvió con toda normalidad, todos se lo pasaban bien, pero Eduardo se encargó de estropearlo todo, y todos sabían porque, tenía una cuenta pendiente. Eduardo se acercó a Tommy y le dijo que Jazmín estaba esperándolo en su coche, quería saber si le hacía un favor. Tommy, estaba desconfiado, pero por tratarse de Jazmín, salió hasta el coche de Eduardo, cuando llegó, el mismo Eduardo y con la ayuda de Robert, lo empujaron hacia dentro, cerraron todas las puertas del vehículo, tomaron una cadena y ataron un extremo de esta al carro y el otro a un árbol, hecho esto, empujaron el coche hacia la orilla.

- ¿Cómo se siente ahora idiota? – Empezó a gritar Eduardo al tiempo que se reía. Sus risas llamaron la atención de todos los que estaban en la fiesta, incluida Jazmín, que salió como los demás para ver que estaba ocurriendo. Al ver el brutal espectáculo, una sensación se apoderó de casi todos los allí presentes, esto estaba hiendo demasiado lejos.
- Vamos es sólo una broma de fin de año para el llorón-. Contestó sin dejar de reírse. En ese mismo instante nadie se esperaba lo que ocurrió, uno de los extremos de la cadena se rompió y el coche empezó a rodar hacia el lago.

Todos, espantados, reaccionaron al unísono, empezaron a tirar de la cadena, había que evitar que llegase a hundirse del todo, todos unieron sus fuerzas para salvar al chico extraño, pero el coche pesaba demasiado, su peso hizo que se hundiese en el fondo fangoso, parecía como si una enorme ventosa estuviese absorbiendo al vehículo. Tommy gritaba desesperado, un ataque de histeria se apodero de él, mientras intentaban sacarlo se escuchaban los gritos de desesperación que juraban venganza.

-¡Les juro que me vengar!, no moriré aquí, yo jamás moriré, no
tengo alma por culpa de ustedes, la perdí y ahora lo pagarán!- Eduardo, Robert y Jazmín pudieron ver como la mirada de Tommy se clavaba en sus almas, esas palabras de venganza iban dirigidas a ellos tres, pues Tommy creía que Jazmín estaba en todo esto.

Lo último que se vio fue el maletero del coche, Tommy se había hundido definitivamente, pero sus gritos se oían todavía. El panorama era dantesco, las reacciones fueron distintas en cada uno de los presentes, pero en todos se reflejaba la cara del horror, del espanto, de lo insoportable.
Eduardo, Robert y Jazmín se lanzaron al agua para poder sacarlo, pero todo fue inútil, el daño ya estaba hecho y la venganza había comenzado.

Cuando la policía llegó, remolcaron el auto hacia la orilla y comprobaron que en su interior no había nadie.

Eduardo y Robert fueron acusados de homicidio involuntario y aunque no hallaron el cuerpo
de Tommy fueron condenados a diez años de prisión, lejos de sus amigos y familiares, pero eso si teniendo tiempo para pensar en lo que hicieron.

Una noche Jazmín se prestaba para dormir, de pronto escuchó un golpeteo en su ventana, asustada, se levantó de la cama y al acercarse al cristal, esta se abrió con fuerza, de pronto notó como alguien agarró su brazo, asustada no atinaba a gritar, pero el impacto fue mucho mayor cuando apreció entre la oscuridad el rostro del que la sujetaba, Tommy.

- Tu también te burlaste de mi, lo pagarás, te maldigo, verás a tu primer hijo sufrir igual que sufrí yo, sentirá un rencor tan grande que llegará a perder su alma como yo lo hice. Pero tu honda pena será mucho mayor cuando él tenga 17 años y pase por lo que ustedes me hicieron pasar y al final cuando quede vacío de alma se unirá a mi para siempre en el otro lado.
Terminadas sus palabras, soltó a Jazmín y se fue desapareciendo entre la oscuridad de la noche.

El tiempo ha ido pasando, Jazmín espera a su primogénito con mucha ilusión, por fin el 15 de febrero, notó que había llegado la hora, estaba rompiendo aguas, pero Jazmín ya no estaba feliz, no quería tenerlo ahora, ella sabía que ese día era maldito, el 15 de febrero era el día en que nació Tommy, la venganza había comenzado.

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 1:04 pm

ENCUENTRO CON SATAN

Frío recuerdo…..frío fue lo que sentí. Cuando el doctor me dijo lo siento mucho señor, pero su hija Alba morirá…no hay nada que podamos hacer. En ese momento odié la vida, odié a Dios...odié todo lo que me rodeaba Todo lo que vivía...mi hija, lo único que de verdad he amado se iría de mi Producto de una enfermedad.

Recuerdo que Salí y corrí y corrí hacia el bosque que continuaba al hospital y lloraba, en mi desesperación encontraba inverosímiles soluciones…....Hasta que en cierto minuto me encontré en medio del bosque, oscuro desolado Y tan triste como yo….y en mi desesperación grite con toda mi alma…

Satanás!!!!...aparece ante mi! sálvala! te propongo mi alma por la vida de mi hija!!! Dios nunca me ayudó, por más que oré por la salud de mi hija, él nunca escuchó mis palabras.

Y grité y grité toda la noche hasta cuando no pude seguir…..de pronto todo se volvió aún más oscuro, aún más..”Me llamaste? Dijo un hombre pequeño De patético aspecto, con entupidas ropas y torpe caminar. Era gordo y me inspiraba Lástima...¿quién eres tu entupido?..Le dije, pensaba que era algún idiota que caminaba por el lugar.

Yo soy a quien tu has llamado, has prometido tu alma por la vida de tu hija, o ya te arrepentiste al verme?...Jajaja pero que te pasa idiota! Acaso te crees Satanás?

¿Sabes? No me gusta cuando me llaman así. Nadie sabe porque pero todo el mundo me llama de formas tan estúpidas cuando mi nombre ha sido uno sólo….desde que mi padre me hechó obtuve un solo nombre después de ser la luz mas grande pasé a llamarme...”el que no esta limpio”...

Oye pero nunca pensé que el diablo fuera tan patético!...JAJAJA soltó una risa que me congeló la sangre!...Acaso crees que un ser pequeño es menos que tu?.......

Mírame!..Soy pequeño, diminuto nadie me ve llegar…es por eso que a todos los sorprendo……jajaja…dime ¿qué es lo que quieres???

¡¡Quiero que mi hija viva!!! Esta a punto de morir y le rece a Dios y nunca obtuve respuesta….

Tu Dios es un egoísta!!!...la quiere para él!! Mira!..Toda esa fuerza magnánima!!!

¿El es la luz?..El es la fuerza de todo el universo que con sólo un pensamiento crea un big bang magnánimo de infinitos mundos convirtiéndolo todo en vida!!...y ¿qué te ha dado sino sufrimiento?..Más que miseria!..Más que dolor! él nunca salvaría a tu hija!!...en cambio yo sí, me dijo con acento lleno de compasión y benevolencia.
Yo salvaría a tu hija, a cambio de algo!....si le contesté, mi alma. No, dijo. Tu
alma y la de tu hija cuando ella muera será mía!!


No puedo permitir que se vaya al infierno…le dije….a lo cual sorprendido me dijo ¿es que acaso tu conoces el infierno? ¿Acaso crees que es un lugar en llamas y sufrimiento??? Acaso crees que el paraíso es un lugar con lagos y animales sueltos en un eterno verde???...

...no seas tonto amigo mío, el infierno es un lugar el cual tu eliges lo que quieres ver......u oír..me dijo como tratando de borrar esas palabras que se le escaparon.

Está bien, le dije, es un trato! Tu salva a mi hija y a cambio te daré mi alma y la de mi hija pues por último estaremos juntos. A lo que el concluyó “además nadie te asegura que al ser mayor se gane el cielo”

¿Qué debo hacer?. le dije..”Debes aceptarme con tu corazón debes aceptar que yo te lleve...y yo debo aceptar llevarte...pues la única forma de llevarte es a segundos de tu muerte y debo arrastrarte hasta el abismo…… y mi corazón aceptó.

Sentí que me dormía, no podía mantenerme de pie, estaba muriendo!!!! Me caí de espaldas y el tomó mi mano y mis lágrimas salían de mis ojos sin razón alguna.

“Sabías que el sentido del oído es lo último que pierde una persona cuando esta muriendo”....me dijo mientras me tomaba del brazo y me arrastraba entre unas cenizas
que empecé a sentir de pronto.

….Supongo que lo que dijo tenia razón…..porque lo último que oí de él fue que decía...

...”y pensar que Aun existen idiotas que creen que el diablo hace favores”.....

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 1:05 pm

ESCALERAS ABAJO

Eludió a la patrulla fronteriza por sus habilidades atléticas. Ningún policía pudo alcanzarlo, y los perros que le pisaron los talones acabaron echados y con la lengua fuera, babeando en señal de cansancio y de sed. El fugitivo se perdió de vista y enseguida fue descrito a los cuerpos policíacos competentes, que se movilizaron sin tardanza para dar con el indocumentado. Entretanto, Monroy había llegado a una gasolinera; entró en el local para robar comida y se ganó la desconfianza del dependiente, quien al punto lo calificó de mexicano indeseable y, peor aún, sin dinero. No había moros en la costa. El dependiente, al ver que Monroy tomaba emparedados envueltos en plástico y un par de botellas de agua, acarició discretamente la escopeta que ocultaba debajo del mostrador. Monroy se aproximó a la caja con la actitud de quien piensa pagar, pero huyó como un bólido al ver la puerta por el rabo del ojo. Escopeta en mano, el dependiente salió del establecimiento y se sintió horrorizado, pues le pareció que el ladrón se había fundido con el fuerte viento. Se limitó a llamar a la policía para formular la denuncia.
Monroy escogió una zona boscosa para ubicarse bajo un árbol y comer con voracidad.
En menos de cinco minutos engulló los emparedados y bebió ambas botellas de agua. Se recostó en el pasto y gozó el frescor del viento. Por entre las copas de los árboles se notaba la transformación del cielo. El tono metálico que adquiría no presagiaba nada bueno. Acaso en menos de una hora se desataría una tormenta. De todos modos, él no podía quedarse ahí. Lo buscaban frenéticamente, y sin duda lo encontrarían si se permitía dormir una siesta. Se levantó con cautela y echó a andar. Durante parte de su trayectoria evocó sus recientes avatares. Nuevamente se arrepintió de haber decidido marchar a Estados Unidos. Quizá, si hubiera tenido un poco de paciencia, habría logrado labrarse un prometedor futuro como corredor de fondo. Pero siempre había destacado por la impetuosidad. De inmediato había aceptado el trato que le propusiera el pollero; sus magros ahorros acabaron en los bolsillos de ese infeliz, que lo dejó en manos del infernal calor del desierto. Sólo un atleta podría haber resistido las inhóspitas condiciones de aquellas tierras yermas, que parecían carecer de fin y donde nada ofrecía sombra. Pero Monroy prevaleció porque sabía correr; salvó a paso gimnástico una distancia tremenda, y al fin se vio a un paso de la tierra de la libertad. Cruzó el muro sin pensarlo dos veces y desde entonces huyó.
Comenzó a llover. Monroy había avanzado unos diez kilómetros. El bosque se había espesado y pronto caería la noche. Más valía encontrar un refugio, no fuera a ser que alguna fiera saltara sobre él en cuanto se impusieran las sombras. ¿Dónde pernoctaría? No tuvo tiempo de pensar tranquilamente al respecto, pues salió disparado al escuchar un ruido que le pareció un ladrido. Asumió que los policías y sus malditos perros lo habían seguido hasta el bosque. No bien corrió una distancia de más de cien metros, se detuvo y aguzó la vista sobre una puerta desvencijada, aparentemente practicada al pie de un cerro. Se aproximó y giró un pomo oxidado. La puerta cedió. Entró en un espacio renegrido que olía a putrefacción. La tormenta arreció y un rayo golpeó un árbol cercano, partiéndolo por la mitad. Monroy se ocultó tras la puerta justo a tiempo, pues el tronco caído se había abalanzado sobre él.
El silencio y las tinieblas que había en el refugio inspiraban horror. Monroy pensó seriamente en salir y afrontar a sus posibles perseguidores, pero la idea de que lo atraparan lo disuadió de actualizar su plan. No dudaba que quienes dieran con él, molestos por haber sido ridiculizados por un mexicano, lo abatirían gustosamente a tiros. Así que resopló y se dispuso a pernoctar en aquella especie de búnker. A tientas localizó un muro; pegó la espalda contra él y luego se sentó en el piso, que sintió húmedo. Supuso que el agua se había filtrado por debajo de la puerta. Empezó a invadirlo un sopor creciente; cabeceó, en vano trató de mantener los ojos abiertos. Se había cansado demasiado en pocas horas. Debía dormir. Empezó a acomodarse de medio lado cuando sintió un desnivel. No pudo evitar la caída.
Mientras, dando tumbos, rodaba escaleras abajo, se desconectó de la realidad.
Estaba de medio lado, en posición casi fetal. Sentía los músculos entumecidos y la garganta seca. Por lo demás, tenía los huesos íntegros. Se incorporó al ritmo de gemidos y se sorprendió al notar que ahora había luz. No pudo localizar su fuente, pero se conformó con que le permitiera distinguir la escalera por donde había caído.
Era enorme, de piedra, con peldaños anchos y balaustrada decorada con extrañas figuras. Monroy tragó saliva. Le parecía imposible haber sobrevivido tras golpearse el cuerpo entero contra tanta roca. Se puso en pie, dispuesto a ascender la escalera y regresar al punto desde el que se había precipitado. Suponía que su desmayo había durado horas; tanto si ya hubiera escampado como si no, se arriesgaría a volver al bosque, con la esperanza de que no lo estuviera esperando una cuadrilla de furiosos policías.
En cuanto pisó el primer peldaño, advirtió un resplandor blanco en la cima de la escalera. Fue como si alguien se aproximara con una linterna. Monroy se sintió perdido, pero fue incapaz de ponerse a buscar una salida alterna. Tan sólo pudo retroceder tres pasos y mantenerse a la expectativa. Se llenó de horror al ver bajar, a velocidad impresionante y sin tocar los peldaños, una figura antropomorfa, ataviada con una suerte de casulla negra; no se le notaba la cara, sino tan sólo un par de ojos de los que partía una intensa luz blanca. Su mano indistinguible sostenía un cirio encendido. Llegó al pie de la escalera y enfrentó a un Monroy aterrorizado y pálido, convencido de que, lejos de haber despertado, seguía sin sentido y sufriendo una pesadilla particularmente horripilante. Vio que otras figuras flotantes se sumaban a la primera, descendiendo sin hacer ruido por la enorme escalera. Una veintena rodeó a Monroy.
—Pray! —exclamaron al unísono, con voces cavernosas.
Monroy sufrió un colapso. Se ovilló en el suelo, cerró fuertemente los ojos y se echó a llorar, esperando que aquella pesadilla terminara pronto. Entretanto, los visitantes repitieron la consigna sin cansarse, y quizá sin saber que no era entendida por el espantado oyente.
El clamor cesó de golpe. Monroy suspiró y se atrevió a abrir los ojos. Al parecer, había vuelto a quedarse solo. Creyó a pie juntillas que acababa de liberarse de la pesadilla más atroz que había tenido en su vida. Se puso en pie de un salto, decidido a salir de aquel sitio malsano y a enfrentarse hasta la muerte con sus perseguidores. Vio ante sí la inmensa escalera, que aún estaba iluminada por una luz de incierta procedencia. Empezó a subir ágilmente, recordando que para llegar a la puerta del búnker sólo tendría que dar unos cuantos pasos. Dejó atrás la escalera y, cuando atravesaba una porción de profunda negrura, sintió que una mano áspera lo aferraba por la garganta.
Un sabueso incansable, empapado, acezando y guiando a un policía gordinflón a punto de desmayarse de puro cansancio, dejó de olfatear y empezó a ladrar cuando se detuvo frente a una puerta desvencijada. El gordinflón llamó por radio a sus camaradas, y en menos de diez minutos se apostó un pelotón de fusilamiento a las afueras del sitio descubierto. Nadie sabía que en esa parte del bosque hubiera un refugio. Se llamó al fugitivo por altavoz. No hubo respuesta, de ahí que se decidiera entrar y sacar a rastras al escurridizo indocumentado. El hedor que recibió a los agentes amenazó con anularlos, pero pudieron aguantar y, linternas y rifles en mano, cruzaron en diagonal un vestíbulo lleno de trebejos que recordaban la era de las diligencias, y desembocaron en una larga escalera de piedra.
Corrieron escaleras abajo y lo que iluminaron los forzó a detenerse y horrorizarse.
Habían encontrado el cadáver de Monroy, sin cuero cabelludo y destripado. Ocupaba la cima de una veintena de esqueletos apilados. Investigaciones posteriores revelaron que el destino de una partida de misioneros, desaparecida dos siglos atrás, por fin se había descubierto.

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por NewSta® el Dom Ene 29, 2012 1:28 pm

men para esto esta la zona de Terror ,pues , manda a moverlo Razz
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por ™$talin™ el Mar Ene 31, 2012 4:47 pm

NO DAN TANTO MIEDO CUANDO LO LEES PERO ESTA BUENOS SI ACES EN PELICULA XD
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Re: Cuentos de terror

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