Cuentos de terror

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por ©®iⓈBøⓈⓈ el Dom Ene 22, 2012 9:11 pm

muy bueno fantastico las historias subido a importantes oks y gracias. ghghh

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 9:27 pm

™️■░«©️risBøsS«░■™️ escribió:muy bueno fantastico las historias subido a importantes oks y gracias.

de nada men! Very Happy
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 9:31 pm

CERVEZA

Iba por mi segunda cerveza: abrí la nevera y cogí una lata, encendí un
cigarrillo y aspiré una honda bocanada mientras trataba de obtener
valor. Puedo decir con certeza que llevaba años sin disfrutar tanto de
una cerveza y un cigarrillo, el olor a vida me llamaba, terminé mi
cerveza y encendí otro cigarro mientras pensaba en lo que tenía que
hacer; en la grave decisión que llevaba tiempo sopesando.
El día había sido tranquilo; el trabajo no me había retenido hasta tarde
como casi siempre y me pude permitir regresar a una hora relativamente
temprana. La idea de llegar y encontrarla despierta nublaba mi mente y
me llenaba de dicha; planeaba en mi cabeza una noche romántica con vino
que acababa de comprar y placer, pensaba ingenuamente que con eso
llenaría los vacíos que dejaba el trabajo entre nosotros.
Mi único escape a esa vida sin rumbo y a la vez con metas firmemente
trazadas, era ella; llevaba años a su lado, el tiempo ya había hecho
estragos en nuestros cuerpos y en nuestros corazones, pero aún así
seguíamos juntos, la rutina se había apoderado de mí y a veces temía que
esta vida que llevábamos ya no la hiciese feliz.
Por eso quería sorprenderla una fría noche de Martes. Caminé desde el
trabajo hasta casa con paso apresurado y sin pararme en ningún
establecimiento pese a las luces de los rótulos que me llamaban con voz
tentadora. Cuando llegué, preferí no llamar al interfono; una vez
arriba, giré la llave despacio, procurando no hacer ruido con la
intención de darle una grata sorpresa. Adentro las luces estaban
apagadas; caminé a tientas por el pasillo y fui abriendo despacio las
puertas. Al principio me aturdí cuando escuché los tenues gemidos que
provenían de la habitación; la puerta de mi cuarto, de nuestro cuarto,
estaba medio abierta, pude distinguir sus espaldas asomando a través de
las sábanas blancas; pude verla durante unos segundos gimiendo y
retorciéndose sobre los miembros de aquel desconocido; las manos de él
le acariciaban la espalda en la misma cama que compartía con ella. No
soporté más la escena, retrocedí unos pasos y fui tambaleandome hasta la
cocina.
Iba por mi cuarta cerveza; la casa donde viví tantos años con mis padres
y con mi madre cuando mi padre murió y con ella hasta que murió tambien
y los objetos, los retratos, los recuerdos, los muebles, los libros,
mostraban el aspecto inocuo de tantos años de compañía pero parecian
ajenos por completo a mi persona; mirando mi entorno, intentaba
reconocerlo en aquellas lineas y contornos y en aquellas amalgamas de
sombras, y no lograba ubicarme; permanecí allí sentado hasta que perdí
la noción del tiempo mirando las manchas húmedas de la pared, como si
todos aquellos espacios pertenecieran a un mundo ajeno y extraño; a un
sueño plagado de visiones extrañas y de incongruencias.
Tiré mi ultima colilla humeante al interior de la lata vacia y empuñando
el cuchillo que reposaba en el mármol de la cocina, me encaminé de
nuevo hasta la habitación; esta vez no me importó hacer ruido: abrí
completamente la puerta y los vi allí. Estaban abrazados como dos seres
que se aman, abrazados como solíamos abrazarnos años atrás ella y yo. El
ruido de la puerta al abrirse les hizo percatarse de mi presencia.
Recuerdo muy bien su expresión de sorpresa; creo recordar que ella me
miró a los ojos pero fue durante solo un segundo; recuerdo tanto su
expresión de desconcierto y sorpresa como las últimas palabras
entrecortadas que brotaron de su boca y que ahora me acompañan en las
frías noches de esta celda húmeda. Todavía guardo su sonrisa guardada en
el alma y su sangre seca en mi rostro. Ahora puedo decir que logré mi
objetivo: finalmente pude sorprenderla una noche de Martes…
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 9:31 pm

SE QUE ESTAS AHI

No, no se necesita verlo para saber que esta ahí.
Yo lo siento. Se que aquí esta. Cada momento, respira pesadamente sobre mi cuello. Éramos 3, Andrea, Mauricio y yo.
Mauricio murió. Murió hace 6 meses ya, ataque de asma, no tenia
inhalador, o al menos eso parecía, no buscó en el bolsillo derecho. No
se por qué no esta con Andrea, o tal vez ella no se de cuenta. Todas las
noches sueño con él. Mas que sueños son pesadillas.
Se que él me mira. Todo el tiempo me habla, no se si enserio habla o
solo es mi imaginación. Lo que no entiendo, es por qué? porque tenia que
acosarme de esa manera? metiéndose a mis sueños, no puedo estar sola...
ataque de asma..
Nunca has sentido ese nudo en el cuello cuando recuerdas un
fallecimiento o algo lo suficientemente emocional para dejarte sin
palabras? si, bueno, eso ahora es de mi vida diaria. Nadie me cree. por
qué? porque al parecer solo yo lo siento, solo yo lo veo, cuando
despierto y siento su cuerpo a un lado del mío intentando recuperar el
aire que perdió cuando el incidente.
Siempre soñaba parecido, estoy en un cuarto de hospital. Sentada en la
cama, sin la necesidad de respirar, mi cara esta completamente morada,
siento un bulto en el bolsillo, lo tomo y encuentro el inhalador.
Despierto jadeando y ahí es cuando lo veo, con la cara totalmente
morada, con los ojos desorbitados, sonriendo, tal vez no quiere
asustarme, tal vez solo quiere hablar conmigo, después de todo era mi
mejor amigo no? muchas veces, lo que no puedes ver, es lo mas real que
hay.
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 9:32 pm

EL PACTO (2 DE 2)

EPILOGO DE CASA BARRIOS

Uno a uno los días pasaban lenta e inexorablemente. Diego no dejaba de
pensar en cómo llevar a cabo su parte del trato. No es que temiera de la
idea de torturar y matar a otra persona, al contrario, pues siempre le
había intrigado tener semejante poder sobre alguien. El problema en sí
era que la oportunidad no se presentaba, hasta que llegó aquella noche
de viernes, una en la que su conquista habitual seria para mucho más que
un momento placer carnal.
Sabía que sería difícil cumplir su objetivo en su apartamento, donde las
paredes nunca eran tan gruesas como para acallar los ruidos y al estar
rodeado de tantos vecinos entrometidos, su labro seria simplemente
imposible. Pero oportunamente se recordó de aquella vieja propiedad,
Casa Barrios, la herencia olvidada de su tío abuelo Bruno. Deshabitada
desde hacía varios años, era visitada únicamente por la encargada del
mantenimiento del lugar, visita que podía ser interrumpida fácilmente.
Diego no lo dudó y acudió con su víctima al lugar. Después de su
habitual tributo de sexo, sometió a su víctima y la llevó al sótano, el
cual, al ser tan profundo y aislado, se hacía casi a prueba de sonido,
parecía estar hecho para este tipo de situaciones, simplemente era el
lugar perfecto. Dejó a la chica ahí, atada fuertemente a una silla de
pies y manos mientras planeaba su funesto destino. Diego daba vueltas y
vueltas a su cabeza, los enérgicos gritos de aquella infeliz en suplicas
de su liberación se escuchaban como música de fondo, no paso mucho
tiempo para que Diego se hartara de esos chillantes alaridos. Se acercó a
ella y sin ninguna muestra de emoción comenzó a golpearla
repetidamente, casi a punto de hacerla desfallecer. Luego, cuando los
golpes la habían dejado casi inmóvil, cosió su boca para asegurarse de
no volver a escuchar aquellos ensordecedores alaridos nuevamente. Hecho
esto, se percató de un par de tijeras podadoras que se encontraban en el
lugar, era como si alguien las hubiera dejado ahí para él, una voz en
su interior le dijo: “úsalas”, las tomó y sin titubear, comenzó a
amputarle los dedos de las manos de la joven, los cortaba uno a uno,
causándole un dolor insufrible, la chica desesperada, se olvido
totalmente de los hilos que cosían su boca e intento gritar tan fuerte
como pudo, pero al hacerlo, lo único que logro fue rasgarse los labios,
logró abrir su boca pero el hilo no cedió, pero sus labios si lo
hicieron.
Retazos de piel y tejido que antes eran sus carnosos labios, colgaban de
su boca, de sus mutiladas manos fluía una enorme cantidad de sangre, se
encontraba inmóvil, abrumada de tanto dolor. Luego, en un acto que no
era más que maldad pura, Diego tomó un mechero de llama alta, y tras
asegurar muy bien aquellos despojos de manos, comenzó a quemar hasta
casi carbonizar una a una las diez heridas donde antes se hallaban sus
dedos. La joven, con la boca y manos mutiladas, simplemente no era capaz
de soportar aquel sufrimiento, su cuerpo intentaba apagarse perdiendo
el conocimiento momentáneamente, recuperándolo solamente cuando Diego la
golpeaba con el fin de hacerla reaccionar para que presenciara otro
grotesco acto por parte de su captor: Diego tomo los diez dedos
amputados, y comenzó a cocinarlos en aceite y especias en una pequeña
cocina que estratégicamente se encontraba en el lugar, los cocino hasta
freírlos en su totalidad. Los sirvió en un plato con sus respectivos
aderezos y comenzó a comerlos, saboreándolos lentamente frente a la
joven, los devoraba hasta los huesos, parecía en verdad disfrutar de
aquel despreciable manjar.
Primero la había obligado a verlo comer, pero luego, al percatarse que
es de mala educación el comer sin invitar a otro, le pidió que abriera
la boca, pero al negarse la joven, le arrancó los trozos de labios que
le colgaban y no conforme con eso, la golpeo hasta fracturarle algunos
dientes, para luego obligarla a comerse sus propios dedos. La joven
estaba a punto de sucumbir, le rogaba a su verdugo por su muerte, en
cambio, Diego tomó nuevamente el mechero colocándolo entre las piernas
de la joven, encendió la llama a potencia media arrancándole de
inmediato insufribles alaridos de dolor, su piel se contraía a
consecuencia del fuego, mostrando la carne al perfecto color rojo
carmesí que se ennegrecía lentamente al calor de la llama, la grasa
corporal que emergía no hacía más que avivar la llama llegando a quemar y
carbonizar el área hasta que la sangre no fluía mas.
La garganta de la joven ya había excedido su límite, totalmente
desgarrada solo abría la desfigurada boca sin poder ya emitir sonido
alguno, mientras Diego seguía quemando pequeñas porciones de su cuerpo
en un patrón arbitrario. No pasó más de una hora antes que ella dejara
de moverse, al fin la muerte la acogía. Dieciséis horas de tortura
habían pasado, Diego ni siquiera supo su nombre, realmente nunca le
importó, lo único importante es que ya había cumplido con su primer
objetivo, y en realidad, lo había disfrutado mucho más de lo que alguna
vez se imaginó. Comenzó a cavar una fosa en el sótano para sepultar
aquel cuerpo repugnante y desfigurado, ahora solo necesita dos almas
más.
Dos días pasaron antes que el verdugo eligiera su próxima víctima. El
procedimiento era el mismo, una bella joven era seducida nuevamente por
el galán para la ritual noche de sexo y lujuria. Esta vez, Diego se tomo
la molestia de conocer el nombre de su víctima. Ángela fue igualmente
sometida como su antecesora, atada de manos y pies a la misma silla
metálica, fue dejada encerrada en aquel nefasto sótano. Diego no tardo
mucho en regresar, Ángela no dejaba de gritar angustiada en suplica de
ayuda, a Diego le molestaban los gritos y para acallarlos, selló su boca
con cinta aislante autoadhesiva. Uso un par de tijeras para cortarle la
ropa y dejarla totalmente desnuda, luego, con un gotero, comenzó a
verter lentamente gotas de ácido hidroclorhídrico, que es capaz de
corroer el metal, vertía una gota en diferentes partes del cuerpo. La
piel se derretía en efervescentes charcos de sangre y el ácido avanzaba
lentamente hasta corroer la carne. El ácido era aplicado en las piernas,
pechos, pezones, brazos, manos, abdomen e incluso en sus genitales. Los
gritos enmudecidos por aquella cinta no se hacían esperar, el dolor y
sufrimiento de la joven eran más que evidentes. Hecho esto, Diego la
tomó por la cabeza y con un par de grapas, le clavó los parpados al
cráneo haciéndole imposible el poder cerrar los ojos, esos bellos ojos
azules. Tomó nuevamente el gotero lleno de ácido y sosteniéndole
fuertemente la cabeza, le dejo caer un par de gotas en cada ojo. No hace
falta decir que Ángela se retorcía de dolor; sus ojos comenzaron a
derretirse al contacto con el ácido, aquel hermoso color azul
desaparecía cuando un liquido blanquecino mezclado con sangre bajaban
lentamente deslizándose por sus mejillas, espeso y viscoso al igual que
baja la cera derretida al calor de la llama de la vela. Ángela comenzó a
convulsionar, el dolor era demasiado abrumador para ella, las
convulsiones se acompañaban de reflejos de regurgitación, pero a tener
los labios sellados con la cinta adhesiva, el vomito no pudo salir y sus
pulmones se llenaron de liquido. Ángela se ahogó en su propio vomito.
Al ver terminado su trabajo, Diego comenzó a cavar una segunda fosa en
el sótano donde sepultaría a su nueva víctima. La tortura había durado
tan solo ocho horas, acabo antes de lo pensado y se sintió de alguna
manera frustrado al no tener más tiempo para hacer todo lo que hubiese
querido. Ya había terminado con dos, ahora solamente le faltaba uno para
cumplir su cuota.
Veintisiete días han pasado y la salud de Diego comienza a decaer, la
neumonía va tomando fuerzas gradualmente, sabe que no dispone de mucho
tiempo antes que su plazo se venza. No ha ido a su casa en semanas, ni
siquiera salía de Casa Barrios, sabe que nadie lo busca, sus amigos a
penas se dan cuenta de su desaparición sin darle mayor importancia, y su
familia, pueden pasar meses sin tener contacto con ellos sin causarles
la mínima preocupación. El está solo, lo sabe y siempre lo supo.
Esa mañana, a tres días de vencer su plazo estipulado, María, la
encargada de la limpieza y mantenimiento de Casa Barrios, se hace
presente para sus labores triviales. Ella no se percata de la presencia
de Diego en la casa, hasta que este la sorprende por detrás golpeándole
fuertemente la cabeza con un madero. María pierde el conocimiento y cae
al suelo, ahora está a total disposición de Diego.
María es una mujer mucho más corpulenta que las jóvenes anteriores, por
lo tanto a Diego le cuesta mucho más trabajo el maniobrar su cuerpo aun
cuando este inconsciente. La despoja de toda vestimenta, pero al no
poder bajar las escaleras del sótano cargándola, la lleva al jardín
trasero. La sienta en el suelo de espaldas a un árbol, le ata las manos
rodeando el tronco del mismo y ata también sus pies que quedan
extendidos en el suelo; la amordaza fuertemente y se asegura que aunque
despierte, no podrá emitir sonido alguno. Ya habiendo colocado a María
en su lugar y tomando todas las precauciones pertinentes, la despierta
al verterle un balde de agua hirviendo en todo el cuerpo. María se
estremece y despierta con la piel profundamente enrojecida y como Diego
lo había anticipado, al estar atada de espaldas al árbol y fuertemente
amordazada, es incapaz de moverse o emitir algún sonido audible a más de
un metro.
El estado físico de Diego era ya decadente, se veía muy limitado pues no
podía realizar mayor esfuerzo físico. Tomó una navaja y comenzó a hacer
pequeños cortes que no eran muy profundos en cada parte del cuerpo de
María que a él se le antojara. La piel de María comenzaba a ampollarse
debido a las quemaduras, el dolor de los cortes no eran nada en
comparación al ardor de las llagas en todo el cuerpo. Diego observo su
entorno y después de una corta búsqueda, fue a la cocina, de donde
regresó con varias botellas, comenzó a verter litros y litros de miel de
abeja sobre el cuerpo lacerado de María, hasta haber vaciado todas las
botellas. Esto, hasta cierto grado, daba un alivio temporal al dolor de
las quemaduras, pero lo maléfico de la obra era que la miel estaba
atrayendo a un ejército de hormigas rojas. María se hallaba esclavizada
junto a un enorme nido de hormigas, miles y miles de estas parecían
hacer formaciones de batalla y desfilar hacia la miel vertida sobre el
cuerpo de la mujer. Un ejército que lenta e implacablemente recogía su
dulce botín, llenando a la vez de miles de dolorosas picaduras. El solo
correteo de las hormigas sobre aquella piel tan irritada era ya
insoportable. Las ampollas abiertas en la piel, facilitaban que la miel
se introdujera en ellas, así como también lo hacía en aquellos cortes
hechos anteriormente, esto provocaba a las hormigas a arrancar pequeños
trozos de endulzada piel, trozos tan pequeños como la cabeza de un
alfiler, pero tan dolorosos como arrancarse las uñas con los dientes.
Diego sabia que las hormigas poco a poco, terminarían con su trabajo y
dejo a María a cargo de ellas. Abandono el lugar en busca de ayuda
médica. Su tercer y última víctima estaba lista, aunque él realmente
nunca la vio morir.
Él fue ingresado ese mismo día en el hospital local, la neumonía
empeoraba a cada momento. Casi agonizante, recordó aquel numero 2999 –
1666, comenzó a llamar… nadie contestaba del otro lado. Se sentía
estafado, él había cumplido con su parte del trato pero nadie más había
cumplido con él. Los tres días pasaron y Diego perdió la batalla contra
su enfermedad. Murió tal y como le habían vaticinado treinta días antes.
Al morir, su alma comenzó el paseo por la sima. Después de su
interminable descenso al foso se encontró con su negociador, aquel que
le había ofrecido la inmortalidad y que a su juicio, no le había
cumplido:
¿Qué estoy haciendo aquí? – Decía Diego con tono enfurecido – Yo debería estar vivo.
No te precipites, María tardó tres días en morir y al final murió justo
unos momentos antes que tú, solo quería estar seguro que cumplirías con
el plazo. Además, para tener un cuerpo joven y eterno primero debías
deshacerte de ese enfermizo que poseías.
Yo he cumplido con mi parte, ahora cumple con la tuya y dame esos tres deseos
Admito que lo has hecho, has cumplido aquí están tus tres deseos:
1. Tu alma es libre ahora, no le pertenecerá a nadie más que a ti.
2. Tendrás todo el dinero que necesites de aquí a la eternidad, al
despertar solo debes buscar en el bolsillo derecho de tu pantalón y ahí
lo encontraras.
3. Tendrás también juventud y vida eterna, poseerás tu embellecido
cuerpo de 25 años, saludable y fuerte, jamás morirás ni envejecerás.
Pero has de esperar tres días para esto pues a nadie le es permitido
levantarse de entre los muertos antes de esos tres días.

Diego se notaba complacido, sabía que estaba obteniendo lo que tanto
anhelaba; todo ese esfuerzo al fin estaba dando frutos. Permaneció en el
limbo durante tres días, y como le había sido prometido, al tercer día
despertó. Diego moría de ansias por encontrarse con su nuevo futuro.
Lentamente sus ojos se abrieron. La oscuridad era total. Su cuerpo se
hallaba entumecido debido a la falta de movimiento. Poco a poco iba
recobrando la vida y poco a poco también el horror se acrecentaba al
infinito. Se hallaba encerrado en un espacio reducido, apenas y había
espacio para él. Palpando desesperado a su alrededor pudo darse cuenta
que su temor se estaba volviendo realidad. Las paredes acolchonadas con
algodón y lino le comprobaban su realidad, se encontraba dentro de su
ataúd, sepultado a tres metros bajo tierra. Desgargantes gritos de pavor
y auxilio comenzaban a emerger de aquel cuerpo antes inerte, gritos que
eran apagados por las paredes del ataúd, semejantes alaridos eran solo
comparables con aquellos que sus víctimas habían hecho antes. En un
atisbo de esperanza, comenzó a revisar sus bolsillos en busca de un
teléfono… no encontró nada. Pero en la bolsa derecha de su pantalón
había algo: una moneda de un centavo, no era ninguna fortuna, pero
seguramente nunca iba a necesitar más que eso estando ahí adentro. A
medida que el tiempo pasaba, el aire enrarecía, el oxigeno se acababa
lentamente, esa no era una preocupación pues sabía que no podía morir;
pero sin embargo, al agotarse el aire comenzó a asfixiarse lentamente,
la falta de oxigeno en sus pulmones le hacía retorcerse de angustia en
busca de una bocanada de aire, se sofocaba, pero la muerte no llegaba ni
llegaría jamás. Estaba confinado a una agonía eterna de la cual le era
imposible escapar, se asfixiaría por la eternidad. Se encontraba
totalmente solo, como en toda su vida había estado; pero no por mucho,
pues con el tiempo, los gusanos que se moverían debajo de su piel,
serian la compañía que nunca lo abandonaría.
Diego quería pasarse de listo y beneficiarse egoístamente de la
situación como lo había hecho en toda su vida, intentó aprovecharse de
alguien que fue más listo que él, y al final creó su propia perdición
pues sus deseos, al ser tan egoístas, le habían condenado, él nunca se
dio cuenta que al pedir un deseo que no fuese para sí mismo, se salvaría
de todo sufrimiento.
Sus tres deseos estaban cumplidos:
1. Vida eterna, jamás moriría.
2. Todo el dinero que podría necesitar
3. Su alma jamás le pertenecería a Dios o Demonio alguno, solamente a él de aquí a la eternidad.
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 9:33 pm

EL PACTO (1 DE 2)

EPILOGO DE CASA BARRIOS

Diego, un joven de 25 años, llevaba una vida despreocupada y totalmente
egoísta, más que libertad, lo había convertido en libertinaje. Parecía
no tener ningún propósito en la vida más que asistir a cuanta fiesta y
discoteca fuera posible. El dinero no le era problema, tenia lo
suficiente como para vivir esta y otras dos vidas mas, era uno de los
herederos de la fortuna de su tío abuelo Bruno Barrios, la cual incluía
una hermosa casa apodada Casa Barrios y una vieja fábrica que aun
producía mucho dinero, pero el dinero producto de la venta de su parte
de la fabrica le interesaba más. Esto último, sumado al dinero heredado,
era una verdadera fortuna.

Diego era un tipo vanidoso, individualista y mezquino, no hacía nada que
no fuere para propio beneficio. Su porte superficial y egoísta le
atraía a personas similares a quienes el apenas podía llamar sus
“amigos”. Siempre estuvo rodeado de gente, pero en realidad, desde que
se separo de sus padres, siempre había estado solo. El objetivo de cada
fiesta era tener una conquista nueva, Diego elegía siempre una mujer
atractiva, pues a decir verdad el también lo era, se pasaba la noche
entera seduciendo mujeres alardeando de sus riquezas y buen físico,
prometiéndoles este mundo y el otro. La mayoría de veces funcionaba, y
terminaba la noche en su apartamento o algún lujoso hotel cercano
compartiendo la cama con su nueva conquista. A diego le gustaba tomar
fotografías durante la noche, las guardaba como un trofeo. Pero siempre,
al amanecer, la actitud de Diego hacia sus doncellas cambiaba
drásticamente y las desechaba como a un trapo sucio. En su mente una
mujer era solo eso, objetos que están a su disposición para usarlas cada
vez que a él se le antoje. Había vivido así durante algunos años y no
tenía la mínima intención de cambiar ese estilo de vida.

Una noche, se encontraba celebrando juntos con sus amigos su cumpleaños
número 26, como era habitual, se encontraba con sus plásticos amigos en
una estruendosa fiesta, cualquier excusa era suficiente como para armar
escándalo como aquel, para Diego, no era nada nuevo. Pero esa noche,
lejos de su cotidiana jovialidad y despreocupación por la vida, se le
notaba pensativo, casi ido, parecía no disfrutar la noche como siempre
lo hacía. Sus amigos ni siquiera lo notaron, y mientras se encontraba
cavilando con la mirada perdida en el espacio, una chica se le acerco y
le susurró al oído: “sopla las velas y pide un deseo”; Diego, sin ver
atrás, se levanto de la silla donde se encontraba, soplo las velas y en
su mente, pidió su deseo: juventud eterna. Hecho esto, sus amigos
comenzaron en un frenesí fiestero, cada uno ocupándose de lo propio. El
licor fluía por montones, el humo de los cigarrillos enturbiaba el aire
que se encontraba ya denso por la bulliciosa noche. Todos habían dejado
de lado al festejado, cada uno ocupado en buscar la conquista de la
noche.
Diego se encontraba solo, y por primera vez parecía estar meditando
sobre su futuro, dirigió la mirada hacia la pista de baile, y ahí, en
medio de la multitud danzante, se encontraba una bella mujer simplemente
inmóvil, que lo observaba fijamente con una mirada coqueta; pero él se
mostro indiferente y casi desinteresado, bajo su mirada al piso por un
momento y cuando la levanto nuevamente, se sorprendió al ver aquella
hermosa joven parada justo frente a él. Había atravesado la pista de
baile y la multitud que no cesaba de moverse, todo en solo un instante;
pero el asombro duro poco, pues la belleza de la joven era cautivante,
era tan bella como misteriosa, su cuerpo era escultural, morena de pelo
castaño rizado, ojos verdes y ropa tan provocativa que no dejaba mucho a
la imaginación. Parecía ser una modelo de revista, simplemente era la
mujer más hermosa que Diego alguna vez vio. Ella se le acerco y se sentó
a su lado, poco tiempo paso antes que la conversación amistosa e
inocente, se volviera un juego de seducción y coqueteos. Era algo
extraño, pues siempre el seductor era él. Como era de esperarse, aquella
noche terminaría en un derroche de sexo y lujuria, tanto o más a las
que Diego acostumbraba.

Si bien la noche había acontecido de maravilla, la mañana siguiente algo
era diferente. Diego se encontraba solo en la cama, su misteriosa y
bella acompañante ya no estaba a su lado, esta vez, él había sido el
objeto utilizado y desechado. Intrigado y aturdido por un fuerte dolor
de cabeza producto de la noche anterior, se levanto de la cama en busca
de la hermosa joven, de la cual no conocía ni su nombre. Tras una corta e
infructífera búsqueda, se dirigió al baño para asearse, y fue ahí donde
encontró el mensaje que cambiaría su vida completamente. En el espejo
del baño, escrito con lápiz labial color rojo escarlata, el mensaje
decía: “Bienvenido al mundo del SIDA. Bienvenido al Infierno. Si quieres
una segunda oportunidad, llama a mi padre 2999 – 1666”. Diego se quedo
incrédulo ante aquel siniestro mensaje, no podría creerlo, será una de
esas historias que solo le suceden al amigo de un amigo y que todos
saben que nunca son ciertas. Pero para él, esa era su nueva verdad. Ese
mismo día se hizo analizar de VIH, el análisis dio negativo. Diego
respiro con alivio, estaba convencido que aquello había sido una muy
pesada broma de mal gusto, cometida quizá, por alguno de sus amigos. No
le dio mayor importancia a aquel acontecimiento, lo cual después de
algunas semanas paso a formar parte del olvido.

Más de un año había pasado, y Diego se encontraba ingresado en un
hospital debido a una simple gripe que se había vuelto una seria
neumonía. Entre los análisis que le hacían estaba también el de VIH;
para asegurarse de los resultados, los habían hecho tres veces; en las
tres, el resultado era siempre el mismo: positivo. Diego se sentía
destrozado completamente, su mundo tal y como él lo conocía se le venía
abajo, recordó con ira aquella joven, la causante de su sufrimiento, la
maldijo una y otra vez, le costaba trabajo creer que le estaba
sucediendo a él, iba a morir.

Solo, postrado en la cama de aquel lánguido hospital, en medio de tantos
lamentos y maldiciones, recordó aquel número, ¿Cómo podría tener una
segunda oportunidad al llamar al padre de aquella joven?, ¿Cómo?; no lo
sabía, pero no tenía nada que perder al intentarlo. Saco su teléfono y
comenzó a llamar a aquel numero… no sabía que esperar, pero al menos
quería saber quién era la causante de su desgracia. Una voz grave, casi
inhumana contesto del otro lado de la línea:

Hola Diego, he estado esperando tu llamada, se que quieres una segunda oportunidad.
Pero, quien es usted? Como sabe que soy yo quien le está llamando?
Yo lo sé todo, yo soy tu verdadero salvador, puedo ofrecerte lo que tu desees, solo tienes que pedírmelo
No me vengas con eso por favor, no estoy para bromas, así que si no tienes nada mejor que decirme entonces…
Muy bien Diego, entonces te veré en tus sueños…

La llamada se corto en ese momento. Diego intento llamar nuevamente pero
la línea siempre aparecía ocupada. No le prestó mayor importancia al
asunto y dejo el teléfono de lado. A medida que la noche se acentuaba,
el sueño también lo hacía, no paso mucho tiempo antes que él se quedara
dormido, era un sueño tan profundo, casi como una posesión, parecía que
su mente se liberaba de su cuerpo y se comenzó a elevar…
Aquello más que un sueño parecía ser una visión, el enigmático personaje
del otro lado del teléfono estaba cumpliendo su promesa a cabalidad,
ahora estaba visitando a Diego dentro de sus sueños. Ambos se
encontraban en un vacio total, Diego se sentía muy lúcido, sabía que no
era solo un sueño, y aquel personaje se encontraba justo frente a él.
Pero a pesar de la cercanía era imposible vislumbrar rasgo alguno. El
ente se encontraba rodeado por una densa niebla oscura que solo dejaba
entre ver una sombría silueta. Aquella sepulcral voz no se hizo esperar:

Estoy aquí, como te lo prometí – dijo aquel extraño e inquietante ser –
¿Qué quieres de mi? ¿Por qué estoy pasando todo esto?
Quiero darte la oportunidad de tu vida, puedo concederte todo lo que desees, solo tienes que pedírmelo.
¿Todo? ¿Cualquier cosa? – Pregunto Diego asombrado ¿Dónde está la
trampa? ¿Qué es lo que tengo que darte a cambio? ¿Acaso deseas mi alma?
Son muchas preguntas, pero todo depende de lo que desees y de la
cantidad de tus deseos, cuanto más me pidas, mayor será el precio – dijo
aquella fantasmal figura casi escondiendo una sonrisa.

Diego pensó en la propuesta hecha por un momento, ya había escuchado
anteriormente sobre quienes hacen un pacto y al final terminan perdiendo
sus almas; no es que creyera en esas banalidades, pero la verdad no
quería arriesgarse. Siempre se creyó ser alguien muy listo, así que
quería salir más que beneficiado de esta situación. Lo medito por un
momento, y luego negoció con su espectral acompañante:

Solo quiero tres deseos – Dijo con seguridad.
Dímelos y yo te diré el precio a pagar – Susurraba ansiosa aquella voz
Estas son mis peticiones:
1. Quiero tener vida eterna, no envejecer, ser bello y tener mi hermoso cuerpo de 25 años eternamente.
2. Deseo tener el suficiente dinero como para derrocharlo en lo que yo
quiera, sin nunca tener la necesidad de trabajar ni tener que
preocuparme por la procedencia o la falta de éste.
3. Deseo que nadie, sin excepción alguna, pueda ser dueño o dueña de mi
alma, la cual me pertenecerá a mí solamente y a ningún otro ser que no
sea yo, y eso te incluye a ti especialmente.
Estos son mis deseos, ahora dime tu precio.
Así que nunca podre tener tu alma?, Esta bien, son tres deseos y el
precio que tendrás que pagar son tres almas, pero no almas cualquieras,
quiero tres almas que hayan sido torturadas por ti hasta morir.
¿Quieres que yo torture a tres personas?
Que sean los tres que tú quieras, no me importa, y para facilitar tu
tarea, tendrás salud y gozaras de mi impunidad, sin importar el crimen
que cometas, nunca nadie te podrá culpar por ello. ¿Tenemos un trato?
Trato – dijo Diego tras pensarlo un momento.

Aquella niebla comenzó a enturbiarse aun más y a moverse en forma
arremolinada haciéndose más grande, la voz en su interior resonaba con
estrepito:

Tendrás exactamente 30 días de salud e impunidad, deberás cumplir tu
cometido en ese lapso, luego de eso morirás, y si no has cumplido tu me
pertenecerás eternamente.

Risas escalofriantes inundaban aquel lugar. Diego se alejaba flotando
rápidamente hasta caer nuevamente en su propio cuerpo. En ese momento
despertó sintiéndose mucho mejor, sabía que no había sido solo un sueño y
ahora, sabía perfectamente lo que tenía que hacer.

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 9:34 pm

LA CARNICERA DE LOS INFIERNOS

Todo comenzó una tarde de mucho calor, en la que los pájaros se mojaban
las alas en las fuentes y los ciudadanos de a pie, se refrescaban en
bares y terrazas. Cuando lo que parecía ser una mujer, que se acercaba
desde la distancia, tambaleándose de un lado a otro, a un ritmo casi
gracioso. Debía de medir unos dos metros y medio por lo menos, era
inmensa, tenía una larga melena negra, unos brazos largos y musculosos,
fuertes como los de un campeón de culturismo, unas manos tan grandes que
podían coger una cabeza y estrujarla como si fuera una simple esponja,
unas piernas tan largas, que de una zancada recorría varios metros sin
esfuerzo, sus ojos eran grandes y negros, inyectados en sangre, que
parecía estar poseídos por el mismo Satanás. Llevaba un hacha en una
mano y una cabeza cogida por los pelos en la otra.

Corría hacia la gente, asestando hachazos a todo lo que se le ponía por
delante, hombres, mujeres, niños, niñas, le daba igual, su matanza no
era discriminatoria. A unos les daba hachazos en la cabeza, en el pecho,
en la espalda o donde le pillara mejor. A otros los cogía por los
brazos, se los arrancaba, los cogía por la cabeza y les partía el cuello
con un simple movimiento de muñeca, los pisaba hasta reventarlos, como
si fuesen huevos que se caen de una mesa, a los que no alcazaba a darles
un hachazo o no podía agarrar porque estaba muy lejos, les lanzaba
miembros seccionados de sus víctimas, golpeándoles en partes vitales de
su cuerpo, provocándole la muerte al instante.

La muchedumbre corría sin rumbo alguno, intentado escapar de la bestia
que les perseguía, la gente corría como pollos sin cabeza, en círculos,
sin control, corrían gritando, chocándose unos contra otros, corrían
para escapar de los ataque mortales, que propinaba el monstruo que les
estaba atacando.
Un hombre con una escopeta de caza, le disparó un tiro en la cabeza,
arrancándole a la mujer del diablo casi toda la cabellera. La melena que
llevaba la mujer grande en la cabeza, parecían pelusas tiradas en el
suelo. La mujer con la cabeza medio pelada por el disparo, se dirigió
hacia el hombre, le cogió la escopeta y se la anudó al cuello, como si
la escopeta fuera una corbata.

Más personas se unieron en el fusilamiento de la carnicera, hasta diez
pude contar, de distinta edades, cada uno armado con una escopeta,
apuntándole a la cabeza y el corazón, a la señal de uno de ellos
abrieron fuego, y la dama de los infiernos gritando cayó al suelo,
mientras los disparos desmembraban su cuerpo. Una vez en el suelo, la
loca medio calva, parecía volatilizarse como gas de una botella, cuando
su corazón endemoniado dejóo de latir.
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 9:35 pm

CUARENTENA

Cuando la rutina de los hechos y de las experiencias que se repiten
hasta la saciedad dejaron de tener sentido; cuando los rostros y las
personas que conocía eran recuerdos de permanente retorno: la angustia
de vivir se hizo insoportable. Había vivido, gozado y transgredido y
todo eso se me antojaba ahora como una vacía distracción que había
nublado mis sentidos apartándome de mi rumbo; el tiempo que llevaba
representando la misma obra se me antojaba eterno y aquello que mi
corazón anheló en el pasado: el tiempo se ocupó en mostrarlo ante mí
como las vacías ofrendas usadas para engalanar las telas de los
difuntos. La condición humana, con todos sus matices y claroscuros era
el adorno innecesario de los hechos que se repiten hasta la saciedad, de
aquellos discursos tan previsibles como artificiales que tantas veces
había escuchado; de los grandes gestos que siempre acaban en bajeza;
nada tenía secreto para mí, y esto me desesperaba.

Tras recorrer el mismo camino infinidad de veces, tras deambular por los
lugares más sordidos como un fantasma que sobrevuela los tejados: por
fín creí haber llegado; una puerta invisíble para mis sentidos me había
mantenido apartado durante todo ese tiempo de aquel espacio donde entré
una noche por casualidad y ahora se abría ante mí para mostrarme
aquellos rincones de la ciudad que hasta ese momento habían permanecido
ocultos: estaba regresando al lugar donde comenzó todo y allí estaba yo,
trazando el mismo recorrido que emprendieron mis pasos cuarenta años
atrás, cuando mi espíritu era joven y mi corazón ausente de malícia me
invitaba a contemplar la vida como un juego.
Mi mente errática guiaba mis pasos aunque miraba a través de unos ojos
que se me antojaban prestados. En la negra soledad de aquellas calles
avanzaba de tumbo en tumbo como marinero en la proa de un barco. El
mundo permanecía estático a mi alrededor y lo único que se movía
frenéticamente era mi mente convulsa. Conforme me iba adentrando en
aquel túnel oscuro, mi atención se desviaba observando el aura que
irradiaban las formas, los lugares y los objetos mas comunes; la noche
estaba barnizada de diamantes de vidrio colocados dentro de viejos
edificios de ladrillo ennegrecido. Los escaparates enmarcaban la nada
iluminándola con matices oscuros; mi vista vagaba por aquellas calles;
escudriñaba las alturas más allá de los altos tejados inclinados; las
calles parecían enroscarse formando laberintos de huecos y conductos
como las arterias y venas de un organismo petrificado y monstruoso; era
así como lo recordaba en mis sueños y así fue como lo ví la primera vez.
Nada parecía haber cambiado en todo ese tiempo.

El rumbo de mis pasos me llevó hasta el largo y estrecho callejón donde
tiempo atrás me adentré con curiosa expectación; tendría poco más de dos
metros de ancho y las paredes laterales eran altas, lisas y sin
relieves. Miré hacia la abertura rectangular en lo alto de la pared del
fondo y atiné a ver una forma circular que fue perfilandose y definiendo
a medida que me acercaba: enmarcado en aquel espacio asomaba el rostro
de un anciano con el pelo largo y enmarañado; que miraba hacia la calle
indiferente. Cuando estuve justo bajo la ventana y pude apreciar mejor
aquellos rasgos, ví que la expresión de indiferencia no era otra cosa
que un rictus petrificado; tenía el pelo blanco y desordenado como una
telaraña; y las arrugas cruzaban su rostro como hebras finas que se
ensartaban en sus tejidos traslúcidos marcandose por debajo de él como
venas.
Quise verlo de cerca y entré en aquel portal; era lugubre, no se
escuchaba nada, olía a siglos de inmundicia. Subí entre la penumbra como
pude, la escalera crujía bajo mis pasos. Llegué hasta el piso desde
donde asomaba aquel rostro demacrado. La puerta cedió con un leve
empujón y se abrió con el crujir de la madera desgastada. Avancé por un
largo pasillo oscuro repleto de escombros y de hojas secas hasta que lo
ví allí al fondo, en un pequeño salón, apoyado en la ventana. Me acerqué
a él y cuando lo tuve delante puse mi mano en su hombro y al notarlo
inerte, agité mi mano varias veces anhelando un espasmo; una señal de
vida, pero en lugar de despertar: se desplomó girando su cabeza hacia mí
hasta quedar tendido boca arriba mirándome con expresión carcomida.
Aquel era mi propio rostro; era la imagen petrificada de mí mismo la que
me estaba observando desde el blanco de sus ojos ciegos. Mi ser había
quedado atrapado en aquel submundo llevando el peso de mi culpa y
enajenación, de mis delitos y de todas y cada una de mis faltas y de mis
transgresiones mientras yo en un mundo imaginario creia estar vivendo
en plenitud. Toda mi mezquindad, las huellas que la codícia había ido
dejando en mi alma; cada momento de lujúria había dejado su impronta en
aquel cuerpo ajado y marchito. Tal vez me estuvo esperando aquella noche
sabiendo que iba a venir y su ultimo aliento fue para pronunciar mi
nombre; la noche en la que se cumplían cuarenta años desde la firma del
contrato por el que cedí mi alma a cambio de…nada.
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 9:35 pm

MUÑECOS VIVIENTES

Hay una única puerta al final de las escaleras detrás de la cual está el
desván. La oscuridad y el silencio lo invaden todo. Las extremidades
desmembradas de los muñecos y de los títeres están desparramadas por el
suelo; entre la oscuridad aparece de pronto un rectángulo alto y negro,
como la taquilla del vendedor de entradas de una feria ambulante.
De su interior asoma el rostro de madera de un personaje inanimado y
abre la mandíbula para dejar escapar una risa mecánica. El muñeco tiene
una cara bonita y una expresión distraida; le bailan los ojos como
canicas en movimiento.
Entonces, de entre las sombras de la cabina surge una figura alta y
delgada; la ropa le cuelga como trapos viejos y tiene el mismo rostro
dulce y acartonado que el muñeco.
¿Alguna vez te has preguntado?: comienza a decir el espectro alto y
delgado, ¿Alguna vez te has preguntado qué es lo que hace tan horríble
la animación de un muñeco? ¿Pero de qué se ríe este monigote estúpido?
No hay motivos aparentes que provoquen la risa del muñeco, y aún así se
ríe; “jajajajajaja” y lo hace de la forma más absurda y maligna
posíble; parece saber algo que desconocemos y eso es lo que da miedo; el
muñeco aterroriza pero es él quien de verdad está aterrorizado.
Piensatelo: la madera ha despertado del sueño del que jamás debió ser
interrumpido.
En el interior de la cabina: los ojos del muñeco han cambiado; de ellos
manan ahora pequeñas gotas de sangre que parecen negras bajo la
penumbra. Los ojos, la boca; toda la estructura de la cara representan
horripilantes acrobacias de expresión. De repente: siento como una
maraña de cuerdas invisibles descienden del techo; las cuerdas giran
formando lazos y anudando mis extremidades. Una extraña rigidez se
adueña de mis miembros y de mi rostro hasta que mi cuerpo adquiere la
consistencia de la madera barnizada. Una risa horripilante e
involuntaria se atasca en mi garganta, mis ropas sueltas se agitan en
vano mientras unas gotas de sudor caliente resbalan sobre mis mejillas
lacadas y mis ojos dan vueltas como canicas. Suspendido en el aire, voy
flotando hacia la delgada cabina de madera que en adelante será mi nueva
casa.
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por ®™DØminix™® el Lun Ene 23, 2012 9:09 am

que miedito xD me asuste vbgr
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por ™Anonymous™ el Lun Ene 23, 2012 1:42 pm

gracias por los cuentos muy buen tema para leerlo de noche xD.
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Lun Ene 23, 2012 8:54 pm

seeeee! luego pondre mas manes Very Happy
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por xJavooz el Miér Ene 25, 2012 5:32 pm

wow tan buenas
lei algunas y me dejaron viendo a los lados o.o tan buenisimas pa asustarse de noche xD
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por NewSta® el Miér Ene 25, 2012 5:44 pm

El casino del terror
En lo alto de un cerro de la ciudad de Hermosillo, se pueden ver las ruinas de lo que fuera un gran casino, el mejor lugar para bailar y festejar desde un cumpleaños hasta la alegría de la vida.

Durante el día, el sol del desierto hace que las ruinas se vean tristes, como un lugar donde no vive nadie. Pero con la noche, las paredes cobran vida, tanto que si alguien se acercara, podría escuchar voces, música y ruidos de gran baile. Aunque en realidad nadie se atrevería.

¡Abre bien los ojos!, ahora sabrás el porqué...

Antes de que el casino se volviera ruinas, era el sitio preferido de los jóvenes, pues allí se hacían bailes donde los muchachos podían encontrar a la mujer de sus sueños y las muchachas conseguir un buen morro.

Un 31 de diciembre se iba a dar un gran baile de fin de año, así que todas las muchachas no hallaban la hora para tener el vestido para la fiesta.

Entre todas las jóvenes había una bella muchacha llamada Linda, tenía 16 años y bien podría presumir que hacía honor a su nombre. Pues bien, el día del baile, Linda arregló lo que se iba a poner y se tardó horas frente al espejo peinándose. Cuando ya estaba lista, fue a avisarle a su mamá, quien estaba en cama, enferma de unos dolores.

—Mamá —le dijo— me voy al baile.

—¡No mi hijita! ¿Cuándo me pediste permiso?

—Pero mamá...

—¡Nada! No te dejo ir porque me siento muy mal de verdad. Además hoy es noche de Año Nuevo y tienes que pasarla con tu familia.

Pero en ese momento pudo más la fiesta que los regaños de la mamá, así que Linda se salió a escondidas:

—¡ Al fin que no necesito de su consentimiento para divertirme! —se dijo.

Cuando la muchacha llegó al casino, todos voltearon a verla, era la joven más hermosa de la noche. Le llovieron proposiciones para bailar, pero Linda no aceptó.

Entre los asistentes se encontraba un guapo muchacho, de cabello muy negro y ojos enormes, vestido elegantemente. Nadie lo conocía, así que todos se preguntaban quién sería ese yori.

Mucha fue la sorpresa de Linda, cuando el guapo desconocido se le plantó enfrente invitándola a bailar. La muchacha quedó como hechizada, se dejó llevar hasta el centro de la pista, ahí bailaron y bailaron en medio de las miradas de los demás.

Linda empezó a sentir mucho calor y de pronto mucho ardor en la espalda, sentía que algo la quemaba, temerosa volteó a ver qué era y se encontró el brazo y la mano del yori marcados en su vestido, como cuando marcan a los becerros. Su vestido estaba quemado y el aire olía a azufre. Volteó hacia abajo y vio con horror que el guapo muchacho, en vez de pies, tenía una pata de gallo y otra de caballo. Linda se desmayó, no supo más de sí.

Por todos lados empezó a surgir fuego, y los jóvenes asistentes tuvieron que escapar del lugar como pudieron. El casino ardió hasta que sólo quedaron las paredes que hoy en día todavía se observan.

Del guapo extraño no se volvió a saber y de Linda, unos dicen que murió, otros que anda perdida por algún lugar, pero la mayoría asegura que está con el diablo.
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por »™[TheMaton]™« el Miér Ene 25, 2012 6:57 pm

:O Mui buenos men tus kuentOs:D
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por NewSta® el Jue Ene 26, 2012 2:40 pm

El tetrico Sr Gomez

En una pequeña tertulia que hubo entre mi madre y ¨Albita¨ (como la llamamos de carillo), surgió el tema de la casa quemada del barrio. Ella ,tomando un suspiro dijo: "Esa casa perteneció al señor Gomez; él, en medio de su locura, le prendió candela a su casa". Surge así la pregunta: ¿quién y qué pasó con el Sr Gomez?.

El Sr Gomez nunca tubo familia, era un sujeto extraño, trabajaba como celador del cementerio y su sueldo solo se lo gastaba en alcohol y pornografía. Solo los domingos se veía que él estubiera acompañado de algunas personas: lo cual, según se cuenta, se debía en parte a que los domingos celebraba misas negras.

Vivía con el demonio mordiéndole los pies. En las noches se le veía rondar borracho el cementerio y, en los días cuando intentaba dormir, se despertaba en un pútrido charco de sangre rodeado de bestias que trozaban su carne, aunque aquello solo era una ilusión...

En una noche de turno, como siempre, al pobre hombre se le acabó la bebida. Esa noche solo se quedó a la entrada esperando la mañana, escuhaba voces que le repetían "eres mio". Él intentaba ignorarlas, ya no sabía si lo que sentía y veía era real o ilusorio: vio que de sus manos brotaba sangre negra, el terror invadía su cuerpo, sentía como le agarravan de los pies y lo arrastraban. De repente el silencio abrió los ojos, nada había pasado, intentó salir lo antes posible; el viento aullaba, mientras su corazón estaba a punto de estallar. Las voces volvieron, se hacían más fuertes y hablaban con más fuerza; las sombras arremetían contra él, lo rasguñaban y lo apretaban. El hombre intentó zafarse. Lo arrastraban hacia la tumba 103. Él se liberó y corrió intentando escapar, vio como las almas eran consumidas por los demonios que a él lo perseguían...Logró trepar la reja y llegar a su casa.

Se encerró por completo, sintiendo que no tenía una razón por la cual vivir. Llenó de gasolina toda su casa y la quemó con él adentro.

Doña Albita le pega otro sorbo al tinto y dice: "nunca se halló rastro del Sr Gomez, pero hay gente que dice haberlo visto. ¿Ven a ese viejo loco con marcas de quemadura en la espalda?, ¿ese que lleva un costal y duerme en una caja? Bueno, se cuenta que ese fue antes el Sr gomez..."
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por NewSta® el Vie Ene 27, 2012 4:42 pm

La Chica del lago



Yo vivo en Dallas, Texas y como ya saben en cualquier sitio ocurren cosas que son difíciles de explicar o creer. Me encontraba con mis amigos en la escuela, hablando de cosas de miedo y estábamos tan fascinados que mi profesora al vernos empezó a contarnos una historia que ocurrió hace tiempo, así mas o menos va la historia:
Era una noche de fiesta de graduación y como siempre las parejas de enamorados se iban a algún lugar más cómodo para ellos.
Esa noche, una pareja de estudiantes, de los más populares, decidieron salir del baile e irse al lago para estar más tranquilos, sin tanta gente a su alrededor.

El lago es una zona apartada y oscura donde no es nada prudente estar por la noche y mucho más imprudente para una mujer, pues ahí han tenido lugar abusos y violaciones.

Al cabo de unos momentos íntimos, la pareja escuchó algo, sobre todo ella sentía que algo no andaba bien y quería irse a casa pero su novio no se lo permitía y aunque la chica insistía enfadada, el chico la forzaba para que se quedara con él, así que empezó a gritar y justo en ese momento algo atrapó a la muchacha desapareciendo al instante, el chico no pudo hacer nada más que correr y correr y nunca se supo más de él, muchos dicen que ella se ahogó en el lago.



Desde aquel día, se cuenta que cada baile de graduación de esa misma escuela y sobre medianoche, ella se aparece con su bonito vestido blanco parando coches. Se dice además que sólo alcanza a decir, – ¿me puedes llevar a casa?, es que mi novio me dejó aquí y todavía no ha regresado por mi, vivo a dos cuadras -. El conductor del vehículo accede y cuando voltea para decirle algo o para preguntar allí no hay nadie, la muchacha desaparece, pero cuando el conductor revisa el asiento trasero de su coche, donde la muchacha se sentó, está húmedo y frío.

Eso es lo que cuentan, y sólo les pasa a personas que van conduciendo solas en mitad de la noche.
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 12:57 pm

666

Estaba escrito que el fin del mundo, el Apocalipsis, llegaría por obra del hijo de Satán, el Anticristo. Satán, como ya había hecho en anteriores ocasiones a lo largo de la historia, viajó al mundo terrenal con apariencia humana. Como las otras veces, buscó una mujer joven y fuerte para que fuera la madre de su hijo. Tenía que ser una mujer casada, y que mantuviera relaciones con su marido periódicamente para no despertar sospechas. Se encaprichó de una joven rubia y atlética, muy atractiva. Entró en su casa y la poseyó practicando el sexo más salvaje y depravado que se pueda imaginar. Satán con su malvado poder hizo que su mente lo olvidara, y nueve meses después nació su hijo. Su nombre era Software. Este niño empezó a prepararse para su misión estudiando a sus hermanos de tiempos pasados: Atila, Gengis Khan, Hitler… Todos ellos fueron hijos de Satán que fallaron en su misión. Al igual que ellos se preparó para ser un gran líder y formar un poderoso imperio.

Creció observando a los humanos para conocer sus debilidades, haciéndose pasar por uno de ellos, ganándose su confianza. Viendo que todos sus hermanos fallaron a pesar de haber construido grandes imperios, decidió cambiar de táctica. Su imperio no debía ser militar. Se fijó en el posible potencial de la industria informática, y vio en ella su medio para dominar a los humanos. Utilizando su poder sobrenatural, empezó a apoderarse de diversos sectores de esta industria, y logró formar un poderoso imperio informático. Ya formado, el Imperio extendió sus malévolos tentáculos introduciéndose en todos los campos empresariales e industriales. En poco tiempo toda la economía mundial estaba bajo su poder. Ninguna empresa, ningún banco, nada podía funcionar sin los programas informáticos del Imperio. Incluso estaban bajo su dominio usuarios particulares en sus casas. El Imperio llegó a tener más adeptos que cualquier religión del mundo.

Como una secta destructiva, obligó a sus súbditos a pagar un tributo cada poco tiempo. Había que comprar actualizaciones de los programas continuamente, pues estos se quedaban obsoletos en cuestión de semanas. Todos los programas del Imperio fueron la droga más usada del mundo. Prácticamente todo el planeta estaba enganchado. Software en su trono se reía viendo como los pobres humanos intentaban inútilmente manejar sus productos. Pero estos fallaban inteligentemente, arruinando proyectos, trabajos, vidas. Todo el planeta sufría pero no podía hacer nada, eran adictos a las drogas informáticas del Imperio.

Pero esto no era suficiente, el broche final para llevar a cabo su plan fue el "Efecto 2000". Algunos profetas lo predijeron, y los humanos aterrados intentaron prepararse para ello durante meses, pero fue inútil. El 31 de diciembre de 1999 a las 00:00 h, cuando comenzó el año 2000, empezó también el Armaguedón. Todos los ordenadores fallaron, la industria y la economía se colapsó, la electricidad dejó de funcionar, los trenes descarrilaron, los aviones se estrellaron… Los misiles de todos los países se dispararon controlados por los ordenadores, destruyendo todas las fuerzas militares y policiales del mundo. El caos y la destrucción reinaron en la Tierra. La ley había sido eliminada, los humanos empezaron a pelearse por comida y ropa. Pero había desaparecido todo vestigio de humanidad en ellos. Ya no eran humanos, se comportaban como alimañas egoístas y enloquecidas, peleándose y matando por un trozo de pan. Software había triunfado.

Por fin un hijo de Satán se había apoderado del mundo. La risa de Satán resonaba ensordecedora en los confines del infierno. Dios observaba apenado como su creación se había destruido. Pero aquello no fue el fin del mundo, fue un nuevo origen. Satán mandaba ahora y Dios era el que debía actuar en las sombras. Se había producido un cambio de Dirección General, y aquello era solo el principio…


_________________
[center]CUALQUIER DUDA O CONSULTA MP O Email ===> itz_peter_najar17@hotmail.com Twisted Evil


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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 12:58 pm

CARA DE CUERO

Una idílica tarde de verano se convirtió en una pesadilla. Durante treinta
años los expedientes acumularon polvo en la sección de casos no resueltos del FBI.
Más de trece piezas de evidencia fueron recogidas en la escena del crimen, la
residencia Hewitt. Los hechos acaecidos llevaron a una de las leyendas más bizarras
de los anales de la historia americana: "La Masacre en Texas”

Silencio. Debía hacer silencio.Sabía que su vida dependía de ello.

No importaba cómo se había metido en esa situación, no importaba que iban a Dallas,
no importaba que llevaba un regalo para su tía Maggie, nada de eso tenía sentido
ahora. Ahora lo único que tenía importancia era que tenía que permanecer callada,
con el cabello pegado a la piel por el sudor, inmóvil. Tal vez hasta tendría que
parar de respirar. Tal vez hasta pararía de respirar y se ahogaría ella misma y, si
eso pasaba, todavía salía ganando. Porque todo era mejor que eso. Cualquier cosa era
mejor que parar como todos los demás. Él estaba ahí afuera. Ella sabía que él estaba
ahí y él sabía que ella estaba ahí. De pronto la carretera de Tejas había dejado de
pertenecer a Los Estados Unidos de América para ser un anexo de la República Popular
del Infierno. Sólo que a nadie se le ocurrió avisarle a ellos.

El calor. Maldito calor. Cuando es de noche ¿No se supone que debe hacer frío?

Karen trató de absorber todo el aire que pudo con la boca, cerró los ojos y los
apretó para no llorar. Empezó a temblar violentamente y tuvo que abrazarse para
controlarse. Porque Él lo sabía todo. Él le había dado caza y si ella se
movía, aunque fuese un mínimo temblor, Él lo notaría, la sacaría del armario, la
tiraría contra el suelo y la descuartizaría con su sierra. Porque así había pasado
con todos los demás. Y de cierta manera trastornada, Karen deseaba que sucediera de
una vez, porque así todo terminaría. No le importaba si el malnacido la cortaba
en pedacitos, se la llevaba a su casa, se la ofrecía a su familia, le echaban
pimienta y se la comían. No le importaba eso. Hasta podría salir del armario y rogar
por que el golpe con la sierra fuese fatal y rápido. Hubiese salido, de no ser
porque sí le importaba.

El calor. Hacía calor, demasiado calor como para poder pensar. Una gota de sudor
bajó desde su frente hasta sus párpados y se metió poco a poco en sus ojos,
haciéndoselos arder. Pero no se la limpió ni se restregó la cara. Por favor, Karen,
en este momento no, después puedes moverte todo lo que quieras,
después puedes bailar lambada si quieres, pero en este momento no te atrevas a
moverte.
Una pulsada de dolor le latió en el anular derecho y casi le arranca un quejido.
Cuando estaba corriendo de la camioneta (es decir, cuando tuvo que saltar por la
ventana, porque Él estaba tratando de entrar por la puerta), cayó sobre el suelo de
tierra y piedras apoyada en su mano vertical. Se partió unas uñas y se fracturó el
dedo. Sólo se dio cuenta mucho después. Había escuchado de las reacciones físicas
provocadas por el miedo, pero nunca se imaginó que fuesen tan poderosas. Se había
roto el dedo y golpeado con fuerza la rodilla, pero en ese momento ni siquiera se
percató de ello...
(porque Él estaba ahí...)
se levantó y corrió
(detrás de ella con la sierra)
hacia la oscuridad del bosque
(e iba a matarla)
hasta que se la tragara.

Ya habían pasado
varios minutos desde que se había escondido en la casa (con la muerte pegada a los
talones) y no habían señales de Él por ningún lado. No sabía decir cuántos minutos
llevaba escondida, pero eran varios. Tal vez más de los que sabía, porque en esta
parte de la República Popular del Infierno el tiempo pasa como un fantasma, a veces
rápido, a veces lento. La sierra no se dejaba escuchar ni olía el combustible. Tal
vez se había rendido y se había ido a su casa. ¿Por qué no? Después de todo, ya
tienen otras cinco piezas de carne que pueden cenarse.
No pudo creer que había pensado algo tan monstruoso como aquello y, en ese instante,
sólo quiso vomitar de asco por sí misma y morirse. No eran cinco piezas de carne,
eran sus amigos. Una de esas piezas de carne era su novio. El novio que ella amaba y
con el que iba a casarse, el novio con el que había planificado el sueño de una
vida. De todas las personas
en el mundo ¿Por qué a ella? Todo esto era mentira, tenía que serlo. Era una gran y
larga pesadilla, de esas que son tan lúcidas que parecen de verdad. Eso tenía que
ser. Eso tenía que ser porque era imposible que existiesen personas tan enfermas y
tan malvadas como para hacer lo que le estaban haciendo. Dios no podía permitir
semejante cúmulo de maldad en el mundo.

(Es que no estás en el mundo, cielito. Estás en Las Montañas de la Locura, circulo
siete del infierno, más allá de dónde Dios alcanza. Y así tratamos a los forasteros
por aquí. Porque yo conozco a las de tu tipo, pequeña perrita. Sólo desprecio y
crueldad para mi muchacho. ¿A alguien le importa lo que me pase a mí y a mi
muchacho?)

Basta. Basta, Karen, basta. Te estás volviendo loca. Necesitas todo lo que puedas de tu mente
para cuando le digas a la policía lo que pasó. Tienes que describirlo, tienes que
decirle como es la casa, como es la familia, como la sierra, bajo el sol, refleja
los dientes en tus ojos como un aguijonazo. Bueno, la policía iba a aparecer. Tarde
o temprano, la iban a sacar de ahí. Había una van hecha trizas, con manchas de
sangre, en el medio de la carretera. Una patrulla iba a pasar, la iba a encontrar e
iba a pensar que era raro. Empezarían a buscar y darían con ella, vivita y coleando.
No importaba que ella se veía tan sucia como un prisionero en un campo de
concentración, ni que se había orinado en los pantalones cuando vio al Cara de Cuero
por primera vez. El olor, ahora intensificado por el calor, lo rodeaba todo. Era
posible que el Cara de Cuero la atrapara siguiendo sólo el olor. Después de todo, no
es un ser humano. No es un pobre desgraciado con un problema en la piel, como dijo
la Abuela. No es un psicópata que usa caretas de pieles humanas para esconder su
cara. No es un asesino enfermo que usaba una sierra mecánica para matar y que en ese
momento estaba portando la cara de su novio como una máscara. Era un demonio salido
de los más oscuros pozos del tormento, una bestia omnisciente cuya herramienta, la
sierra, parecía estar pegada a sus dedos, cual espada de Damocles. Todavía lo veía
persiguiendo a Donna. Karen grita “¡Corre!”. Donna se mueve como en cámara lenta, se
tropieza y se cae al suelo. El Cara de Cuero la alcanza. Donna coge una lámina de
metal del suelo y la interpone como un escudo. La sierra echa chispas cuando choca
con la lámina. Karen debió hacer algo en ese momento, como coger un tronco grande, ó
el bate de Tobe, y darle por la cabeza al mostrenco ese. Pero en vez de eso se quedó
ahí, parada, congelada de miedo, mirando la escena. Su cerebro le ordenaba que se
voltease y que corriera lejos, pero no había conexión. Las órdenes no llegaban a sus
piernas. La sierra pasa resbalando al suelo de tierra, Donna tira la lámina, se
levanta y empieza a correr otra vez. Pero Cara de Cuero hace algo con la sierra. En
un segundo la levanta sobre su cabeza con las dos manos. En el siguiente la balancea
hacia atrás y en el siguiente la balancea hacia delante, por debajo de la cintura de
Donna. Hay un ruido, como el de una rama fuerte que se rompe cuando la pisas. Karen
ve unas gotas negras en la oscuridad salpicar el suelo y algo se desprende de Donna.
Donna cae al suelo y trata de agarrarse la pierna derecha, pero no hay más pierna
después de la rodilla. Hay un nuevo olor, un olor penetrante, el olor de la sangre.
Donna grita, Karen grita, el monstruo robusto de casi dos metros hunde la sierra en
el bulto que yace en el suelo y que antes se llamaba Donna. Donna deja de gritar.
Cara de Cuero se voltea hacia Karen y, por un breve momento, Karen se da cuenta de
que la cara del asesino es la misma cara de Tobe, con ciertos defectos, claro,
porque la piel no es perfectamente elástica. Hay que curtirla un poco y aplicarle
algunas cremas hidratantes y esos campesinos no tienen nada de eso por aquí. La
película se nubla y Karen trata de salir corriendo. Pero, oh, ya es demasiado tarde,
Él la ha atrapado...

Cuando recuperó la conciencia lo primero que pensó fue que estaba muerta y que
estaba conociendo el más allá. Luego siente sofocación, dolor de cabeza, calor y el
dedo le duele. Dolor es igual a vida. Por un instante se sintió enormemente
desgraciada de estar viva, por primera vez, luego el sentimiento desaparece cuando
por encima de su cara aparece otra, portando el sombrero de alguacil. Gracias a
Dios, gracias, tiene que ayudarme, trató de decir, pero sólo murmuró
“Mmmmmmaaaaaaaa—gggg-------aaaaa”
- Shhh- dijo el alguacil – Tranquila, cielito, tranquilita-
- Por... ayude... amigos...- balbuceó
- Ya, ya, están aquí todos-
Karen trata de mirar alrededor, pero se siente confundida, perdida, como si
estuviese pasando por un viaje de LSD. En un principio parece un palacio, pero luego
va tomando forma y es una cocina, polvorienta y hay óxido en la puerta del
refrigerador. Hay algo en una enorme olla que parece familiar...
(un brazo)
pero Karen descartó la posibilidad de estar viendo algo así. La pesadilla había
terminado, aún cuando nada de lo que pasaba ahora carecía de sentido.
- ¡Abuela!- grita un niño afuera de la casa -¡Abuela, déjeme entrar!-
Una mujer aparece, con un peinado anticuado, y lentes. Sus ojos son claros. Karen se
sintió ridícula, se parecía a su propia abuela.
- ¡Tú quédate afuera con los perros!- grita la Abuela -¡Hasta que aprendas a seguir
las reglas!-
Todo es confuso y extraño, pero Karen recuerda a la Abuela, cuando les ofreció ayuda
en la carretera, poco después de que la camioneta se descompusiera. Definitivamente,
cuando algo malo va a pasar no hay manera de escaparle al destino.

Unas manos la manosean descaradamente y vuelve en sí, mirando al Alguacil.
- No te vas a ir a ninguna parte, niñita-
Karen toma una bocanada de aire y trata de moverse, de escapar, pero no puede. El
Alguacil sujeta su cabeza entre sus manos. Por ese momento, es suficiente para
controlarla.
- Dale un chance- suena una voz masculina en la cercanía
- ¡Tommy!- grita la Abuela - ¡Mira el jodío desastre que hiciste en la casa
persiguiendo al ganado!-
- Nah, mama- dice el Alguacil – Tommy es un buen muchacho-
- Un muchacho muy dulce- dice una voz femenina
- Usted cállese, cretino- le dice la Abuela al Alguacil
Karen levanta una mano y trata de apoyarse. Lo consigue a medias.
- Por favor... déjenme ir-
La Abuela se quita los lentes y la mira cara a cara, con una sonrisa solemne, la
sonrisa de quien ya ha recibido esa petición en el pasado.
- Pequeña perrita- dice
Karen trata de preguntar por qué le hacen esto, por qué le hacen daño, pero no logra
emitir ningún sonido. Alguien cocina carne cerca.
- Yo conozco a las de tu tipo- dijo la Abuela – sólo desprecio y crueldad para mimuchacho-

Hay un rumor al fondo, un rumor gutural. No es de ira, sino de tormento. Es un rumor
adolorido de quien ha escuchado eso miles de veces, de quien ha sido torturado por
esas palabras.
- Todo el tiempo mientras crecía. Burlándose de mi pobre Tommy. ¿Acaso a alguien le
importa lo que me pase a mí y a mi muchacho? ¿AH?-
- ¡Ayúdenme! ¡Por favor!- gritó Karen
- ¡Tommy! ¡Ven acá y controla a tu novia!- llamó la Abuela
Karen lo sintió todo como si fuese con otra persona, como si se refirieran a una
miss Universo de un país lejano, como si lo viese todo a través de una pantalla.
Creyó que Tommy y su novia eran una parejita bonita, como la que hacía ella con
Tobe. Entonces baja la mirada y comienza a gritar y a patalear cuando el Cara de
Cuero atraviesa el umbral de la puerta, viniendo por ella.
- Ya le daremos un buen uso a esa carnita tuya- dice el Alguacil
Hay un flash y lo único que Karen sabe es que está corriendo en medio de la
oscuridad y que lleva al Cara de Cuero a las espaldas, escuchando a la sierra como
si la tuviese encima. Alcanza a ver la casa abandonada en medio del bosque y entra.
Voltea y ahí está él, detrás de ella, vistiendo un delantal de carnicero manchado
con sangre. Karen cierra la puerta y recorre la casa. Encontró el armario y se
escondió en él. Y ahí seguía ahora. Podía pasarse el resto de su vida ahí metida.
Piezas de carne, los Simpson, Tommy y su novia, ¿Qué mas seguía? ¿Cómo perdí la
virginidad? Es impresionante la cantidad de basura que te tira la mente cuando no la
tienes ocupada en algo. En algo productivo, es decir. En este momento Karen se
sentía distraída de todo lo demás, sólo podía pensar en Él, su presencia era
completa y...

Un sonido. Eran pasos y estaban en la casa. El Cara de Cuero la había encontrado.

Karen no habla nunca de su experiencia en el desierto tejano, y es que no la
recuerda. Afortunadamente, la mente humana tiende a olvidar, a borrar de la memoria
los eventos estresantes, los momentos de intenso shock. Es la única forma que la
memoria tiene de defenderse a sí misma, porque si no existiera, estaría loca.
Todavía no puede dormir sóla ni con la luz apagada, tiene pesadillas muy a menudo,
por no decir a diario, y no sabe por qué, no puede comer carne. Los policías que la
encontraron dijeron que cuando la hallaron, tirada en el medio de la nada, estaba
tan cubierta en sangre y tierra que creyeron que estaba muerta. Luego se despertó de
golpe y empezó a gritar “¡nos comimos a Uther! ¡Nos comimos a Uther!”. No sabían de
ningún Uther por la zona y, cuando Riggs, uno de los oficiales, le contó a su mujer
esa noche lo que había pasado, lo hizo diciéndole:
- Esa chica debió de ser linda en otro momento. Pero todo lo que pude ver fue la
mirada perdida y vacía de los locos, de los que viven en sanatorios mentales. Esa
chica estaba muy mal. Pobrecita... pobrecita...-
De más está decir que no puede subir a un vehículo de motor ni escuchar una
motocicleta cerca, porque le entran ataques de nervios violentos y las enfermeras
deben administrarle calmantes. Ciertamente la chica pasó por algo terrible, algo
realmente horroroso, pero es una lástima que no pueda contarle a nadie lo que pasó.
Tal vez si pudiera ayudaría a salvar una ó dos vidas. Ayudaría a otros a poder
escapar de la sierra mecánica que dejó huellas de sangre en las arenas del desierto
tejano.

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 12:58 pm

CASTIGO DEL TIEMPO

Momentáneamente, el aislado cuarto sin ventanas quedó envuelto en la penumbra a causa de una violenta variación en el voltaje. Un clic metálico se escuchó de pronto, y una nube de color verdoso brillo bajo la pálida luz de una lámpara de escritorio. Roger Krankeit sonrío complacido; no tenía fuerzas para más. Su mayor invento, finalmente, estaba hecho. Después de días y noches de trabajo y sufrimiento, la mayor creación de la imaginación humana había tomado forma: Krankeit acababa de inventar la tan soñada máquina del tiempo. Orgulloso, contempló con deleite el pequeño artilugio lleno de cables y minúsculos botones. Era pequeño, en efecto…perfecto para ser utilizado cuando Krankeit lo dispusiera; perfecto para cumplir todas las posibilidades que había imaginado. Podría viajar al pasado y absorber el conocimiento de las épocas y los grandes científicos. Conocería a Bohr, Einstein o al mismo Galileo. Mejor aún, viajaría al futuro y utilizaría sus conocimientos para aplastar a los hombres de ciencia modernos…podía hacer todo lo que quisiera.

Pero la ambición de Krankeit fue más allá de lo que había imaginado hasta entonces.
Sus pensamientos formaron una idea ansiosa y punzante: iría hasta el momento en que el hombre apareció en el mundo. Contemplaría a los primeros humanos y, tal vez, hasta podría convertirse en una figura de adoración al revelarles secretos y enseñanzas. Sí…sería un Dios para ellos.

El artilugio emitió un largo zumbido y dejó escapar una nube de humo amarillento por su punta en forma de espina. Estaba ansioso por ser utilizado…
¡Al diablo el presente! Krankeit escaparía hacia el pasado y formaría su propio futuro, un futuro en que el fuera el hombre más grande. Presionó algunos botones y su máquina quedó lista para el viejo. Antes de ello, Krankeit se dirigió hacia un destartalado escritorio y tomó un viejo y pesado revólver de calibre .45 Colt.
Potencia, justo lo que requería para su expedición. No sabía con que bestias prehistóricas podía enfrentarse…lo mejor era ir bien preparado. Guardó el arma en un bolsillo de su blanca bata de laboratorio y tomó entre sus brazos al pequeño artilugio. Bajó un par de palancas e –inmediatamente- una niebla obscura y espesa cubrió sus ojos.

Una nausea terrible se apoderó de el y sintió que la cabeza se desprendía de su cuello. La niebla, poco a poco, comenzó a disiparse, y Krankeit pudo ver con claridad. No se encontraba ya en su miserable cuarto de trabajo. Ante sus ojos se extendía una llanura gigantesca y solitaria. En el cielo brillaban tres soles anaranjados, y una serie de arbustos completamente desconocidos poblaban el suelo fértil, hirviente de insectos negros y asquerosos. Algunas cuevas, probables refugios de bestias, podían ser observadas a lo lejos, y Krankeit dirigió sus pasos hacia ellas; la fascinación inicial se había convertido en la ansiedad del descubridor. Al acercarse a una gruta y encontrarla vacía, escuchó un ruido sordo que provenía de su espalda. Giró su cuerpo y dejó escapar un grito al observar la cosa que había estado detrás de el. Un ser horrendo, semejante a un mono deforme, lo miraba detenidamente con unos ojos gigantescos y brillantes. El ser caminaba a cuatro patas, siendo estas velludas y enormes, como las de un gorila. El monstruo abrió su horrenda boca, dejando ver una hilera de dientes putrefactos y una lengua negra, mientras emitía un aullido temible, salvaje. Krankeit no esperó más. Con un movimiento rápido echó mano de su revólver y descargó un tiro contra la bestia. La detonación sonó brutalmente, y el eco se encargó de repetirla. El monstruo cayó al suelo, herido fatalmente. Por un momento intentó arrastrarse por el suelo, dejando un camino de sangre verde y hedionda, pero Krankeit apretó el gatillo de nueva cuenta. La bala penetró en uno de los ojos de la bestia, destrozando su cerebro y matándolo finalmente. Todo quedó en profundo silencio después. La pequeña máquina del tiempo gritó a su manera, con un zumbido profundo y metálico. Sobresaltado, Krankeit contempló con horror como el artilugio comenzaba a desmoronarse poco a poco. Como si un terrón de polvo deshecho por el viento se tratara, la máquina desapareció con lentitud, quedando en su lugar el vacío más completo. Por un momento
Krankeit quedó en shock, pero eso duró poco, puesto que no pudo evitar llorar de pánico al ver que él mismo se desintegraba. Manos, piernas, brazos…su cuerpo se deshacía inevitablemente, hasta que no quedó absolutamente nada. En la llanura silenciosa, sólo permanecieron los insectos, que quedaron destinados a dominar la tierra desde ese momento. Miles de años de civilización humana se desintegraron con
Roger Krankeit. Con su pesado revólver .45, había matado al primer antepasado del hombre.

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 12:59 pm

DEBAJO DE LA PIEL

Para cuando anocheció, yo ya estaba observándola. Estaba de nuevo sentada, bebiendo un bloody mary, y jugueteando con un dedo en el licor. Se veía como ella misma: atractiva, contradictoria y, sin duda, misteriosa. Volteé a la cara hacia otro punto de la oscuridad. La gente caminaban por las calles protegiéndose del frío nocturno y de las alcantarillas salía vapor como si el fuego del infierno ardiese bajo nosotros. Sólo que yo no podía sentir ni frío, no calor, ni nada más. Sólo ese inexplicable fuego en el pecho cuando la veía.
Y, sin embargo, ella seguía tranquila, sentada ahí.
Sin quererlo, fui volteando hacia ella, otra vez. Era eso. No podía apartarla de mis ideas, de mis pensamientos, de mis actos. Ella, una mujer mortal. Cada noche pasaba por el mismo club, se sentaba sola ó se dejaba acompañar por quien anduviese con ánimos de hablar. Y fue precisamente buscando una víctima que la encontré. No sé si se llama destino ó azar, pero cuando me paseaba entre el rebaño mortal, fingiendo ser uno de ellos, caminando como si fuese invisible y casi deslizándome sin ser notado, la vi. Todo se detuvo durante ese momento y pude olvidarme de mi propia sed.
Ya eran tres semanas de eso.
Cada noche venía aquí, a las cercanías del club, para admirarla por una ventana. No es que no tuviese lo que hacía falta para acercármele. De hecho, cuando tienes seis siglos de vida, ya has seducido a una buena cantidad de personas. Pero esto era tan... diferente. Tal vez me encantaba porque no era un juego. Ella no era la clase de mujer a la que me le acercaría para entretenerme y luego nutrirme de ella. Ella era perfecta, aún más que las féminas de mi propia raza maldita. Y lo único que me impedía hablarle era su condición. Era mortal.
No sabía qué hacer con respecto a eso, pero sin duda era un problema. No podía acercármele y pretender una relación cuando sólo puedo verla cada noche. ¿Qué tal si deja de venir al club y no vuelvo a verla? También existía la posibilidad de que surgieran las dudas dentro de ella e inevitablemente me preguntara sobre mí. Una mujer como ella no se dejaría sorprender por cosas que las demás no entenderían: por seis siglos de cabalgar en medio de la noche, de conspiraciones nocturnas, seis siglos de matar para poder vivir, seis siglos de melancolía. Pero tampoco podría ignorar lo que soy. Tal vez pudiese explicarle que esto no lo escogí yo, es mi carga, mi condena, yo no pedí nada así. Entonces ella sentiría algo de miedo por mí. Nada le podía garantizar su seguridad cuando andaba junto a un ser como yo, que dejó de respirar mucho antes de que sus propios padres nacieran. E imaginemos que ella no sienta horror ó no desee alejarse de mí. ¿Entonces qué? Un par de años para estar con ella, verla envejecer y, un buen día, verla morir. Y, entretanto, yo seguiría igual, con esta apariencia de joven eterno, de inmortal. ¿Condenarla y hacerla como yo? La mera idea me hizo soltar un quejido en voz baja. Lo más doloroso era que la amaba. Por eso no podía convertirla en alguien como yo: esto no es un regalo, no es una bendición. Es soledad y vacío.

Cuando eres un ser como yo, sabes qué es en verdad hermoso y qué vale la pena en verdad, con sólo verlo una vez. Y yo lo estaba viendo ahora. Tenía miles de preguntas que hacerle, miles de cosas de qué hablarle y, sin embargo, cuando la veía todo se me olvidaba. Quedaba reducido a nada cuando ella estaba ahí. Si mi corazón pudiese latir, habría roto mi pecho. Pero nada de que yo pudiese hacer me podría salvar de mí mismo. Porque ahí estaba yo, caminando hacia el club, ignorando las gotas de lluvia que empezaban a caer sobre mi gabardina. Abrí la puerta del club y entré. Un ser inmortal como yo, que perdía el habla ante una mortal. Si me lo hubiese pedido, habría muerto por ella esa noche.

De cerca, era brillante, como si estuviese rodeada de aura. Era una mujer fuerte y no se impresionó por mi palidez cuando llegué a su mesa. Ella levantó sus ojos oscuros hacia mí, arregló su cabello negro con una mano hacia un lado. Por un momento creí que iba a decir algo, pero no lo hizo. Miré sus pequeños labios y no hubo ningún movimiento, ninguna alteración. ¿Alguna vez has mantenido una conversación sólo con miradas? Pues esto era eso, mucho más poderoso que las palabras, extraordinario y sublime. No sé si se dio cuenta de que la estaba mirando completamente, grabando en mi memoria cada detalle de su piel blanca, cada gesto, cada facción. En ese momento, que pudo ser segundos, ó pudo durar una eternidad, me sentí otra vez vivo. Noté que su ritmo respiratorio empezaba a aumentar y que se estaba asustando por mi presencia, que no dejaba de ser sobrenatural, pero cuando iba a decir algo ó a moverse, puse, suavemente, mi dedo índice en su boca. Al segundo siguiente, mi mano acariciaba su rostro. Ella cerró los ojos con delicadeza, tal vez dejándose llevar por el momento... o quien sabe por qué. Quise decirle lo mucho que me conmovía estar a su lado, lo mucho que me enloquecía la idea de perderla y que se fuese, que ya no pudiese verla más y que se olvidara de alguien que, en realidad, es un hombre muerto. Pero no quería jugar con el momento. La conversación visual, espiritual, basada únicamente en sentimientos, pareció hacerse más intensa. Si los ángeles existen, debían sentirse así... tan cercanos a Dios.

Me levanté de la mesa y salí del club sin dejar de mirarla, con la certeza de que me seguiría. Y así lo hizo. Me siguió hasta la oscuridad, bajo la lluvia. Su cabello mojado realzaba su belleza. Caminó hacia mí y nos vimos frente a frente. Estaba tan llena de dudas, de preguntas, pero no hizo ninguna. Volví a acariciar su rostro y, casi sin pensarlo, la abracé. Su cuerpo respirante accedió a estar entre mis brazos. Si ella no sintiese algo ¿Estaría actuando como actuaba conmigo en ese momento? La lluvia pareció detenerse durante ese abrazo. Las gotas se paralizaron en el cielo, se callaron las voces y los ruidos de la calle. Éramos sólo ella y yo. Era perfecto. Diez razones para estar vivo, que se resumían todas a una, que estaba entre mis brazos, protegida de las gotas suspendidas. Nos separamos del abrazo y, teniéndola así, con su rostro tan cerca del mío di gracias en silencio por ese momento, un momento que no habría cambiado por ninguno de los anteriores en 720 años. Sin darme cuenta, una gota roja se deslizó por mi pálido rostro de mármol. Una lágrima, salida de mi ojo izquierdo, manchada con el líquido que necesito para despertar, como todos los demás fluidos de mi cuerpo. Ella tomó la lagrima en uno de sus dedos y sus ojos se bloquearon en los míos. Supe (no sospeché ni presentí, lo supe) que se sentía asustada y, a la vez, confiada. Como impulsado por una mano invisible acerqué mi rostro al suyo y terminamos fundidos en un beso, inmortal, infinito. Habría congelado todo el mundo, toda la historia, sólo para permanecer junto a ella en ese instante, por toda la eternidad. Cuando mis labios se separaron de sus suaves labios, deslicé mi boca hasta su oído.

- Te amo..., susurré
Toda mi vida se había reducido a ese momento. Corrí lentamente mis labios hasta su cuello e, impulsado por la bestia que llevan por dentro los de mi especie, la mordí.

Dio un corto quejido, pero apretó mis brazos con sus manos. Su sangre era como ella misma, intoxicante, estaba dentro de mí, debajo de mi piel, detrás de mis ojos... en mi garganta, en mis dedos, en mis labios, adentro de mi pecho. Es trágico tratar de explicar un sentimiento que no puede ser explicado con palabras. Mi corazón volvió a latir, por la sangre cálida y dulce de mi amada y nuestros corazones empezaron a latir tras el mismo ritmo. Hasta que llegó el momento en que el latido de su corazón empezó a debilitarse. Separé mi boca de su cuello y caí en cuenta de lo que estaba haciendo. Me maldije por un momento, con la cara hacia un lado, pero ella me sujetó entre sus manos y me hizo mirarla a sus ojos hipnotizantes.

- Yo... lo siento much..., empecé a decir
- Shhh? dijo ella

El mundo seguía congelado y no era importante. Era como esas veces en las que sólo existes tú y esa otra persona. Nada de lo que hubiese pasado más allá de nuestra cúpula de cristal tenía significado.

- Eres un ángel, susurró
- No lo sé. ¿Son los ángeles incapaces de amar?
Ella pensó la respuesta por un momento.

¿Cuál es la diferencia entre el amor mortal y este amor que sentía yo? Ninguna. No necesitas ser inmortal para sentir lo que yo estaba sintiendo, una poderosa emoción en la que la voluntad y el sentimiento son la misma cosa.

- ¿Qué... quien eres?, preguntó
- Sé que temes a que te haga daño... pero al mismo tiempo estás aquí, impulsada por quién sabe qué. Y quiero que sepas que moriría antes de hacerte daño.
Y miré la herida en su delicado cuello.

Nuestras manos estaban agarradas, pero las solté, con un dolor que era casi físico. La había mordido y, por un momento, me había alimentado de ella. No podía arriesgarme a hacerlo de nuevo. Para ella estar conmigo era peligroso, para mí estar sin ella era mortal. Pero no podía permanecer ahí, siendo una amenaza, mientras ella estaba débil. Empecé a marcharme, en la oscuridad.

- Volverás a verme, le dije, moviendo los labios, pero sin emitir un solo sonido, con su sabor corriendo por todo mi cuerpo y sus manos tatuadas en mi piel...

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 12:59 pm

DELIRIUMS TREMENS

¡Maldito trazo irreverente!, la expresión de un ser humano carcomida por la inestabilidad y el rezago. El delirio de esa ansiosa o destructiva manía de pensar consumía la vida de mi preciado amigo C. Canterry, un farsante, un apostador, embelesado por el whisky, junto a los aires grotescos de carnaval. Este hombre era un loco mordaz, un extremista. Un lado visceral corría en contra de su pensamiento;
día a día el perfume de las cantinas lo enterraba en un juego de azar, cada vez más ensordecedor. Las monedas iban y venían una a una entre tragos y sonrisas malformadas, entre muecas de oscuro sopor. Es verdad: la gente siempre reía a más no poder en los lugares de la vida nocturna, pero, si de sonrisas se hablaba, la de C. Canterry era las más horrendas. Su semblante caucásico se encuadraba de tal forma que en la expresión, sus ojos verdes, según recuerdo, le temblaban con ahínco irracional; después, la sonrisa se distorsionaba en la más enferma de las carcajadas. Siempre que ganaba la sonrisa parecía proferirle un carácter diabólico, como si el mismo demonio lo poseyera para arrebatar de golpe el dinero. Siempre que un “¡Ja, Ja, Ja!” horrible y del demonio se repetía, algunos osaban a no volver apostar con él, después de santiguarse, casi estupefactos. A C. Canterry le importaba un comino, él sólo deseaba perderse en el alcohol, apostar y hacer esa sonrisa que erizaba los vellos de la piel.

Pese a practicar ese enfermo deporte del alcohol, C. Canterry, tenía momentos de lucidez en que una breve cordura, parecía contradecirlo en su propia manía. En ocasiones confesaba que deseaba alejarse de esa vida callejera que lo sacaba a media madrugada de sus aposentos, para perderse en el alcohol y las apuestas; por más que el pobre de mi amigo trataba, un halo negro lo ahorcaba en el desvarío del azar. Le extirpaba las neuronas del cráneo minuto a minuto, el hambre de sostener las monedas lo obsesionaba. Sus días pasaban similares, con los ojos verdes insertados sobre la superficie de las mesas de las cantinas, donde descansaban los billetes y grupos de monedas que cambian, durante la madrugada, de jugador a jugador. Recuerdo
bien los días en que mi pobre amigo despilfarraba la ganancia de dos meses, obtenida a través de un pequeño negocio que poseía en el área céntrica de la ciudad. Yo trataba de persuadirle, pero cada sugerencia era como invitarle a que se quedara; no importa cuánto hiciera en el intento de alejarlo de aquellos lugares que sólo
destruyen las vidas humanas, sometiéndolo a uno a un estupor necio entre la pesadilla y lo racional. Siempre intenté —si es que existe un soberano Dios, el sabrá cuánto lo intenté—. Pero la locura fue en aumento, aún mi propia piel se retuerce sobre sus huesos, cada vez que en mi mente se presentan esas oscuras reminiscencias. C. Canterry enloqueció, atravesando las tabernas de mala calaña, tomando el dinero de golpe, riendo como un demente. La obsesión le hacía resaltar las venas del cráneo y emitir a cada partida ese ¡JaJaJa!” autodestructivo y demoníaco...
La situación fue en aumento, eso sería un sólo entremés de la última y prosaica cena que recibiría mi pobre amigo Canterry...

El alcohol lo sumió en una grotesca e irreverente alucinación continua; cada vez que un trago pasaba por su garganta, le alteraba en una gradación. Sus comportamientos cambiaron, se le sumió la mirada —lo que volvió mas demente su expresión—, en momentos de lucidez le atacaba una convulsa manía por sonreír ante cualquier acción; su propia mente se lo sugería: “Vamos Canterry sonríe” y luego el lado visceral de su interior se lo proponía groseramente: ¡Vamos, maldito Canterry, ríete como el maldito loco apostador que eres!. Esas acciones le hacían retorcerse en el piso de la ansiedad; las voces lo acorralaban a tal grado que llegaba a abofetearse a sí mismo. Yo mismo controlé esos ataques de irracionalidad que lo perturbaban. En ocasiones tenía que someterlo a un rudo golpe para tranquilizar sus ansias; su aspecto era ya detestable, enfermizo, en ciertos momento hasta yo deseaba vaciar botellas como él, pero me detenía, guardaba la calma, y, serenamente, tenía que servirle un trago — ¡Por los mil demonios, sólo eso lo calmaba!—. La felicidad de mi amigo sólo radicaba en el contenido de las botellas y la superficie de las cartas; su agilidad era tal que el azar parecía desmaterializarse. Ganaba cada partida con rabia burlándose de sus contrincantes; al final terminaba por desalojar a los contrincantes de la mesa, despidiéndolos con esa terrible sonrisa que resonaba durante meses. Cierto día de borrasca, las calles solitarias albergaban la presencia callejera de C. Canterry. Yo iba tras de él, tratando de detenerlo en la lluvia. El médico había presagiado que otra borrachera sería fatal. C. Canterry parecía fuera
de la realidad, los ojos le temblaban como si quisieran salir expulsados a presión y en su boca balbuceaba cierto diálogo extraño consigo mismo. Mi presencia era inapreciable, no pude detenerlo entre la oscura noche, plagada de niebla destructiva y oscura... Pasamos por las calles de adoquín y, completamente empapados entre la tormenta, llegamos a una vieja taberna en los suburbios de la ciudad. Al cruzar la puerta no había una sola persona, a excepción del cantinero, un tipo de largo mostacho y una expresión ruda e irritante. C. Canterry pidió un trago y, mientras yo le miraba pasmado con temor hacia sus facciones, el tipo de la barra estaba atónito.
Encima del cantinero, justo arriba del primer estante de botellas, había un dato raro: un par de hachas, cada una de ellas tenía la mitad de un grabado, al unirlas, se formaba la imagen de un ying-yang.
C. Canterry entre un largo soliloquio, que sólo el mismo pudo conocer, reverenció una grotesca carcajada: ¡Con un maldito diablo! ¿No hay con quién apostar? De pronto el cantinero sonrió con una mueca burlona y hastiada, brillando en el acto su diente de oro — cualquiera que lo hubiera visto hubiera querido levantarse y golpearlo hasta descifrar el por qué de la burla —. Después sacó una baraja, la lanzó sobre la barra contradiciendo con otra burla: Puede usted jugar solitario, si así lo desea”. Eso irritó a C. Canterry, lo puso más ansioso; se levantó de la silla y dijo: “No sé jugar solitario, sólo quiero apostar, ¿usted apuesta? Yo quise
hablar, pero eran personas mayores, sabían lo que hacían, pero desde ese momento las cosas se veían mal. El cantinero accedió, alardeando y diciendo: Espero que tenga para pagar esos tragos, amigo, porque la casa no invita, no quiero que se vaya usted con las bolsas vacías”. Se sentaron a la mesa, el cantinero llevó una botella de un vino, le sirvió a Canterry, después Canterry barajeó por orden del cantinero, quien no hacía otra cosa que alardear.
Cuando las cartas cayeron en la mesa parecía que estaban presagiadas por la magia de un futuro inconveniente; tal vez era la perfección de las leyes que rigen el mundo.
Quizá no era un error, quizá Canterry estaba en el punto correcto de las leyes y el azar —nunca sabré—, pero le atribuyo a ese mundo perfecto el hecho de que C. Canterry ganara las primeras cinco vueltas. La botella se terminó; C. Canterry bebía como un degenerado, como un perdido. La cara del cantinero cambiaba constantemente, más no las partidas, el dinero permanecía en manos de C. Canterry. Así fue por una hora hasta que el cantinero logró ganar una sola vez, me daba lástima el tipo y también compadecía a mi pobre amigo porque estaba perdiendo el control. Cada vez hablaba más despacio, a veces no veía ni las cartas y la partida era suya.
Cuando el Cantinero, entre berrinches, perdió el último centavo, C. Canterry no rió, como solía hacerlo, y pensé que había logrado contenerse por respeto; porque ese pobre cantinero se había quedado en la calle, pero no podía renegar de un timo, ya que habían estado cambiando por cartas nuevas en cada jugada. Cuando esto pasó el cantinero fue el que sonrió con una sonrisa poco grotesca, poco grata. El rostro de Canterry se mantenía fijo como el de una persona anormal, balbuceaba consigo mismo y no dijo palabra alguna. Después el cantinero se arrancó el diente que había brillado a nuestra entrada, lo puso sobre la mesa y dijo: “Aún sigo aquí”. Después barajearon... y este perdió…
¡Había perdido hasta el diente!. Por el contrario C. Canterry tenía dinero como para beber treinta barriles y seguir sus borracheras sin sentido. La cuestión no frenó ahí, cuando el cantinero se levantó de la mesa con la cara casi agachada se escuchó la sonrisa enferma de mi compañero.
A las espaldas del cantinero esta risa se escuchó como uno de los peores insultos que puede recibir un apostador empedernido. Esto lo volvió primitivo, se dio la vuelta y se dirigió a C. Canterry con la mirada iracunda diciéndole: “Si quieres apostar, apostemos entonces”. Yo —su buen amigo— quise decirle que no lo hiciera,
quería decir que mi amigo era un enfermo, un alcohólico, que no estaba ya bien de sus facultades mentales, pero no quería hacérselo ver, entonces me quedé callado y lo que pasó ya no tuvo conciencia, aún sentado donde estaba, pude ver cómo el cantinero sacaba de entre la barra un pequeño cofre, después sacó un trapo. Su contenido era un revólver calibre treinta y ocho, lo limpió con rapidez llevándolo hasta la mesa. C. Canterry me hizo moverme de tal modo que ahora yo estaba a su izquierda, mientras el rostro del cantinero estaba frente de C. Canterry a quien dirigió le dirigió unas palabras: Que sea una ruleta rusa la que decida quién gobierna la suerte.
“Suerte”, cuántas veces escuché esa palabra del diablo. Era bien sabido que esto no era cuestión de suerte; le convidaban de su pan privilegiado al demonio, poniéndole en la cara las vidas para deleitarlo con la estupidez, llamándole a esto “que tengas suerte”, “deséame suerte”, “perdió... no tuvo suerte”. Dentro del mundo de la
perfección no es la suerte la que gobierna, sino las propias leyes limitadas de un cuadrado que gobiernan la entidad mental; las cuestiones individuales no son dadas a la suerte, son obras propias y controlables. El apostador vive en la inconsciencia de la probabilidad, es cierto, pero sus obras viven el espacio de las cosas controlables, bien sabido pensamiento; pero esta vez las leyes perfectas del universo que no contemplan la suerte se comportan resecas y muestran el verdadero rostro de la realidad, no sería la suerte la que cobrará la vida sino la perfección viviendo en un ciclo de elecciones individuales, a veces coherentes, otras dadas a
la inconsciencia y otras tantas llenas de errores, pero que nunca afectan por su resultado dicha perfección. El error, la contradicción, no existen, porque hasta el peor de los resultados es perfecto.
El cantinero fue el primero en jalar del gatillo y la bala le atravesó el cráneo, la expulsión de la sangre saltó a presión en mi cara. Cuando esto pasó C. Canterry rió como un loco. El estruendo de la bala fue ensordecedor, cierta ira me acaparó, era un homicidio y las apuestas lo rodeaban. Miré hacia la barra asustado mientras
Canterry estaba ahí babeando entre la risa. Luego nervioso ante el cuerpo miré encima de los estantes en las botellas y miré las hachas entrecruzadas; no lo pensé dos veces, tomé una de ellas —la que poseía el lado negro- deshaciendo así la presencia del ying-yang y empecé a descuartizar el cuerpo con el fin de ocultarlo y librarme. Cuando lo hacia ya era tarde, cuando el hacha atravesaba su brazo, un policía me miraba y un arma me hacía hincarme sobre el piso…
Ahora me encuentro en esta celda, de C. Canterry lo único que supe es que fue llevado a un centro de rehabilitación mental; no quisiera recordar dicha noche, pero cada vez que veo por error mis ojos verdes en el espejo, me imposible retener las ganas de un trago, el sentimiento de buscar una taberna y evitar la necesidad de una
baraja en mis manos, y no puedo – ante todo- evitar emitir esta persistente carcajada: ¡Ja,Ja,Ja!

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 12:59 pm

EL BAILE ETERNO

La música ha empezado a sonar, recuerdo los pasos que han de acompañarla. La melodía
me invade. Ya alcanzo a oír las llaves en el pasillo. Las ha introducido en la
cerradura. Está a punto de entrar. Ésta va a ser otra noche gloriosa. Mi cuarta
noche gloriosa.

Escucho sus pasos dentro del piso, su jadeo por venir corriendo por la oscura calle
bajo esta incesante lluvia. Deja las llaves en la entrada, junto al bolso, en una
especie de mueble cuyo principal fin es realizar esa función. Suspira, se siente
segura.

Cuelga el abrigo, empapado, en el perchero que se encuentra al lado de la puerta, en
la misma entrada, a la vez que observa el paraguas en el paragüero con cierta
incertidumbre, pensando quizás “yo calada hasta los huesos y tú calentito dentro de
tu casita”. El mundo no siempre es justo.

Descubro que el mueble de la entrada no es tan sólo un mero apoyo para dejar las
llaves. Se quita los zapatos, negros, de tacón alto, sin duda elegantes, y los mete
dentro de aquel mueble.

Una vez descalza se dirige hacia el salón, cuyo suelo está recubierto por una gran
alfombra que no deja ni un resquicio para ver el color de las baldosas, y se mete en
una de las habitaciones que comunican directamente con aquella sala. Es un piso
pequeño. Hay dos puertas en dicho salón: una que comunica con su habitación y otra
tras la que se encuentra el cuarto de baño.

Ahora la puedo observar en su habitación. Se está desvistiendo. Se quita la ropa
empapada y la va dejando encima de la cama. Primero la camisa blanca de seda, que
ofrecen unas transparencias de las que me cuesta retenerme y esperar al momento
oportuno, después la falda negra, ajustada, marcando unas exuberantes curvas en su
cuerpo, tras ella se deshace de las medias, quedándose tan sólo en ropa interior,
blanca, por supuesto, concordando con aquella camisa despojada en primer lugar. No
tarda en desabrocharse aquel sostén y en desprenderse del minúsculo tanga que apenas
tapaba algo. Cada vez me resulta más difícil aguantar, pero una obra caritativa
siempre ha de hacerse en las mejores condiciones, hay que esperar al momento justo,
aunque la música se escucha cada vez más alta, con más fuerza y belleza. Abre el
armario, saca de allí ropa cómoda y se viste con ella rápidamente. Cada vez queda
menos.

Sale de la habitación para dirigirse esta vez hacia el baño. Lleva el pelo empapado
cuando se mete, pero al salir puedo ver que su cabello negro está mucho menos
mojado, aunque no totalmente seco.

Vuelve a dirigirse hacia su habitación, pero ahora sale de allí muy rápidamente y se
desplaza hacia la entrada, donde hay una puerta que comunica con la cocina. Entra y
desde el lugar donde me encuentro puedo oír cómo abre y cierra el frigorífico y cómo
abre y cierra el cajón de los cubiertos. Algo ha cogido para comer.

Ahora regresa al salón, enciende la tele y pone una película en el DVD. Se sienta en
el sofá y puedo ver que lleva en sus brazos una gran tarrina de yogur de frutas
variadas y desnatado. Ella no me ha visto. Todo está saliendo perfecto.

En aquel momento salgo de detrás de las densas cortinas que están situadas a cinco o
seis metros del sofá que ella ocupaba. Me acerco sigilosamente, cual leopardo
acechando a su presa. Un paso… dos… tres… Pero algo se me escapó. Encima de la
televisión había una vitrina, cuyas puertas eran de cristal. Por culpa de tales
puertas se reflejó mi rostro y ella se giró rápidamente gritando despavorida.

Empezó a lanzarme todas las cosas que encontraba por la casa, sabiendo que nada de
lo que me lanzara detendría el destino. Su llanto la delataba. Ella estaba preciosa
y yo sólo estaba allí para ayudarla.

Me abalancé sobre ella con el fin de parar sus continuas agresiones. Debo reconocer
que era una chica valiente. La tiré al suelo y le pegué varios puñetazos en la cara,
quizá seis o siete. Se quedó inmóvil sobre aquella alfombra. Todavía respiraba.
Todavía sufría. Aunque cada vez menos.

La levanté con mis brazos y la tumbé en su cama. La até, como a las otras. Comenzaba
el ritual.

Limpié su cara llena de sangre y pude volver a ver aquel bello rostro, aquel rostro
eterno. Su mirada estaba perdida, aún no me decía nada. Antes de comenzar a bailar,
esperaré.

Ahora me mira, se siente asustada, pero pronto estará aliviada. Por fin me habla su
mirada, qué sensación única vivo en estas ocasiones.

“Tranquila, que yo sólo he venido aquí para ayudarte”, le dije de buenas maneras y
susurrando. Pero ella comenzó a gritar de nuevo, como una loca histérica. No ponía
las cosas fáciles. Lo único que ganó con eso es recibir un nuevo puñetazo y taparle
la boca con cinta aislante. Ahora el silencio nos unía. “Ahora vuelvo”, volví a
susurrar.

Fui a la cocina, busqué el cuchillo más afilado que tenía y volví a la habitación,
donde ella me esperaba impaciente. Al verme con el cuchillo se alborotó demasiado.
Su mirada no sólo me decía que tenía miedo, sino también angustia, agobio e,
incluso, sumisión. Son reacciones típicas en los primeros momentos. Comenzaba el
baile.

“No te preocupes, no va a durar mucho, aunque al principio quizá te duela algo”.
Estaba totalmente excitado. Sólo pensaba en su eternidad, en qué diría mañana de mí
la prensa. Seguro que me tratarían esta vez como un buen hombre. Una persona que
intentaba ayudar a la gente.

Hundí la punta del cuchillo en su muñeca derecha y a partir de ahí comencé a dibujar
su cuerpo con aquel utensilio que utilicé las veces anteriores, pero que siempre
tome prestado de aquellas chicas. Subí hasta el hombro derecho y bajé por tal
costado hasta llegar a su tobillo. Tras ello volví a subir hasta el ombligo y a
bajar por la pierna izquierda hasta su otro tobillo. Subí por aquel costado hasta
que llegué al hombro, donde empecé a pasar el cuchillo por su brazo izquierdo hasta
la muñeca.

El ritual estaba apunto de terminar. El dibujo estaba casi hecho. Ella seguía viva,
pero cada vez más débil, su sangre iba saliendo de su cuerpo para depositarse por
toda la cama y el suelo de la habitación. Ya apenas se movía y se quejaba. Sabía que
yo sólo la iba a ayudar, ya se sentía más aliviada. Me encanta esta sensación.

Decidí terminar con el baile y con su cuchillo le acaricié el cuello. Ya no
respiraba, ya no se movía, ya no sufría. El baile casi había terminado, pero aún se
escuchaba un poco de música.

Le robé el rostro a aquella preciosidad. Estará eternamente agradecida. Su rostro
permanecerá perpetuo pase lo que pase. Yo lo guardaré, junto al de las otras tres
chicas anteriores. Pero he de seguir aliviando el sufrimiento de esas mujeres que no
quieren envejecer; que tienen miedo. Yo las voy a ayudar.

Mi padre tenía razón. Así quedarán bellas eternamente. Como mamá.

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 1:00 pm

EL CASERON

La extraña historia que relato a continuación, sucedió en un pequeño pueblo de Guadalajara, España.
Estaba con mi compañero y mejor amigo patrullando los alrededores de un caserón, éramos Guardias civiles.

Nos encontrábamos en esa zona porque recibimos un aviso por radio desde la central, nos alertaba de unos bándalos que estaban provocando destrozos.
Mientras patrullábamos, observando atentamente y sin casi darnos cuenta nos oscureció. Todo estaba muy tranquilo, no parecía que nadie estuviese en los alrededores, cuando creía que nos iríamos a seguir nuestra rutina, mi compañero me sorprendió cuando bajó del coche y se fue solo hacia el interior del caserón abandonado.
Estuve esperándolo un buen rato y sin comunicación alguna, cuando la recuperé pude escuchar claramente, “Si entras morirás”.

Lo primero que pensé, es que era una broma de las de mi compañero, aún así me dirigí hacia la casa y justo antes de entrar por la puerta principal escuché los gritos de mi compañero por radio:

- ¡Son demasiados!, ¡Las balas no les afectan!
- ¡Pero, que ocurre!, ¿Quiénes son?, contesté.

De pronto se cortó la comunicación, corrí hacia el coche patrulla para pedir refuerzos, pero me dijeron que tardarían como mínimo unos quince minutos en llegar, las órdenes que recibí fueron precisas, que me esperase fuera, pero…¿Cómo que esperase fuera?, mi compañero estaba en peligro. Ni me lo pensé, cuando estaba cruzando la puerta, le comuniqué que iba dentro para buscarle, el me dijo que no entrase, que podían matarme. Pero…¿Matarme el que?¿Quién?.

Evidentemente no hice caso y entré sin pensarlo dos veces, pero ya dentro me quedé sorprendido, la casa estaba totalmente en ruinas y la puerta que dejé atrás se cerró de golpe, seguidamente escuché una voz que dijo:
- Has elegido el camino de la muerte, no saldrás de aquí, vivo.

A pesar del terrible miedo que sentí, seguí adelante en busca de mi compañero y amigo. Después de buscar por toda la casa, por fin pude verlo, me acerqué, se encontraba de cuclillas apoyado en un rincón, estaba malherido:

- Déjame aquí, hay más seres rondando la casa. Dijo mi compañero entre lamentos de dolor.
- ¿Otros seres, pero que?, no pude terminar la frase cuando algo con una fuerza descomunal me tiró al suelo. Saqué mi arma y vi unas extrañas sombras corriendo a mi alrededor, sin dudarlo ni un instante empecé a disparar, pero no les afectaba ninguno de mis disparos, les había dado, estoy seguro, pero las balas no parecían provocarles daños.
Empecé a sentir un escalofrío y antes de que el miedo no me dejara reaccionar, salí corriendo con mi compañero a hombros, cruzamos seis salas y llegamos a un gran comedor, encendimos las linternas y al ver una estatua de Cristo colgada del revés, nos dimos cuenta de todo lo que estaba ocurriendo, a su lado había una nota:

- Habéis entrado en territorio satánico, prepararos para sufrir, vais a morir.
No acabamos ni de leer la nota y empezamos a notar esas extrañas presencias alrededor nuestro, no sabría cuantas podían ser, pero se estaban acercando cada vez más. El miedo se nos apoderó, nos quedamos quietos apuntando con el foco de nuestra linterna cada vez que notábamos algo extraño. Cuando todo parecía perdido escuchamos las sirenas de los compañeros, reaccionamos corriendo con todas nuestras fuerzas y conseguimos salir, pero ahí fuera no había nadie, estábamos solos, de pronto una especie de figura fantasmal vino derecha hacia nosotros cogiendo a mi amigo y llevándoselo hacia el interior del caserón.

Todo parecía una locura, no podía creer lo que estaba sucediendo, colapsado por todo lo ocurrido me dirigí al coche para coger un arma mejor. Más seguro entré de nuevo al caserón y vi a mi compañero acercarse a mi, estaba un tanto cambiado y con una extraña expresión en la cara me dijo:
- En el nombre de Satán yo te tomaré.
Al acercarse vi que tenía los ojos rojos, parecía poseído, no supe como reaccionar y mientras tanto él sacó su pistola y me apuntó a la cara, no tuve otra opción, apreté el gatillo de mi escopeta y cayó fulminado, fue entonces cuando llegaron los refuerzos.

Cuando llegaron traían consigo a un cura, estaban al corriente de todo, ya que no era la primera vez que habían ocurrido cosas extrañas por estos alrededores, me ayudaron y hablé con el cura, me dijo que todo lo ocurrido había que llevarlo en el más riguroso secreto, lo que allí había pasado no tenía que saberlo nadie. Luego me consoló, me dijo que había actuado bien, que mi compañero había sido víctima de una posesión, en el caso de que no le hubiese disparado él lo habría hecho sin dudarlo y sería yo el que ahora estaría muerto.

Al día siguiente dejé el cuerpo de la guardia civil, desde ese día, cuando paso cerca de ahí me acuerdo de todo y sobre todo de mi compañero y buen amigo.

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 29, 2012 1:00 pm

EL CHAT PROHIBIDO

Un día me dijo que era vidente, y no es que no le creyera, pero me muestro generalmente bastante incrédula respecto a estos temas. Lo que no veo, no existe para mí. No digo que debiera haberle creído sólo porque le estimaba ya que en mi opinión la amistad y la confianza son muy importantes, pero simplemente hice un esfuerzo y le di el beneficio de la duda. ¿Y si era yo la que estaba equivocada?. No volvimos a hablar del tema hasta que un día volvió a aparecer en el chat donde estábamos hablando y me envió un privado. Era una de esas ventanitas que sólo podíamos ver ella y yo. Absolutamente privado.

ELLA - Hola, ¿seguimos el tema?
YO - ¡Vale! Pero no creo que puedas convencerme, ya sabes... me cuesta creer estas
cosas.

ELLA - No pretendo convencerte de nada, pero nací con ciertos dones y tampoco tengo
intención de ocultarlos al mundo.

YO - Eso debe estar bien.

En realidad no sabía qué decirle. ¿Estaba bien? En fin... poco podía decir yo al
respecto.

ELLA - Está bien, pero no siempre. Cuando tengo una visión acabo agotada.
YO - ¿Te supone un esfuerzo?

ELLA - Sí, bastante esfuerzo.

YO -¿Y por qué lo haces?

ELLA - No es algo que se elija, se nace con ello.

Hubo un silencio en el que ninguna de las dos parecía saber qué decir. Miré el canal
donde nos habíamos conocido siete meses atrás. Estaban hablando de las próximas
vacaciones de verano.

ELLA - ¿Sigues ahí?
YO - Sí, ¿no puedes verlo? .-Bromeé.

Entonces dijo algo que me asustó.

ELLA - Sí, puedo verte.

Tragué saliva y pensé, vaya, me está tomando el pelo y yo caigo como una tonta.
Sentí un escalofrío pero decidí presionarla.

YO - ¿Ah, sí? Pues dime... ¿con quién estoy?
ELLA - Sola

Bueno, eso podía haberlo comentado antes en el chat y que ella lo hubiese leído.
Decidí seguir con aquello como si se tratara de un juego.

YO - Dime algo que me sorprenda. Algo que veas en mi habitación.
ELLA - Veo que tienes algunas de las teclas de tu ordenador borradas. Tecleas rápido.

YO - Ya, pero eso puede pasarle a cualquiera. Las letras de los teclados se borran.

ELLA - Tú tienes borrada la A, la S, la L y la M.

Miré mi teclado más curiosa que horrorizada, pero de la curiosidad a la ansiedad
hubo tan sólo un instante. Ya no me hacía tanta gracia el juego. Mi condición de
incrédula, no obstante, me hizo ir más allá.

YO - Amiga... estoy segura de que casi todos tenemos las mismas letras borradas. Dime
algo que sorprenda de verdad.
ELLA - ¿Por qué quieres seguir con esto si no me crees?

Buena pregunta, pensé.

YO - Igual para conocerte un poquito más, o para experimentar algo que no haya
experimentado antes.

En ese momento supe que ella sonreía desde su lado del monitor. Internet es un sitio curioso. Estás en tu casa, en camiseta de tirantes y pantalón corto, descalza y con el ventilador puesto cuando al otro lado de la pantalla alguien te habla abrigado hasta el cuello, con un par de calcetines y la estufa puesta porque tú estás disfrutando del inminente verano y ellos aún están pasando el clima del invierno.

Mi amiga se había mostrado siempre amable, abierta, simpática y con un buen sentido del humor. Se podía decir que coincidíamos en todo menos en este tema. No nos gustaba el fútbol, adorábamos las comedias, nos encantaba Oscar Wilde, ambas habíamos visitado Orlando, a las dos se nos había muerto el padre... ¡eran tantas cosas las que nos acercaron y nos hicieron grandes amigas!.

ELLA - ¿Cómo llevas el libro? –Preguntó de pronto.
YO - ¿Qué libro?

ELLA - El que tienes encima de la mesa... déjame ver... La fuerza bruta, de John
Steinbeck.

Miré a mi derecha con los ojos como platos. ¿Se lo había dicho? ¿Le había dicho que lo había empezado o que iba a leerlo? ¿Le había dicho que solía poner los libros en mi mesa porque me encantaba mirar una y mil veces las portadas de los libros que me estaba leyendo? Evidentemente, la respuesta debía ser sí.

YO - Acabo de empezarlo.

Lo escribí sin dejar notar nada sobre mi –todavía- sorpresa.

ELLA - Yo no lo he leído.
YO - Ya te diré qué me parece.

En el chat general el tema de conversación giraba en torno a las lanchas motoras. No me pareció más interesante que mi conversación en privado y me puse a pensar qué podía preguntarle para descubrirla o rendirme a sus pies definitivamente. Pero habló ella.

ELLA - Alguien va a llamar a la puerta.
YO - Ah, pues ve, te espero.

ELLA - No. Es en tu casa.

Sonreí incrédula. Iba a poner una risa (jajajaja) cuando sonó el timbre. Miré hacia la puerta de la habitación. Mis ojos volvieron a la frase premonitoria de mi amiga.

YO - Ahora vengo.
ELLA - Ok.

Llegué hasta la puerta y miré por la mirilla. Un vendedor de alfombras.
- No me interesa. –Dije para no tener que abrir.
El chico dijo algo que sonó despectivo y se marchó a otro piso.
Volví al chat.

YO - ¿Cómo lo sabías? Era un vendedor de alfombras.
ELLA - Te he dicho que puedo verte.

Sopesé la posibilidad de que tuviera razón pero mi sensatez lo negaba una y otra vez. No había nacido yo para creérmelo todo, y menos aún aquello que escapaba a la lógica. Mi amiga no sólo estaba en su casa, sino que estaba en otro país y teníamos distinta franja horaria.

ELLA - ¿Sabes? Algo me dice que debo seguir mirándote. No te asustes pero...
YO - pero???????

ELLA - Es que no sabría explicártelo. Generalmente tengo visiones premonitorias, otras veces, como hoy, puedo provocar el verte. Aparecen imágenes frente a mí y te veo, veo tu habitación, pero esto supone un gran esfuerzo. Me duele la cabeza.

YO - Ya, pero... ¿y el “pero” que decías?

ELLA - Es que no quiero asustarte pero presiento algo raro.

YO - Ahora sí que me estás asustando.

¡Pero qué poca firmeza tenía, por Dios! ¡Ahora estaba asustándome de verdad! Yo, la
incrédula, la que si no ve, no cree. Me sentía agitada. Quizás se debía a que eran
pasadas las diez de la noche ya, estaba sola en casa y la última persona que había
visto había sido un desconocido poco amable desde una mirilla. Al menos aún podía
escuchar el volumen alto de un televisor. Era mi vecina, una viejecita que estaba
algo sorda.

YO - No sé pero... quizás deberíamos cambiar de tema.
YO - No es que me hayas convencido pero...

ELLA - Smile No te preocupes, te entiendo. ¿Tengo tu permiso para seguir observando?

YO - Claro, pero que conste que no tengo tan claro que puedes verme. Mi sesera me
impide creerte. Smile

Miré de nuevo el chat para ver si surgía algún tema en el que pudiera involucrarme
pero estaba parado. Había unos siete miembros en el chat y ninguno de ellos hablaba.
Todos estaban en privados. Miré la ventanita del privado de mi amiga.

Iba a escribir algo cuando ví que ella se me había adelantado.

ELLA - Cielo, ahora te asustes pero, no estás sola.

Sentí un escalofrío en mis piernas y mis brazos. Tanto se erizó el vello que me
dolió. ¿Cómo se podía calificar a una de “cielo” para luego decirle que no estabas
sola en la habitación?.

YO - ¿Qué quieres decir? Me estás poniendo nerviosa.
ELLA - No puedo identificarle pero está detrás de ti

YO - Por favor para

ELLA - No se mueve casi, no te asustes, déjame observarle.

YO - Estoy asustada.

Ahora sí que lo estaba. Miraba la ventana. Oscuridad total. No me atrevía a girarme
hacia atrás. ¿Y si veía algo que no quería ver? ¿Y si allí estaba mi amiga? ¡u otra
persona! Eso aún era peor... comencé a notar un nudo en la garganta. Hubiera querido
ser más valiente o más cobarde y llorar, pero estaba estancada en mi propia lucha
para creer o no creer.

ELLA - ¿Notas frío a tu alrededor?

Su pregunta me llegó casi cuando estaba a punto de apagar el ordenador y encender la
luz del techo para meterme rápidamente en la cama y olvidarme del tema.

YO - Estamos a más de 30 grados.- Le informé.
ELLA - Ok. Es que no consigo entrar en él.

YO - ¿¿¿EL??? ¿entrar??

ELLA - Se muestra como una estatua por eso no me deja descubrirle. No sé si es bueno
o tiene malas intenciones. Sólo sé que está ahí, estático.

YO - Yo no veo a nadie... esto no me gusta.

ELLA - Ya te dije que no te asustarás, cielo. Además, yo estoy contigo.

YO - Sí, a miles de kilómetros de distancia.

Entonces lo noté. Una especie de roce helado, como si hubieran puesto una mano sobre
mi brazo. En la zona donde la sentí el pelo de mi brazo se erizó. Completamente en
alto. El resto de mi cuerpo no notó nada.

YO - ¡Está pasando algo!
ELLA - ¿Qué??

YO - He sentido un frío helado en mi brazo.

ELLA - Tranquilízate.

YO - Se me ha erizado el pelo, tengo una extraña sensación.

Comenzaba a ser pánico.

ELLA - Cielo, tranquila, hazme caso.
YO - Esto es muy raro

YO - Estoy asustada

YO - Necesito tranquilizarme, estoy.... joder!

YO - joder joder joder joder joder

ELLA - ¿Quieres dejar de escribir?

YO - joder joder joder joder joder

ELLA - Te va a dar una taquicardia, tranquilízate.

Y entonces noté un soplo frío en un mi cuello, como si me hubieran tirado el aliento.

YO - ¿Qué significa el frío del que me hablabas?
ELLA - El frío lo transmiten los muertos cuando se acercan, generalmente algo
enfadados o...

YO - ¿OOOOOO??????????

ELLA - violentos

YO - ¿VIOLENTOS?????

YO - Joder ayúdame, qué hagooooooooo?????

ELLA - Tranquilízate, yo no lo he visto moverse.

YO - ¡Haz algo!

ELLA - Cielo ¿quieres tranquilizarte?

YO - ¡Hay alguien conmigo joder! Tengo un muerto tirándome su aliento en mi espalda,
estoy acojonada estoy asustada estoy llorando

ELLA - Cielo.... ¿te importaría escucharme? Deja de escribir y lee esto

Hice un esfuerzo. Para mí escribir suponía no mirar atrás y leer palabras, ya fueran
suyas o mías, sentirme menos sola en mi habitación.

ELLA - No hay nadie, cariño.
YO - Lo dices para tranquilizarme.

ELLA - NO HAY NADIE

YO - Está aquí, lo siento, lo presiento lo notooooooo

ELLA - Ok. Escúchame. Era broma.

YO - ¿Broma????

ELLA - Quería demostrarte que no existen los incrédulos, cálmate por favor. Yo no veo
nada, es cierto que a veces tengo visiones premonitorias, como cuando han llamado a
la puerta, pero no puedo obligarme a ver a nadie.

YO - pero yo siento algo

Esto último lo escribí con lágrimas en los ojos y más asustada que nunca.
Sus palabras no me tranquilizaban. Las lágrimas a veces me impedían leer bien pero
me las quitaba restregándome en segundos los ojos o apretando los párpardos para que
salieran disparadas y dejaran de molestarme.

ELLA - Voy a llamarte por teléfono.

Pocos segundos después sonaba el timbre del teléfono. ¿Había hecho ella misma una
conferencia para convencerme de que no existían las videntes ahora que ya me lo
había creído?. Fui a descolgar pero ocurrió algo que congeló mi mano en el aire.

ELLA - Cielo, no puedo llamarte sin desconectar esto. Sólo tengo una línea. ¿Puedo
llamarte o prefieres que sigamos aquí?

Cuando ya tenía puesta la mano en el auricular ví su privado. ¿Cómo podía escribirme
y llamarme a la vez? Miré el identificador de llamadas antes de descolgar. No había
número, era anónimo. No era ella. Eso lo tenía claro después de haber visto el
privado.

Respiré hondo y dudé entre contestar al privado o descolgar el teléfono. Me decidí
por la llamada.
- Dígame.
- Tu amiga va a a morir mientras tú escuchas este mensaje.

Jamás había sentido tanto miedo y jamás en mi vida mi corazón había dado un vuelco
tan grande ni mis piernas –aún sentada- me habían fallado con tal rapidez. Me hice
de mantequilla. Comenzó a darme vueltas la habitación y luché por recuperar el
aliento.

De pronto la línea se cortó y comenzó el molesto pitido de “comunicando”.
Solté el auricular como si me quemara en las manos.
Volví rápidamente al chat, al privado. Tecleé tan rápido que lo escribí todo mal.

YO - ?ESta`s ahí´?
YO - respondeeee!!!!
YO - responde por favvor!!!!
YO - ¿no me lees¿¿¿
YO - DI ALGOOOOOOOO

Histérica, cogí mi agenda y marqué su número de teléfono. Yo sí tenía dos líneas y
podía permitirme permanecer en internet mientras le llamaba. Conseguí comunicación
con el extranjero y esperé... esperé nerviosa, mordiéndome el labio, más agitada que
entera, más asustada que nunca... prácticamente bailaba en mi asiento.

Pero no contestaba.

Colgué furiosa pegándole tal golpe al auricular que pensé que me habría cargado el
teléfono. Volví al privado y traté de que mi amiga respondiera. No lo hacía. Al
final apareció un mensaje en mi privado. En su ventana.

ELLA - Ahora sí te veo. No tengas miedo. Sólo me quedaré un momento.

Sentí un escalofrío que me recorrió la espina dorsal. El chat me indicó que tras
escribir esa última frase, mi amiga había salido del chat. Ya no estaba allí. No se
había despedido de nadie, ni de mí, ni del resto de los miembros del chat. Había
desconectado.

Miré fijamente la pantalla que sólo se movía ahora en el chat general. Ni siquiera
sé de qué estaban hablando. Para mí todas las líneas no tenían significado, sólo
podía mirar su último comentario del privado. “Ahora sí te veo. No tengas miedo.
Sólo me quedaré un momento”.

Entonces lo entendí.
Comencé a llorar desesperada.

Mis manos corrieron a mis ojos y lloré sofocada, entendiendo que mi amiga había
muerto, que era yo la que había tenido el presentimiento y la premonición, y que
ahora ella estaba a mi lado. Esta extraña comprensión me hizo girarme y mirar mi
habitación vacía. No quería creer que no estuviera allí. No podía, no después de
todo....

Una caricia, tan suave que apenas era como un suspiro, acarició mi cabeza.
Transmitió tal cantidad de paz que lejos de asustarme me relajó. Mis lágrimas
continuaron cayendo por las mejillas. Ya no las secaba. Miraba al vacío sabiendo que
ella estaba frente a mí.

- ¿Qué te han hecho? . –Pregunté al aire.
- Pssss.
Respiré hondo al escuchar ese sonido. Era como cuando era pequeña, tenía miedo y mi
madre ponía su dedo en la boca y soplaba para que olvidara el tema y pensara en
cosas bonitas.

Ladeé triste la cabeza. La paz de su caricia no me abandonaba pero sabía que éste
sería nuestro primer y último encuentro sin el ordenador de por medio. Me tembló el
labio.

- Te echaré de menos.

En ese momento en el ordenador hubo un movimiento general. Se minimizó el chat, se
abrió solo un tratamiento de textos, y apareció una corta frase en una página en
blanco:

Y YO A TI.

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