Cuentos de terror

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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 7:53 pm

CENA EN EL PARQUE

Papá siempre me dijo que era demasiado inocente para este mundo tan
cruel, eso fue antes de cambiar. Antes de que aquel paseo de noche me
tranformara.

Me llamó Bill y siempre respeté al resto de mis iguales, era uno de los
seguidores más firmes de la iglesia cristiana y Dios regia cada uno de
mis pasos, claro esta que fue antes del infierno que vi aquella noche.

Cuando salí a pasear, llame a mi mejor amigo y quedamos que iría a su
casa a probar su juego nuevo, estaba impaciente así que decidí acortar
por el parque.

Cuando pasaba cerca de la zona de los niños lo oí, un susurro quebrado, seguido de un sollozo atemorizado.

Lentamente me acerqué y pude ver como una jauría de lobos comían del
cuerpo de un hombre aún despierto pero tan atemorizado que no podía ni
gritar. Forcé un poco la viste y pude ver como entre los lobos también
había un hombre a cuatro patas deborando lo que quedaba del
desafortunada transeúnte.

Me camuflé con las sombras sin poder apartar la vista de aquella
singular cena, cuando a penas quedó piel y carne que separar de los
huesos el hombre se puso en pie y tras un silbido los lobos lo
siguieron.

No dejaron mucho de aquel hombre pero sí lo suficiente para que me
preguntara a que sabría, la curiosidad puedo conmigo así que me acerque
al cadáver, le cogí por el cuello y mordí sus mejillas hasta
desgarrarlas del hueso.

Era un sabor exquisito y peculiar, desde que el primer bocado entró en
mi boca supe que no podría dejarlo, aún ahora 10 años después sigo
vagando por los parques en busca de algún peatón con buen aspecto y rara
es la noche que no como al menos uno.

Mi hambre es insaciable y cuanto más como más quiero.
Sólo espero nunca pasar hambre...
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 7:54 pm

MADDIE

Desde que la pequeña Edith encuentra a la muñeca Maddie dentro de la
habitación de Amadine Tussaud, la antigua dueña de la casa, una extraña
obsesión por la muñeca nace en ella, al mismo tiempo que comienzan a
suceder trágicos y terroríficos acontecimientos dentro de la familia. Al
final, todo resulta ser el plan profético de Amadine, quien aún después
de muerta, planea un sangriento sacrificio para poder volver a la vida.



“Me dijo cosas tan secretas,
Que tú no puedes oír,
Me confesó algunos pecados,
Que prefiero no decir…”

Mi muñeca me habló (canción)

Dicen que cuando los niños traviesos están en silencio por mucho tiempo,
es porque algo muy malo están haciendo y eso fue lo resonó en la cabeza
de Axel cuando se percató de que su hija, Edith, no se escuchaba correr
ni gritar por los pasillos vacíos y silenciosos de la casa nueva.
_ ¡Edith! ¿Qué estás haciendo? –Preguntó y en la casa sonó un eco que se estiró entre las habitaciones
Pero ella no respondió. Axel estaba desempacando algunos adornos de
vidrio y cerámica de Maia y poniéndolos sobre el estante de roble que le
regaló su madre como obsequio de bodas, pero al no ver a Edith por
ningún lado, dejó de hacerlo y buscó con la mirada hacia las
proximidades de la casa que estaban dentro de su campo visual.
Nuevamente no vio a nadie.
_ ¡Maia! –Le gritó a su esposa que estaba en el segundo piso ¿Está Edith contigo?
Ella bajó la escalera con apuro, sus talones sonaron en eco al golpearse con los escalones.
_ ¿Edith? –Dijo No, pensé que estaba contigo. Ahora que me lo dices, no
la he escuchado desde que comenzamos a ordenar esto último. –Giró la
cabeza hacia afuera y dirigió su mirada al porche, sobre los tablones
fríos de madera, había unas hojas de otoño coladas sobre la alfombra en
la puerta principal, pero Edith no estaba allí. Hacía tres días que se
habían mudado y ese había sido el lugar que había elegido para jugar a
“tomar el té” con sus dos peluches grandes. Mi amor, ¿estás ahí?
Caminó hasta allí, pero no la vio. El frente era grande, entre el porche
y la verja había un gran cuadrado verde en el que florecían tristemente
pequeñas florecitas de color amarillo apagado, siete higueras medianas y
un enorme sauce llorón que en conjunto le daban a la casa un toque
tétrico y melancólico. En el sauce, colgaba un hamaca hecha con dos
cuerdas sucias y una madera gruesa e hinchada por la humedad, Edith se
había hamacado varias veces allí, pero en ese momento, los ojos de su
madre sólo percibían un columpio vacío y estático como un recuerdo
congelado.
_ ¿No la ves, cariño? –dijo Axel desde adentro
_ No, no está aquí. ¡Edith! –Gritó de nuevo
En eso, mientras el llamado de la niña se iba perdiendo entre las
ásperas ramas de las higueras, Axel logró escuchar un tímido murmullo
que venía desde una de las habitaciones. Dio media vuelta y se dirigió
hasta allí, al verlo, Maia lo siguió.
_ ¿Edith? –Dijo viendo la habitación entreabierta ¿A caso no te dije que no vayas a esa habitación?
_ ¡Guarda silencio, papá te va a escuchar! –exclamó ella un segundo
antes de que su padre se asomara por la puerta y se llevara una
sorpresa.
Aunque Edith los había desobedecido, ella parecía estar bien. Estaba
sentada a los pies de la cama de dos plazas sobre el piso polvoriento y
rechinante, frente a ella, había un cuadrado de terciopelo color rojo y
finalmente, sobre éste yacía sentada una vieja y macabra muñeca.
_ Niña, ¿qué estás haciendo? ¿No escuchas que te estamos llamando? Te
dijimos que no entres aquí, estas cosas son de la antigua dueña del
lugar.
Entró a la habitación junto con Maia que acababa de llegar al lugar, era
la segunda vez que lo hacían y no dudaban en tirar a la basura todos
los muebles de la señora Amadine Tussaud, quién hacía ya diez años, se
había suicidado precisamente en esa habitación por razones desconocidas.
_ Lo siento, es que estoy jugando con mi nueva amiga, Maddie.
Los ojos de sus padres se posaron como flechas despiadadas sobre la
muñeca sentada sobre el terciopelo. En seguida, Maia se acercó para
tomar la muñeca.
_ Oh, Edith. ¿De dónde la has sacado? –preguntó levantándola, notando lo horrible del aspecto de la muñeca.
_ La encontré en ésa caja. –dijo señalando con el dedo al baúl abierto
en el rincón de la habitación Lo abrí y estaba ella, sonriendo alegre de
haber encontrado una amiga, me ha contado muchas cosas y ahora es mi
mejor amiga.
_ ¿Contado? ¿Es parlanchina? –Preguntó su madre separando las dos cintas
de velcro que su espalda para encontrar un parlante, pero no había nada
_ No lo creo –agregó Axel, mira lo que es. Probablemente tiene más de cincuenta años.
La muñeca estaba muy bien cuidada, pero por la supuesta antigüedad que
mostraba su apariencia, lucía espeluznante. Tenía décadas dibujadas en
su rostro de goma dura, pintado a mano los detalles de sus ojos,
pestañas, cejas, labios y pecas. Tenía una mirada penetrante y profunda,
que junto con el peculiar gesto de su cara y su sonrisita pícara daba
la sensación de una niña curiosa y burlona que había descubierto algo y
se jactaba por eso. Su pelo, sin duda y como todas las muñecas de su
supuesta época, era real, de color castaño oscuro que le caía hasta la
cintura y que podría estar reluciente si las cortinas pesadas, de color
gris no hubieran impedido la entrada de los opacos rayos de luz del sol
de otoño en la habitación. Llevaba puesto un desgastado vestido de novia
de color lino, sobrecargado con tul y armado con seda y organza
descolorida, acompañado con dos zapatitos negros que desencajaban con
todo su vestuario.
_ Mami, ¿me la puedo quedar? –Preguntó Edith
_ Ay, no lo sé. Mejor te compro una nueva mañana –le contestó ella, desaprobando la idea de quedarse con ese horrible vejestorio
_ ¡Yo quiero a Maddie, no quiero una muñeca nueva! –exclamó dramatizando la situación, sobresaltándose violentamente.
Maia apartó la vista de la muñeca y se fijó en su hija, nunca había reaccionado así en sus seis años de vida.
_ Está bien, está bien. Te la puedes quedar, pero no grites así. A mamá y papá no le gusta que nos grites. ¿De acuerdo?
Ella asintió con la cabeza y le arrebató con ligereza la muñeca para retirarse de la habitación.
Al irse, Maia se dirigió hacia Axel, todavía pensando en el comportamiento de Edith.
_ ¿Viste cómo me gritó? Eso no es típico en ella.
Axel se acercó hacia ella y la envolvió en sus brazos.
_ Probablemente sea el estrés por el cambio de casa. Está en pleno
crecimiento, no podemos exigirle mucho. –Le dio un beso que duró un par
de segundos Y ahora que estamos hablando del tema, yo también me siento
muy estresado y con ganas de…
_ Axel, ahora no. –Interrumpió, apartándose de él, camino unos cuantos
pasos por el dormitorio y le habló sin mirarlo Ya ha pasado más de un
año y sigues sin comprenderme. Entiende que no es fácil para mí.
Se fue hacia las ventanas y corrió levemente las dos cortinas para dejar
pasar un poco de luz, quería evitar a toda costa tener otra discusión
relacionada con su frigidez.
_ ¿No es fácil para ti? –le dijo en un grito bajo Eso fue lo más egoísta
que has dicho en los últimos años, ¿qué se supone que haga yo, que me
masturbe hasta la vejez esperando en vano que mi mujer recobre su libido
sexual? De verdad que me impresionas.
_ ¡Yo no pedí esto! –exclamó y se escuchó desde afuera, pero Edith
estaba muy ocupada hablándole en el oído a Maddie y poniendo su oreja en
la boca de la muñeca
_ ¡Yo tampoco! Y espero que lo consideres. Piensa un segundo en mí y verás que tengo razón. exclamó él
Sin palabras, decidieron terminar con la discusión en ese instante.
Ambos sabían que Edith había escuchado los gritos, tal y como lo había
hecho los últimos meses, pero por lo menos se consolaban con su
inocencia que no la dejaba comprender nada de lo que decían.
Como si nada, siguieron examinando la habitación de Amadine, una antigua
residente del pueblo, según los agentes de bienes raíces, una solterona
antisocial que no salía de su casa si no era necesario y fiel seguidora
de una religión africana de la cual no se tenían datos. Con esa
información, pudieron comprender por qué en los roperos se escondían
grandes cajas de velones de colores blancos, negros y rojos, junto con
frasquitos con colonias, esencias y otros tipos de sustancias caseras
que al destaparlos, despedían un olor asqueroso. También, entre la
colección de posesiones de la señora Tussaud, había inciensos,
sahumerios y materiales extraños que posiblemente usaba para ofrendas o
trabajos especiales.
A la tarde, todo eso fue tirado a la basura, incluido los muebles.
Ninguno de los dos era supersticioso ni nada por el estilo, pero
pensaban que era correcto apartar todas aquellas cosas relacionadas con
la extraña Amadine y sus prácticas diabólicas, pero nunca pensaron la
furia que desataría ello.
Cuando las acciones del hombre son manejados por el deseo de la carne,
la mente muere. Era justo lo que le había sucedido a Axel, que
aprovechando el turno nocturno de Edith en el hospital, llevó una amiga a
su habitación.
Edith dormía tranquilamente abrazada a Maddie. Luego, durmió sola.
Axel pasó de la mano de su amiga, Deborah, una rubia voluptuosa que
había visto en internet y prometía dar un intenso momento de placer si
de por medio había un moderado monto de dinero. Atravesaron el living
rápidamente por si por esas ruines casualidades Edith se despertaba y
los veía, pero no, estaba sumergida en un sueño profundo, sola hasta
hace unos segundos.
Subieron las escaleras, los pies golpeándose sigilosamente en los
escalones parecían el galope de un caballo. Al atravesar el pasillo
corto, ingresaron a la habitación.
Axel, la tomó de la cintura y le besó el cuello, luego sus manos
enfurecidas apretaron sus senos y luego sus nalgas. La desvistió
rápidamente mientras ella le bajaba el cierre de su jean y sacaba su
pene erecto. Una acción llevó a la otra y cuando quiso acordar, Axel
estaba sobre Deborah, penetrándola con fuerza, vigor e ira en el piso de
la habitación. Los gemidos aminorados se retumbaban en las paredes pero
no las atravesaban. Después, todo terminó. Y volvió a empezar, una vez
más.
Creyeron que la puerta estaba cerrada, pero en realidad estaba
entreabierta y a través de la fina pero agraciada rendija se proyectaba
la visión fantasmal de un ojo de plástico tan curioso, como diabólico.
Maia volvió a las tres de la mañana, antes de hacer nada, fue hacia la
habitación de su hija para verificar que se encontraba bien. La vio
plácidamente dormida, su rostro perfecto otorgaba ternura a quien lo
veía. Fue hasta ella y le dio un beso en la mejilla, la arropó y acomodó
a Maddie, quien descansaba sobre su brazo pero mantenía su cara pícara.

Subió las escaleras y vio a Axel dormido en la cama, por un momento,
pareció darle la misma ternura que Edith y por primera vez pensó en lo
difícil que era su lugar como esposo, padre y hombre de la familia; “si
hubiese sido otro hombre, seguramente ya me habría votado o se buscaría
a una amante para que le dé el placer que no le puedo dar”, pensó
valorándolo y poniéndolo en el pedestal de “El hombre perfecto”.
_ Ya todo mejorará, amor. Estoy dispuesta a buscar ayuda médica.
El sol se comenzó a asomar por el horizonte medio campestre cerca de las
seis y media de la mañana, corría un viento fuerte, atónito y
tormentoso. Maia decidió dejar en la cama a Edith, se podría enfermar si
la llevaba a la escuela con una helada como la que cruzaba sobre ellos.
Tres horas más tarde, todos desayunaban cereales y tostadas con mermelada en la mesa del comedor.
Edith había protestado para que Maddie se siente a su lado y como su
madre no soportaba sus tenaces insistencias, terminó cediendo a la
voluntad de su hija; aunque le recordó que no es de buena educación
poner muñecos en la mesa.
_ ¡Maddie no es un muñeco, es mi amiga! –le gritó
_ ¡Hey! Ya basta, niña. Tu madre ya te ha dicho que no le gusta que le
grites de ese modo. –Dijo Axel tragando los cereales mojados en leche
Edith se puso de pie, tomó con determinación su tazón de leche y se lo
lanzó con fuerza a su padre. El plástico rebotó en su frente y lo empapó
de leche.
_ ¡Y a mí no me gusta que hablen así de Maddie! ¿Entendiste? ¡Maldito infiel!
Todo el mundo parecía haber entrado en alguna especie de shock al ver la
reacción de Edith. Sus padres habían quedado mudos, no entendían de
dónde su hija había sacado tanta agresividad y cómo había aprendido las
palabrotas que acababa de decir.
_ Ed… Edith… dijo Maia soltando la caja de cereales al piso ¿Cómo te atreviste? Te desconozco...
En el momento que Maia iba a emitir la siguiente pregunta, Axel se
levantó poseído por una ira indescriptible, necesitaba poner en su lugar
a su hija que de un día para el otro, actuaba con rebeldía, gritos,
insultos y agresiones. Le tomó fuerte del brazo y alzó la otra mano para
pegarle una palmada.
_ Si me pegas, contaré tu secreto, hijo de puta. –espetó la niña con una sonrisa vil
La soltó en seguida y junto con su esposa, le dirigieron una mirada fruncida y confundida.
_ ¿De qué hablas, Edith? –Preguntó Maia
La niña tomó a Maddie en la falda y sonrió hacia su padre.
_ ¿Hay algo que quieras confesarle a tu esposa, Axel?
Silencio. Caminó hacia el lavabo, se lavó la cara y se sacó la remera
mojada de leche. Intentaba disimular el hecho, pero apenas podía.
_ ¿De qué están hablando? –insistió Maia sintiendo en su pecho el fuerte
latido de su corazón ¿Quién te enseño esas malas palabras? ¡Por Dios!
¡¿Qué es lo que les está pasando?!
_ A mi nada, mami. Pregúntale a tu esposo sobre Deborah y te lo dirá.
Bueno… pensándolo bien y según lo que me dijo Maddie hoy a la mañana, la
idea de él era ocultártelo, entonces te lo diré. Papá trajo una mujer a
la casa, más bien una puta, ya sabes, de esas que cobran por sexo. Su
nombre era Deborah, la llevo a tu habitación y la cogió dos veces en el
piso. La muy puta gemía como los demonios.
Maia quedó sin respiración, su hija se había convertido en una completa desconocida para ella.
_ ¡Por Dios, Edith! ¡¿Qué estás diciendo?! ¿Qué te está pasando hoy?
–Interrogó Axel desesperado acercándose a ella y tomándole con ambas
manos su carita
_ No te hagas el disimulado le recalcó la niña, estoy diciendo la
verdad. Mamá, por si no nos crees, Maddie sacó algunas fotografías con
la cámara, la que está arriba de la heladera.
Hubo un momento. Luego otro. Los pensamientos gritaban enfurecidos
dentro de una llamarada de desconcierto y desesperación en las cabezas
de sus padres. Axel estaba envuelto en un fuego interior que lo hacía
sudar como burro y sentía como si su corazón quisiera salir de pecho y
detenerse destrozado en el piso.
Maia, confundida, aturdida e indecisa, comenzó a caminar hacia la
heladera, del otro lado de la cocina y tomó la cámara digital de la
familia. Axel las miraba a ambas, creyendo y queriendo que todo fuera
una pesadilla.
La mujer encendió la cámara y desde el comedor se escuchó un grito
despavorido y el impacto de sus rodillas en las maderas del piso.
Ambos corrieron hacia allí, Axel la abrazó y tomó la cámara. Ahora, su
corazón se había convertido en un trozo de hielo blando y enfermo que
estaba por detenerse. Se le formó un nudo en la garganta seguido de tres
arcadas que lo hicieron tambalearse y caerse de rodillas junto a su
esposa que justo se levantaba. Otra vez, el deseo y los pensamientos
oscuros predominaron sobre la mente y la razón. Podría haber jurado que
todos los cuchillos estaban en la otra mesada, pero por alguna razón,
uno de ellos había aparecido cerca de la mano nerviosa y huesuda de la
mujer desesperada. Un tajo. Una mejilla cortada. La madera reluciente
manchada de sangre. Un grito, luego dos. Luego tres. Ira. Miedo.
Un arduo trajinar le esperó en el hospital. Catorce puntos de sutura
desde la unión izquierda de los labios hasta el lado opuesto del
lagrimal. No se presentaron cargos, por supuesto que no.
“¿Cómo es posible que una niña de cinco años pueda llegar a tal altura
para tomar la cámara de fotos?” se preguntaba Maia mientras le
acariciaba el cabello a su hija. Esa noche, se acostaron las tres
juntas, pero una sola dormía, otra lloraba y la otra se regocijaba
detrás de un rostro inmóvil.
La comunicación matrimonial fue recobrada a la semana y media, pero no
eran tan agradables como antes. Cualquier tipo de discusión anterior al
día del suceso les había parecido una estupidez, emitían frases cortas y
sin sentimientos, principalmente ella, quien ya no le miraba a los
ojos. Axel sin embargo, sentía un profundo arrepentimiento, tan intenso
que se asemejaba al sentimiento de estarse pudriendo lentamente desde el
interior.
La única tranquilidad que tenían, era que la insólita rebeldía de Edith
había desaparecido. Había sido dos días muy extraños, en los que Edith
había mostrado su lado más oscuro, había insultado, agredido y hablado
con un vocabulario tan sucio como un chiquero de chanchos, pero por
suerte, todo había vuelto a la normalidad, o casi todo.
A parte la escasa comunicación, el cambio de dormitorio de Maia hacia el
cuarto de su hija y la espantosa cicatriz en el rostro de Axel, había
algo más que marcaba el sorpresivo cambio de estilo de vida de la
familia y era la profunda y casi enfermiza obsesión de Edith por la
muñeca de Amadine Tussaud, iba con ella hasta a la escuela y al llegar
pasaba todo el día en su cuarto, en el porche o en la hamaca del sauce
llorón hablándole como si fuera una persona viva con oídos de carne.
La tarde del día era tan dormida y melancólica como la estación otoñal.
Maia estaba sentada en uno de los sofás nuevos leyendo un aburrido libro
de inteligencia emocional, Axel estaba dando clases en la escuela, en
un par de horas llegaría a casa. En eso, Maia escuchó unos pasitos
ligeros, caminar por el pasillo cercano, se sobresaltó banalmente al ver
que era su hija acercándose a ella. Creyó que probablemente se aburrió
de dibujar con crayolas en su habitación, “…o de hablarle a una muñeca
de goma.”, se dijo.
_ Mami –dijo ella recostándose en su regazo, no quiero que duermas más conmigo.
A ella le sorprendió la frase de su pequeña.
_ ¿Por qué, amor? –Le dijo Recuerda que mamá está enojada con tu papá
por lo que has descubierto sobre él ¿Lo recuerdas, amor? Nunca hemos
conversado sobre eso.
Ella bajó la cabeza para que su mamá le acaricie sus rizos cortos y
cerrados. Después, la movió de un lado a otro para negar que existiera
recuerdo alguno en su mente.
Su madre no lo entendió en absoluto. ¿De verdad no lo recordaba o estaba
evadiendo el tema? Justamente, en el libro que tenía en su mano hacía
unos minutos había leído un párrafo que afirmaba que ciertas veces la
mente era selectiva y para el bien de la persona, a veces suprimía
aquellos recuerdos traumáticos para que no nazcan secuelas de ellos,
quizás eso era lo que le ocurría a Edith, pero sólo era una de las
tantas suposiciones que Maia tenía pendientes por resolver pero que no
quería adentrarse, quizás por miedo a enloquecer.
_ Está bien, hija. Entonces no hablaremos –le contestó pronunciando con
sus dedos los rulos negros de la pequeña. Si te molesto en tu dormitorio
entonces no tendré remedio que irme al que está vacío.
_ ¿Al de Amadine Tussaud? –Preguntó, nuevamente sorprendiendo a su madre
_ Sí, contestó ella. –Suponiendo que Edith había escuchado dicho nombre salir de la boca de su padre
Diez minutos después, el trapeador empapaba los pisos empolvados de la
habitación vacía. Tendría que esperar a Axel para que la ayude a mover
la cama de una plaza que tenía dejada en el fondo, aunque últimamente
odiaba la idea de pedirle ayuda o favores.
A la noche, mientras la cena se preparaba casi sola, el dormitorio de
Amadine, había cobrado vida. El piso estaba tan reluciente como si
estuviera nuevo, aunque era necesario cambiar el empapelado de las
paredes que le daba un aspecto antiguo y percudido al estar descascarado
sobre la madera.
El sol cayó rápido y pesado como una gigantesca bola de metal, la luna se mostró llena y dorada.
Comieron sin formular una sola palabra, escuchando una inquietante
melodía que Edith cantaba con la boca cerrada. De repente, habló:
_ Mami, perdóname por echarte de mi habitación. Maddie y yo necesitamos
estar solas. Ella también se disculpa por haberte mandado a la
habitación de la señora Tussaud.
Sus padres la miraron pero no prorrumpieron una sola palabra. Estaban
impresionados con la habilidad de su hija en disociar sus pensamientos y
repartirlos entre ella y aquél ídolo que parecía haberla hipnotizado
desde el momento en que la encontró. Aun así, no dijeron nada; toda
oración ficticia de Edith que hacía revivir teatralmente a Maddie, los
hacía acordar al momento en que su forma de vida cambió de improvisto.
Todavía ninguno pensaba cómo superaría esa dura etapa, ni siquiera
lograban resolver cómo mantenerla.
_ La cena está deliciosa, cariño. –Dijo Axel sonriéndole a Maia
Edith los observó callada, esperando algún tipo de reacción, y la
encontró. Maia apartó la vista de sus espaguetis para apuntarla a su
esposo, a quien le proyectó una expresión nula. Luego, no pudo contener
una carcajada cargada de rabia y para no seguir con el tema, se levantó
de la mesa y se fue a su cuarto con prisa. Desde el comedor se escuchó
el portazo.
_ Disculpa a mamá, pequeña. –Le dijo a Edith pronto me podrá perdonar.
Todo el a mundo comete errores, ¿sabes? Y a veces con ellos lastimas a
la gente que amas. Eres muy pequeña para entenderlo… pero a alguien se
lo debo decir.
Sus ojos azules se cristalizaron en lágrimas y uno de ellos soltó una que se resbaló por su mejilla.
Tres de la mañana. La casa se volvió muda. Toda la familia descansaba en
el mundo onírico, cada uno en su habitación. En eso, Edith, que siempre
dormía acompañada, nuevamente quedó sola.
Una niña de plástico corría libremente por la caza oscura, cuyos únicos
rayos que la iluminaban de forma vaga, eran los de la luna imponente
pero aun así, débil e impotente.
Algo logró interrumpir el descanso de Maia, era un llamado, una voz:
_ Maddie es Amadine… Maddie es Amadine… Maddie es Amadine… ¡Maddie es
Amadine! –Sonó fuerte dentro de su cabeza y le causó un sobresalto que
la hizo despertarse cubierta en sudor frío
Se sentó en su cama de golpe, como si hubiese sido revivida con un
desfibrilador. Sentía el corazón latir rápidamente, como el de una rata.
Entre la luminosidad opaca de la luna, pudo distinguir fácilmente que la
puerta de su habitación estaba abierta. Frunció el ceño y luego su
corazón estalló de miedo. Iba a gritar, pero su lengua pareció
devolverle el grito a su interior. La muñeca, Maddie, estaba allí,
parada a los pies de la cama, congelada pero persistente, como la misma
luna.
“Esto debe ser una broma de Edith”, quiso suponer cuando notó que una
mano de la muñeca estaba levantada y su dedo índice señalaba
precisamente hacia la pared.
Como un acto reflejo o por la misma situación de subordinación que le
imponía el miedo en ese momento, giró su cabeza hacia donde le señalaba
el dedo y descubrió que justo en ése lugar, había una abertura en el
empapelado color verde oliva. Frunció el ceño nuevamente, tomó valor y
se puso pie. Por algún motivo, su postura ante aquel insólito hecho era
firme, quizás era porque nunca le había tenido miedo a este tipo de
cosas o tal vez porque una parte de ella, seguía creyendo que estaba
dentro del sueño. Respiró hondo y metió la mano en aquel tajo que casi
pasa desapercibido para su adormecida visión. Al meter la mano, se
percató que en aquel espacio, el papel no estaba pegado y probablemente
lo habían hecho a propósito. Finalmente, no fue muy difícil retirar lo
que había allí.
El color denotaba el paso de los años, en un tiempo fue un sobre blanco e
impecable. Olvidándose de que la muñeca estaba detrás de ella, rompió
el sello que lo bloqueaba, una fina lámina adhesiva con la palabra
"Tussaud". Sacó la hoja dura que estaba doblada en cuatro y la leyó:

“Malaventurado aquél que lea éste mensaje escrito en el pasado, leído en el presente y ocurrido gran parte en el futuro.
Los grandes espíritus del Santa África me han prometido una
reencarnación. Y yo, fiel cordero, accedí a cambio de tres sacrificios.
Según sus predicciones, todos los hechos ocurrirán, siempre y cuando les
obedezca en todo, poniendo mi sabiduría por debajo de su poder, tanto
es así, que ni siquiera sé por qué ni a quién le escribo estas palabras,
pero así me lo han mandado.
Ya tengo todo lo necesario para el ritual, he seguido sus pasos al pie
de la letra y se que aún después de muerta tendré que terminar con la
vida de tres almas mas.
Mi cuerpo, será entregado bajo mi absoluta voluntad, pero todos lo
entenderán como un suicidio. Los otros dos serán entregados en el
futuro, justo antes de reencarnar en carne y sangre en el cuerpo de una
de mis víctimas. Hasta ese entonces, no seré Amadine, sino Maddie, la
niña de plástico.”

Maddie… Maddie… Maddie… El nombre retumbó en su cabeza e hizo temblarle
las rodillas. Nuevamente se acordó de quién estaba atrás suyo y dio
vuelta con violencia. Al descubrir que el espacio que ocupaba Maddie,
ahora estaba vacío pegó un gritó chirriante que hizo resonar el vidrio
flojo de la ventana.
_ Ésa cosa se ha ido. Oh, no… ¡Edith! –gritó
Corrió envuelta por un espanto atónito hacia la cocina y tomó el
cuchillo que por casualidad creía ella, estaba sobre la encimera más
cercana, cuando en realidad la niña de plástico lo había puesto allí.
Los ruidos de aquella casa con los pisos de madera, los gritos a altas
horas de la noche y las pesadillas inoportunas hicieron que Axel se
despierte también con una sacudida alborotada.
Maddie es Amadine… Maddie es Amadine… Maddie es Amadine… sonaba en su
cabeza. De pronto, sintió que abajo corrían unos pasos apresurados y
descalzos. En seguida salió de la cama para ver lo que estaba pasando.
_ ¿Dónde estás? –dijo Maia ingresando a la habitación con el cuchillo en la mano ¡No voy a dejar que dañes a mi hija! –gritó
Un brazo fuerte le apretó la muñeca y le quitó el cuchillo, ella volvió a gritar, pero Edith no se despertó.
_ ¿Qué mierda estás haciendo? –Exclamó en voz baja Axel, tirando el cuchillo lejos del lugar
Ella no supo qué contestar, ni tampoco quería.
_ Yo… no es lo que parece. –Dijo
Axel soltó una carcajada nerviosa.
_ Imagínate cómo hubieses reaccionado tú si hubiera dicho eso cuando
viste las fotos. –Se acercó más a ella y la penetró con sus ojos
furiosos Escúchame bien, si le haces algo a Edith, los vas a lamentar de
verdad. –Percibió en el rostro de la mujer una increíble cantidad de
miedo y se retiró con la seguridad de que nada más sucedería
Cuando se dice que las cosas no pueden estar peor, se vuelven peores.
Escuchó a Axel subir las escaleras, mientras ella se dirigía a su
cuarto. Vio el tajo agrandado en el empapelado de la pared y metió la
mano dentro, pero no había carta alguna.
_ ¿Dónde la he metido? –Dijo en voz alta buscando por todos los lugares
Se fijó en los rincones, debajo de la cama y hasta en la encimera de la cocina, pero la carta no estaba. Volvió a su cuarto.
_ ¿Estoy quedando loca? ¿Todo ha sido un sueño? ¿Me lo he imaginado?
La noche transcurrió como si no hubiese pasado nada.
El sábado nació soleado y precioso, parecía un día primaveral. Maia
creía que lo que había pasado ayer era una especie de sonambulismo
mezclado entre el sueño y la vigilia, lo más raro de todo era que nunca
le había pasado algo así, nunca podría determinar cuándo había comenzado
y cuándo dio fin.
La oreja pequeña de Edith estaba pegada en la boca de Maddie.
_ ¿Quieres ir a la hamaca? –Le preguntó la niña Está bien, vamos.
Corrió alegre con saltitos infantiles hacia allá.
Aunque Maia se había obligado a convencerse que lo que había pasado, era
una mala jugada de su conciencia, ordenando la cama, ojeaba
sigilosamente por los rincones por si encontraba la carta fantasma, pero
no la halló por ninguna parte.
Axel se estaba haciendo un emparedado para llevar al trabajo, a pesar de
que era sábado tenía un horario muy apretado durante la tarde. Mientras
untaba mayonesa sobre el fiambre, su atención de desvió cuando encontró
justo cerca de sus pies un sobre amarillento sin bloquear. En seguida,
lo levantó. Extrañado por haber encontrado algo tan inusual en la cocina
de su casa, lo abrió y retiró de su interior el papel grueso doblado en
cuatro que al abrirlo supo que se trataba de una carta, escrita en
manuscrita con una especie de delineador de ojos de color rojo. Allí
mismo, lo comenzó a leer:

“Amor mío. No te imaginas cómo me gusta escribirte por este medio, este
tipo de códigos, el sobre, la carta y el delineador rojo me causan tanto
morbo que me éxito en escribirte.
Te quiero decir que todo ha salido a la perfección. El idiota de Axel
todavía no se pregunta cómo es que una estúpida niñita de cinco años
pudo haber tomado tales fotos. La verdad es que me has sorprendido con
tus enfoques, por fin lo hemos capturado con las manos en la masa. Él ni
siquiera se imagina que tú existes y encima se cree culpable de nuestra
situación. Ahora que lo pienso, soy muy buena actriz llorando o quizás
son mis increíbles ganas de mandarlo a la mierda que me hace
desempeñarme como una actriz eximia.
Todo marcha a la perfección.
Sólo nos queda esperar que crea que estoy loca y que quiero matar a
nuestra estúpida hija para que ambos se larguen de aquí y así nosotros
podamos vivir tranquilos en nuestra casa nueva.
Pronto te traeré nuevas noticias.

Te amo, Maia.”

El descubrimiento hizo sumergir a Axel en un océano infinito de ira y
dolor. Caminó casi corriendo hacia la habitación donde ella estaba, al
mismo tiempo que Edith quedaba sola en la hamaca, sin Maddie.
Axel se asomó con precisión en la puerta, vio que su esposa buscaba algo
casi sin descanso mientras daba una barrida descuidada en el cuarto.
_ ¿Buscas esto? –Preguntó levantando el brazo con el sobre en la mano
Ella vio el sobre y sintió un ligero palpitar, no sabía si sentirse
feliz por el hecho de que no estaba enloqueciendo, o mal por haber
descubierto que se habían mudado a la casa indicada.
_ Sí –contestó con firmeza, eso es lo que busco. Supongo que ya lo has leído.
A Axel le sorprendió la naturalidad y la falta de vergüenza de su mujer,
hasta le era difícil diferenciar a esa desconocida con la que había
conocido y había jurado amor eterno.
_ Supones bien –le contestó. ¿Hasta cuándo pensabas ocultármelo? –dijo expresando rabia en su rostro
Ella no respondió, aunque era una situación extraña que se debía
conversar seriamente, no era un tema con el que podría entablar una
conversación con un esposo infiel. Su orgullo pesaba aún más que todo
eso. Sin embargo, una parte de ella estaba comenzando a insistir en
dejar todo atrás, por lo menos de forma temporal y comenzar a
preocuparse por lo que de verdad importaba: los sucesos paranormales que
habían sucedido en la casa desde la llegada y las horrorosas
apariciones de la muñeca de Amadine; podría odiarse después, pero
primero estaba el bienestar de su hija y eso era algo que le incumbía a
los dos, más allá del error y la falta de respeto de Axel hacia la
familia. Le tardó considerarlo medio segundo y entonces, se dispuso a
hablar.
_ Está bien. Disculpa por no habértelo dicho…
_ ¿¡Disculpa!? –Interrumpió enloquecido ¿Cómo quieres que te disculpe
por una cosa de ésta? Admito que yo me he equivocado en traer una mujer a
la casa, pero no se compara con lo que planeas hacer tú. No puedo creer
cómo nos has traicionado –sus ojos despidieron dos líneas de lágrimas
que cayeron por sus mejillas, una de ellas, se metió dentro del surco
rojizo de su cicatriz y se quedó estancada, sin posibilidades de hacer
nada y todo por un hombre.
_ ¿Qué… qué estás diciendo? –Dijo ella tartamudeando, viendo que Axel se
ponía de cabeza gacha para iniciar un lastimado sollozo
Con un signo de interrogación dibujado en su rostro, dio dos pasos
ágiles hacia delante y le arrebató el sobre de la mano, lo abrió notando
que el sello con el apellido “Tussaud” escrito ya no estaba, lo sacó y
leyó aquel extraño mensaje escrito con el delineador que hacía dos días
había perdido.
Su pecho dio un vuelco tan inmenso que le fundió en una sacudida
interna. La letra era casi igual a la suya, pero ella no había escrito
eso.
_ ¡¿Qué es esto?! Yo no hice esto. –Axel levantó la mirada como un tigre
asesino No, amor debes creerme, nos están tendiendo una trampa.
¡Maddie…! La muñeca de Edith en realidad es Amadine que quiere matarnos
para completar su sacrificio –se acercó nuevamente hacia él y lo tomó de
las mejillas, ¡Por favor, créeme!
Él puso la mano en su pecho y la apartó con fuerza.
_ ¡No seas ridícula y admite que también eres una adúltera!
Fue despedida hacia atrás, pero no con tanta fuerza como para que se produzca el trágico momento que estaban por sufrir.
Apoyó la punta del pie derecho y luego su talón para evitar caer al
piso. Luego, necesitó apoyar el otro, pero éste no llegó al piso. Su pie
se torció de repente al pisar una superficie redonda, parecido a un
balón. Su tobillo se rompió con un crujido.
El cuerpo de la pobre mujer cayó duro y congelado como un ángulo de
noventa grados volviéndose llano. Su cabeza se golpeó con el borde de la
cómoda donde guardaba la ropa y un tajo sangriento se dibujó en su
sien. Cayó sin vida y a sus pies, estaba inanimado el objeto que había
pisado, no era un balón, sino una cabeza: la cabeza de la niña de
plástico.
Las orbitas oculares de aquel hombre nunca habían sido tan grandes. No
podía creer que un simple empujón hubiese podido desencadenar tal
tragedia. Sus manos estaban embarradas de un acto homicida.
_ No… ¿qué acabo de hacer? –Dijo tomándose con fuerza y locura los cabellos de su cabeza
Una vena nerviosa saltó perpendicular a su frente y se levantó sobre su piel traspirada y brillante.
_ Maia… espetó sollozando un llanto de vidrio No, no, no, no… agregó en
un desespero agitado Yo no lo hice… yo no la maté, ella se tropezó… Sí…
se tropezó con el muñeco y se golpeó la cabeza.
Lo que decía era cierto, pero ninguna clase de autoridad se lo creería.
Hacía poco más de una semana había sido marcado de por vida en su rostro
por un cuchillo que Maia había manipulado y no presentó cargos. “¿Por
qué no lo hizo?...” pensaría la policía “… ¿será que quería hacer
justicia con sus propias manos?”
Se veía sin salida, incapaz de poder actuar o moverse. Quedó mirando
espantado el cuerpo muerto de su mujer a los pies de la cómoda, con su
cabeza ensangrentada emanando como una cascada grotesca cada vez más y
más sangre. Sus ojos, aunque ya no veían nada, estaban completamente
abiertos, casi como los de él, mirando fúnebremente lo trágico del
destino y lo escuro de la muerte.
De pronto, algo lo sacó de aquella nube maligna de la que había sido
metido sin querer y lo introdujo otra vez en la nerviosa desesperación.
_ ¡Maddie! –gritó Edith desde afuera ingresando a su casa
La entrada principal quedaba a solo cuatro metros y una puerta de la escena del crimen. Axel no sabía qué hacer.
_ Maddie, ¿Dónde estás? –preguntó entrando
Maddie… otra vez se nombraba a la maldita muñeca que había sido testigo
del crimen. Axel no la había visto detrás de su esposa hasta después de
fallecer. “Si tan sólo fuese alguien con vida, la enviaría a la cárcel,
porque ambos sabemos que yo no he sido el asesino.”, se dijo en su
interior considerando que estaba al borde de la locura.
La vena que había crecido en su frente le deformaba la cara casi tanto
como su cicatriz, dentro de ella, corría su sangre homicida furiosa y
vertiente como la de la cabeza de Maia. Se dio la vuelta y cerró la
puerta de un golpe, ni siquiera se dio cuenta que estaba actuando, hasta
parecía verse afuera de él mismo, desconociéndose como persona.
Tomó con fuerza el cuerpo de Maia y lo metió bajo la cama. Gotas de su helado sudor cayeron en el ínterin.
El puño de su hija golpeó la puerta.
_ Mamá, ¿Maddie está allí contigo? –Preguntó desconociendo lo que ocurría detrás de la puerta
El atlético estado de Axel lo había beneficiado en aquél momento, sólo
tardó unos segundos en esconder el cuerpo de su madre. Luego, movió la
cómoda hacia delante para que ésta quede encima del charco de sangre.
Respiró hondo y abrió la puerta.
Edith lo vio y le causó asco verlo en ese estado. Lucía traspirado,
despeinado y agitado. Pero cuando vio que tenía a la muñeca en su mano
la tomó rápidamente y se olvidó del tema. Dio media vuelta y se fue de
nuevo hacia la hamaca.
_ ¿Dónde estabas? –Se le escuchó decir Me dijiste que ibas al baño y terminaste en el cuarto de mamá…
La palabra “mamá” resonó en su mente junto con otra que desde hacía varios minutos evitaba afrontar: Criminal.
Pidió faltar al trabajo esa tarde por motivos de salud, confesó que no
le importaba el monto de dinero que le descontarían de su sueldo el
próximo mes por ello.
Lo que haría en el correr del día no lo pensó mucho, estaba demasiado
choqueado como para poder realizar sus acciones con claridad. Primero,
esperó que su hija se duerma, tan profundamente como acostumbraba a
hacerlo.
Sacó del fondo de la casa una enorme hoja de plástico grueso, con la que
envolvía las vigas y otros elementos que había comprado para la
reformación del hogar y la llevó hacia el lugar del crimen. La colocó
sobre la cama de una plaza y recostó a su esposa encima, tapándola
después con una manta roja. Acto siguiente, la limpieza total e
impecable del lugar.
Mientras trapeaba no dejaba de pensar en el hecho de que su hija ya no
vería más a su madre. No tuvo necesidad de mentirle, por alguna razón no
le había preguntado dónde se encontraba su madre que no había visto en
todo el resto del día.
Cada lágrima que derramaba en el piso, era eliminada con el agua
enjabonada que liberaban las cuerdas del trapeador y que se mesclaba con
la sangre espesa pegada en los tablones.
Cuando terminó, hizo lo más difícil. Mientras todo secaba, envolvió como
a un enrollado al cadáver en el plástico y con las puertas de la
habitación, de la entrada y de la camioneta abiertas, se transportó con
rapidez y sigilo con su mujer en los brazos, rogando a la suerte no
encontrarse con Edith despierta. Cuando quiso acordar, estaba en el
asiento delantero con la mano en la llave, comenzando a llevar a su
esposa al rio más cercano, a unos dos kilómetros de allí. Si la suerte
lo acompañaba, no lo atraparían. El rio corre fuerte y desemboca en una
cascada de piedras, sabía que era un indigno adiós hacia el cuerpo de su
mujer, pero debía elegir entre eso y pasarse toda la vida en la cárcel.
La próxima imagen que tenía de sí, era su cuerpo recién bañado, acostado
en la cama matrimonial, sin mover un sólo musculo, sin creer lo que
acababa de pasar ese día. No supo cuándo se durmió, pero cuando quiso
acordar, el sol ya se había asomado por completo desde el frío
horizonte.
Se desperezó con sus parpados congelados, para él solo habían pasado
unos minutos, su cuerpo no tenía muestras de sentirse descansado y
necesitaba estarlo para afrontar todas las mentiras que debería
formularle a la policía para no ir preso, se tomaría todo el día para
pensar bien en eso y a la noche llamaría a las autoridades para anunciar
la extraña desaparición de su mujer.
Se sentó en la cama y abrió los ojos. Gritó del susto.
El reloj casi marcaba las ocho de la mañana, era imposible que Edith ya haya despertado.
Justo al lado de su cama, estaba Maddie parada, como si sus pies de
plástico estuviesen clavados en el piso a través de la alfombra color
roja.
En la casa había un silencio que le producía un leve zumbido en sus
oídos, luego se escucharon unos pasitos secos que provenían del pasillo.
Era Edith.
Entró a la habitación con un rostro inentendible, sus ojos lucían
apagados y artificiales, como si por ellos hubiese perdido la esencia de
su vida. Estaba vestida con su camisón blanco de cama y se veía media
perdida.
_ ¿Edith? ¿Estás bien, pequeña? –le preguntó su padre, como si en su cabeza no tuviera ningún problema por el que preocuparse.
Ella no respondió al instante. Luego, bajó la cabeza hacia Maddie, quién
estaba de espaldas a ella. La subió de nuevo y en el instante que iba a
comenzar a hablar, le bajaron de sus narinas dos finas y brillantes
líneas de sangre que se deslizaron por sus labios y cayeron sobre la
cabeza de Maddie, manchando el tul de su vestido de novia.
_ Maddie no está vacía. Aún puedes salvarnos. –Dijo y salió corriendo a toda velocidad
Su padre se paró inmediatamente y salió en busca de ella.
_ ¡Edith!... ¡Edith, vuelve aquí! –le gritó antes de salir del cuarto,
pero se detuvo en la puerta y dio un giro de ciento ochenta grados para
ver de espaldas a Maddie.
“Maddie no está vacía. Aún puedes salvarnos…” recordó y se estremeció del miedo.
_ ¡¿Qué carajo está pasando?! –Gritó al techo agarrándose mechones de su
cuero cabelludo con tanta fuerza que los arrancó No… esto no es real,
esa muñeca sólo es juguete, ¡un estúpido juguete! Maia no estaba en lo
cierto, Edith está confundida y yo… bueno, creo que yo sí estoy loco.
Todo eso lo había dicho con los ojos apretados y cuando los volvió a
abrir, la muñeca estaba con la cabeza dada vuelta, mirándolo con los
ojos más vivos del mundo. Axel notó que las manos de Maddie estaban
manchadas de color rojo y una de ellas cargaba un lápiz, precisamente el
mismo que había perdido Maia y con el que supuestamente había escrito a
su amante.
El estómago Axel se torció de repente y lo hizo encorvarse haciéndole
escupir un vómito verde con manchones rojos de sangre que se desparramó
fuera del borde de la alfombra. Su respiración era agitada, pero cuando
vio la sangre, se aceleró aún más.
_ ¡No nos matarás! –Le gritó desquiciadamente ¡No nos podrás matar, Amadine! ¡Primero lo haré yo!
Y de nuevo recordó la frase que había dicho Edith: ““Maddie no está vacía. Aún puedes salvarnos…”.
Sin pensarlo dos veces, cargó la muñeca y la acostó boca arriba sobre la
cama, luego la volteó, sus ojos lucían demasiado reales como para
volverlos a mirar.
_ Bien, Edith ha dicho que no estás vacía. ¿Qué mierda llevas en tu
interior, maldita puta? –le dijo destrozando el velcro para desvestirla
Descubrió su espalda y vio en su cuello la palabra “Maddie”, más abajo,
en el medio de su envés estaba escrita la frase “Ábreme si quieres
vivir” y al momento en que lo leyó corrió hacia la cocina a buscar el
cuchillo más grande. Sin piedad alguna, penetró aquél plástico como a un
trozo de carne muerta y le hizo un tajo que recorrió su espalda, lo
abrió y halló en el interior un sobre pequeño, de apariencia exacta al
que había encontrado hacía veinte horas, con la diferencia que éste
estaba bloqueado con un sello rectangular con el apellido “Tussaud”
escrito.
Lo abrió desesperadamente y leyó lanzando de su boca sucia de vómito, un gemido de horror que no cesaba.

“Mis queridos malaventurados, no lo tomen de manera personal todas las
desdichas que le he hecho pasar. No quería hacerles sufrir, pero no
podré revivir plenamente si no entrego antes de tiempo los tres cuerpos
necesarios.
Aun así, si estás en contra de mis planes, te doy el permiso para que
continúes tu vida en paz. Simplemente debes enterrar mi cuerpo de
plástico, aquél que tome prestado para realizarlo todo y entiérralo bajo
una de las higueras en un agujero profundo y grande como para poner un
humano, sólo de ésta forma mi alma descansará en paz y ya no podré
volver al mundo real. Mis dioses son deidades muy generosas con los
humanos y aún en contra de mi voluntad, me han obligados a decirles la
solución a su problema, pero recuerda, sólo podrás lograrlo si todavía
no han muerto dos de ustedes”
Axel no sabía si en ese momento debía gritar de felicidad o entregarse
al terror que corría por sus venas y que hacían que su pecho estalle en
latidos.
Agarró a la muñeca de los pelos corrió como un felino africano hacia el fondo de su casa para tomar una pala de excavación.
Afuera caía un rocío invernal, pero a Axel ni siquiera se le pasó por la
cabeza abrigarse. Atravesó nuevamente la casa, ésta vez su meta era el
frente hacia la higuera más cercana, tenía ambas manos ocupadas y en su
mente yacía la pregunta “¿Dónde está Edith?”
La llamó a gritos imaginando cómo se lamentaría si estuviese muerta, no
solamente porque se quedaría sólo, sino porque habría faltado a la única
condición que tenía el macabro juego de Amadine, no enterrar a la
muñeca si ya hay dos personas muertas.
Cuando salió por la puerta delantera, vio a Edith de espaldas sentada
sobre la hamaca del sauce, parecía estar en perfectas condiciones pero
no quiso vociferarle, algo dentro de sí le decía que debía terminar con
el entierro cuando antes y además comprendía como comprendía la obsesión
de su hija hacia la muñeca, la verlo enterrarla protestaría contra él y
no tenía tiempo para ese tipo de escenas.
Tiró la muñeca hacia un lado y de inmediato comenzó a cavar. Al hacerlo,
Edith se dio cuenta de lo que hacía y se acercó a él, inexplicablemente
no levantó queja alguna, permaneció callada todo el tiempo salvo tres o
cuatro veces en donde tosía y le sangraban las narices, en esos
momentos era en los que Axel más se apresuraba. Por suerte, la tierra
estaba húmeda por el abundante rocío que la había ablandado, entonces no
tardó mucho tiempo en cavar el gran pozo. Cuando terminó, no pudo
evitar largar una aturdidora carcajada cuyo aullido demente torció del
miedo hasta a las higueras. Agarró del pelo a la muñeca que había
permanecido inmóvil todo el tiempo y la arrojó adentro.
_ ¡Ahí tienes tu maldito pozo, hija de puta! ¡Ahora déjanos en paz! –le exclamó
Cargó un montón de tierra con la pala y comenzó a llenar el pozo, pero
algo lo detuvo. Sintió un dolor indescriptible en su espalda, algo frío y
filoso lo había atravesado de atrás, percibió que sus pulmones le
ardían pero al mismo tiempo sentía congelado el resto de su cuerpo.
Tosió una vez y de su boca saltó un chorro de sangre, su respiración
ahora había alcanzado el punto máximo de agitación y cada vez le costaba
más tomar aire.
Edith retiró el cuchillo que había clavado en la espalda de su padre y
soltó una risita al mismo tiempo que éste caía al pozo. Golpeó su cabeza
con la tierra húmeda y desparramada, estaba boca arriba junto a la
muñeca Maddie que enigmáticamente, tenía la nariz y la boca empapadas de
sangre.
Aún con el dolor que estaba terminando con su vida y la tos sangrienta
que sucedía cada cinco segundos, tomó fuerzas para decir sus últimas
palabras.
_ Ed… Edith… ¿Qué me has hecho?
La niña se rió nuevamente y agarró la pala del piso, luego habló:
_ ¿Edith? –Largó una carcajada malvada Éste ya no es el cuerpo de tu
hija. Ella ahora está muerta, justo a tu lado. –Axel le dio un vistazo a
la muñeca y en un esfuerzo de llorar, una corriente de dolor le hizo
retorcer su cuerpo, la niña siguió hablando Lo más gracioso de todo es
que yo sólo te he matado a ti, pero tú… tú has matado a toda tu familia,
accidentalmente, pero en fin, los has matado a todos. Por si el dolor
no te deja darte cuenta, cuando abriste a la muñeca por la espalda para
retirar el sobre, en realidad se lo estabas haciendo a mi querida amiga
Edith, pero no te preocupes, posiblemente murió en el segundo y sin
darse cuenta; y ahora morirás tú, tal y como me lo han predicho los
dioses. –En ese momento, Axel dejó de respirar y el viento furioso: el
viento de mal, sopló por toda la casa Ya he entregado mis tres ofrendas,
ya los he sacrificado y ahora, estoy nuevamente viva.

FIN
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 7:55 pm

LA CLASE DE QUIMICA

— El ácido sulfúrico —dijo el profesor frente a la clase— se obtiene a
partir de azufre, aire y agua. Cuando está a temperatura ambiente es un
líquido incoloro, inodoro y muy corrosivo —explicó, y levantó el tubo de
ensayo para que todos pudieran verlo—. Su uso más frecuente es en la
industria y su fórmula —escribió en el pizarrón— es H2SO4. Este Ácido
concentrado, llamado por los antiguos alquimistas aceite de vitriolo,
destruye la piel y la carne, y puede causar ceguera si se introduce en
los ojos. ¿Verdad González?

El púber, atado de pies y manos al pupitre, apenas pudo emitir una serie
de gorgoteos incoherentes, que brotaban como escupitajos desde el
centro de la cara, deshecha en una masa de supuración burbujeante en la
que se dejaban ver algunos fragmentos de hueso.

— ¿Alguna pregunta, alumnos? —dijo el profesor.


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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 7:55 pm

LA NIÑA DEL PASILLO

“Gran Plaza Hotel”, era lo que decía en la parte superior de la fachada
del lujoso inmueble, a la entrada José sostenía su maleta en la mano
derecha.
“Vaya que mis jefes se lucieron” pensó. Por su trabajo como
conferencista se veía obligado a viajar a cada rincón del continente,
ahora se encontraba en Houston, Texas. Sus jefes pagaban sus viajes,
hospedajes y comidas a donde fuera a dar su conferencia, y esta vez lo
habían mandado a lo que a su ver, era el mejor hotel que había visto en
los últimos meses.
Respiró profundo y entró al lobby del hotel.
Buenas Tarde señor saludó el recepcionista con una sonrisa patética y
claramente fingida y una cortesía que Harry Houdini habría sido él el
que caería en la ilusión. ¿Tiene reservación?
“No solo vengo a ver si puedo quitarte tu trabajo bailando desnudo sobre el mostrador” pensó molesto José.
Si, reservación para el señor José Castillo respondió tratando de
devolver la falsa sonrisa al empleado. Éste tecleo en su computadora
unos momentos y esperó. –Ah si por fin respondió –Aquí está. Permítame
un segundo y se metió en la parte trasera de la recepción. José esperó
totalmente molesto, odiaba que le hicieran esperar tanto, solo quería
subir y descansar un poco, pues la conferencia sería a las 7 de la
mañana.
¿Señor? Firme aquí por favor dijo el empleado extendiéndole un papel con
el sello del hotel. José lo hizo y el recepcionista le facilitó la
llave de su habitación, el control remoto y unas tarjetas para
canjearlas por toallas de alberca.
Botones llamo el recepcionista a un joven parado en la puerta del hotel.
Disfrute su estancia con nosotros, señor Gracias Contesto José arrebatándole la llave y el control.
Subió las escaleras con lentitud, el botones caminaba tras el con su
equipaje. Buscó la habitación 324; estaba ubicada en el tercer piso con
vista a la alberca.
¿Todo bien señor? preguntó el botones al entrar en el cuarto y dejar la maleta en el suelo.
Si, lárgate de aquí contesto José arrojándole un billete en la mano y empujándolo fuera cerrando la puerta tras de sí.
Estúpidos latosos se dijo para él mismo.
Recorrió la habitación, prendió la televisión y se quitó los zapatos.
“Esto sí que es vida” pensó al tiempo que se recostaba en la cama. Poco a
poco se quedó dormido.
Debían ser más de las 12 cuando unos leves toquidos sonaron en su
puerta, al principio le pareció que venían de algún sueño y no les dio
importancia, pero cada vez se hicieron más insistentes que lo sacaron de
su sopor. “¿Quién diablos puede venir a estar molestando a estas
horas?” pensó muy molesto.
Se levantó de la cama y se asomó por la mirilla… no había nada.
“Malditos bromistas, ya me las pagarán”. Se dispuso a regresar a la
cama, cuando los toquidos volvieron a sonar en su puerta, giró sobre sus
talones, caminó a la puerta, quitó el seguro con cuidado y la abrió de
golpe. En el umbral estaba una niña con un pijama rosa de Hello Kitty y
un osito de peluche en la mano. Tenía el cabello castaño lacio que le
llegaba a la espalda. Andaba descalza y sus ojos enrojecidos e hinchados
delataban que había estado llorando largo tiempo.
¿Has visto a mi papi? preguntó la niña con voz llorosa.
José se le quedó viendo extrañado, sacó la cabeza por la puerta para ver
si no había nadie cerca, ni un alma. La volvió a mirar, tendría por lo
menos 5 años, y era raro que una niña de esa edad anduviera sola
merodeando por el inmenso hotel.
¿Has visto a mi papi? volvió a preguntar la niña.
No, se quien sea respondió.
La niña lo miró directo a los ojos, esa mirada infantil hizo que un
escalofrío recorriera su espalda. Ella dio media vuelta y se alejó por
el pasillo y se perdió de la vista de José al dar la vuelta en el recodo
del pasillo.
Aun sorprendido, cerró la puerta lentamente, puso el seguro y se metió
en la cama. “Que niña tan rara” pensó “¿Qué hará sola a estas horas por
el hotel? ¿Dónde está su madre?”. Sin darle más importancia al asunto se
quedó dormido…
La conferencia lo había dejado agotado, había durado más de 3 horas y
todavía se tuvo que fumar la maldita comida con los aristócratas de la
región, maldita bola de idiotas, como los detestaba. Tener que escuchar
conversaciones de señoras ricachonas y mochas le provocaba nauseas. Esas
monas de doble moral que intentan cubrir con Channell las huellas de
sus adulterios. Patéticas, mil y un veces patéticas.
Llegó al hotel cuando ya estaba oscureciendo, subió a su cuarto
ignorando los comentarios “amables” del recepcionista, se puso algo más
cómodo y bajó a cenar. La variedad del buffet era al menos muy amplia y
muy deliciosa para su gusto; se sirvió carne de puerco con papas, junto
con un enorme vaso con CocaCola con hielo. Comía muy a gusto, sin
importarle que la gente le viera raro por comer con gran apetito.
Te digo que la vi sonó una voz a sus espaldas.
Mentira, solo es un pretexto para no hacer tu trabajo respondió otra.
Lo juro, estaba ahí. Esa niña con su osito de peluche. Te juro que si la vuelvo a ver renuncio
Vaya marica. Está bien, te cambiaré de piso, pero te prohíbo que hables con los demás sobre esto
José volteo para ver quiénes eran los que discutían, se encontró con un
encargado de limpieza y el gerente. “¿Niña con peluche? ¿Será la que yo
vi?” pensó inquieto. Sacudió su cabeza para alejar esa tonta idea y
mejor de dispuso a comer las deliciosa cena que había en su plato.
Cuando terminó subió a su habitación a descansar, al día siguiente se
dispondría a haraganear un rato en la alberca y pasarla bien. Entró al
cuarto, arrojó su saco a la silla del tocador y los zapatos salieron
volando en cualquier dirección. Encendió la televisión y subió el
volumen para poder oír las noticias de la noche mientras tomaba una
ducha.
El vapor del agua lo envolvió mientras el agua caliente reparaba el
cansancio que sentía por la carga del día, se relajó en la tina y se
quedó profundamente dormido. Unos leves toquidos en la puerta lo sacaron
de su sueño, pero no era la puerta de entrada… era la puerta del baño.
“¿Estaré soñando?” pensó alarmado. Esta vez estaba seguro de que no se
trataba de un sueño. Los toquidos siguieron cada vez más insistentes,
tomó una toalla y salió de la tina. Pegó su oreja en la puerta y escuchó
atentamente.
¿Señor Castillo? Su botella de vino Sonó una voz del otro lado de la puerta.
José abrió la puerta furioso, el botones estaba del otro lado con un
carrito con una botella de vino tinto, una copa y un recipiente con
hielos.
¡¡¡Maldito bruto!!! ¿Es que quieres matarme de un susto? le gritó José mientras se recargaba en el marco de la puerta.
Lolo siento señor. Pero es que nadie abrió la puerta de afuera y pensé
en dejársela en el cuarto. Pero se me hizo de mal gusto no avisar que yo
estaba aquí contestó el botones nervioso.
Que considerado. La próxima vez has lo que tengas que hacer y esfúmate Dijo furioso José.
SSi señor contestó el botones saliendo a toda prisa de la habitación.
“Pero el bruto en realidad soy yo” se dijo José, había olvidado que
pidió una botella de vino en recepción. “Tal vez con una copa se me baje
el susto y el coraje” pensó al tiempo que tomaba la copa y le ponía
hielos. Se sirvió el vino y bebió, se paseó por la habitación y salió al
balcón, admiró el hotel y lo grande que era la alberca, su atención se
centró en una rubia que estaba recostada en un camastro. “Hasta voy a
ligar aquí” se dijo pícaro.
Unos leves toquidos se dejaron oír en la puerta de entrada, José entró muy molesto, se encaminó a la puerta.
¿Qué no te dije que te esfumaras? dijo mientras ponía una mano en la perilla de la puerta.
¿Has visto a mi papi? preguntó una voz infantil del otro lado de la puerta.
José se quedó pasmado, se alejó de la puerta sin atreverse a siquiera volverla a tocar de nuevo.
¿Has visto a mi papi? volvió a preguntar la voz que se quebró con un aire macabro.
¡¡NO!! ¡¡VETE!!! Gritó José.
No se escuchó nada más, por un breve periodo de tiempo no se atrevió a
moverse de su lugar. “¿Se habrá ido?” se preguntó. Poco a poco se acercó
a la puerta y se asomó por la mirilla, no había nada. Quitó el seguro y
lentamente giró la perilla y abrió la puerta. En el pasillo no había
nada, salvo unas personas que ya se habían alejado por el pasillo. Miró
de un lado a otro, no había nadie. “Apenas la primera copa y ya estoy
borracho” se recriminó. Volvió a entrar en su habitación y cerró la
puerta. Puso el seguro y caminó al centro de la habitación…
¿Has visto a mi papi? La voz que sonó dentro de la habitación hizo que
José soltara la copa y se estrellara en el piso regando los vidrios y el
vino por toda el área. Lentamente, muy lentamente giró. Dentro de su
habitación estaba la niña con su osito de peluche en la mano y su mirada
llorosa lo paralizó de miedo.
La niña caminó lentamente hacia él. ¡¡Aléjate!! gritó José mientras le
arrojaba la botella de vino y el recipiente con hielos. L a niña ni
siquiera se inmuto ante las agresiones y siguió caminando hacía José.
Papi susurro la niña mientras extendía sus brazos hacía José.
¡No! Yo no soy tu padre Manoteaba con desesperación.
Papi repitió la niña caminando lentamente hacia José.
José se levantó con el pánico dibujado en el rostro, caminó hacia atrás,
los vidrios de la copa se le encajaron en los pies, pero el miedo le
impedía sentir algún dolor. La sangre se dibujaba en el piso y creaba
imágenes de ultratumba.
Papi ¿Por qué me ahogaste en la tina? le preguntó la niña con voz llorosa. –Yo te quería mucho papi. Ya me voy a portar bien
¡NO SOY TU PUTO PADRE! Vociferó José perdiendo el control. La niña lo
abrazo con sus manitas frías de muerta, sintió el aire de la muerte
recorrer su cuerpo, la sangre de sus pies le hizo resbalar y caer por el
balcón de su habitación…
Los peritos de la policía ponían una cuerda para asegurar la zona donde
había caído el cuerpo de José. Arriba en su habitación un detective
incrédulo le hacía la misma pregunta por enésima vez al botones.
Entonces usted salió de la habitación cuando le entrego la botella de vino
Sí, señor. Ya le di.je muchas veces que si contestó el joven sumamente nervios.
¿Y no lo notó raro?
Más bien furioso señor. Se enojó por que entré a la habitación a dejar la botella
Bien. Creo que será suficiente, puede retirarse dijo el detective dándose la vuelta.
El botones de levantó de la silla y salió con paso apurado de la habitación.
Solo un borracho que se cayó del balcón se dijo el detective mientras
encendía un cigarrillo. –Encárguense del cuerpo, tomen las pruebas
necesarias y vámonos de aquí les ordenó a sus subordinados.
Si señor contestaron los peritos.
Al salir de la habitación sintió un frío extraño en la nuca, el
detective volteó para todos lados pero no vio nada raro salvo los
flashes que salían de la habitación donde se levantaban las evidencias
para el papeleo correspondiente al caso.
“Joder, malditas muertes. Me hacen ver y sentir cosas”
Terminó de bajar las escaleras, pasó junto a la recepción que lucía
totalmente vacía sin el encargado. Salió del hotel y subió a su auto.
Arrancó el motor y se alejó del hotel.
Sintió tentación de mirar por el espejo retrovisor y dar una última
ojeada a la fachada del hotel: Parado en el vestíbulo estaba un José
pálido y cadavérico, lo observaba muy fijo, llevaba un osito de peluche
en la mano izquierda y a su lado derecho, de la mano, estaba una niña de
cabello castaño que con la mano que tenía libre le decía adiós mientras
se perdía en la distancia.


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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 7:56 pm

EL REGRESO DEL PRODIGO

La infección en su ojo comenzaba a supurar, su piel estaba roja,
escamosa e insoportablemente irritada; mechones enteros se le caían por
montones descubriendo las ulcerosas heridas sangrantes sobre su piel;
sus vértebras y costillas se le marcaban macabramente como si se tratara
de un esqueleto cubierto por un globo sin aire; la desnutrición y mala
salud ya habían cobrado notablemente su parte; pero, a pesar de eso, a
pesar de toda su aparente desdicha, se le notaba la mirada cansada de
tanto sufrimiento pero también feliz.

Se levantó con esfuerzo de su sitio, arrastraba las patas y meneaba
enérgico la cola, se echó contento junto a su amo, y éste al sentir su
peste, lo aparto bruscamente de su lado acertándole una fuerte patada en
la cabeza, Lucky se alejó chillando con la cola entre las patas, el
golpe le había destripado el ojo que se hallaba infestado, el dolor se
volvía agudo y punzante, la sangre comenzó a brotar, la suerte de Lucky
estaba echada.

Lucky, ese nombre se había convertido en el último vestigio del cariño
que alguna vez se le brindo, parecía casi un sarcasmo a aquel animal;
ahora, el miserable ser comenzó a caminar, sus pasos eran pesados y se
arrastraban uno tras otro para alejarse de aquel lugar que antaño le
brindo un hogar; tres horas más tarde, bajo la sombra de un viejo
roble, exhausto se detuvo, alzó su mirada al cielo y se desplomó al pie
del árbol, parecía haber escogido aquel lugar para descansar… para
morir… lejos, y no molestar así a su querido dueño.

La hemorragia en el ojo se había extendido al lóbulo temporal en el
cerebro, poco a poco su decadente cuerpo comenzaba a fallar, agonizó
convulsionando por un largo rato hasta que el dolor lo venció, el pobre
Lucky murió miserablemente solo una ventosa tarde de octubre, la imagen
de su dueño nunca se separó de su mente a diferencia de como lo hizo de
su lado…

Poco a poco la muerte hacia su trabajo, las patas se le entumecieron, el
rigor mortis comenzaba a hacer su efecto, su estómago lentamente se
hinchaba hasta que el cadáver alcanzo el triple de su tamaño normal, su
panza ya acostumbrada a la desnutrición no soporto la tensión en la piel
y se reventó, las vísceras y gases acumulados comenzaron a salir; las
moscas se disputaban por un lugar en donde depositar sus larvas, los
escarabajos se deleitaban con aquel manjar, una gran variedad de
insectos entraban y salían por los orificios del cadáver, las ratas se
peleaban por devorar primero las partes blandas como lo ojos y la
lengua; la piel se contraía lentamente exponiendo los dientes y uñas,
figuraba así un macabro gesto como si Lucky aun luchara furioso contra
la muerte. Las larvas de moscas comenzaron a emerger por montones, se
movían bajo su piel hasta agujerearla y salir hasta convertir aquel
perro en una masa gelatinosa y maloliente que hervía en gusanos.

Al cabo de tres días los insectos habían terminado su labor en tiempo
record, de aquel desafortunado can, solo quedaban los huesos roídos por
las ratas y adornados por uno que otro trozo de pellejo que colgaba
podrido. Los restos del cadáver yacían bajo el roble tostándose al sol,
pero esa tarde, cuando los insectos ya le habían abandonado, en el
centro de aquellas osamentas, donde solía estar su corazón, parecía que
aún quedaba algo de tejido, un saco de piel comenzó a emerger de entre
aquellos hediondos restos, parecía ser un capullo, se asemejaba a un
huevo o larva de mosca gigante. Comenzó a contraerse, se contorsionaba
buscando una salida a aquella prisión de huesos que le contenía, se
arrastraba y convulsionaba hasta que encontró un rayo de sol, el enorme
gusano se quedó quieto, parecía tomar energía de los rayos solares;
luego, poco a poco, comenzó a abrirse, una pequeña ranura apareció y
desde el interior de esta emergió una nariz negra, el engendro parecía
aspirar el aire tomando aliento por primera vez, el resto del hocico no
tardó en aparecer, le siguió una pata y luego otra, en menos de una hora
el ser había salido del capullo, era un can, un nuevo perro había
emergido de los restos del anterior.

La escena era surrealista, un nuevo Lucky cobraba vida a partir de los
restos de sí mismo, el pequeño maltes negro lucia perfectamente sano,
tal y como era antes; inmediatamente después de salir de su capullo, el
pestilente cadáver a su diestra comenzó a convulsionar, parecía tener
algo similar a los espasmos musculares, aunque careciera ya de los
propios músculos; el cadáver lentamente regresaba a la vida, tambaleante
se levantó y arrastrando las tiras de restos se acercó al can que
recién acababa de emerger, con los restos que aún le quedaban de su
lengua comenzó a lamerlo limpiándole de toda la viscosidad que le
envolvía, así, el perro viejo preparaba al nuevo.

Apenas y sintió la última lamida, el nuevo Lucky se dispuso a correr sin
parar recorriendo de regreso el camino a casa, esta vez le había tomado
solamente diez minutos lo que antes le tomo tres horas, regresaba a su
casa, con su dueño, para seguir así soportando los maltratos y descuidos
a cambio de las pocas migajas de afecto condicionado que mendigaba de
su amo.

Mientras tanto, el decadente cadáver andante, caminaba oscilante y casi a
rastras en dirección contraria sin mirar atrás, como quien deja atrás
un pasado apenas grato para enfrentarse resignado a un futuro mucho
menos prometedor, alejándose más a cada paso para así no ser visto nunca
más…
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 7:57 pm

MI AMIGA

En el año 1789, en Inglaterra vivía Julliette, una niña de 10 años.
Esta chica vivía con sus padres, que eran ricos.
Vivían en una mansión, con dos plantas y muy luminosa, su padre era uno de los banqueros más ricos de la ciudad.

Pasó 4 años y el banco quebró. La casa se descuidó ya que no podían
pagar a los sirvientes y aunque fueran tres no podían con todo, la casa
ya no era luminosa ni bonita, era oscura, fría y las paredes estaban
descascarilladas.
Julliette pensó en su mejor amigo, Jack, que le ayudaría, los padres
hacía tiempo le buscaban una esposa y quizás ella podría estar entre
ellas.
Fue aceptable, y aunque lo quería solo como un amigo, llegó a enamorarse de el y viceversa.

Pero días antes de la boda, el chico se calló por un barranco y se murió.
En el entierro dio un discurso y le llamó la atención un hombre de mediana edad que era el tío de su exfuturo prometido.
A el también le llamó la atención.
Al día siguiente, se levantó lentamente al escuchar una voz ronca que se oía hablar con sus padres.
Era el hombre, que le había pedido la mano a su padre, ella no quería,
pero si quería sobrevivir eso era lo mejor, ella le prometió a su mejor
amigo que nunca se volvería a casar, antes se moriría.
Ella se negó, el hombre iba todos los días a su casa y le obsequiaba con
regalos, pero ella se negaba, hasta un punto en el que amenazó con
matar a sus padres.

Ella aceptó, pasaron los meses y dos días antes de la boda se retiró, el
hombre enfadado le pegó y se fue corriendo, en una de ellas la chica se
volvió para defenderse y pegarle, y el hombre se enfadó más.

Juliette salió de la casa corriendo hasta el puente, donde el hombre la
cogió y la estampó contra una de las columnas, cogio un cuchillo de su
bolsillo y cuando fue a apuñalarla, la chica le retorció la mano y le
quitó el cuchillo, y se lo clavó en el corazón, le dijo que nunca se
casaría con el.

El le dijo que los papeles estaban ya hechos y que había falsificado su firma.
Era mentira pero la chica se lo creyó, y también le dijo que ahora los padres se morirían de hambre.
La chica se arrepintió y a la vez recordó a su amigo, ella desesperada
saltó por el puente mientras pensaba "antes de volverme a casar, me
moriré".

Ahora la chica va matando a todos los chicos que se van a casar, pero en los sueños, dándoles la idea de suicidarse.
Quien se niega, lo posee y mata a la novia, apuñalada en el corazón.


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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 7:57 pm

EL REGALO

Waldo jeffers había excedido el limite. Ahora era mitad de agosto lo que
significaba que había estado separado de Marsha por más de dos meses.
Dos meses y todo lo que tenía para mostrar era tres cartas manoseadas, y
dos caras llamadas de larga distancia. Cuando el colegio había
terminado, Ella había vuelto a Wisconsin y el a Locust Pennsylvania.
Ella había jurado mantener cierta fidelidad. Podría tener citas
ocasionalmente, pero solamente por diversión. Permanecería fiel.

Pero últimamente Waldo había empezado a preocuparse. Tenía problemas
durmiendo en la noche y cuando lo hacía, tenía horribles sueños. Yacía
despierto, dando vueltas en la cama, bajo su colcha plegada mientras las
lágrimas brotaban. Mientras el pintaba marsha, sus votos de juramento
vencidos por el licor y el suave sedante de algún Neanderthal,
finalmente rindiéndose a las caricias finales del inconsciencia sexual.
Era más de lo que una mente humana podía soportar.

Visiones de la infidelidad de marsha lo acechaban. Fantasías diarias de
impulsividad sexual invadían sus pensamientos. Y la cosa era que ellas
no entendían como era ella realmente. Él Waldo, solo entendió esto. El
intuitivamente se había aferrado a cada rincón y grieta de su psiquis.
Él la había hecho sonreír, y ella lo necesitaba y él no estaba ahí
(Ahhh)

La idea le vino un jueves antes que el desfile de mimos fuera programado
para aparecer. Había finalizado de guadañar y arreglar el césped del
señor Edelsons por un dólar con 50 y había revisado el buzón para ver si
al menos había una palabra de Marsha. No había más que una Circular de
Amalgamated Aluminum Company of America preguntando por las necesidades
de su zona. Al menos ellos se preocupaban lo suficiente por escribir,
eso era en Nueva York, podías ir a cualquier parte en el correo.

Entonces arrugó la carta, no tenia suficiente dinero para ir a Wisconsin
en la manera aceptada, cierto, pero ¿por qué no enviarse por correo a
el mismo? Era absurdamente simple. Él se expediría a sí mismo al
Servicio de paquetes postales especiales. Al día siguiente Waldo fue al
supermercado a comprar el equipo necesario. Compró cinta de enmascarar,
una pistola engrapadora, y una caja mediana justo para una persona de su
complexión. Creía que con un mínimo de empujones el podría viajar muy
confortablemente. Unos pocos huecos, algo de agua, por supuesto
bocadillos de medianoche y sería probablemente tan bueno como en clase
turista.
Para el viernes por la tarde, Waldo estaba puesto. Estaba empaquetado y
la oficina postal había acordado recogerlo a las 3 en punto. Había
marcado “frágil” en el paquete. Y mientras él se sentaba adentro
acomodándose, descansando en las espumas de caucho como cojines que el
reflexivamente incluyó, trataba de pintar la mirada de sorpresa y
felicidad en la cara de Marsha cuando abriera la puerta, viera el
paquete, diera propina al liberador y abriera el paquete para ver
finalmente ahí a Waldo en persona. Ella lo besaría y después podrían tal
vez ver una película. Si él hubiera pensado en esto antes. De repente
bastas manos agarraron su paquete, y él se sintió de cabeza, aterrizo
con un ruido sordo en un camión y entonces partió.
Marsha Bronson había justo acabado de peinarse. Había sido un duro fin
de semana. Tenía que recordar no tomar tanto. Bill había sido lindo sin
embargo. Después de que había terminado el había dicho que aun la
respetaba y después de todo ese era ciertamente el camino de la
naturaleza, y aun así él no la amaba, no sentía una afección por ella. Y
después de todo se estaban haciendo adultos. Oh, lo que Billy podría
enseñarle a Waldo – pero parecían estar a años de distancia.

Sheila Klein, su mejor amiga entró por el pórtico hacia la cocina.
“Oh dios, está absolutamente triste afuera”.
“Se a lo que te refieres me siento toda repulsiva”. Marsha tensaba su
manta de algodón con borde exterior de seda. Sheila metía sus dedos en
unos granos salados en la mesa de la cocina, lamia sus dedos y hacia una
mueca.
“Se supone que tengo que tomar estas píldoras saladas”, pero arrugo su
nariz. “Me hacen dar ganas de vomitar”, Marsha empezó a darse golpecitos
bajo la barbilla, un ejercicio que ella había visto en televisión.
“dios ni hables de eso” se levanto de la mesa y fue al fregadero y tomo
una botella rosa y azul de vitaminas. “quieres una, se supone que son
mejores que un bistec” e intento tocar sus rodillas.
“Creo que no tocare un daiquiri otra vez” se rindió y se sentó esta vez
más cerca de la mesa que sostenía el teléfono “tal vez Will llamara”
dijo ella a la mirada de Sheila. Sheila se mordía la piel.

Después de la noche pasada, yo pensé que tú estarías completamente con él.
“Sé lo que quieres decir, dios mío, era como un pulpo manos por todos
lados”, ella gesticuló levantando sus manos hacia arriba en defensa.” La
cosa es que después de un rato, te cansas de pelear con él, y después
de todo el no hizo realmente nada ni el viernes ni el sábado así que de
alguna forma se lo debía, sabes a lo que me refiero”. Y comenzó a dar
arañazos.
Sheila estaba riendo nerviosamente con una mano sobre su boca. "te lo
digo, a mi me pasa igual, e incluso después de un rato” aquí ella se
inclinó hacia adelante queriendo susurrarle, y entonces se rió
ruidosamente.

Fue en ese momento que Mr. Jameison de la oficina de correos Clarence
Darrow tocó el timbre de la larga, estucada, y colorida entrada de la
casa. Cuando Marsha Bronson abrió la puerta, él la ayudo a entrar el
paquete. Tenía sus formularios azules y verdes firmados y se fue con una
propina de 50 centavos que Marsha sacó de la pequeña libreta de notas
beige de su mama en el estudio.
“Qué crees que es” Sheila pregunto.
Marsha permanecía con sus brazos doblados tras su espalda. Ella clavó
los ojos en la caja de cartón café que yacía en medio de la sala. “no
sé”
Dentro de la caja Waldo se estremecía con excitación mientras escuchaba
las apagadas voces. Sheila movía sus uñas por la cinta de enmascarar que
terminaba en la mitad del cartón
”Por qué no miras la dirección de envió a ver de donde es”
Waldo sentía su corazón palpitar. Él podía sentir los vibrantes pasos, faltaba poco.
Marsha caminó alrededor de la caja la etiqueta en tinta rasgada, “Dios es de Waldo”
“Ese tonto” dijo Sheila
Waldo temblaba con expectación.
“Deberías abrirlo” dijo Sheila. Ambas trataron de arrancar las firmes aletas.
“ah” dijo Marsha gimiendo. “debió asegurarlo con clavos” forzaron las
aletas de nuevo “Dios mío necesitas un taladro para abrir esta cosa”,
ambas estaban respirando pesadamente “porque no vas por las tijeras”
dijo Sheila.
Marsha corrió hacia la cocina pero lo único que pudo encontrar fue unas
pequeñas tijeras de costura. Entonces recordó que su padre tenía una
colección de herramientas en el sótano. Corrió al sótano y cuando volvió
tenía una larga cortadora de metal en su mano.” Esto fue lo mejor que
pude encontrar” ellas estaba sin aliento “toma, hazlo, voy a morir” y se
sentó en un largo y mullido sofá y exhaló ruidosamente.
Sheila trató de hacer una hendidura entre la cinta de enmascarar y el
fin del cartón, pero el aspa era demasiado grande y no había suficiente
espacio. “al diablo con esta cosa” dijo sintiéndose muy exasperada.
Entonces sonriendo dijo “tengo una idea”, “que” dijo Marsha “sólo mira”
Dijo Sheila tocándose su cabeza con un dedo.
Dentro del paquete Waldo transpiraba excitadamente tanto que casi no
podía respirar. Su piel estaba erizada por el ardor y podía sentir su
corazón latir en su garganta, faltaba poco.
Sheila se paró justo al pie y dio la vuelta hacia el otro lado del
paquete. Entonces se arrodilló, agarró la cortadora con las dos manos,
tomó un largo respiro y hundió la larga aspa a través de la mitad del
paquete, a través de la cinta de enmascarar, a través del cartón, a
través de los cojines y justo en medio de la cabeza de Waldo Jeffers,
que se partió ligeramente y causó rítmicos arcos de rojo latiendo al sol
de la mañana.





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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 7:58 pm

DEBO VIVIR CON UN FANTASMA

desde que nos mudamos a esta casa (más de 12 años atrás) que pasan cosas extrañas.
Desde chica (2 años) que siento que llaman mi nombre mientras veo
películas en casa y, por supuesto, vivo con la sensación de que me
siguen en la oscuridad.
Pero además de la posible paranoia han sucedido cosas que no me termino
de creer: cuando era chica afirmaba que había un león en mi sala de
estar que se enojaba y me rugía si pasaba demasiado tiempo allí y aunque
suene raro juraría que sentía que me empujaba fuera del salón. En el
mismo salón encontramos una vez las ventanas corredizas salidas de sus
rieles luego de dejar la casa sola durante todo un día soleado; nos
dijeron que fue causa de un viento muy fuerte, pero por alguna razón el
hierro de los rieles cedió al viento sin que las ventanas sufrieran el
menor rasguño.
Hace dos años mi mamá estaba cocinando con aceite hirviendo y resbaló y
se le cayó la sartén, la cocina se salpicó de aceite hirviendo pero mi
mamá, que era la que tendría que haber recibido directamente el aceite,
no recibió ni una sola gota y con mi familia no nos explicamos por qué,
pero si fue un fantasma le salvó la vida a mi mamá y estoy muy
agradecida, estoy convencidas también de que suyas eran las piernas que
veo de reojo caminar a veces por mi cocina, pero cada vez que me doy
vuelta parece que fue una ilusión.
Este viernes mis amigas y yo vamos a tener una sesión de juego de la
copa y yo pienso preguntar el nombre del fantasma o, al menos,
agradecerle por cuidarnos todo este tiempo.
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 7:58 pm

BOTELLON

La semana pasada, un grupo de jóvenes decidieron salir de botellón a un
lugar especial, por así decirlo. Estaban hartos de hacerlo en sitios
públicos, porque la policía los pillaba y les regañaba, así que se
plantearon la idea de hacer el botellón en otro sitio, en una casa, una
casa abandonada cerca de su pueblo en la que hace muchos años vivía un
señor muy mayor que decían que estaba loco y que murió a causas
desconocidas.

Ya caída la noche del Viernes, se reunieron todos juntos en el patio de
aquella vieja y abandonada casa. Entraron por unas ventanas que estaban
entreabiertas y al hacerlo se encontraron en una gran habitación, se
sorprendieron al ver algo que les llamó mucho la atención. En el
desgastado suelo de aquella gran habitación había marcada con tiza, la
silueta de lo que parecía una persona, algo así como en las películas de
crímenes que cuando muere alguien, perfilan el cuerpo del muerto con
blanco. Pensaros que sería algún graciosillo que ya había entrado antes
en la casa, no le dieron mucha importancia y exploraron la casa en busca
de un buen lugar en donde emborracharse. Salieron al patio por donde
antes habían entrado, era bastante grande, había un molino conectado a
la casa que bombeaba agua, por alguna extraña razón, seguía funcionando
aún sabiendo que ya no vivía nadie allí. Se tumbaron en el césped y
sacaron las bebidas.

Se lo estában pasando genial, se reíamos mucho y hablabam de sus cosas.
Javier, uno de sus compis dijo que tenía ganas de mear, y se fue a la
parte de atrás de la casa.

Ya había pasado un buen rato, se extrañaron de que Javier no volviera,
así que fueron a buscarle por si se había caído en algún sitio o algo…
Buscaron por los alrededores y nada, no había manera. Natalia, la más
joven del grupo entró al interior de la casa por la ventana rota, de
pronto, la escuchamos gritar como nunca antes lo había hecho. Fuimos
corriendo a ver que había ocurrido, Natalia estaba llorando.

Encontramos a Javier muerto, en el suelo, su cuerpo estaba encajado en
aquella marca blanca de la silueta del crímen. No daban crédito, no
volvieron a acercarse nunca más a aquella casa. La gente que pasa por
los alrededores afirma ver a un señor enchepado, entrado en años,
recogiendo agua del molino con un pequeño cubo.
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 7:59 pm

LA CORTA VIDA DE JANE

Jane Marie Jorquen era una chica de diecisiete años, siempre le gustaba
usar faldas cortas y blusas escotadas, pensaba que sus rizos pelirrojos
lucían bien. Era una chica muy linda, los chicos la seguían mucho, era
como si los hipnotizara con sus ojos azules. Si, era linda pero lo que
tenia de niña bonita lo tenia de niña chocante y presumida. Nadie de las
chicas la aguantaba en su colegio. Ademas de que a ninguna chica la
quería como amiga, tenia otro problema, últimamente había tenido muchas
pesadillas y sueños extraños. ¿De que se trataban? todos ellos se
trataban del infierno, algo emocionante para los muchos que tienen
curiosidad de conocer ese lugar, pero era estresante para ella en un
principio, después se convirtió en algo desesperante, más tarde en algo
que la hacia enloquecer, provocaba alergia en su cerebro y a la vez en
su alma. Decidió acudir a un psicólogo, cuando la atendió, es algo
difícil de explicar, puedo decir que es como si no hubiera ido ¿por que
pagar un doctor si no saldrás de tu idea de que simplemente son sueños?
Aunque hay que admitir, soñar todos los días a lucifer no debe ser algo
tan fácil, y Jane enloquecía, sentía la misma extraña y dolorosa
sensación que sentimos cuando creemos que los sueños son reales.
Es difícil describir tal cual los sucesos que ocurrieron en toda una
semana (después de tres semanas de soñar sin parar). Pero puedo decirlo a
largos rasgos, Jane termino con su novio Thomas, reprobó los exámenes,
dejo de leer la novela que estaba leyendo, de echo quemo todos sus
libros y se veía que comenzaba a disfrutar ver las hojas ardiendo entre
las llamas. Un lunes 27 de Agosto del 2001, la madre de Jane entro a la
habitación de su hija, simplemente se desmayó. ¿Crees que seria fácil
superar ver a alguien con las muñecas cordadas y un cuchillo enterrado
al lado izquierdo del cuello?
La sangre ya estaba seca entre las sábanas blancas de la cama de Jane.
Si yo hubiera soñado lo mismo que ella, lo pensaría dos veces antes de
suicidarme.Si le tienes miedo al infierno, ¿por que empeñarte por ir a
vivir a ese lugar?. Cuida lo que haces, si piensas suicidarte en estos
días, piénsalo, cuando llegues al infierno ahí estará Jane, esperándote,
para hacerte sufrir o depende como le caigas, pasarla bien.
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 7:59 pm

LA HUIDA

Ignoro qué extraña circunstancia me ha podido llevar hasta el lugar
donde me encuentro ahora; mi confusión es absoluta; el antes y el
después se funden en un mismo tramo de tiempo. Aquí estaba cuando abrí
los ojos y desde el primer momento comprendí que mi único cometido iba a
ser el de aunar fuerza, valor y astucia para preservarme de los
peligros que me acechaban. Aquí todo es extraño: la flora, el paisaje,
los colores y las formas y hasta las sensaciones que todo ello me
suscita: todo parece nuevo, indómito y sobrenatural; un escenario hostil
creado para poner a prueba mi instinto de supervivencia.
En una ocasión: sentí que algo húmedo y viscoso se enroscaba alrededor
de mi pierna y trepaba a través de mí buscando mi cuello;
instintivamente noté como la misma fuerza que me oprimía, me estaba
arrastrando hacia un agujero de donde emergía aquel tentáculo. La
sorpresa inicial retrasó peligrosamente mi reacción, pero aún estaba a
tiempo de eludir mi inminente aniquilamiento. Por fortuna, tenía un
brazo libre y con mi espada logré partir la materia que me envolvía
liberando un fluido nauseabundo que surgió a borbotones de la parte
cercenada. Casi de inmediato: dos nuevos tentáculos afloraron de aquel
agujero inmundo y se proyectaron sobre mí, pero esta vez: mi reacción no
se hizo esperar y eché a correr para alejarme de aquella fosa con el
propósito de andar con más cautela en lo sucesivo y poniendo todos mis
sentidos en alerta.
Un olor pestilente me anunció una nueva presencia: esta vez el peligro
se presentó bajo la forma de un ser repugnante que me recordó a esas
bestias deformes que se exhíben en las ferias ambulantes. Antes de que
pudiera reaccionar: ya la tenía encima, aunque pese a todo: sus
movimientos eran lentos, por lo que no tuve dificultad en atravesar su
corazón con mi espada. Me quedé atónito al ver como aquella criatura
seguía en pie y dispuesta a arremeter de nuevo; hecho insólito que
sugería la evidencia de que el ser contra el que me enfrentaba carecía
de organos internos o de que se movía impulsado por alguna fuerza
sobrenatural.
Haciendo acopio de fuerzas y de reflejos: logré esquivarle pese a mi
estupor y esta vez: corté aquella cabeza deforme y babeante de un solo
golpe, pero de nuevo: mi sorpresa se agudizó al observar como su cuerpo
seguía en pie, agitando los miembros torpemente y moviendose
desorientado pero vivo a pesar de todo. Me alejé de allí sin saber qué
hacer y lleno de angústia cuando de repente: un tremendo alarido me hizo
parar en seco y desviar mi rumbo hacia el lugar de donde provenían los
gritos. Cuando llegué allí, la escena que contemplé, hizo que se helara
mi sangre: allí estaba mi amigo Raúl, y había sido atrapado por una
extraña y gigantesca espécie vegetal que tenía las ramas desplegadas
alrededor de su piel, apresandole con fuerza.
Me disponía a liberarlo cuando ví a mi otro amigo, Santiago siendo
engullido por el fango pestilente de la ciénaga; esta lo iba tragando
lentamente como una enorme boca gelatinosa, pero cuando me disponía a
partir una gruesa rama para acercársela y que pudiera agarrarse a ella:
escuché su voz desfallecida imprecándome:
No intentes ayudarme: ya es demasiado tarde para nosotros pero tú eres
fuerte: no pierdas el tiempo intentando salvarnos: busca tu propio
camino y recuerda lo que sucedió tras la fiesta; sólo así lograrás
comprender…
Abandoné a mis amigos a su suerte mientras meditaba sobre las palabras
de Santiago antes de que fuera succionado por el fango de aquella
ciénaga: “busca tu camino; recuerda lo que sucedió tras la fiesta: sólo
así lograrás comprender”: pensé que hasta ese momento, me había limitado
a luchar y a huir, sin plantearme la procedencia ni la naturaleza de
los peligros que me acechaban, pero en ningún momento me había ocupado
en recordar…
Íbamos los tres en aquel coche: Raúl, y Santiago iban delante, yo me
encontraba detrás: cruzábamos la carretera a gran velocidad cuando de
repente: dos enormes faros nos cegaron; el coche hizo un giro brusco y
se salió de la carretera, volcó y comenzó a dar vueltas sobre sí mismo:
yo sentí como una fuerza sobrehumana me impulsaba hacia fuera,
proyectándome a través del parabrisas mientras el coche se precipitaba
hacia el fondo del barranco.
Pero si lograba recordar ese momento con nitidez, entonces: ¿Porqué no lograba averiguar como había llegado hasta allí?.
Y mientras pensaba: mi entorno iba cambiando de configuración, siguiendo
extraños dictados que quizás iba guiando yo mismo de forma
inconsciente.
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 8:00 pm

LA ISLA DE LAS CUCHILLAS

Naufragamos en los rompientes de una ignota tierra, pues navegamos a la
deriva durante muchos días; en alta mar nos sorprendió un misterioso gas
que nos adormeció por completo, como en un letargo parecido a la
muerte. Por desgracia la doctora Evelyn no pudo despertar, y ya en
descomposición, tuvimos que arrojarla por la borda muy a nuestro pesar.
Me llamo Eduard, y mis compañeros, Alfred y Guilfred, éramos los
afortunados naufragos.
Decidimos adentrarnos, explorar aquellos predios desconocidos y muy
posiblemente salvajes. Había muchos árboles frutales, y saciamos nuestro
hambre y nuestra sed acuciantes. También encontramos una pequeña laguna
de cristalinas aguas, y nos bañamos con enorme regocijo. Tras una hora
de descanso, continuamos explorando el interior. En un momento dado
oímos como unos cánticos, aunque bastante lejanos. Guilfred abogó por
retroceder, pero yo y Alfred decidimos continuar; Guilfred no se separó
de nosotros por no quedarse solo. A cada paso que dábamos, aquellos
cánticos se hacían más fuertes y tremebundos, enloquecidos, como
emanados por gargantas endemoniadas. Llegamos a una pronundiada loma, y
ya en la cima, lo que divisamos nos hizo quedar atónitos, pues en un
gran círculo de arena, contemplamos un nutrido grupo de nativos
negroides, vociferando innombrables cánticos, y saltando como posesos,
despegando sus desnudos pies del suelo más de un metro; por su puesto
que no podíamos comprender el motivo de aquel blasfemo ritual, ni de sus
portentos saltarines. Más alucinados nos quedamos, cuando de repente
empezaron a salir del suelo, unas enormes, delgadas y afiladas cuchillas
resplandecientes, las cuales desaparecían y volvían a surgir ya
ensangrentadas con vertiginosa velocidad, al igual que iban cayendo
aquellos desgraciados ya sentenciados nada más ser concebidos, no quedó
ni uno vivo, ni siquiera mal herido. Nos quedamos pálidos y
empavorecidos.
Por supuesto que decidimos retornar a la playa para intentar salvar
nuestras vidas en gravísimo riesgo. A pesar de ir sin demora, no
dejábamos de mirar por donde pisábamos, tal era nuestra psicosis por
las atrocidades contempladas in situ. Llegamos a la laguna, y Alfred se
detuvo para beber un poquito; yo y Guilfred le gritamos que ni se le
ocurriera acercarse tanto, pero por desgracia, nada más arrodillarse y
coger agua con las manos unidas, por debajo de su barbilla entró una
larga y afilada cuchilla que le salió por la tapa de los sesos, ambos
quedamos petrificados por tan horrendo episodio. Pensamos, que si nos
movíamos podíamos correr la misma suerte mortal. Como no teníamos otra
opción, continuamos nuestro camino, conscientes de quedar ensartados en
cualquier momento.
Llegamos a la ansiada playa al borde de un ataque de nervios; teníamos
que llegar a los tablones sí o sí. Le comenté a Guilfred que avanzáramos
con suma cautela, cuando de repente, mi amigo cayó de bruces al
atravesarle una enorme flecha la cabeza por la nuca. Me giré espantado
nuevamente, y vi a menos de doscientos metros un nitrido grupo de
nativos también negroides, pero emplumados y pintarrajeados, armados con
arcos y flechas. Seguidamente el cielo se nubló por la lluvia de
flechas que se me avecinaba. Corrí, corrí como un loco y alcancé el
agua, aunque recibiendo cinco flechazos, pero con fortuna, en ninguna
zona vital, ni que me impidiera nadar, nadar y nadar lo más rápidamente
que pude en mi lamentable estado. Al fin subido a un considerable tablón
miré la costa, y aquellos salvajes seguían lanzándome sus ya
inofensivas flechas, y abandoné aquella tierra donde la vida humana no
valía nada.
Tras una fría y larga noche, sólo acompañado por las estrellas y la
luna, aunque soportable por mi afán de supervivencia, ya con la
clariadad de la amanecida, fui rescatado por un barco mercante que se
dirigía a Nueva Zelanda. Muchas veces he narrado estos truculentos
acontecimientos, pero nadie me ha creido. Así es la vida.
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 8:01 pm

ALMA DE PAYASO

Un repentino arrebato de tos ocasiona que mis ojos se aparten un
instante de la carretera y que el coche de un ligero bandazo, apenas
perceptible, pero suficiente como para que me cague de miedo.
Estoy convencida de que mi corazón va a detenerse de un momento a otro; nada puede latir tan deprisa sin colapsarse.
No recuerdo la última vez que lloré así, y además, estuve tan asustada.
Quizá cuando rompí con mi primer novio. Madre mía, hace una eternidad de
aquello. Cómo puede haber pasado tanto tiempo.
Ten cuidado. Mira la carretera. No es momento de ponerse nostálgica.
Ahora, celulítica perdida, un poco amargada y a un paso de que se me
pase el arroz para tener el bebé que dije que tendría antes de los
treinta; y sobre todo, pasada media hora desde que discutiera con Fran,
mi novio —ese enorme gilipollas, incapaz de darse cuenta de las cosas a
tiempo—, transito por una carretera de montaña —anegada de agua y mal
iluminada—, mientras oigo el enloquecedor traqueteo que provocan las
gotas de lluvia, al chocar contra la superficie del techo de un coche
que compramos juntos —sí, ese enorme gilipollas, incapaz de darse cuenta
de las cosas a tiempo; y yo, sufrida novia de ese enorme gilipollas,
incapaz de darse cuenta de las cosas a tiempo.
Mira la carretera...
Qué tonta, debí esperar. Pero, así soy. Tiendo a ser demasiado
impulsiva. En todo. Si me detuviera a pensar las cosas dos veces, quizá
no hubiese cometido tantos errores a lo largo de mi mísera vida. Hasta
puede que aún estuviera dentro aquella maldita casa, donde seguro que
todavía debían de estar celebrando la estúpida fiesta de Nochevieja; en
lugar de dentro de un coche que apenas he conducido una docena de veces,
en medio de no sé dónde, soportando una de las peores tormentas que
jamás haya visto.
Los limpiaparabrisas van y vienen, pero la visibilidad no mejora un ápice.
Es tarde para rectificar, me digo, resignada.
De cara a la galería, mi manera de salir de escena durante la discusión
con Fran, había sido digna de una estatuilla de la academia.
Fíjate en la carretera. Te estás dejando llevar por los nervios. Estás
alterada. La carretera, eso es lo único importante. Lo demás, puede
esperar.
Cómo pude ser tan idiota.
Te estás distrayendo con tonterías. Concéntrate…
A efectos prácticos, metí la pezuña hasta el fondo. Y no sólo porque,
después de las burradas que dije, difícilmente podré retractarme de lo
dicho; si no, porque, tras semejante espectáculo, enseguida supe que no
podría esperar a que escampara, o al día siguiente, para marcharme de
esa asquerosa fiesta. No, la dignidad me indujo a tomar el abrigo y
salir de aquella infecta casa, mordiéndome los labios para no romper a
llorar y desplomarme, allí mismo, delante de todos, como una niñita mal
criada, que sólo quiere llamar la atención de los adultos que le rodean.

Déjalo para más tarde. Lo único que importa ahora es llegar sana y salva
a casa, para poder llorar y comer como una cerda. Ya habrá tiempo de
sentir lástima, cuando estés resguardada en casa.
No debe de ser bueno conducir así. Las manos no dejan de temblarme sobre el volante.
Para el coche en la cuneta y llama a Fran. O al menos, inténtalo.
Probablemente vendrá a buscarte con el coche de algún amigo, a pesar de
las cosas terribles que le gritaste.
Me encantaría hacerlo. Y de no ser por el orgullo, lo haría. Vamos, qué
si lo haría. Ahora mismo. Daría media vuelta y regresaría a la maldita
casa. Pero no puedo.
En la vida me hubiera imaginado un final más desagradable para una
relación. Con Fran, no. Imposible. Salíamos desde hacía siete años, y
convivíamos, desde hacía más de tres. Y todo había sido maravilloso.
Allá tú, es tu vida. Si quieres salirte de la carretera y matarte, tú misma.
Fran me había obligado a ir a la estúpida fiesta de Nochevieja que
organizaban sus amigos. Sabía de sobra lo doloroso que era para mí ver
como la gente se pone hasta el culo de alcohol y dicen chorradas que
sólo resultan divertidas si estás tan ebrio como quien las dice.
Supongo que la rara soy yo. Todo el mundo bebe. Aunque imagino que, si
cualquiera de aquellos idiotas, hubiera visto como su padre, lleno de
tubos y postrado en una cama de hospital, días antes de morir, seguía
aferrándose, con uñas y dientes, a la idea de que no era un alcohólico,
quizá se les atragantará un poco las ganas de reír.
Por eso mismo, me extrañó que Fran adoptara una postura tan
intransigente con respecto a la fiesta. Fue la primera vez que no
atendió a razones. Hasta ese momento, siempre había sido bastante más
razonable que yo.
Yo voy a ir, dijo. Tú haz lo que quieras.
Después de soportar varios encontronazos con un par de salidos que no
conocía de nada y que iban bastante pasados de vueltas, me enteré, por
boca de terceros, de porqué Fran llevaba más de media hora desaparecido.
Sus amigos le habían dejado, a él y a una antigua novia que tuvo —a
quien llevaba años sin ver—, encerrados en una de las habitaciones del
piso superior, para que se pusieran al día.
Morirse no es cosa de broma. Mira la carretera, por favor.
Cuando bajaron los dos, le exigí una explicación. Fran me dijo que no había hecho nada y que no tenía por qué justificarse.
No pude más. Delante de todos, le pedí las llaves del coche, profiriendo
toda clase de insultos; dirigidos, tanto a él, como a su ex novia. Me
pasé. La puse de guarra para arriba. Fran miraba, estupefacto. Entonces,
sin decir nada, me arrojó las llaves. Yo braceé, para cogerlas al
vuelo, pero no fui capaz de atraparlas. Las llaves cayeron al suelo,
tras golpear el dorso de mi mano derecha. Con la mayor dignidad que pude
—que no fue mucha, dado mi estado de nervios—, me incliné, las recogí y
me marché, sintiéndome observada por todos, e incapaz de dejar de
sollozar.
Nunca me había sentido tan humillada.
Te lo advertí. Dije que mirarás la carretera...
Al salir de una curva, doy un volantazo y pierdo el control, instantes
antes de ver cómo el morro del coche colisiona contra algo que soy
incapaz de identificar, porque desaparece de mi campo de visión en
cuestión de décimas de segundo.
No tengo tiempo siquiera de chillar.
Un estruendo metálico, precedido del lamento de la goma de las llantas
contra el asfalto, y la gravedad tira de mí hacia delante.
El airbag salta y me golpeo contra su superficie hinchada. Siento un
latigazo seco y luego un dolor frío, como si me ardiera el hombro,
cuando el cinturón de seguridad se bloquea. Y luego, nada. Sólo
silencio. Un silencio helado, frío, antinatural, que se prolonga en el
tiempo, hasta que me oigo respirar de nuevo.

No sé cuánto tiempo ha pasado, o si he perdido la consciencia. Mi
respiración suena pausada; pero mientras aparto la cabeza del airbag y
me incorporo —impresionada y aturdida aún— noto como se torna
precipitada; como si me faltara el aire, o como si algo se hubiera roto o
desgarrado dentro de mí.
Sin darme cuenta de lo que hago, abro la portezuela que queda a mi izquierda y salgo trastabillada del coche.
Intentó andar, alejarme lo máximo posible, como si la distancia con el desastre pudiera calmar mis nervios.
En seguida compruebo que, en apariencia, no me he roto nada. Aunque la cabeza me duele muchísimo, y todo da vueltas.
No llego lejos. Un paso precario, basta para que mi cuerpo se desequilibre y mis huesos se estrellen contra el suelo.
Trato de levantarme del asfalto. Mientras lo hago, siento como una
sustancia húmeda resbalaba por mi sien izquierda. Quiero creer que se
trata de las gotas de lluvia. Aunque, por el tacto viscoso, bien podría
ser sangre brotando de una herida. Debo quitarme esa idea de la cabeza.
Me horroriza la sangre.
Si empiezo a ver sangre, no sé si voy a poder centrarme. Además, una
brecha en la cabeza puede ser síntoma de que un golpe ha sido más grave
de lo que se piensa en un principio.
Así que olvido la sangre y busco el coche con la mirada.
El coche está destrozado, literalmente empotrado contra un grueso árbol,
plantado a escasos metros de la orilla exterior del final curva. El
capó, doblado hacia dentro, como si tratara de abrazar todo el diámetro
del tronco del árbol, apenas dañado tras el impacto. Las luces de los
faros, aún encendidas, proyectan el humo que asciende sin pausa, desde
el capó hundido, hasta la cima del cielo nocturno.
Soy incapaz de dejar de temblar y dar bandazos al caminar.
En cuestión de segundos, bajo la lluvia torrencial, mi ropa se ha
calado. Asustada y muerta de frío, regreso al coche y, sin dejar de
llorar, trato de encontrar mi bolso, apoyando la rodilla izquierda
encima del asiento del conductor.
Ni loca, pienso entrar otra vez en el coche.
Encuentro el bolso, caído a los pies del asiento del copiloto. Abro la
cremallera y rebuscó en su interior. Entonces, sacó mi teléfono móvil,
mientras me cuelgo del hombro el asa del bolso, alejó mis pasos de nuevo
del coche y miro la pantalla del celular.
Alcanzo la cuneta, convertida ya en barrizal, sin romperme la crisma. Como imaginaba, el móvil no tiene cobertura.
Aún sabiendo que no puedo establecer conexión, intentó llamar cuatro o cinco veces más, antes de darme por vencida y desistir.
Desesperada, decido volver al coche. Me estoy calando y no soporto el frío.
La llave sigue puesta en el contacto. Me siento en el asiento del
conductor, sin meter los pies, procurando mantener la portezuela
entreabierta, y trato de arrancar el motor. Giro la llave durante mucho
más tiempo del que es necesario. No va a arrancar, lo sé. Estoy
convencida de ello.
Intento pensar. Qué puedo hacer ahora. Qué opciones tengo. La lluvia,
como consecuencia de la ventisca, se está colando en el interior del
coche y me está mojando. Más que me pese, meto las piernas y cierro la
portezuela.
Estar dentro del coche con el que me acabo de estrellar, me pone la carne de gallina. Pero no se que otra cosa puedo hacer.
Dudo que sea una buena idea permanecer mucho tiempo aquí. No puedo
encender las luces de posición ni de emergencia y estoy parada en una
curva sin visibilidad.
El chaleco, maldita sea. Lo olvidé. Busco por los asientos, y lo
encuentro, tirado en los asientos traseros. No sé cómo habrá llegado
ahí. Me lo pongo.
Por un momento, se me pasa por la cabeza la idea de regresar a pie.
Desandar lo andando. Enseguida lo descarto. Sería una locura. Además, si
me pierdo lejos del coche, entonces, será imposible localizarme. Lo
único que puedo hacer es quedarme cerca y esperar a que alguien pase o
que se haga de día.
El reloj del móvil me indica que son más de las doce de la madrugada
aún, con lo que, siendo invierno, me quedan un montón de horas hasta que
amanezca. Me puedo morir de frío, si espero aquí. Pero qué otra cosa
puedo hacer.
Pensando en las horas que me quedan por delante, trato de acomodarme en
el asiento del conductor, cuyo espacio se ha visto considerablemente
reducido después del accidente, mientras intento no pensar en lo que
ocurrirá si algún coche no me viera y se me llevara por delante. Sé que
es una probabilidad remota. No me he cruzado con un solo vehículo, desde
mi melodramática espantada. Pero eso, no me hace sentir más tranquila.
Cierro los ojos, inclino un poco la cabeza y comienzo a masajear a la
vez las sienes de mi frente, valiéndome de las yemas del pulgar y el
índice de la mano derecha. El dolor de cabeza no remite.
Dios, empiezo a estar realmente asustada.
Abro los ojos, y alzo la cabeza.
¿Contra qué choqué antes de hacerlo contra el tronco del árbol?
Miro a través del parabrisas.
Una espesa cortina de lluvia me impide ver más allá de dos o tres
metros, pero el resplandor de los faros posibilita que pueda vislumbrar
algo tirado en la cuneta embarrada. No puedo distinguir lo que es, desde
el interior del coche. Decido salir otra vez. Necesito ver contra qué
he chocado. Podría ser una persona.
Tras abandonar el coche, sólo necesito avanzar un par de metros bajo la
lluvia para darme cuenta de lo que es. No puede ser verdad. Entonces,
sonrió, incrédula, al borde de la lágrima. Es demasiado absurdo.
Hay un carro de la compra volcado. De esos grandes, de metal, de los que
tienen cuatro ruedas. Uno de aquellos armatostes enrejados con ruedas
en los que mi padre solía subirme de niña, siempre que mi madre no
miraba, claro, cuando los tres íbamos a hacer la compra del mes al
supermercado.
Dentro del carro, hay una especie de muñeco enorme, tumbado de costado
en una postura bastante antinatural. Parece un payaso. Sí, debe de ser
un payaso.
Menos mal que no es una persona.
Oigo un gemido. Enseguida comprendo que estoy equivocada. Lo que yace
encima de la cuneta, no es un muñeco, ni mucho menos, sino un hombre
disfrazado de payaso.
Fruto de la compresión, echo a correr, de manera muy poco ortodoxa, y me
arrodillo junto al cuerpo caído. El payaso tiene los ojos cerrados y no
sé si respira. Instintivamente, pongo mi bolso en el regazo, para que
no se manche de barro —como ya lo están mis rodillas y medias
desgarradas—, y trato de encontrar la tarjeta del abono transporte.
Tardo una eternidad en encontrarla, pero al final lo hago. Estaba metida
en un bolsillo en el que creía haber mirado ya. Pongo la tarjeta
plastificada cerca de sus labios. La superficie queda impregnada de
vaho. Respira. Vale, y ahora qué.
No me atrevo a tocarlo, pero acercó mi cara, con precaución. Le observó
detenidamente, durante unos segundos. Siento curiosidad y miedo. Tiene
la cara ensangrentada, pero no veo ninguna herida. Entonces, me doy
cuenta de que bajo su cabeza hay esparcidos algo viscoso. Parecen
pedacitos de una especie de masa descompuesta; una sustancia pastosa,
aplastada contra el suelo, que se asemeja a la carne. Que no sea su
cerebro, Dios, que sea cualquier otra cosa.
Miro a un lado y a otro, rezando para que se me ocurra qué hacer. Nunca
me he visto implicada en un accidente de tráfico, y no sé cómo tengo que
comportarme. Todo lo que sé, son por los vagos recuerdos que guardo de
la autoescuela y de un curso de monitor de ocio y tiempo libre que hice
hace una eternidad.
Supongo que debería proteger la zona, avisar a los servicios de
emergencia y no tocar el cuerpo, porque el herido no está en peligro de
ser atropellado o provocar un accidente mayor. Pero, claro. No hay
manera de avisar a una ambulancia, y este hombre vestido de payaso se me
va a morir. Tengo que hacer algo. Lo que sea. Pero qué puedo hacer yo.
Cómo puedo ayudarle.
Al volver los ojos, veo que el payaso me está mirando. Casi me muero del susto.
Dios, tranquilízate. Has salido indemne de un accidente de tráfico y te vas a morir de un sobresalto.
El payaso intenta hablar, decir algo, pero sólo es capaz de toser y
expulsar sangre. Quiero preguntarle, pero el miedo me antenaza de tal
forma, que me veo incapaz de hacerlo. Las palabras no salen de mi boca.
El payaso vuelve a intentar comunicarse conmigo, y esta vez, logra
susurrar algo. Creo entender lo que dice...
Vete.
La sangre mana de su boca convulsa y sus ojos miran más allá de mi
hombro izquierdo, hacia algo que debería encontrarse situado justo
detrás de mí.
¿Vete?
Temo volverme, pero creo oír algo, amortiguado por la distancia. Sí, el
traqueteo de unas ruedas metálicas, girando sobre la gravilla suelta de
la carretera.
¿Ha dicho vete?
Parece que no me queda más remedio que mirar. Me decido. Espero que sea ayuda.
Miró por encima del hombro. Ahora estoy segura… alguien se acerca.
Aunque no logro distinguirlo, desde esta distancia. Sólo soy capaz de
ver una enorme silueta negra, de contornos trémulos, que empuja un
carrito de la compra, idéntico al que se encuentra tirado parcialmente
encima del cuerpo del payaso. Hago ademán de acercarme a quien quizá
pueda ofrecerme auxilio, pero el pánico que su presencia despierta en el
payaso, y lo dicho por este —Vete—, me induce a ser prudente.
Abandono el cuerpo caído del payaso, y me dirijo al coche, fingiendo que no he visto al extraño.
Tranquila, no corras. Que no se note que estás asustada.
Miro de reojo. La figura oscura sigue acercándose, sin acelerar ni
aminorar su marcha. O no me ha visto; o mi presencia le importa una
mierda.
Entro en el coche. Echo el seguro de todas las puertas.
A medida que se aproxima, el fondo borroso de la figura —alta, delgada, y
ligeramente encorvada— va cobrando mayor nitidez. Intuyo que se trata
de un hombre, dado su tamaño. Va vestido por completo de negro. Envuelto
en un abrigo largo o una especie de capa. Intento reconocer sus
facciones faciales, pero una gruesa bufanda y un gorro de lana —calado
hasta las cejas— me impiden ver su cara con claridad. Sólo puedo ver sus
ojos, prácticamente cerrados, de un color grisáceo, como si estuviera
ciego.
Debe de tratarse de un vagabundo. A su paso va dejando un reguero de
agua. El carrito de la compra está vació; cosa rara, pues, normalmente,
los pocos vagabundos que se ven por las calles de la ciudad, empujando
uno, suelen llevarlo cargado hasta los topes de bolsas.
Miro la pantalla del móvil, esperando que se produzca cualquier clase de
milagro. Aparece una sola raya de cobertura, de tres que debía haber.
Mierda.
Me asomo de nuevo, con cuidado, acercando mi cara a la ventanilla. Dónde
está. Sólo veo el carrito, detenido a cinco o seis metros del coche. Ni
rastro del vagabundo. ¿Dónde se ha metido?
No debo perder los nervios. Necesito estar espabilada y tranquila.
Mientras me muevo sobre el asiento delantero, observo el exterior a
través de todas y cada una de las ventanas del coche.
Los cristales empañados y la falta de luz no ayudan. No puede haber
desparecido por arte de magia. Tiene que estar en alguna parte.
Un estallido brutal me hace dar un respingo sobre el asiento y mi
coronilla choca contra el vidrio de la ventana de la portezuela del
conductor. Por el rabillo del ojo, puedo ver cómo el vidrio de la
ventana del copiloto se agrieta y se hunde. Antes de que pueda hacer más
que temblar, un segundo, un tercero y hasta un cuarto golpe es asestado
contra su superficie. Al cuarto o tercer golpe, el vidrio revienta y
una lluvia de cristales salen despedidos hacía mí. Cierro los ojos, por
instinto. Demasiado tarde. Noto una punzada de dolor, y siento como hay
algo se clava en uno de mis ojos.
Trato de abrir el ojo herido, pero no puedo. Si intento alzar el
párpado, la visión del ojo se distorsiona y el dolor aumenta. Mi cara
debe de estar cubierta de sangre.
Quiero gritar. Siento que me ahogo, que me falta el aire. Soy incapaz de respirar. Boqueo, como un pez fuera del agua.
Muda de terror, veo como penetra en el coche el extremo de una tubería
oxidada, cuyo canto limpia los restos de vidrio que quedan aún
esparcidos por el marco de la ventana. La tubería desaparece, y en su
lugar aparece una mano, mugrienta y empapada, mientras que yo sólo puedo
fijarme la suciedad que tiene bajo las uñas, largas y deformadas. Sus
dedos levantan el seguro y busca a tientas el tirador de la puerta.
Consigo salir de mi ensimismamiento por un segundo. Suficiente. Aparto
la mirada de aquellas uñas repulsivas, y echo mano del tirador de la
puerta del conductor. Tiro de él. La maldita puerta no se abre. Estoy
tan alterada que no soy capaz de quitar el seguro. Miró, una y otra
vez, hacia atrás, pensando que en cualquier momento va entrar o estirar
el brazo y me va a atrapar o golpear. Logro levantar el seguro.
Una décima de segundo después, mientras mis manos abren por fin la
puerta, justo cuando mis pies están tocando el asfalto, noto un fuerte
dolor y siento como salgo lanzada hacia atrás. Mi cabeza golpea contra
una superficie mullida; creo que es el asiento del copiloto. Mi espalda
se clava contra la superficie de plástico que separa los asientos
delanteros. Duele. Trato de zafarme de la presa del vagabundo. Me golpeo
contra la palanca de cambios. Me tiene agarrada por los pelos. Siento
como si se me despellejaran literalmente la piel, pero sigo forcejeando,
tirando hacia delante, mientras lloro, pataleo y araño.
No sé cómo, logro incorporarme.
Un segundo, libre. Aprovéchalo.
Echo a correr fuera del coche. Según salgo, doy un traspié y mi boca
choca contra el asfalto encharcado. Me revuelvo y me deshago de los
zapatos de tacón. Retomo la carrera, y me dirijo hacia la cuneta
embarrada, al otro lado de donde se encuentra el payaso, cuán rápido
puedo.
No quiero llevar a ese loco a donde está él, por lo que corro en sentido contrario a dónde está el payaso.

Incapaz de mirar atrás, sólo puedo concentrarme en correr. Siento un
dolor horrible con cada nueva zancada y tengo la impresión de que las
cosas se mueven a mí alrededor como un carrusel. La cabeza me va a
estallar. Además, tengo ganas de vomitar.
Cuando he recorrido lo que imagino que son más de cincuenta metros,
reúno el valor suficiente para girarme; eso, sí, sin dejar de correr. El
vagabundo me sigue, caminado deprisa, cada vez más. Pero en ningún
momento da la impresión de echar a correr. Parece que tiene una pierna
más corta que otra. Da miedo verle caminar de esa manera. Pero eso puede
ser una baza a mi favor.
Miro a mí alrededor, rezando para dar con algo que despierte mi ingenio o
me dé una pista de qué hacer. Sólo quiero alejarme de ese maldito
vagabundo. Tengo dos opciones. Puedo adentrarme en el bosque, el cual
se extiende más allá de la cuneta y esconderme hasta que se haga de día;
o bien, seguir corriendo por la cuneta, sin apartarme de la carretera, y
esperar a que algún coche se cruce conmigo y me saque de este infierno.
Descarto rápidamente la idea de seguir por la carretera. Recorrí en mi
coche esta carretera durante casi una hora y no me crucé con ningún
otro.
Decido, y entonces, me desvío de la cuneta, casi lanzándome de cabeza hacia el terraplén.
Barro, hojarasca, piedras, raíces y arbustos, todo sale a mi paso.
Corro lo más rápido que puedo, internándome en el bosque. Para mi
sorpresa, a pesar de unos cuantos traspiés, no termino mi maniobra
rodando pendiente abajo.
Dentro del bosque, trato de caminar por encima de las hierbas, para no dejar huellas en el barro.
Después de un rato zigzagueando, sin ningún sentido, me escondo detrás
del tronco de un árbol retorcido y grueso. No puedo correr más. Si sigo
se me van a salir los pulmones por la boca. Estoy exhausta.

Pego la espalda al árbol, y espero. Trato de acallar la respiración,
cosa bastante difícil. Me asombra no haber muerto ya. Estoy reventada de
correr y sólo puedo pensar en que hay un hombre enorme, con una tubería
oxidada en ristre, que me quiere matar.
Aparto con cuidado los pequeños trozos de vidrio clavados en la piel de
mi cara y cuello. Puedo abrir el ojo que recibió el impacto, por fin. Lo
toco con cuidado y me doy cuenta de que está pegajoso. El trozo de
cristal debe de haberse desprendido durante la carrera. Aunque la visión
sigue siendo borrosa.
Escucho con atención. Todo está en silencio. Sólo puedo oír el ruido de
la lluvia y el batir de hojas y ramas del viento. Ni rastro de vida
animal o humana. Lo cual resulta bastante extraño.
Pasado un rato, decido asomar la cabeza, con cuidado, y hecho un vistazo
a los alrededores, con la esperanza de no encontrar a nadie. Siento
cierto alivio. No veo por ninguna parte a mi perseguidor. Entonces, me
recuesto contra el tronco, y me dejo caer, abatida, hasta que me quedo
sentada, encima de una piedra, con la espada apoyada contra la madera
pegajosa del árbol.
Miro el chaleco reflectante. Qué idiota soy. Me lo quito y lo entierro
en el barro. Trató de pensar. Necesito salir de ésta. Tengo que hacer
algo.
Recuerdo que mi mano esta aferrada a un objeto. Miro, aunque mi mente,
ya sabe qué es, y veo el teléfono móvil, preso entre mis dedos. Lo alzo a
la altura de mis ojos y compruebo que hay un par de rayas de cobertura
en la pantalla.
Tengo que dejar pasar un par de segundos para comprender que quizá pueda
llamar. Entonces, selecciono y marco el número de Fran, mientras trato
de tapar el fulgor azul que desprende la pantalla del móvil cubriéndola
con la palma de mi mano libre.
Escucho el tono de llamada.
Vamos, vamos, vamos…
¿Hola?, dice una voz de mujer. Me quedo pálida. Alma, ¿eres tú? Fran ha
ido ha… Cuando comprendo de quién puede tratarse, aprieto el botón y
corto la llamada.
El miedo se transforma en rabia. Está con la zorra de su ex. Después de
que me fuera, se quedó con esa guarra. Hijo de la grandísima puta. Jamás
imaginé que me harías eso. Bueno, sí, lo imaginé; pero nunca creí que
pudiera hacerlo.
Olvídalo. No es el momento. Céntrate en salvar tu vida. Si no puedo contar con él para salir de aquí, estás sola.
Bueno, sí puedo. Pero no quiero volver a ver a ese mal nacido.
Oigo ruido de hojas. Espera, espera, espera… necesito un poco más de tiempo, por favor.
Miro con extremo cuidado. Ni rastro del vagabundo. Eso es bueno.
Aunque no quiere decir que no esté aquí, en alguna parte, escondido, acechando....
Espera, ya sé.
Comienzo a marcar el teléfono de los servicios de emergencia y me llevo
rápidamente el móvil a la oreja. Tras un segundo eterno de espera, salta
la grabación de una voz femenina, la cual me dice que estoy fuera de
cobertura o que el teléfono al que llamo está apagado.
Corto la llamada, enrabietada, y miro la pantalla del móvil. No hay
ninguna raya. Está fuera de servicio. Cómo puede ser, si hace un segundo
tenía cobertura.
Vuelvo a mirar. El vagabundo aparece, a un par de metros escasos de
donde me encuentro escondida. Me quedo helada. Aguanto la respiración y
trato de no moverme. Puedo oír el chasquido de las ramas que tienen la
desgracia de cruzarse con ese desgraciado. El ruido de la maleza aumenta
su volumen, a medida que se aproxima.
Tengo que salir de aquí, sin que me vea.
Me asomo. Por fin puedo verle el rostro, desde aquí. La bufanda se le ha
aflojado, dejando al descubierto gran parte de su cara. Tiene una faz
alargada y huesuda, poblada de una barba encrespada y llena de
trasquilones. Camina con una mano delante, mientras que, con la otra,
sostiene la tubería oxidada, la cual balancea de un lado a otro, como
un bateador de béisbol, nervioso ante el próximo lanzamiento.
Da la impresión de no ver bien. Siempre lleva la mano libre alzada, por
delante de su cara, y tantea todo los árboles y ramas que salen a su
paso, con bastante torpeza. La boca la mantiene abierta y la punta
lengua ligeramente fuera, asomada entre sus labios agrietados, como si
le costara respirar. Pero lo que más me llama la atención, y me asusta
de verás, es la ausencia de expresión en su cara. Parece muerto, no hay
atisbo de tensión en sus músculos faciales.
Decidido. Tengo que salir de aquí cuánto antes. Comienzo a moverme. Lentamente. No te precipites.
Cuando logro incorporarme, corro en dirección contraria a donde, creo, se encuentra el vagabundo.
Es importante no volver sobre mis pasos, a pesar de las consecuencias que puedan derivarse de dicha acción.
Me adentró, más aún, en las profundidades de un bosque que no conozco, y me alejo del coche siniestrado.
Ahora sé, que sólo podré salir de ésta, por mí misma.
En todo este tiempo no ha parado de llover, y mi ropa está tan empapada
que no sé si voy a poder soportar el peso. Estoy extenuada. Corro sin
parar de un lado a otro. No quiero mirar atrás. Con el ruido que hago,
no puedo oír nada más, y no sé si el vagabundo ha salido en mi
persecución o no.
Da igual, no puedo parar de correr. Tengo todo el cuerpo cubierto de
barro, sangre y arañazos. Mientras corro, miro constantemente la
pantalla del móvil, con la esperanza de que pase por un sitio donde haya
cobertura.
A mi izquierda, me parece atisbar luz. Quizá me haya acercado a un tramo
de la carretera, y el punto luminoso provenga de los faros de un coche.
Es una posibilidad muy remota, pero decido aferrarme a ella. Si sigo
corriendo, sin ninguna referencia, puedo perderme en el bosque o toparme
de bruces con mi perseguidor.
Corro hacia la luz. Giro a la izquierda. Veo un terraplén. Asciendo por
él, valiéndome de pies y manos para superar su pendiente. Entonces, todo
mi mundo se viene abajo. Me rindo. No puedo más. Esto es absurdo.
La luz, que creí ver, no es más que la emitida por los faros de mi
propio coche, estrellado, exactamente, contra el mismo árbol, en el
mismo lugar, donde tuvo lugar el accidente. He debido de correr en
círculos.
Ahora, qué.
Estoy justo donde empecé.
Espera, espera un momento. Puede que el vagabundo esté lejos de aquí.
Sí, quizá lo hayas despistado o se haya perdido en el bosque. Quién te
dice que el conocía mejor la zona que tú. O incluso puede que piense que
yo no sería tan tonta como para volver aquí y ni se le pase por la
cabeza regresar al punto de partida.
Recuerdo al payaso. Echo a correr. Quizá siga vivo. Me detengo, estupefacta.
No está. Ni rastro de él. El payaso y los dos carros de la compra han desaparecido.
Si no fuera por las contusiones, la sangre y el dolor de cabeza, juraría
que lo he imaginado todo. No, no puede ser. La ventanilla del coche
está reventada desde fuera. Aunque, claro, pudo haberse quebrado durante
el accidente. No, no puedo pensar eso. No estoy loca. Lo que me está
pasando es real.
Empiezo a girar sobre mí misma, hacia el terraplén, tratando de ordenar mis pensamientos.
Creo que me he escapado. No sé cómo; pero sí, puede que quizá me haya
librado. Sonrió levemente. Un tío ha tratado de matarme y he escapado.
Lo he conseguido. No sé cómo, pero lo he hecho. No imaginaba que fuera
capaz de algo así. De verdad, existía. La sangre de mi cara y la
ventanilla del coche lo demuestran. Esta noche han intentado matarme, y
he logrado salvarme.
Oigo un ruido, que sólo soy capaz de identificar cuando mis pies se
despegan del suelo. El mundo se pone del revés y mi cabeza golpea contra
el asfalto. Veo cómo una tubería oxidada cae a mi lado, produciendo un
chapoteo metálico. Siento un frío atroz, pero distinto al que he
experimentado hasta ahora. Por más que lo intento, no puedo moverme.
Observo, impotente, como se acerca el vagabundo.
Puede que esté respirando, pero sé que ya estoy muerta. Cuando lo tengo
encima, noto como se inclina hacia mí y huelo el hedor de su aliento —a
un palmo escaso de mi cara—. Está vivo. Nada muerto puede oler tan mal.
Me doy cuenta de que, mientras se inclinaba, ha recogido la tubería
oxidada, con su mano izquierda. Pero sólo soy consciente de que eso ha
sido así, cuando la veo alzarse, preparada para caer sobre mí.
Trato de suplicar, pero sólo soy capaz de balbucear.
Nunca imaginé que se podía pasar tanto miedo sin despertar envuelta en
tu propio sudor. Entonces, el vagabundo, alza más aún la tubería. Sé qué
va a pasar a continuación, y no quiero mirar. Cierro los ojos.

Despierto. Me sorprende no estar muerta. El dolor renace con la
conciencia, y hace presa de cada uno de mis nervios, tendones y
músculos. No sé qué ha pasado, ni dónde estoy. Necesito vomitar, pero no
logro hacerlo. Me deslumbran unas luces móviles, ubicadas en paralelo,
que avanzan rápidamente hacia mí. Me siento tan mareada que me veo
incapaz de formar cualquier pensamiento coherente. Huele muy fuerte, a
pintura quizá. Me llevo una mano flácida a la cabeza y toco, con dedos
torpes, los rizos de lo que parece ser una especie de peluca.
Intento hace algo, cualquier cosa. Pero me resulta imposible mover las piernas, como si estuvieran hechas de trapo.
¿Lo que viene hacia mí, es un coche?
Miro hacia abajo y veo que estoy metida dentro de un carrito de la
compra, al igual que lo estaba el payaso. Entonces, alzo los ojos —creo
que por última vez en mi vida— y miro hacia el coche —sí,
definitivamente es un coche— que se acerca sin aminorar la velocidad.
Creo que el conductor no podrá verme hasta que sea demasiado tarde,
porque estoy situada en un punto ciego de la curva.
A pesar de que veo el mundo como si lo hiciera a través de un cristal
empañado, juraría que el rostro difuminado de Fran, flota, difuso, más
allá del parabrisas del asiento del copiloto del coche que, en menos de
un segundo, va llevárseme por delante.
Me cuesta pensar. Estoy tan cansada…
Un segundo antes de que la oscuridad lo nuble todo y oiga como se
quiebra mi columna vertebral, un fogonazo de luz ciega mis ojos…
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 8:01 pm

CLUB NAUTICO

Siempre había envidiado a esos jóvenes y su estilo de vida con sus
fiestas privadas en el club náutico bailando casi cada noche hasta altas
horas de la madrugada. Nunca supe qué era lo que hacía a aquella gente
ser tan diferente a los demás; yo en mi lógica pensaba que la clase
social a la que pertenecían les apartaba de la gente vulgar por
considerar que no estaban a su nivel. Vivía en un bloque de pisos
próximo al puerto deportivo y trabajaba en un restaurante cerca de mi
casa, por lo que solía verles con frecuencia a primera hora de la mañana
parando con sus flamantes coches a desayunar recién abierto el
establecimiento.
Era el simpático chico de los recados que les servía el desayuno, el
discreto confidente con quien compartían sus bromas. Un día me
bautizaron dándome un sobrenombre y empezaron a tratarme como si fuese
uno de ellos, entonces supe que había entrado en su círculo.

Inexplicablemente, había sido invitado por la dudosa fortuna para
asistir a una de sus fiestas y al llegar ví que me saludaban con
alegría; parecían disfrutar con gran júbilo y el ambiente era luminoso y
ensordecedor, tal como siempre me lo había imaginado cuando veía las
luces brillando a lo lejos desde la terraza de mi casa, y así fue como
transcurrió durante la primera hora, pero a medida que pasaba la noche
comencé a experimentar una sensación difícil de describir; sus rostros
risueños y despreocupados se fueron transformando en máscaras de
enajenación eufórica sus risas frívolas se volvieron exultantes; ocurría
en el ambiente; a mi alrededor; todo mi entorno estaba cambiando: el
suelo que pisaba era una pasta resbaladiza de líquido derramado, la
música se convirtió en un caos frenético y las risas eufóricas se
mezclaban con ecos diabólicos cuyo lenguaje era incomprensible; algunos
comenzaban a desvestirse, y otros se arrancaban los trajes. Las chicas
lo hicieron tan rápido que pronto me ví rodeado de cuerpos desnudos;
bailaban sin parar como si hubieran perdido la razón; sus rostros se
disipaban con la velocidad que se cruzaban frente a mis ojos, y en medio
de aquel caos, pude ver como su piel caía quedando en tejido vivo y
palpitante; sucedió mientras se agitaban violentamente entre espasmos y
convulsiones y poco más tarde, pude ver como aquellas llagas ulcerosas
adquirían rigidez cubriendose de capas segmentadas parecidas a un largo
caparazón anudado; de sus costados brotaron largas patas peludas con
apéndices que terminaban en uña. Fue entonces cuando abrieron sus
enormes bocas provistas de dientes largos y afilados mientras me
rodeaban con aire amenazador. Impulsado por una especie de resorte,
eché a correr a través del muelle pero mis perseguidores me alcanzaron
en seguida, y comprendí que había llegado el final.
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 8:02 pm

LA ULTIMA GRACIA

Nunca me gustó viajar por la noche; conducir cerca y tras la medianoche
no es bueno. Carreteras prácticamente vacías, mal iluminadas, posibles
suicidas, roturas de motor, animales que se cruzan, fantasmas y
espectros... pero aquella fatídica noche de otoño no tuve más remedio
que aventurarme al peligro ignoto que se esconde en cada metro,
kilómetro de la carretera, tras recodos y largas rectas que no parecen
tener fin... Había dormido la siesta para estar bien despierto; llegaría
justo con el amanecer. Puse música para mitigar el silencio y suplir la
ausencia de un acompañante.
También era esencial colocarme bien en el asiento y calibrar los espejos
retrovisores. He de reconocer que siempre he sido muy aprensivo, y
osado, a la vez. Por un instante pensé en no arrancar el coche, y mandar
todo al diablo, pero lo hice y partí bajo un cielo cubierto por nubes
que no amenazaban lluvia, mas algunas nubes tenían, o así me pareció,
extrañas formas, como caprichosas, aunque no podía decir a qué se
parecían. Durante los primeros kilómetros todo fue a la perfección, pero
tras una cerrada y prolongada curva, empecé a tener malas vibraciones,
como si algo maligno se acercara en una próxima recta aún fuera de mi
alcance visual. Se me puso la boca reseca, y empecé a sudar... encendí
un cigarrillo. A no mucho tardar tuve el primer sobresalto, pues tuve
que esquivar un enorme tronco en medio de la carretera, librándome por
muy poco. Seguidamente me llevé otro susto de órdago, diferente al
anterior.
Al haber aminorado la velocidad, vi a la perfección, de frente, una gran
figura blanquecina, a mi derecha, en el arcén... A cada segundo iba
tomando un claro aspecto humanoide, pero realmente aterrador. Frené casi
en seco y sentí paralizarme, pues no era otra cosa que la muerte en
persona, pues incluso no le faltaba una guadaña. Arranqué y pisé el
acelerador a fondo, pero aquella figura de otro mundo se metió en la
carretera y la atravesé como si fuese de humo, y cuando miré por el
retrovisor, ya no la vi, había desaparecido. Tuve unos kilómetros muy
tranquilos, pero mi funesto pensamiento no me había abandonado aún, y lo
peor estaba muy cerca de llegar, pues el coche dejó de funcionar;
acababa de quedarme tirado en medio de la nada. Continué andando
esperando que apareciera otro vehículo.
Tras un buen trecho, las piernas se volvieron muy pesadas, como si los
pies pesaran varios kilos, hasta que me percaté de algo terrible e
inimaginable, pues el asfalto se estaba derritiendo según avanzaba; veía
cercano mi fin en esta vida. Pero he aquí, que la civilización no se
encontraba muy lejos, pues podía ver las luces de la ciudad en el
horizonte... había realizado en coche más kilómetros de lo que pensaba.
Por si fuera poco, como unos delgados filamentos muy negros intentaban
aferrarse a mis piernas, pero continué andando, aferrándome a la vida.
Estaba ameneciendo, pues por el horizonte ya clareaba, y muy deprisa,
tanto, que la ciudad desapareció de mi vista. Pocos metros después mis
pocas fuerzas desaparecieron por completo y caí desplomado en el
barrizal de alquitrán que dominaba por entero la carretera empinada, y
cerré los ojos inexorablemente... por unos segundos, pues desperté en la
cama de un hospital. Una enfermera de riguroso blanco estaba sentada
dándome la espalda a excasos dos metros. Tosí. Giró la cabeza... muy,
muy despacio... ¡Horror! ¡Conocía aquel ser! ¡El corazón me latía muy,
muy rápido! No esperé clemencia ni salvación alguna.
¿Ves el reloj de arena, encima de la mesa? Cuando caiga el último
grano... vendrás conmigo... Antes de que suceda, te puedo conceder una
gracia, aunque pequeña, no puede ser de otra manera.
Sólo necesito lápiz y papel, por favor...


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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 8:02 pm

UN HOMBRE CON SUERTE

El hombre aún permanecía vivo, aunque tenía la cabeza agujereada en la
parte superior, como si le hubieran dado con un piolet. El calor de la
luz del sol le hizo despertar, mareado y sediento, a penas se pudo poner
en pie, y sin duda se encontraba en las entrañas de un frondoso bosque.
Se tocó la cabeza y los dedos encontraron una masa pastosa y
sanguinolenta, pero no le dolía en exceso. No recordaba nada, ni si
quiera su nombre. Avanzó dificultosamente, tenía que llegar a la
civilización, y encontrar un médico con urgencia.
Al rato, notó como si le siguieran a una distancia prudencial, pero
desde arriba, desde lo alto de los apretados árboles, y tuvo mucho
miedo, el cual le hizo avanzar más deprisa, aunque a tumbos. Tuvo suerte
de encontrar un pequeño río de cristalinas aguas, y clavando las
rodillas sobre pequeñitas piedrecillas, sació su sez. Debía continuar
sin demorarse demasiado. Muy poco después volvió a tener suerte, pues
encontró un cochinillo asándose a fuego lento, y una bota de vino; se
dio un gran festín. Se marchó por si regresaba su dueño, y a la sombra
de los árboles hizo la pesada digestión, y se fue recuperando
paulatinamente; ya no le dolía la cabeza.
Se hizo de noche, y emprendió la caminata, tras comprobar que no tenía
herida alguna sobre su cabeza. Bajando una pronunciada loma, se encontró
con una casa de madera, la cual parecía abandonada desde hacía largo
tiempo. Antes de nada, llamó a la puerta con los nudillos de la mano.
¿Hay alguien?
Obtuvo por respuesta el silencio de la noche.
Empujó la puerta, y ésta se abrió mudamente.
Entró, no vio nada, la oscuridad era absoluta. Avanzó unos pocos metros y
tropezó contra lo que parecía ser una mesa rectangular. Palpando tocó
un interruptor; y una cegadora luz le deslumbró; se llevó las manos al
rostro. Tras unos segundos de aclimatación, miró; se encontraba sin
lugar a dudas, en la consulta de un médico, pues además del mobiliario,
había un esqueleto humano de plástico a tamaño natural, y una percha de
pie de la que colgaba una bata blanca, sólo faltaba que apareciera el
doctor por la puerta del fondo y se la pusiera, cosa que ocurrió
seguidamente. Se trataba de un anciano, un octogenario de largos
cabellos color blanco glaciar, casi brillante, y era muy gordo y grande.
¡Oh! Ha venido usted justo a tiempo dijo el médico con voz grave. Siéntese, haga el favor.
Sí, gracias se sentó en la mullida silla, cara al médico.
Tiene suerte de que sea un gran cirujano, aunque retirado hace más de dos décadas.
En realidad, estoy bastante bien se sentía inquieto ahí sentado.
¿Que no le pasa nada? se arrascó la peluda nariz Debe ser la fiebre...
No... yo me... voy, mejor...
De eso... ¡nada!
A continuación, el matasanos, se levantó con celeridad portando una
larga y gruesa correa. Sin que le diera tiempo a reaccionar, el hombre
se encontró maniatado, inmovilizado sin remisión.
No tema ser operado, su miedo es muy normal en estos casos tan puntuales, pero créame si le digo, que a penas notará dolor.
¡No, por favor! ¡Por el amor de Dios!
Quedará nuevo, sin mácula el hombre seguía solicitando clemencia,
llorando, gimoteando con inusitada desesperación, pero estaba a merced
del anciano matasanos Ahora regreso. Pobrecillo, cuánto debe sufrir...
se iba diciendo mientras desaparecía tras la puerta.
El hombre sentía el corazón cerca de explotar, lo mismo que la cabeza, y
sudaba a borbotones. En menos de un eterno minuto, el cirujano regresó
con una mano ocupada, portaba un pequeño piolet oxidado. Cuando le vió
el hombre, sonriendo con tal instrumento en la mano, intentó tirarse al
suelo en su desesperación, pero la silla de operaciones estaba
perfectamente anclada al suelo con poderosos tornillos.
No, no se mueva tanto, es contraproducente, debe usted permanecer estrictamente muy quietecito.
El hombre cerró ambos ojos con fuerza, y sintió como el doctor le
clavaba con inusitada violencia el pequeño piolet; y levantó los
párpados cual resorte, los ojos a punto de salir de las órbitas por el
dramático dolor causado, oyéndose al mismo tiempo un apagado sollozo
gorgoteante. Notó cómo giraba la silla, y luego le tiraba de la cabeza
para atrás con brusquedad.
Tiene muy mala pinta, desde luego oyó la voz de su torturador Vamos al asunto.
El hombre semi inconsciente, notaba como el cirujano urgaba en su
cerebro con dedos rápidos y ágiles. Tras un cuarto de hora, continuaba
siendo manipulado por aquellos veloces dedos incandescentes como el
hierro al rojo vivo, como si le estuvieran colocando las neuronas en su
sitio con exactitud milimétrica. Ya casi fuera de combate, el hombre
sentía en el interior de su cabeza ecos de golpes puntiagudos, como de
finísimas agujas martilleantes, como si estuviera una impresora de
agujas trabajando a destajo.
El hombre aún estaba vivo , pero con la parte superior de la cabeza, en
un casi perfecto círculo de cuatro centímetos de diametro, cosida con
hilo para coser ropa, como si le hubieran hundido un pequeño piolet, y
le hubieran mal curado, como si le hubiera intervenido un cirujano
chapuzas, embriagado, o demasiado viejo, pues le rebosaba una masa
pastosa y sanguinolenta; la luz del sol le había despertado, tirado en
el interior de un tupido bosque. Se puso en pie, tambaleándose, y se
tocó la cabeza y se preocupó, temió por su vida, aunque no le dolía
demasiado; sin duda necesitaba un cirujano, el mejor a ser posible, por
lo que debía buscar la civilización, pero no recordaba nada, ni si
quiera su nombre. Al rato notó como si le siguieran a no mucha
distancia, pero desde arriba, desde lo alto de los numerosos árboles, y
tuvo más miedo si cabe. No encontró ningún río, ni ningún cochinillo
asándose a fuego lento ni ninguna bota de vino, pero sí una casa de
madera que parecía abandonada desde hacía décadas. Dudó si entrar, y
finalmente entró.
Todo estaba a oscuras, pero tocó un interruptor y una gran luz inundó la
estancia y le deslumbró teniendo que taparse los ojos con las manos.
Cuando pudo ver, se encontró en lo que parecía la consulta de un médico,
pues había un esqueleto humano de plástico a tamaño natural, y una bata
blanca colgando de una percha. De la puerta del fondo apareció un viejo
de largos cabellos canos, muy gordo y muy grande.
Doctor, tengo en la cabeza una herida muy fea le dijo agachando la cabeza para que viera bien el boquete mal cosido.
¿En la cabeza? preguntó poniéndose la bata.
Sí, y ahora me duele muchísimo.
No tiene nada dijo mientras apartaba los cabellos de la cabeza con dedos rápidos y ágiles.
¡Siga buscando, sé que está ahí, una gran herida mal cosida y supurante!
Tome asiento, señor, y no se preocupe, aún así buscaré mejor, ya soy muy viejo y tengo muy mala vista.
El hombre se sentó, y de inmediato, el doctor sacó de un bolsillo del
pantalón una larga y ancha correa, y le inmovilizó de inmediato.
¡Oiga! ¿Qué va a hacerme?
Le reitero que no ha de preocuparse, la cabeza la tiene bien, muy bien,
pero sin embargo, sus órganos internos necesitan una urgente reparación
se había puesto unas gafas con rayos x ahora vuelvo, en seguida.
¡No! ¿A dónde va? entonces había recuperado la memoria No ... ¡no me
haga daño, por el amor de Dios! ¡Se lo suplico! ¡No vuelva a hacerme
daño!
Por desgracia ya era demasiado tarde. El viejo cirujano regresó con una
marcada risa macabra en su arrugado rostro, portando una oxidada
taladradora que aún funcionaba...
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 8:03 pm

UNA VEZ DENTRO NO SALGAS

Siempre tenía que ocurrir en un día desapacible, nublado, amenazando una
buena tormenta y a varias millas de distancia de cualquier área urbana
más cercana. Encima era una carretera comarcal de las antiguas,
escasamente recorrida por la circulación general. Que se te reviente el
motor del coche viajando solo era una lata. Encima él no tenía
conocimientos ni siquiera mínimos de mecánica de auto. Era un tío, claro
está, pero no todos eran manitas ni les entusiasmaba el mundo del
automóvil. Si tenía uno, y bastante viejo por cierto, era por necesidad
del trabajo que le ocupaba. Se llamaba Bob Render y era un escritor de
rutas poco transitadas de la América Profunda. Ganaba unos míseros
dólares enviando sus columnas por correo electrónico de su portátil Vaio
Sony a la redacción de un diario de tercera fila. Estaba soltero y
vivía a su aire. El sueldo le daba para no tener que recurrir al
ejército de salvación, que ya era un decir, porque de deudas estaba
hasta las cejas. Incluso debía parte de la financiación con la que pudo
adquirir su ordenador.
Esa mañana estaba recorriendo la carretera estatal cuando descubrió un
desvío a mano derecha. El letrero indicaba que era la ruta del maíz.
Vaya tontería. Aquella región era agrícola y la exposición de mazorcas
era un océano permanente. Miró en el mapa tradicional porque no le
llegaba para tener GPS, y el portátil estaba con la batería sin cargar.
Nada, aquel desvío no aparecía ni buscándolo bajo una lupa de mil
aumentos.
Lo más natural era que el mapa fuera de antiguo como su propio coche,
más o menos de los años setenta. No le dio más importancia a la falta de
información acerca del popularísimo camino del maíz y se dejó llevar
por el mismo.
A la media hora ya estaba navegando entre maizales de una altura
considerable. Su coche parecía estar circulando entre la nieve, abriendo
camino a través del cereal como si este no existiese delante del morro
del vehículo. Poco a poco el tiempo iba empeorando. Si antes estaba
nublado, ahora el cielo estaba espeso de nubes negruzcas como la pez.
Eran las tres de la tarde pero daba la sensación de haberse anochecido.
Encendió los focos de niebla para no salirse del camino. Era muy
estrecho. Las mazorcas y las hojas de los tallos percutían contra los
lados de la carrocería. A la media hora empezó a surgir algo de humo por
las rendijas del capó. Un cuarto de hora más tarde estaba tirado en
medio del dichoso sendero glorificante del maíz pueblerino de las
narices.
Estaba desesperado. Tras un rato de indecisión, rebuscó en el maletero
hasta dar con un impermeable y una linterna de buen tamaño de la época
en que ejerció de vigilante nocturno de una nave industrial abandonada y
cerrada.
Estuvo caminando bajo la amenaza de un aguacero, siguiendo hacia
adelante. En un momento dado, el maíz fue sustituido por un edificio de
dos plantas. Tenía el tejado a dos aguas y parecía en muy mal estado. El
caso es que podía leerse a la entrada "Pensión Negra". Un nombrecito
que traía cola. No disponía de parking y no se veía ningún vehículo
estacionado en sus inmediaciones. Es más, todo el suelo estaba apisonado
para formar el claro donde estaba ubicado el motel, como si este
hubiera caído del cielo para asentarse entre los campos de maíz
circundantes.
Bob estaba ligeramente estresado por el tema del coche y el grado de
soledad que ofrecía aquel lugar. Sin muchas ganas se acercó a la
pensión. La puerta de madera estaba abierta. El interior estaba en
penumbras. Con la luz de la linterna pudo constatar que el edificio
estaba en ruinas y evidentemente fuera de circulación, Las telarañas
campaban a sus anchas junto con el polvo y restos de basura dejada por
algún vagabundo que habría buscado cobijo entre sus paredes. Se acercó
al mostrador de recepción y vio el registro abierto. Estaba bajo una
densa capa de polvo. Bob sopló sobre las dos hojas centrales. Vio
nombres de antiguos clientes...
Al lado de los datos alguien había escrito con rotulador color azul
"No debimos de haber entrado.
Las aberturas quedan cerradas para siempre.
No hay escapatoria.
La única solución es el suicidio, pasar hambre hasta sucumbir o quedar desmembrado o decapitado."

Bob quedó seriamente intrigado por lo allí escrito. Parecía una
alucinación descrita por alguien que hubiera abusado del alcohol o de
las drogas, o ambas cosas entremezcladas.
Fue entonces cuando sonó un fuerte portazo a sus espaldas.
Echó la vista atrás, iluminando la entrada del motel.
La puerta estaba encajada en el marco. Se dirigió con presteza a
abrirla, hallándola completamente atascada. Insistió, pero no había
manera de poder desencajarla.
Estaba atrapado. Tenía que buscar otra salida. Contempló las ventanas
del vestíbulo. Estaban selladas con tablones de madera claveteadas. Al
pie de una de ellas había algo parecido a un esqueleto. Se acercó para
iluminarlo. Efectivamente, eran los restos de un cuerpo humano, con la
notoriedad que le faltaba el cráneo y la mano derecha.
Bob sentía los inicios de una fuerte desazón. Recorrió toda la planta
baja de la pensión. La situación era idéntica en todas las ventanas.
Cuando llegó a la cocina, vio la puerta que comunicaba con el exterior.
Parecía estar entreabierta. La enfocó con el haz de la linterna,
esperanzado. Pudo apreciar la pequeña separación entre el filo de la
hoja de la puerta y el quicio de la misma.
Estaba salvado.
Había encontrado una buena salida de aquel antro.
Tenía pensado regresar al coche, pasar allí la noche y luego desandar
el camino recorrido a pie, cargando con el portátil, hasta salir a la
carretera estatal con la esperanza de que alguien parase a recogerlo.
Emprendió camino a la salida a muy buen paso.
Tan concentrado que una pintada en la pared lateral derecha pasó
desapercibida ante sus ojos aún a pesar de haberse reflejado mínimamente
ante una breve pasada de la luz de la linterna.
NO HAY QUE INTENTAR SALIR .
BUSQUEMOS OTRA SOLUCIÓN
LAS ABERTURAS SON UNA TRAMPA
La mano libre de Bob se aferró al pomo alargado de la puerta. Tironeó de ella hacia adentro.
Le llegó la brisa penetrante que auguraba un fuerte chaparrón. El
maizal susurraba sonidos de roce al mecerse por la corriente.
Bob empezó a atravesar la jamba alargando la pierna derecha.
El resultado de la caída de la hoja de la cuchilla de una guillotina
francesa no hubiera sido tan efectivo al seccionarle la pierna a la
altura de la rodilla.
Su miembro cayó palpitante sobre el suelo.
Un chorro de sangre emergió de su muñón.
El dolor le hizo de enloquecer al instante.
La linterna fue soltada, cayendo al suelo.
Perdió el equilibrio, y conforme en su caída fue atravesando el hueco
del vano de la puerta, sus manos y parte del rostro fue seccionado.
Cuando su cuerpo reposó en el suelo, estaba dividido en dos.
Lo único que estaba entero era su pierna izquierda, que no había atravesado la abertura.
Estaba tirada sobre el linóleo cuarteado de la cocina.
La linterna había rodado por el suelo hasta quedar enfocando la pintada pasada por alto por Bob.
LAS ABERTURAS SON UNA TRAMPA
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 8:04 pm

EL SUEÑO

¿Quieres que viajemos juntos para siempre?
Ven, apoya la cabeza en mí pecho y cierra los ojos...
No pienses nada..., tan sólo sueña...
Siénteme sin miedo, y no me perderás jamás...

EL SUEÑO...

Ella viajaba junto a su soledad...
El barco había zarpado con rumbo desconocido y, como en otras muchas ocasiones, la sensación de vacío inundaba su corazón.
Se sentó en cubierta para contemplar mejor el ocaso. – Hoy será
espectacular – dedujo... – y su mirar se perdió en el horizonte tras la
línea que oculta lo perceptible de lo imaginable...
Y allí, en la calma absoluta que precede al crepúsculo, el pensamiento
voló indomable hacia la figura del hombre que, sin saber por qué,
invadía su deseo, su ansia y su pasión. La figura del hombre emergente
en todos y cada uno de sus sueños. La persona que, por circunstancias
inexplicables, daba verdadero sentido a la vida, a su vida... Y es que
todo era tan “extremadamente monótono” sin su presencia...
Recordó sus últimas palabras de despedida de regreso al camarote: –
“NUNCA SUBESTIMES UN SUEÑO O UNA ILUSIÓN POR EL MERO HECHO DE SERLO,
PUES SIEMPRE SUPERAN A LAS FALSAS REALIDADES...” –
La falsas realidades...
Pensó en la realidad, en su realidad..., y en cómo había intentado alimentarla, sin éxito alguno, a lo largo de su vida.
Y de nuevo la tristeza y el vacío se adueñaron del espíritu,
reflejándose en las ya más que evidentes arrugas de aquellos ojos
cansados y tristes.
Y también pensó en las noches largas, oscuras, frías y solitarias que,
día tras día, hacían patente la irrealidad de aquella “FALSA REALIDAD”
que, lenta pero paulatinamente, devoraba cada uno de los segundos de su
existir...
Pero no. No podía pensar así. Se debía por completo a sus hijos... Y
de inmediato se auto convenció una vez más de lo absurdo de sus
pensamientos: “Los hijos eran la verdadera causa del seguir hacia
delante, del continuar, del hacer la vista gorda cada mañana, cada
tarde, cada noche...”
¿De qué sirve soñar? – se preguntó intentando tranquilizar aquella
conciencia que a veces se revelaba – Al final te despiertas para
comprobar que nada ocurrió, que sólo fue eso..., un sueño, una
fantasía... Y no pudo por menos que suspirar al tiempo que sus labios
esbozaban una irónica sonrisa.

Se conjuntó con un vestido sencillo para la cena, que tendría lugar a
partir de las nueve en el comedor principal de la planta baja y,
recogiéndose el pelo hacia atrás, se maquilló discretamente.
¡ Sí, no está mal! – pensó viéndose en el espejo... Y como si nunca
hubiera salido de su pensamiento escuchó otra vez aquella voz melodiosa,
dulce y elegante que tanto la cautivaba..., que tanto la enamoraba...
Y vio sus ojos claros..., y sintió sus manos tocarla..., estremecerla...
Y recordó, sin poder evitarlo, la primera frase que oyó de sus labios
aquella mañana de otoño, cuando se conocieron por primera vez en el
primer sueño...: “ DISCULPE... – dijo Él ¿NOS CONOCEMOS? ”

Hizo su entrada en el gran salón comedor y eligió una mesa bastante estratégica. Dominando la visual.
Los comensales iban haciendo acto de presencia y el ambiente se tornaba
acogedor con aquella música de piano que acompañaba de fondo. ¡ Que
penita no poder estar realmente así con Él !, viéndole de verdad,
oliéndole de verdad, tocándole de verdad... Hacía meses que no le
soñaba. Era como si por algún motivo especial hubiera decidido
desaparecer. Lo último fue aquella frase que constantemente martilleaba
su cerebro sin remisión...: “NUNCA SUBESTIMES UN SUEÑO O UNA ILUSIÓN...”
¡!Joder, con la frasecita...!!
Cogió la carta del restaurante y la ojeó un tanto ausente.
Ya, prácticamente, había decidido los platos que solicitaría al “metre”, cuando al levantar la vista...
¡Por unos instantes su respiración se paralizó! ¡El aire no le llegaba a
los pulmones y los latidos eran tan poderosos que instintivamente se
sujetó el pecho!
Bajó rápidamente la mirada y se ocultó tras la carta.
¿Pero cómo es posible? – se preguntó aturdida ¡No, no puede ser! – repitió dentro de su cabeza... –
Volvió a levantar la mirada por encima de la temblorosa carta, con sumo cuidado, muy despacito, dándose tiempo...
¡ Era Él !... ¡ Sí, era Él !... ¡ El hombre de sus sueños ¡
Intentó establecer alguna lógica..., algo que pudiese dar coherencia a
lo que estaba aconteciendo, pero las emociones eran tan intensas que
difícilmente podía razonar nada. Sencillamente estaba desbordada.
Le observó con detenimiento. Estaba solo a cinco mesas de ella y no parecía, por su actitud, esperar a nadie.
Escudriñó sus gestos, sus movimientos, su forma de sentarse, de mirar...
¿Qué pasaría si Él la viera? Y como si de un mensaje telepático se
tratara, el hombre giró bruscamente la cabeza aterrizando directamente
sobre sus ojos. Fueron tan sólo unas décimas de segundo...
¡Dios mío, no puede ser! ¡Es como si pudiese oír mi pensamiento! !Me ha
cazado de lleno! – elucubró retirando la mirada con cierto disimulo
aparente –
Dejó que pasara un tiempo prudencial y miró de reojo. Todo parecía
normal. Estaba claro que Él no la conocía. ¡Vaya historia! – pensó...
¿Y qué se supone que tengo que hacer ahora? – se preguntó... ¡Bueno!
¿No le querías...? ¡Pues ahí le tienes!
Acabado el café, Él se levantó y, dirigiéndose con andar despreocupado
hacia las escaleras, desapareció a través de ellas sin prestarla la más
mínima atención.

La noche era estrellada y la Vía Láctea podía contemplarse, en todo su
esplendor, acompañada por el murmullo y la fresca fragancia del mar. Se
dirigió hacia la proa respirando profundamente, llenando los pulmones de
aquel aroma...
Cuando alcanzó la punta se apoyó sobre la barandilla y contempló
ensimismada el espectáculo. ¿Cómo era el poema aquél que un día leyera?
Intentó recordar...
A ti, mar...

Que nunca me juzgas..., que nunca preguntas...,
que nunca guardaste amores con llave...
Que sabes oírme..., que sabes hablarme...,
que sabes quererme como nadie sabe...

Que miras mis ojos perderse en tus olas
buscando destinos que nunca aparecen.
Profundas caricias teñidas de sangre
que mueren de pena y ya no amanecen.

A ti, mar...

¡Eterno murmullo que meces mi alma!
Jardín de corales y estrellas saladas.
Azul de zafiro que inundas mis ojos
y vistes de brillos mi triste mirada...

Espuma bravía que rompe en la roca
rugiendo de ansia por ser entendida...
No intentes ser playa de arena mojada,
pues sólo en tus aguas...

¡! SERÁS COMPRENDIDA ¡!

Aquellos versos...

Tan absorta se encontraba en el sentimiento del poema que no se percató
de la sombra que, sigilosamente, se había acercado a escasos metros,
hasta que su voz la sobresaltó...
¡Disculpe...! ¿Se encuentra bien?
De nuevo el corazón se agitó alocadamente al reconocer aquel acento...
¡Dios mío...! ¡Era Él...! Le miró fijamente sin saber qué decir..., no
podía articular palabra...
¿Se encuentra bien? – repitió la voz al comprobar su silencio... –
Sí..., sí... respondió nerviosamente... – Sólo estaba... ¡En fin!, hace
una noche tan agradable que... ¡bueno!, el paisaje es idílico... (
¡!IDÍLICO...!! , ¡mierda!, ¡!pero cómo podía haber dicho semejante
tontería...!! – se maldijo..., ¡joder! )...
Cierto! – confirmó Él acercándose un paso más – Muy cierto. Es la palabra exacta. Idílico...
¿De veras? – inquirió con risa un tanto histérica ¿Lo dices en serio?
¿ Acaso lo dudas? – contestó en los mismos términos de tuteo... No suelo
bromear con aquello que implica sentimiento – afirmó con rotundidad...
Por cierto..., y disculpa de nuevo, pero... ¿nos conocemos? – le dijo sin dejar de mirarla...
¡Y ya fue el remate final! La misma frase... El mismo tono... La misma
mirada... Pero, ¿qué estaba pasando? E inmersa en un mar de dudas
comenzó, por primera vez, a creer que era uno de sus sueños..., tal vez
el primero visto desde otro ángulo... ¡qué sé yo! – pensó .
Es que tengo la impresión de habernos visto antes – continuó Él... – ¿No te pasa a ti? – preguntó con gesto interrogante.
Y......!no, no...!, la verdad es que no...
Y allí, paseando a la luz de la luna, el mar y el viento por testigos,
las sensaciones que sintió fueron sublimes comparadas con las de su
cotidiana vida. Comprobó que, efectivamente, existía esa química tan
especial que logra una conjunción perfecta, la dualidad soñada. Y
comprobó también que la “AUTENTICA REALIDAD” no difería demasiado de la
de sus sueños, ya que podía sentir casi con la misma intensidad, su
fibrosa figura, el azul de sus ojos, la sonrisa enigmática, el
acento..., en definitiva todo aquello que tanto le hacía vibrar en sus
fantasías.
¿A dónde me lleva este barco? ¿Qué es todo esto? ¿Por qué estoy
aquí?... Eran algunas de las muchas preguntas que retumbaban
irremisiblemente en su cerebro, pero estaba ante un sueño hecho realidad
que amenazaba constantemente con profanar su cobardía, su miedo a la
culpabilidad...
¿Cuál era el verdadero sentido de vivir? Resultaba tan fácil no creer...., ¡fácil y cómodo! Pero... ¿qué estaba haciendo?

La música se oía perfectamente a través de la megafonía logrando que los
momentos fueran cada vez más mágicos, más románticos...
Y para sorpresa de ella apareció la canción que fuera símbolo de la
unión de ambos corazones..., aquella que una noche de luna llena
bailaran junto a la orilla del gran lago..., aquél que les diera el
amor...
¿Te gustaría bailar conmigo esta canción? – preguntó Él
¡Aquello no podía ser verdad...! ¡Era como si supiese todo de antemano! ¡Cada vez estaba más segura de ello...!
Pasó los brazos lentamente por detrás de sus hombros y Él la tomó con
suma delicadeza de la cintura, avanzando lentamente a través de su
espalda... Los cuerpos se juntaron cada vez más adaptándose al placer de
sentirse cerca, muy cerca...
Poco a poco, y siempre al compás lento de las notas que flotaban en la
noche, fueron estrechando aquel abrazo, apretándose de manera dulce y
apasionada..., sin prisa.
Notaron el contacto de sus pechos y las respiraciones profundas y
acompasadas que preceden al latir intenso. Los labios buscaron las
mejillas muy despacito y humedecieron las pieles con sabor a pasión,
recorriéndolas hacia las comisuras ... Y se besaron sin cesar mientras
la luna les miraba majestuosa...
Y bailaron y bailaron entre risas y miradas, y entre versos que lloraban presintiendo aquel amor.
Nunca una persona pareció tan de la otra... Nunca un sentimiento fue
tan compartido... Nunca un deseo tan deseado... Y nunca una caricia
rescató un mundo perdido...

¿Quién eres? – le preguntó – Dime la verdad.
+ Él la miró profundamente y le dijo... – ¡Soy “TU VERDAD”...! quien
siempre quisiste, quien siempre deseaste y no tuviste... “EL HOMBRE DE
TUS SUEÑOS...”
¿Eres real? – le interrogó de nuevo ¿Esto es real?
+ Eso depende de ti – contestó Él con voz serena –
¿De mí?
+ Sí, de Ti... De lo que sientas..., de cómo lo sientas..., de tu FE!
¿Y por qué estamos hoy aquí?
+ Porque lo has querido así. Mira :
Hay veces que un sentimiento es tan poderoso que logra ser más real
que la propia realidad ¿sabes?, sin importar dónde se produzca. De hecho
es ahí donde radica el secreto de lo verdadero...
No siempre lo que se toca, se huele y se ve es más auténtico que lo
intangible. Quizás lo sea respecto a lo material, pero no en el mundo de
los sentimientos...
¿Quieres decir que, en un sueño, se puede llegar a sentir de manera más real que en la propia realidad?

Él, besó de nuevo los labios de ella con dulzura, estrechándola con
ternura... Y prolongó el momento sutilmente hasta lograr la entrega
total de su cuerpo y de su espíritu.

+ Quiero decir que los sentimientos no entienden de mundos materiales o
de ficción, ni tampoco de realidades o sueños. El sentir sólo entiende
de sensaciones, como las que acabas de experimentar hace un momento. Y
si las percibes intensamente dentro de tu corazón es que son reales, no
algo imaginario que no existe. Son de verdad, y eso es... ¡REALIDAD!
Otra cosa son los sentimientos inventados, los creados por y para algo...
De ahí que los verdaderos deban ir siempre acompañados de FE... ¡Debes creer en aquello que sientes!

Y la noche transcurrió “como se sueña la noche de tus sueños” : amándose
sin freno ni medida, sin miedo ni pecado y sin límite de amor...
De sus corazones nacieron llamas de fuego. De sus labios frases de amor
eterno y de sus cuerpos..., de sus cuerpos el éxtasis, la lujuria, el
deseo y la pasión.
Jamás imaginó que se pudiera sentir algo así, de tal intensidad. Obviamente no podía ser irreal..., ¿cómo iba a serlo?
Y abrazados el uno en el otro cerraron los ojos y durmieron...

Se despertó sobresaltada, con la sensación de soledad que tanto conocía.
¡Oscuridad!
¿Dónde estoy? – se preguntó entre asustada y sorprendida – Extendió el brazo palpando ansiosamente... ¡nada!, ¡estaba sola!
El silencio era absoluto y un escalofrío de angustia la estremeció... ¡No puede ser!
La mano se dirigió certeramente hacia el interruptor y encendió la luz.
¡!! ¡NOOOOOO!!! ¡!!MALDITA SEA!!! – gritó con el alma rota de dolor... ¡Todo había sido un sueño!
Era su habitación de siempre, su cama de siempre, sus sábanas de
siempre..., ¡!!HASTA SU SOLEDAD DE SIEMPRE!!!.... ¡!!MALDITOS TODOS LOS
SUEÑOS!!! – gimió rompiendo a llorar desconsolada...
¡Sentir, sentir, sentir...! ¿De qué había servido tanto sentimiento?
¡!Todo mentira!! ¡! Pura mentira!! – y lloró su dolor sola, sin que
nadie la viera, sin que nadie la escuchara... !!como siempre había
sido!!
Las lágrimas inundaron sus ojos y el llanto la ahogó sin remedio.
Sola como siempre..., sin consuelo...
No tuvo fuerzas para salir de allí.
Pero con el paso de las horas los gemidos fueron cesando y el alma, extenuada, se calmó.
Ya no quería creer, ya no quería sentir, ya no quería soñar...
Y fue entonces cuando sus dedos notaron el contacto de algo extraño
sobre la cama, justamente allí, a su lado... Parecía una carta...
Abrió el sobre con manos temblorosas y....
¡!!Sus ojos no daban crédito!!! ¡!!El corazón estaba a punto de estallar!!!

Decía así...:

¿Quieres que viajemos juntos para siempre?
Ven, apoya la cabeza en mí pecho y cierra los ojos...
No pienses nada..., tan sólo sueña...
Siénteme sin miedo, y no me perderás jamás...
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 8:04 pm

SEDIENTOS

Éramos 5 los marcados por la maldita necesidad. Llevábamos varios días
luchando en su contra, evitando ser vencidos por lo inevitable: El
deseo, aquel cruel y delicioso deseo. Tratábamos de no frecuentar
aquellos lugares donde la tentación estaría en su máximo nivel, capaz de
arrastrarnos y echar por tierra lo poco que habíamos logrado. Nos
mirábamos unos a otros, con unas ganas enormes de romper el pacto, pero
ninguno daba el primer paso; de hacerlo, probablemente, le seguiríamos
el resto, como corderos, enfermos de la misma fiebre. Pasábamos el día
durmiendo, evitando el bullicio de la ciudad y las miradas inquisidoras.
De noche, paseábamos por las azotas, ebrios de ansiedad ¿Cuánto más
aguantaríamos? Sabía que era cuestión de tiempo, que una madrugada
saltaría las estúpidas reglas y no me detendría hasta saciarme. ¡Cómo lo
deseaba! Los ojos inyectados en sangre, la piel incrustada en los
huesos. Podía olerlo a cientos de metros. Me temblaban las manos y mi
rostro se tornaba desagradable, entonces me agarraba de algo y no lo
soltaba hasta sentirlo gemir.
En ocasiones, alguno lloraba sobre mí, buscando apoyo como naufrago a
una tabla. Pero yo era igual a ellos, nunca me sentí superior, ni mucho
menos inmune a la torturante pesadilla que les agobiaba; padecía en
silencio, mordiéndome los labios sádicamente, pero con la quietud de un
lago en primavera.
Hacía una semana del comienzo de aquella locura, reíamos durante nuestra
última cena, nos burlábamos del mundo penitenciario al que nos
encomendábamos: El Hambre, jinete apocalíptico de mayor reinado en la
Tierra. Diez manos se habían juntado, juramos no alimentarnos, hasta
morir. Hoy, solo cinco han sobrevivido. A dos los matamos, no aguantaron
la primera noche, los otros tres, nos repudiaron con gritos de: “locos
que reniegan su existencia” y huyeron a matar la necesidad.
Hoy estoy al borde de un gran edificio, viendo pasar los rebaños humanos
a mis pies, tengo ganas de saltar al abismo, pero no creo que logre
morir, aun no estoy tan débil. Unos brazos, fuertes antaño, rodearon la
delgada envoltura donde una vez vivió mi alma.
Siento el debatir de tus pensamientos dijo Flavio ¿Acaso la tentación vence a tus ideales?
No amigo contesté mientras mi espalda chocaba contra su famélico pecho
la cuestión es... si mis ideales no están cimentados sobre naipes.
¿Cómo puedes pensar eso Briana? preguntó y mostró, lo que para mi era,
el primer rasgo de asombro en muchos siglos yo creo hacemos algo digno,
algo correcto, algo... humano.
¿Humano dices? dudé con una sarcástica sonrisa ¿Es humano y correcto
dejarnos morir? Mira lo moví hasta la punta del edificio ve en las
calles, siéntelos, se mueven, palpitan... llenos, portando lo necesario
para nuestras vidas.
¿Acaso no sería cruel que vivan los muertos a cambio de los vivos? me
clavó una mirada triste, lastimera, aunque en el fondo, de hambre ¿no
fuiste tú quien dijo que este mundo era para los que realmente estaban
vivos?
Eso fue hace una semana dije bajando la voz hoy no sé si tengo fuerzas para seguir con todo esto.
Pero tú eres el ejemplo que hemos seguido me tomo por el brazo el más
firme de nuestro juramento, creímos en tus palabras, tu fuerza y tu
mirada de seguridad nos daban aliento.
La misma mirada de hambre que llevan Uds. aquello salió suave de mis
blancos y demacrados labios, partes de mi cadavérico rostro.
¿Sabes? dijo Flavio señalando a Esteban me confesó que ansía volver a ver el sol.
Sería agradable dije besándole una mano sentir el ardiente abrazo de sus rayos.
¡Estás loca! se asustó de solo pensarlo no sería capaz de hacerlo, yo mismo renegué a su esplendor hace mucho.
Es solo un sueño reí de la mueca pintada en su cara te prometo que por
mucho que lo extrañe, prefiero la idea que locamente aún conservo.

Por esa noche no volvimos a cruzar palabras, ni en otras que asomaron,
indetenibles como cuando un río vierte sus aguas al océano. Esteban
dominó sus ansias dos noches más. Sus gritos me despertaron cuando el
sol estaba en su punto más alto del día, ya era tarde para salvarlo, los
rayos de “Amón Ra” le atravesaron como lanzas. Su lastimera voz se
escapaba por entre sus colmillos, como huyendo de la antorcha en que
había convertido su cuerpo. Aquel espectáculo me hizo temblar
pavorosamente. En un loco intento de desesperación traté de llegar a él,
pero Flavio me impidió; el cuerpo de mi compañero se fue ennegreciendo
rápidamente. Vidriosos, mis ojos, dejaron escapar gruesas lágrimas
púrpuras, el último suspiro de vida que me quedaba. Me desmayé y no
volví a despertar hasta pasados varios días.
¿Qué hiciste con sus restos? pregunté a Flavio al abrir los ojos.
Lo poco que pude recoger, lo puse en una vasija
Miré a mi alrededor buscando al resto, pero ya no veía nada en la
oscuridad, comenzaba a perder mis poderes. Al salir del ataúd sentí
estar en otro sitio, mi olfato aun funcionaba extrasensorialmente.
¿Dónde estamos? pregunté a mi compañero Flavio…
Estamos en una cripta contestó tranquilo, sin moverse de su sitio
decidimos movernos, el lugar estaba marcado y los cazadores podían con
nosotros en cualquier momento, aquí estamos seguros.
Hace años no entraba en sitio así le respondí con cierto asco ¿Los demás, qué ha sido de ellos?
Ellos… comenzó a decir Flavio y en medio de la oscuridad pude
distinguir un par de ojos rojos cual la sangre más pura es difícil de
explicar Brizna.
Aquellas palabras me petrificaron como a una gárgola sorprendida por el
alba. No creía soltar mis ideas e imaginarme del paradero de aquellos
pobres desdichados. Lentamente, tratando de no hacer ruido, me fui
desplazando hasta chocar con una pared. Nuevamente me sentí atrapada.
Estuve a punto de lanzarme sobre Flavio…
Flavio, mira esto dijo una voz, se abrió la puerta de la cripta y
delante de Flavio estaba Zell, uno de los pactantes que había huido.
¡Gracias Zell! respondió Flavio mientras encendía las velas de un
antiguo candelabro esta será la cena de Briana, está débil y deseo se
reponga pronto.
Delante de mí dejó caer un saco grande, en su interior algo se debatía
por salir. Zell sonrió malévolo y soltó las amarras del paquete
viviente. Por primera vez en muchos días me sentía verdaderamente
tentada, frente a mis ojos estaba una niña pequeña, diría que unos 6
años, rubia y con la inocencia en los ojos. Al sentirse liberada
recorrió todo el lugar con la vista, al parecer el paisaje no era de su
agrado: dos seres cadavéricos que reían sádicamente y sus rostros no
eran nada amistosos, empezó a llorar, su llanto llegó a mi pecho y
golpeó con fuerza a mi corazón. “No llores, todo pasará” quise decirle,
pero lo mantuve en mi mente. Ella sin embargo pareció escucharme, pues
volteó la cara hacia mí y al verme se tranquilizó, corrió a mis brazos
como a los de su madre, hundió su cabeza en mi pecho y allí quedó sin
querer desprenderse de mi cuerpo, aferrándose, tal vez… a la vida.
Tómala Briana dijo Flavio nadie te juzgará por ello, solo tienes
hambre, pues bien, adelante calma esa SED incontrolable, se tu misma. Al
final de nuestra Era seremos recompensados, sabes que algo existe más
allá de la muerte, y ese sitio es solo para los más fuertes, nosotros…
¡Mentiras! grité con una rabia incontrolable, una fuerza avanzó desde
mis entrañas y salió disparadas en palabras que no pensé decir nunca
Llevamos siglos coexistiendo con los humanos, estudiando a sus dioses y
sus símbolos religiosos para al final darnos cuenta de una desastrosa
verdad: La religión es una fe inventada por el hombre para suavizar la
crudeza de la vida, un método para dar entendimiento a lo que desconoce o
solo una manera de esclavizar a otros más débiles.
Tú lo has dicho contestó Zell saltando hacia delante si todos esos
dioses y creencias son meras patrañas, entonces solo queda una verdad, y
fue dicha otro humano: Darwin, según su ley de selección natural, solo
las razas más fuerte han sobrevivido a través de los siglos, los hombres
creen estar en la cima de esa cadena alimenticia, pero no es así, solo
es ganado para nuestro reino, nosotros los Inmortales somos los
verdaderos reyes de la vida.
¿Cómo explicas entonces que sean capaces de cazarnos y llevarnos al
borde de la extinción? el rostro de ambos engendros cambió de color
Entonces no somos tan supremos, mira esta niña, indefensa, pero con
tiempo y otro humano puede hacer nacer una familia, mientras nosotros
dependemos de otros humanos para extender la raza, nos alimentamos de
todo lo que lleve la sangre caliente, pero no queremos desprendernos del
platillo principal: los hombres, ¿por qué? Porque si nos descuidamos
nos desaparecen. He llegado a pensar si no somos un triste experimento
que salió mal a algún científico, pues mientras ellos se pasean a todas
horas y se alimentan de diversas cosas, nosotros nos escondemos del sol y
solo la sangre nos calma por algunas horas.
¡Basta ya! tronó Flavio mátala o mueres, es su vida o la tuya, ¿de qué lado estás Briana?
Ella no merece morir dije incorporándome, aparte a la niña y respondí:
si algunos de UD. quiere algo con ella, será por encima de mi cadáver.
Sea aulló Zell y lanzó sobre mí con sorprendente velocidad, pero él no
era más que un pobre neófito, con solo unos cuarenta años de existencia
Inmortal.
Paré sus golpes y respondí con otros. Yo estaba demasiado débil aquella
vez, no recuerdo haber dejado de beber sangre tanto tiempo, pero aun
así, solo me duró unos minutos. Cayó por tierra con un hueco en el
pecho. Su corazón, negro cual noche sin luna, mordí salvajemente, como
tratando de absorber su fuerza. El sabor metálico y dulzón de la sangre
caliente hizo convulsionar mi cuerpo. La niña corrió a esconderse detrás
de unas cajas. Mis ojos cambiaron varias veces de color hasta quedar
plateados como el acero.
Flavio tembló de improviso, sabía que no era bueno enfurecerme. Tragó
algo, quizás saliva y apretó sus puños. Le miré despectivamente, como si
solo fuese un parásito, aunque él era mucho más viejo que yo. Me alcé
del suelo hasta casi chocar con el techo de la cripta. Volteé hacia
donde se ocultaba la pequeña y le sonreí, ella temblaba y lloraba,
decidí que no viese más violencia. Al lanzarme contra Flavio apagué las
velas, fue tan rápido que no pudo reaccionar. Con la cruz del sarcófago
le atravesé el pecho y con mis garras hice volar lejos su cabeza.
Todo terminó le dije mimosa ven pequeña, ¿dónde está tu mamá?
Salimos tomadas de la mano y recorrimos una larga avenida de tumbas y
mausoleos, en un recodo, escapó de mi diestra y corrió a una lápida.
Solo entonces supe donde estaba su madre. Me le acerqué y la abrasé
tiernamente. “Ven pequeña, yo te llevaré con mamá”
Su corazón comenzó a latir cada vez más débil, cerró los ojos como si
durmiera, si, estaba dormida, pero estaba vez para siempre. La acosté en
la tumba y me alejé de aquel pandemónico lugar.
Todo me parecía tan risible. La había salvado jugándome la existencia,
para al final entregársela a Hades. Las puertas del campo santo se me
presentaron altas, solemnes, como una vía de escape a otra vida, acaso
más sana, no tengo esas esperanzas.
¡Eh, estas no son horas de visitar a los muertos! la voz me llegó
suave, dulce. Me volteé y pude ver a un hombre mayor, de aspecto
cansado. Sonreí, y mis colmillos crecieron otra vez. Mi próxima víctima…
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 8:05 pm

NEMESIS

La oscura mancha se escurrió bajo la puerta avanzando lentamente como
una impávida sombra que vaga libremente sin la esclavitud de su amo.

El demonio del sueño rondaba en mi habitáculo, mas esta vez, no me había dejado vencer.
La noche se precipitaba encima nuestro mientras de aquella mordaz sombra amorfa comenzaba a emerger una silueta.

Un gato.

Negro y grotesco como tal.

Morbosamente deforme

Pero era innegable que aquella sombra había transmutado su silueta para emular aquel repugnante gato.

Sus ojos asimétricos me observaban fijamente.

Parecían casi ojos humanos, o por lo menos irradiaban un atisbo de humanidad tras su horrenda deformidad.

Negros y profundos como tal.

Parecían esconder tras de si, una sabiduría absoluta.

Su sombría anatomía era diminuta, en contraste con su presencia que no era menos que abrumadora.

Absorto por la soberanía que inspiraba aquella malévola visita nocturna,
me vi obligado a arrodillarme para reverenciar su absoluto poder.

Aquel… ente, no podría llamarlo de otra manera, se acerco hacia mi y
comenzó a regurgitar hasta vaciar completamente su estomago.

El fluido era mayormente rojo carmesí, tornábase morado y verduzco también.

Viscoso y fétido como cualquier fluido corporal descompuesto.

Mi alegría se acrecentó cuando me permitió alimentarme del producto de sus fauces.

Repugnante y obsceno como tal.

El dolor y la angustia menguaban a medida que mi estomago se retorcía al probar bocado tras cinco días de abstinencia obligada.

Finalmente mi hambre se vio saciada.

Alcé la mirada hacia mi benefactor.

Aquel ser que aun me miraba fijamente abrió su boca y proclamó con determinación:

No te dejare morir

Mis oídos ingenuos no daban fe de aquellas palabras.

Ese ente…

Ese ser que aparenta encarnar la maldad pura me concede el mayor de los regalos al librarme de la muerte

Aturdido por aquella repuesta pregunte:

¿Por que?, dímelo tú señor de las sombras, ¿Acaso te has apiadado de mi
alma y deseas evitar mi andar en el valle de la muerte? Responde que
eso es lo que suplico.

El silencio…

La nada repicaba haciendo eco en mis oídos.

Aquel extraño gato no apartaba su inquietante mirada de mí.

El engendro intentaba escudriñar cada recoveco de mi alma ultrajada.

Señor – dije –, tú, mi oscuro visitante nocturno, ¿Acaso eres un
enviado del averno que desea obtener mi alma? Responde que es lo que
suplico.

Y el ser me repitió con soberbia aquella infame frase:

No te dejare morir

Mi corazón se aceleraba.

El espacio en mi celda se contraía.

Esa frase que al principio sonábase alentadora, se volcaba en el dictamen de una sentencia implacable.

Señor – le suplique –, ¿Eres tu quien ha escapado del reino de las
criaturas de la noche o has sido enviado por los dioses para ser el
guardián de mi enajenado cuerpo? Aplaca mis dudas y muéstrame tu rostro
para reverenciarte si así lo deseas, te lo agradeceré ferviente, yo te
lo suplico.

El engendro comenzó a desfigurarse.

Abríase su boca mientras se comía a sí mismo hasta transformarse en una masa palpitante que pronto adoptaba una nueva forma.

Una figura sombría y grotesca como tal.

Una forma incluso mas repugnante que la anterior emergía del engendro.

Su cuerpo era el de un cuervo…

No, una urraca.

Pero su rostro era el de una mujer.

El engendro se había convertido en una arpía.

Mi mente se idiotizaba por aquel acto, no podía hacer mas que paralizar mi cuerpo dejándolo a merced de la bestia.

Sus ojos mal formados tornábanse mas macabros que antes.

En su mirada no había nada mas que maldad y odio puros.

No te dejare vivir – profirió el pajarraco.

Esas palabras me afectaban aun más que las anteriores.

Mi mente no alcanzaba a vislumbrar lo que la bestia quería de mí.

De todas las formas que pudo haber tomado, adquirió la mas inquietante.

Aterrador como tal.

Su voz milenaria se alzo para exigirme sus demandas:

Bríndame mi tributo.

Sublevado por aquel ser, no tenia opción mas que obedecer.

Lleve mi mano a un costado y luego de desgarrar y levantar mi piel tome
una de mis costillas derechas para ofrecérsela a mi inusual invitado.

Gustoso acepto mi ofrenda.

Arpía – grite exasperado –, seas mensajero del mal o de la noche ¿Qué
deseas?, ¿Por qué me has visitado esta noche?, dime la verdad ¿Me
liberaras o me esclavizaras aun mas? Respóndeme que yo te lo suplico.

Y la arpía guardo silencio…

Arpía, seas angel o demonio, te ruego que tranquilices mi alma
perturbada aclarando mis dudas, ¡Dímelo!, ¡¿Quién eres y que deseas?!
Responde, te lo suplico.

La arpía comenzó a engullirse a si misma formando nuevamente aquella masa palpitante.

Mi ser clamaba por esclarecer mis dudas.

Mi mente comenzó a rozar la locura a medida que aquella masa tornábase a su nueva forma.

Era yo.

El engendro mutaba nuevamente para transformarse en mi.

No dejaba de ser deforme y grotesco como tal.

Era claramente una versión corrompida de mi mismo.

Jamás te abandonaré – afirmo la bestia con absoluta seguridad.

Me estremecí totalmente al escuchar aquella aberración.

Cuando antes anhelaba una compañía cualquiera, ahora deseaba nuevamente mi soledad.

Yo soy tu Némesis – me aclaro con soberbia.

Fue entonces cuando lo comprendí.

La bestia no me dejaría vivir ni morir.

No me abandonará.

Torturará y a atormentará mi cuerpo, mente y alma hasta que ya no quede nada de ellos.

Hasta que los días se agoten y se cumpla la eternidad.

La bestia se postró ante mi y yo me alimenté de él hasta que mi hambre se hubo saciado.

Por hoy ha desaparecido.

Pero regresara al caer de nuevo la noche.

El engendro visitara mi celda todas las noches.

La bestia será mi Némesis, mi castigo.

Me alimentará con su cuerpo y el comerá del mío.

Hasta que los días se agoten y se cumpla la eternidad.


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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 8:06 pm

ENAMORADO DEL MAS ALLA

Después de cumplir 15 años, mi vida, empezó a cambiar, todo empezó una
noche del mes de abril, lista para dormir, algo se acuesta a mi lado en
mi cama y me empieza a molestar, a sujetarme de las manos, a respirar
sobre mí, yo tenía los ojos cerrados, por miedo, pero al abrirlos ese
ser se desvanecía y me hacía parecer como que había sido parte de mi
imaginación.

Pasé largas noche sintiendo a ese ser, hacía que yo en las mañanas, me
levantara con grandes moretones en todo mi cuerpo, haciendo creer a mi
familia que eran cosas mías, aprendía vivir con ese ser.

Así pasó un año, hasta que un día me decidí a preguntar que quería de
mí, y así lo hice, llegó la noche y denuevo llegó ese ser que me llenava
de miedo, y al hacercarse ami cama saben es la peor imagen que 7 años
después no puedo olvidar, era un ser regordete, pequeño, llevaba un gran
sombrero, y recorría mi habitación dando saltos, tenía la cara
diabólica, y una sonrisa de ultratumba, al verle a la cara, se
desvaneció ante mí, luego de eso, mi madre me llevó con espiritistas y
confirmaron que había sido un duende, que se había enamorado de mí, que
toda la vida había vivido en mi casa y que sí le gusta alguien él se iba
a materializar.

La verdad es que a mí siempre me han seguido seguido seres del más allá,
hasta el punto, de ver a mi abuelita, tres días después de haber
fallecido, esa una imagen que no la saco de mi mente aunque mi familia
no le dió alguna importancia, vi a mi abuela arrimada en el lado de mi
cama, vestida con los trajes que fue enterrada, y flotando sobre el
piso.

Si ustedes no me creen todo lo que me ha pasado, yo sí pues tengo la
suerte sí lo puedo decir así de ser seguida por seres del más allá hasta
el punto de que hace unos días, uno de estos espíritus me dió su nombre
y la dirección donde había vivido, comprobé que murió hace cinco años
víctima de los celos de su esposo.
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 8:06 pm

LICANTROPIA

Yo lo he visto con mis propios ojos; estaba aquí; en este preciso lugar
mientras Rocco vaciaba la sangre de sus víctimas y lo hizo sobre esta
misma lápida; las tumbaba aquí y desgarrándolas con sus propias manos,
devoraba sus entrañas y bebía su sangre hasta saciarse. Cuando se
transforma no es humano y tiene una fuerza sobrenatural; sus manos son
grandes como garras, sus dientes largos y afilados y una gruesa mata de
pelo recorre todo su cuerpo.

Hizo una pausa para tomar aire; parecía raptado por la emocíón que
desprendían sus propias palabras; el joven hablaba con los ojos
perdidos; ausente de su entorno y de los tres espectadores escépticos
que le habían acompañado durante el trayecto; su mente parecía albergar
un solo pensamiento: revivir la experiencia que estaba narrando hasta el
mínimo detalle:
El siempre escoge este lugar por que es el más apartado y solitario;
lleva a sus víctimas hasta aquí y las deguella con sus propias manos
para beber su sangre; luego las destroza y se las come…
No es que desconfiemos de su testimonio: le interrumpió uno de los
hombresPero viéndole describir la escena con tanto detalle: me ha venido
a la cabeza una idea: debía encontrarse usted muy cerca de este lugar
mientras ocurrían los hechos, de ser así: ¿Cómo pudo presenciar tal
horrible escena sin ser visto?
El joven contuvo el aire y permaneció unos segundos en silencio antes de responder:
Por que mientras está Rocco no estoy yo…
Disculpe una vez más mi atrevimiento pero todo esto no me cuadra: ¿Podría aclararnos quien es ese tal Rocco?
Pronto lo sabrán…
La luna arrojaba su tenue resplandor a través de las nubes como si fuese
una invitada no deseada cuya presencia profanara la santidad de la
noche; un fantasmagórico mar de niebla envolvía el cementerio con la
suavidad de un manto grís de terciopelo y flotando tras las nubes: una
luna redonda y pálida parecía mirar desde lo alto del cielo.


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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 8:07 pm

EL INTRUSO

Debo despertar a media noche para descubrirlo me levanto; recorro
despacio el pasillo a oscuras pues con el tiempo he comprendido que vive
en lo oscuro; subo la escalera despacio, intentando no hacer ruido y en
el segundo piso, me detengo en medio del pasillo con el ritmo cardiaco
acelerado.
A pesar de mi temor, sigo avanzando cauteloso, con los ojos más abiertos
que de costumbre, ahora me encuentro frente a la puerta; esta se
encuentra donde siempre había estado; la altura, el color, el picaporte
son los mismos; nada parece llamar la atención, entonces: ¿Porqué no
tocarla? ¿por qué no adentrarse en ella y ver lo que hay detrás…pero
apenas he palpado el picaporte comienzo a escuchar pasos procedentes de
abajo, y de eso no tengo duda; a estas alturas, mi temor ya es casi
insostenible.
Los pasos son cada vez más cercanos. Con el corazón casi saliéndome por
la garganta, pongo mi dedo índice sobre el interruptor pero no me atrevo
a encender la luz. Cada segundo que transcurre me parece eterno y la
intriga por saber quién se acerca a mí se acrecienta. Sin embargo, mi
dedo no sólo no logra ejercer fuerza alguna sobre el botón sino que
además, suelta el mismo y se detiene a esperar. Tardo tanto en
decidirme, que repentinamente la palanca acaba moviendose como por arte
de magia y las luces se encienden. Los pasos dejan de escucharse. Estoy
temblando como una hoja y casi no puedo moverme.
Es en ese momento cuando comienzo a escuchar las voces provenientes del
otro extremo del pasillo; son varias personas; un hombre, una mujer y un
niño, y parecen conversar entre ellas con tono inquieto:
¿Me creeis ahora?: la luz del pasillo se ha encendido sola y no hay nadie aquí.
Dios mío: esto no me gusta nada: es el interruptor que está al lado de la puerta; la puerta de esa habitación…
Ya nos advirtieron, cariño sobre la estancia donde se suicidó el
anterior propietario de esta casa, que todos los anteriores inquilinos
han detectado presencias extrañas deambulando de noche y bla, bla bla.
Pero lo unico que veo yo són fallos eléctricos. Haremos una cosa: mañana
mismo llamaré a un técnico para que revise minuciosamente la
instalación. Ahora vámonos a dormir y no quiero oir ni una sola palabra
más al respecto.
Me quedo inmóvil por un largo rato; siento unas ganas incontrolables de
gritar para descargar mi angustia, pero mi impotencia puede más que yo.
Trato de tranquilizarme un poco y tras respirar hondo reiteradas veces,
creo que por fín lo he conseguido.
Es entonces cuando vuelvo a la realidad, y los recuerdos acuden a mí en
tropel: cada noche acudo aquí alertado por los ruidos que creo escuchar
ignorando que soy yo el intruso; la presencia extraña que habita en esta
casa y que sigue aferrado a sus recuerdos. Quizás mañana regrese a este
mismo lugar sin recordar nada y vuelva a experimentar la misma
sensación de angustia ignorando que mi presencia en este lugar es sólo
una sombra superflua el jirón de un recuendo vago.


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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 8:07 pm

CASACAS ROJAS

Ya los tenemos aquí.
Este susurro apagado fue recorriendo la guarnición como el último
suspiro de un moribundo. Uno a uno, todos los soldados allí
atrincherados fueron incorporándose sobre sus piernas fatigadas y
ocuparon sus puestos; los que aún permanecían dormidos fueron
despertados por quien estaba a su lado y ocuparon su posición. Abundaban
los gestos de hastío y pesadumbre y predominaba la resignación;
formaban a un paso de distancia uno de otro en una larga hilera que se
extendía a través de una empalizada formada por carretas volcadas, sacos
de harina y cajas de todo tipo.
El silencio era un eco bullicioso aproximándose desde la lejanía; una
hilera de rostros enrojecidos por el Sol observaban el horizonte con
ojos cansados; densas gotas de sudor calido resbalaba por la piel de sus
frentes resecas; la vista se perdía recorriendo el áspero suelo de la
llanura y sus grietas circulares hasta donde un frenético borrón oscuro
de cuerpos agitados rompía la armonía incandescente de nubes rojizas que
surcaba el horizonte. Eran ellos: marchaban envalentonados coreando
arengas tribales que brotaban de sus estómagos llenos y estallaban en
sus gargantas tensas e hinchadas, hacían sonar sus escudos golpeándolos
con las varas de sus lanzas, avanzaban corriendo y saltando en densa
formación hasta que la visión de una marea humana ennegrecida ocupó todo
cuanto la vista alcanzaba a ver.
Con pulso desvanecido, los soldados calaron sus bayonetas y encararon
sus armas disponiéndose a disparar. La descarga de fusilería abrió una
brecha en la maraña febril que se acercaba pero el hueco fue ocupado de
inmediato por otros cuerpos que componían el denso organismo vivo,
palpitante y frenético de aquella masa humana. Las bayonetas de los
defensores formaron en frágil posición defensiva como la hilera de púas
de una alambrada. El primer grupo se estrelló con los obstáculos de la
empalizada y con el acero afilado de las bayonetas; la euforia
momentánea de aquella embestida tuvo como respuesta la rutina de unos
movimientos mecánicamente coordinados que aquellos soldados habían
ensayado hasta la saciedad. La rabia impulsiva de aquellos guerreros
primitivos fue repelida por la disciplina férrea de unos soldados
sedientos y agotados; la tela desgastada de sus casacas rojas se
convirtió en un muro infranqueable. Las lanzas se hundían en el vacío
las mazas golpeaban el aire mientras el filo de las bayonetas atravesaba
los escudos de piel de vaca insertándose en la piel desnuda y
desgarrando sus entrañas.
Los que formaban el primer grupo yacían sangrando y con el torso abierto
y sobre sus cadáveres saltó el segundo grupo corriendo la misma suerte.
La visión de aquella montaña de cadáveres hizo titubear al tercer grupo
que atacó con indecisión siendo repelidos de la misma manera. A poca
distancia le seguía un numeroso grupo que se fue desperdigando a medida
que avanzaba; algunos, los más osados: fueron a reunirse con los suyos
junto al montón de cadáveres, otros quedaron observando la escena
paralizados por el miedo y otros comenzaron a retroceder. Quienes venían
detrás, al ver al grupo que huía, hicieron lo mismo originando una
reacción en cadena que provocó una huida en masa.
Los soldados abandonaron su posición y avanzaron con paso firme
sosteniendo sus fusiles en posición horizontal: cargaban sus armas,
apuntaban, disparaban y volvían a cargar rematando con sus bayonetas a
los moribundos. Algunos, viéndoles avanzar arrojaron su lanza sin mucho
atino antes de huir, otros soltaban todas sus armas para poder correr
mejor y otros caían desfallecidos y sin resuello resignados a su suerte;
pronto, la planície se convirtió en un amplio lecho reseco plagado de
cadáveres.
El teniente John Rouse Merriott Chard, de los Ingenieros Reales
escribiría ese día en su cuaderno: “23 de Enero de 1879, puesto de
Rorke´s Drift; segundo día de batalla; tras rechazar el cuarto ataque
zulú hemos visto a algunos guerreros en las sierras de arriba reformando
sus líneas y dirigiéndose hacia la cima o huyendo en desbandada.
Nuestra guarnición seguirá resistiendo hasta el ultimo hombre; hasta la
última bala. Dios salve a la Reina”.
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Re: Cuentos de terror

Mensaje por iTzNajarLopez el Dom Ene 22, 2012 8:08 pm

DIENTES

Abrí los ojos somnolientos, apenas podía distinguir que me encontraba en
mi habitación. Con algo de sueño me levanté y con pasos temblorosos me
dirigí al baño, eran las 6:38 de la mañana, sentí un sabor a sangre en
la boca y un líquido que brotaba de mis encías; pronto, el líquido se
tornaba mayor, tanto así que ya no me era posible tragármelo, debido a
eso, comenzó a emerger por mi boca, el piso de cerámicos blancos ahora
tomaba un color carmín, entonces realicé que el líquido era sangre, fue
así como levanté la cabeza para poder observar la herida de la que
salían litros de sangre, al verme en el espejo, me horroricé de forma
extraordinaria.
Aquello que me causaba un estupor tremendo era que, al abrir la boca
para ver la herida, noté que mis dientes se encontraban completamente
podridos y desordenados, de modo que, los molares ahora estaban en el
lugar de los caninos, y los incisivos dispersados alrededor de toda mi
boca; jamás había visto cosa parecida.
Finalmente, cuando parecía que la sangre dejaba de brotar, me dispuse a
buscar la supuesta herida causante de la hemorragia, después de unos
minutos, sin hallar vestigio alguno de cortadura o infección, sentí
deseos increíbles de vomitar. Para esto, todo mi baño se encontraba
cubierto de color rojo, mis vómitos solo eran sangre y no como
comúnmente sucede que se regurgita la comida digerida, pero no, solo
sangre; luego de 10 minutos de vomitar, sentí que vomitaba mi lengua,
luego una especie de tubo delgado emergía de mi boca, tenía
conocimientos básicos de anatomía, así que comprendí que vomitaba mis
entrañas, luego, observé que salía una bolsa, el estómago, luego dos
tubos, los intestinos delgado y grueso.
Yacía completamente bañado en sangre y cansado, debido a las
contracciones que realizó mi cuerpo al vomitar. Contemplé mis órganos en
frente de mí, me toqué el abdomen y sentía un vacío alucinante, solo
costillas y piel, asombrosamente seguía con vida. Vi el reloj y marcaban
las 7:30; iba a llegar tarde al trabajo, así que me afeité, me vestí y
me encaminé con destino a mi oficina.
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Re: Cuentos de terror

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